Los girasoles

Aquella tarde pintaba en silencio. La guerra hacía meses que había comenzado en su comunidad. Le daba miedo salir sola a la calle, por si alguien la increpaba por sorpresa con violencia. No se fiaba de nadie. La luz de algunos de sus vecinos llevaba meses apagada. ¿Hacia dónde habían huido? Su edificio apenas conservaba su propia luz, la que intentaba conseguir imitando a uno de sus pintores favoritos: Van Gogh.

Clara aquella semana continuaba pintando, aunque el sol no saliera apenas para ella. Se avecinaba un otoño difícil de describir. En su vida no había visto nada parecido y evitaba cruzarse con nadie. La guerra de símbolos continuaba en las calles y, lo más lamentable, en los espacios públicos. Aquel verano había sido incierto, con las playas llenas de cruces amarillas, simulando un cementerio. Ella no había tomado el sol, quizás otro año más calmado, con menos crispación en las toallas y, con los nudillos apretados, estuvo a punto de morder el pincel. Era ira contenida.

Por la noche, la mujer intentaba aprender técnicas plásticas. Y una vez las dominase, esperaba encontrar su estilo propio. La pintura se había convertido en su obsesión y, mientras pintaba, sentía que el amarillo de sus girasoles la acercaba a la composición que había creado y hacia la vida. Un jarrón que simulaba a su país, España, y un girasol para cada comunidad autónoma. El jarrón contenía todos los girasoles.

Chasqueó la lengua al ver el resultado final. Había algún girasol que protestaba porque se pensaba que era mejor que los demás y reivindicaba que no se le había tratado como debía.

—Tranquila, es solo ruido —se dijo.

Y se enchufó los auriculares y, con la música animada de Rozalén que sonaba en la radio, fue terminando su obra.

Evitaba hablar del tema con ninguno de sus conocidos, pero mientras tanto fue pintando cada día un poco más. Siempre podría cambiar el color, dependería del cristal con el que se miraba. Para ello, tenía varias gafas de sol con los cristales tintados para cada momento. Pero aquel día supo que se tenía que encontrar la manera, a pesar de que algunos se empeñaban en continuar en el mismo callejón sin salida.

—Tienes buena estrella, Clara. De ti dependerá conservarla —dijo su vecino al volver y cruzarse con ella en la escalera.

No supo si tomárselo como un cumplido o una amenaza, pero al apreciar el tono calmado de su voz, Clara le sonrió. Y fue esa forma simple de comunicación, la que pudo empezar a suavizar la convivencia. Atrás quedarían los insultos, las pintadas, y la quema de banderas. Había pasado una temporada en prisión por la violencia con la que pegó a otro vecino por colgar una bandera, que contenía una estrella. El daño estaba hecho y la denuncia no tardó en llegar.

***

Por fin, Clara ha encontrado su voz propia después de su ruido interior. Aprender a convivir en la diversidad desde la paz, desde el respeto y el diálogo, pero siempre dentro de la ley y la constitución. Tiene pensadas nuevas composiciones en un futuro. Otras series de cuadros independientes, que la obliguen a seguir pintando.

Clara piensa que somos ciudadanos de un mundo revuelto, pero pertenecemos a él por más que nos empeñemos a mantener una actitud crispada y a veces distante. Desatemos los nudos que nos atan, ya no importa el color, cada impresión importa, pero con la suma de todos. Los lazos amarillos son solo una protesta como las pinturas de Clara, que defiende otra perspectiva, pero no por ello tiene que ser silenciada. Y si a alguien no le gusta el color, que se ponga otras gafas de sol y dibuje otra sonrisa. ¿Podemos reinventar y dejar atrás la guerra de símbolos?

España tiene muchos cristales, tantos como comunidades autónomas. Como los girasoles, en días nublados nos buscaremos y nos miraremos de frente. Si no hay sol todos los días, al menos nos tendremos unos a otros para compartir nuestra energía, porque nos necesitamos.

Participación en el taller nº 54 de Literautas: «Los girasoles»

Helena Sauras

 

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Marcela y Matilda

Alguien la perseguía. Marcela corría por aquel laberinto de calles que la engullían y devoraba el asfalto a cada paso. De su frente brotaba sudor y respiraba de manera agitada. En una mano, llevaba el teléfono móvil que había robado a su agresor antes de echar a correr. Se había jurado no volver nunca la vista hacia atrás.

En un lateral de una calle secundaria, había una pequeña puerta entreabierta. Al sentir cómo él se acercaba, rápida, le dio esquinazo cruzando aquel umbral.

Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad de aquella habitación y acabó dándose cuenta que era una tienda de sombreros por las prendas que había a su alrededor. De repente, se encendió una luz y oyó de frente una voz que decía:

¡En qué líos te metes, Matilda!

Se apartó a un lado mientras sentía el pulso en sus sienes y, se cubrió la cara con la prenda que estaba más a su alcance: un sombrero marrón de paja. Se quedó inmóvil y simuló ser un maniquí.

Una mujer, que respondía al nombre de Matilda, sacó de su cartera un documento y dijo:

Necesito otro pasaporte.

Eso no es tarea fácil. Y lo sabes.

No me pueden descubrir ahora. Además he estado ahorrando y necesito irme ya del país.

El hombre soltó una risotada, que se interrumpió por un ataque de estornudos de Marcela, porque había estado respirando el polvo que había dentro del sombrero.

¿Quién anda ahí? —El hombre empezó a moverse por la habitación—. ¿Me has estado grabando? —preguntó.

Matilda negó con la cabeza.

¿Qué quieres? ¿Otra identidad? Seguro que has venido con un periodista a destapar mi tapadera. ¡Eres una sinvergüenza!

El hombre cogió el brazo de Matilda y la zarandeó con fuerza mientras iba dando manotazos a los distintos sombreros hasta llegar al de Marcela.

Vaya, vaya —siguió—. Así que, sin saberlo, teníamos la compañía de una intrusa. ¡Ya no puedo confiar en nadie! Unos van, los otros vienen. Pero al final… Quién viene a mi tienda acaba pagando la deuda. ¡Siempre!

¡Achís! ¡Achís!

¡Dame la tarjeta! —ordenó el hombre a Marcela que seguía estornudando.

Marcela le alcanzó su móvil temblando mientras una pequeña cantidad de orina manchaba sus pantalones.

El hombre inspeccionó las fotografías que habían en el móvil y, dijo para sí mientras fruncía los labios de manera perversa:

Material interesante. Lo haré correr entre mis conocidos.

Las dos jóvenes se habían mirado mientras el hombre hablaba. Sus ojos comunicaban el desespero, el desamparo y la vergüenza que sentían.

Ambas deseaban desaparecer porque aquel hombre tenía el poder de abusar de ellas. Y así lo hizo.

Marcela hacía escasos minutos que había escapado de alguien que la grababa sin su consentimiento y, sin saberlo, se había acabado metiendo en un sitio peor. Algo olía a podrido en aquel ambiente de difusión de material pornográfico.

Matilda no había corrido mejor suerte en la vida y su horizonte a corto plazo no era muy prometedor. Aunque ahora estaba esperando una nueva oportunidad en algún lugar en donde pudiera ver crecer a sus hijos, lejos de la miseria. Era lo único que de verdad le importaba.

Al salir de allí, nada volvería a ser igual para ellas. Las dos mujeres eran dos voces anónimas que no podrían borrar las huellas de sus cuerpos y mucho menos las de su mente.

Tras cruzar el océano días después, no lograrían quitarse el miedo y la repugnancia que rondan todavía por sus almas a fecha de hoy.

Participación en el Taller nº 53 de Literautas: Pasaporte, horizonte y laberinto

Helena Sauras

 

Cuarto vacío y menguante

—¿Hay alguien ahí?

El cuarto estaba vacío. Podía lamer su ausencia como cada tarde. El paso del tiempo había erosionado también sus huellas, ni un triste perfume rondaba a su alrededor, como si en años no lo hubiese habitado nadie. Solo había una amplia telaraña en el techo y olía a polvo repleto de ácaros.

Un vahído la asaltó y le hizo golpearse la cabeza contra el suelo.

Y soñó, tendida sobre las baldosas frías, como solo sueñan algunas mariposas antes de morir, resignadas, camino a la Muerte. Quietas, esperando su hora sin revelarse. Sumisas y sometidas.

Se despertó sobresaltada, con esa angustia propia de una madre que padece, que intuye, que conoce el desenlace con antelación.
Pensar que le había podido pasar algo. Era su vida, la que había sentido en sus entrañas, y había sido tan breve… ¡Qué efímera! Vivir para contarlo. Ella, que no tenía ningún derecho ya, por haber sobrevivido a todo aquel dolor.

Miró a su alrededor, se tocó la panza en un acto reflejo. El cuarto continuaba vacío de ilusiones: era su propio cuarto. Y no se acostumbraba a vivir con ese vacío interior, que le quitaba la sed durante la mayor parte del día.

—¿Hay alguien ahí? —Su voz rebotó de incomprensión por aquellas cuatro paredes manchadas de moho.

Se incorporó. Ahora se encontraba sola y mareada, pero se puso en pie. Por sus muslos bajaba algo de sangre. «Otra menstruación para la colección», pensó decaída.

Por mucho que preguntara, nadie le respondería. Y aquel cuarto menguaba desde hoy un poco más, porque le quedaba un óvulo menos en su lucha (imposible) contra el paso del tiempo y su obsesión por ser madre…

Taller Móntame una escena nº 52 de Literautas
Helena Sauras

 

Imagen Creative Commons de David Barger en FlickR

Interpretando un beso

Verano, interpretando nuestro amor

POEMA 7: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

 

Aquella jovial víspera de San Juan,
te vi interpretando un beso
en el escenario de la ciudad dormida
y, quise ser la receptora de tus labios.

En la butaca me revolvía con fervor,
movías las manos acaloradamente,
tu actuación me abrasaba totalmente.
Con estupor, contemplé el atardecer más largo.
Un latido bombeaba en el cielo de tu obra.
Y quise quedarme en él, toda una eternidad.

Humedecida, me dormí en la noche veraniega.
Un sueño impoluto me rondaba,
Desperté, y vi la luna teñida de tu mirada.
Y, quise pintarla en el lienzo de mi cuerpo.

La huella de mi corazón brota y crece,
cuando, por fin, me acerco a ti.
Maquiavélico plan el que me puede.
Un rompecabezas el que me tuerce.