La fantasía de las flores

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 6 – “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

La fantasía de las flores
esculpe mi cuerpo
y, entre sus pétalos, crezco.
En un claro bosque, está mi jardín
donde leo páginas prohibidas
que me permiten alcanzar un sueño.

Mis senos me sugieren un sujetador
para guardarlos. La censura impregna
mi vida que acaba de despuntarse.
Entre susurros, mayo se está marchando
con una llovizna de colorido pálido.

Me embriago con la lluvia y las páginas.
¡Cuánta hermosura en la lectura!
No me olvido de esconderlas,
pues es peligroso que alguien las vea.
Mi mundo está repleto de duendes imaginarios
donde, escondida con mi familia, pasan los días.

Helena Sauras

En forma de primer cuento

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 5 – “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Trinaba una melodía un espabilado gorrión,
gorgoritos intentaban sus hermanos al imitarle.
En el nido, mi escritura les atrapó para inmortalizarles:
capté la fuerza de sus cantos con mis cinco sentidos,
cómo describirlos, cómo despuntar un cuento con ellos.
La letra floreció su osadía, viviendo en el campo por unos días.
El gorrioncito espabilado quiso iniciar una aventura;
quiso perderse los versos, quiso empezar una nueva vida;
alzando el vuelo, independiente de la fuente de mis ideas.
Su mamá inició un canto desesperado cuando le perdió,
sus hermanos se exaltaron piando fuerte su ausencia,
y las notas, llenaron el microcosmos de mi jardín.

El gorrioncito, desfalleció en su viaje y, en una jaula vecina acabó.
Privado de libertad, su voz se marchitó
en el atardecer de finales de su esa misma primavera.
Y en ese estío, aún recordé su temprano canto.
Me sirvió de musa, un lápiz afiló una breve historia
en forma de primer cuento. Ese gorrión fue mi primer protagonista,
también le perdí, mas no de mi memoria y con ella,
renace ahora como la vida en sus días de abril.

Helena Sauras

El chico de la gabardina

Para él, vestirse con una gabardina era una novedad. Para ella, materializar su amor en un ascensor, ganar la batalla a su seguridad. No se conocían previamente. Simplemente habían coincidido en el mismo lugar a la misma hora. Ella lo eligió de entre todos, por aquella vestimenta gris que le daba un aire serio y de misterio, y quiso probarlo primero. Si su intuición no fallaba, tenía ante ella un buen amante. Como para pasarlo por alto. Le atacó, besándolo en el cuello con deseo y mucha pasión. Él se dejó llevar. Siempre que iba a un casting, se tomaba previamente una pastilla para poder hablar en público. Esta no era una excepción, y se sintió relajado y lleno de profundas ganas de comerse aquella mujer que lo besaba. Contratacó con sus labios voraces de carne nueva.

No tenían nada más que aquel instante; un regalo del destino. Les sobraban las palabras.

Aprovecharían el momento dando fruto a su deseo. Con prisa se desnudaron, porque los minutos corrían, y quedaban pocas plantas para llegar al ático de aquel rascacielos.

Él la penetró con cautela. Ella intensificó el ritmo. Ni él, ni ella sabían en el momento preciso en que se abrirían las puertas. Cuando el ascensor emitió el último sonido, ella bloqueó las puertas para ralentizar el instante, y llegar al orgasmo. Él nunca olvidaría su cara de placer.

***

Se oían voces en el exterior:

¿A qué hora era la prueba? —pregunta el cámara.

A las diez —contesta el primer chico de la fila.

La Señora Vásquez se retrasa. ¡Qué raro! Suele ser muy puntual.

¿No te has fijado que el ascensor se ha atascado? Lleva en la penúltima planta desde hace rato —comenta otro chico de la fila.

Sí, es verdad —comprueba el cámara.

Mira, parece que vuelve a estar en movimento —dice otra persona señalando el ascensor.

Segundos después, se abre la puerta del ascensor. Ella con el pelo algo revuelto, con menos carmín en los labios de lo habitual, y con mirada pícara. Él con la gabardina algo arrugada, relajado, y con cara de no haber roto nunca un plato.

Parece que hoy está de buen humor —susurra el cámara.

Confío en tí —le dice la Señora Vásquez al chico de la gabardina, y le da una palmadita en su trasero con disimulo.

La Señora Vásquez observa la gran fila que le espera. Muchas horas al día para descubrir nuevos talentos en el campo de la interpretación. Hoy le entran ganas de bostezar, pero las reprime como puede. Solo quería ensayar una vida irreal e imperfecta por unos momentos. Tanto orden en la suya, la abruma; cumplir un horario estricto cada día. El chico de la gabardina se ha colocado en la última posición de la fila.

Hoy vamos a empezar por el final… —comienza la Señora Vásquez haciendo señas al cámara y al chico de la gabardina.

El chico de la gabardina se desprende de la vestimenta por exigencias del guión. La Señora Vásquez piensa que sin gabardina, el chico se convierte en uno más del montón, y se la hace volver a poner otra vez.

Total, para un anuncio de fruta, solo hace falta frescura —comenta el cámara entre dientes.

Después de repetir tres veces el eslogan de aquella marca de plátanos de Canarias, con gabardina y simulando un día de lluvia, la Señora Vásquez se da por satisfecha, y le guiña el ojo al chico que le alimenta sus fantasías.

Ya hay bastante por hoy. Estás contratado —comenta ante la mirada del cámara que le mira incrédulo.

¿Lo habéis oído? —dice el cámara dirigiéndose a las personas de la fila, una vez ha procesado la información de su jefa.

La fila se disipa poco a poco hacia el ascensor entre protestas de los asistentes. Van bajando por turnos ordenados, de seis en seis.

La Señora Vásquez se queda con el chico de la gabardina para el final.

¿Repetimos? —le dice una vez han subido los dos solos en el ascensor-.

No es lo mismo para el chico, porque ahora ya no son dos desconocidos. El chico sabe que ella es su jefa. Tanta tensión, le ofusca y se siente como un animalito acorralado, pero intenta seguirle el juego. La llamarada de su sexo masculino, latente, así lo demuestra. La señora Vásquez vuelve a trabar las puertas del ascensor para descargar su orgasmo.

Se despiden sin palabras, con un beso largo, antes de que las puertas se abran.

***

Aquella noche, la señora Vásquez recibe una llamada telefónica del encargado de las cámaras de vigilancia del rascacielos donde trabaja. La sorpresa de la señora Vásquez es descomunal cuando recuerda que aquel último mes también instalaron cámaras en los ascensores. Tiene que soltar una cuantiosa suma de dinero de su cuenta corriente, si no quiere que el vídeo se difunda por la red. Acepta contrariada. Sería todo un escándalo que destrozaría su reputación y su familia.

***

Mamá, ¿por qué compras plátanos de Canarias? —le pregunta su hija al cabo de unos meses.

Desde las últimas semanas, todos los días, después de comer y como postre, la Señora Vásquez, se come un plátano que muerde delicadamente. Por unos momentos, entorna sus ojos y recuerda el fuego del ascensor, y su fantasía tan palpable, que se convirtió en realidad.

Lo ha adornado de excusas, que si tiene calambres que las piernas, que si necesita potasio, pero en realidad, es el recuerdo de aquel chico de la gabardina el que la obliga a consumir un plátano diario. A pesar de que los desaconsejan, y todavía no saber el por qué en todas las dietas que se dedican a contar calorías, la fruta le da energía para afrontar la tarde.

Hoy llueve. Se pone la gabardina, que le dio el chico como prenda, el último día en que la vio, después de rodar el anuncio publicitario. Deja que la vestimenta gris la envuelva. La huele en ese momento en que se el tiempo se detiene para ella, y comprende que, al final, aquel olor a ropa limpia y fresca, acabará desapareciendo por completo.

Acompaña a su hija al colegio de pago y se dirige hacia el rascacielos para cumplir su aburrida jornada laboral. Son las cinco en punto cuando pone los pies en su oficina. Hoy, nadie la espera.

Helena Sauras

Imagen Creative Commons de Roman Kruglov en FlickR

Entre las letras de los cuentos

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 4: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Entre las letras de los cuentos,
personajes imaginarios alcancé:
hadas en castillos de cristal atrapadas,
príncipes que trepaban torres,
obstáculos varios en mazmorras diseñadas
para quedarse. Las páginas volaban en mis manos,
una tras otra, deslizándose de mis diminutos dedos.
Terrible era el inicio, en un conflicto se encontraba
el protagonista; dulce el desenlace para el paladar.
Y otro sueño exigente, me estimulaba la imaginación.
Otro cuento más, y otro al compás,
y otro único, y exclusivo para mí, sin los demás.
Desdichados personajes, ricos en acción,
haciendo malabares para entretenerme.
Amigos invisibles me tendieron la mano para cruzar el umbral
de la inocencia cándida. Desenredando conflictos,
deshojando cuentos, me sorprendió otra primavera.
Marzo hacía crecer el día hacia ella. La vida pululaba
a mi alrededor. ¡Cuánta magia me tocaba entera!
El hechizo de las flores me hizo respirar el jardín
del abril con la varita de mis ideas.
Y entre sus letras y su magia…. Crecí.

Helena Sauras

Un sacapuntas despuntaba el alba

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 3: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Un sacapuntas despuntaba el alba.
Dibujaba con palabras en el folio.
Mi trazo se borraba por la goma al corregir
mi escritura en clase. Una maestra, en mis juegos
encarnaba. Enseñar, y aprender con la sonrisa
en los labios, que beben con avidez, sabiduría.
Equivocarse al saltar a la comba.
Caer, y levantarse con las rodillas peladas.
Reír con los dientes de leche caídos, sin vergüenza,
inocencia que acalla fierecillas en el patio.
Pelotas rebotando contra el suelo, encestando
sin parar amistades. Compañeros en la calidez
del recreo. Algarabía de pensamientos que nacen
desde mi recuerdo. Aquí estoy, con el lápiz deslizándose
de mis dedos, sin punta ya, con la oscuridad se apaga.

Helena Sauras

Sonrosada era la flor de almendro

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 2 “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Sonrosada era la flor de almendro,
que despedía el largo invierno,
meciéndose, al son del viento.

Un templado abrazo me sacude.
Recuerdo el primer baño sonoro:
—Plas, plas!
Mis manos rompían el agua,
balbuceando primeras palabras inexpertas.

—Sirenita sin cola -se reía
el pájaro del cuento.

Mis piernas mojaron sus plumas
Y, arrancaron su risa de cuajo.

Ese abrazo me desata. Quizás sueño.
Quiero dormir en el recuerdo,
comiendo almendras de ensueño,
en la sacudida del último viento,
que anuda mis párpados.

Sonrosada era la flor de almendro,
pálida estoy yo, tiñendo la muerte
un arcoíris albino en mis mejillas.
Y ese abrazo, es el que me engulle
en la calidez del día…

Helena Sauras

Ocaso primaveral

Primavera, deshojando cuentos
POEMA 1: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Fluye la vida hacia el ocaso,
un soplo de finales de marzo,
me hizo respirar la primavera.
Nací cuando el día crecía en aroma,
un pétalo sesgó mi rostro de ausencia,
la memoria no es sólo lo que uno no olvida.
Nací entre la luz, el ocaso, y el contraste.
Entre las olas de esa lluvia de abril,
se empeña la ventana del recuerdo.
Ocaso primaveral que desata esa fina brisa
de mi ombligo. Una herida abierta en la entraña.
Nací. Llené mis pulmones de futuros respiros.
El día decae hacia una plácida primera noche.
Llena, la luna preside mi malestar que cruje mis sentidos.
Fue la noche más inexperta por ser la primera;
sin experiencia en eso del vivir, nací con ansias de crecer,
sin poder creer que esa vida fuese tan mía,
sin querer perder la oportunidad del durar todavía.

Helena Sauras