Los rumores del bosque

Un excursionista encontró la cueva más buscada a finales de 2017. Gracias a sus cálculos y, a su intuición que nunca fallaba, había dado con ella. Llamó a las autoridades para decir que había encontrado en su interior tres esqueletos: el de un adulto, el de una bestia difícil de catalogar y el de un niño.

Los tres permanecían tendidos cubiertos por el polvo y escondían una entrañable historia, que no sería contada si no fuera por el viento, que entró en la cueva y se llevó los rumores hacia el bosque, convirtiendo en leyenda lo acontecido en la cueva del dragón años atrás.

***

1985

Tiene que ser aquí.

¿Vas a quedarte en la entrada como una estatua? —le preguntó Tobías tirando de su chaqueta.

Ya voy.

Entraron en la cueva que se ensanchaba conforme entraban. En medio de ella, una frase. El niño, que hacía poco que había aprendido a leer, la leyó asombrado: «Contra todo tu mal, el dragón actuará».

Tobías suspiró porque el mal lo conocía bien a su corta edad y, se sentó en un pequeño asiento de piedra esperando al dragón. Una oscura figura se fue acercando lentamente a ellos.

Papá, tengo miedo. ¿Hay lagartijas?

No tenemos nada que temer.

El dragón les observaba sin mediar palabra. Asistiría a una pequeña escena familiar.

¿Nos quedaremos a vivir aquí? —preguntó el niño al cabo de unos segundos en las que acarició al dragón y vio que no pasaba nada.

La bestia se rindió al cariño de la mano del niño. Tobías sentía cómo la naturaleza había creado esa bestia para protegerlo. El dragón con sus garras y sus grandes alas asustaría a las pequeñas lagartijas que abundaban en sus pesadillas.

No, hijo. Tenemos que partir antes de que anochezca.

Yo quiero vivir también contigo —le dijo el niño apretando fuerte su chaqueta.

Al padre le dolió ese abrazo más de la cuenta. Su hijo le pedía a gritos lo que un juez le había negado.

No puede ser —dijo el hombre entre lágrimas—. No deberíamos estar aquí o te acabaré perdiendo para siempre.

Nada, ni tan siquiera el dragón, podría suplantar la ausencia de su padre cuando fuera entregado a su madre.

El hombre aspiró el olor de su hijo que olía a un sudor suave, y oyó un fuerte estruendo debido a un estornudo del dragón que se había emocionado. Ahora fue un padre asustado quien tiró de Tobías para llevarlo hacia la salida de la cueva.

***

Por más que lo intentaron, se encontraron con una salida tapiada. Diferentes rocas habían caído de la montaña y eran imposibles de mover, ni tan siquiera el dragón pudo hacerlo.

Deseé con todas mis fuerzas que eso pasara…

Vamos, —dijo el padre dándose la vuelta— tenemos que encontrar otra salida.

Encontraron una larga galería que conducía hacia otro lugar, pero tampoco existía salida para su desesperación.

***

Durante la primera noche que pasaba en la cueva, pensó en ella, en el sufrimiento que le ocasionaría perder a su único hijo. Hasta hacía poco era su mujer y, mientras su relación se quebraba, Tobías sufría las consecuencias más tristes. Nadie sabría que había raptado a su pequeño para retenerlo unos instantes más, antes de que la separación se hiciera más que evidente. Siempre había tenido intención de devolverlo.

Estuvo días gritando ayuda, pero solo los animales habitaban en el bosque y nadie les auxiliaría. Fueron noches en las que la magia y la compañía de aquel reptil estuvieron presentes hasta su muerte.

Al cabo de unos pocos días, exhausto y desnutrido, Tobías se subió al dragón y le susurró su último deseo:

Enséñame a volar.

El dragón, con los ojos húmedos porque sabía que ninguno de los tres tenía escapatoria, movió sus alas y de esa forma, Tobías se despidió del mundo convirtiéndose en espíritu de aquella cueva.

El padre, roto de dolor, se quedó en un rincón, porque algo le impedía abrazar el cuerpo inerte de su hijo. Y de su desesperación brotó esperanza cuando comprendió que él se convertiría en guardián del dragón a la espera que alguien descubriera aquella guarida perdida entre las montañas.

Fueron sus lágrimas las que fueron filtrándose por el suelo, las que cayendo una a una como estalactitas errantes, fueron abriendo otra salida camino hacia la vida.

Cuevas del Drach de Stefan Kellner

Imagen de “Cuevas del Drach” de Stefan Kellner en FlickR

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Inòpia

Desconnecta.
L’odi dels teus punys
la temor dels teus ulls,
la llàgrima que no arranca,
perquè no vols plorar.

No, avui no toca vessar,
l’aigua baixa plena pel riu,
la teva melena dansa
per la primavera amarga
del teu sencer rostre.

I quin terratrèmol avança?
RES. Tot s’ha mort i cau
en les violentes imatges.
Ara ja no pots plorar,
quants sense sostre —ho lamentes—,
veus trencadisses sents,
i la vida s’ha perdut saltant al buit.
Devastadores i desoladores
les imatges que pots apagar.

Interromp, desconnecta, oblida…
De què et serveix plorar?
Apaga la televisió, treu-te la wifi,
ignora-ho, tanca els ulls, evadeix-te…
I estaràs en la inòpia un cert temps
en què un trist somriure et sorgirà.

Però la sobtada llàgrima, que sempre et torna,
té un regust salat a la rajola de la teva terra.
«Maleïda guerra…».

 

Imagen Creative Commons de Anne Worner en Flickr

El contador de historias

¿Dónde está el secreto de su éxito? —le pregunta un periodista tras la publicación de su última novela en una entrevista.

Ingrid sonríe enigmática y va recordando cómo se enfrentó a la página en blanco.

***

Ninguna buena idea latía en lo hondo de su cabeza y desechaba las pocas que le venían. «De eso ya he escrito, no voy a repetirme». «Eso es muy aburrido, no captaré el interés del lector». «Sobre ese tema, no me apetece escribir…». Después de varias horas sin nada sobre lo que escribir, en los que había trazado varios garabatos con su lápiz de la suerte, pensó que su amante no tardaría en llegar y no llevaba ningún conjunto de lencería atrevido.

Fue a cambiarse. «Mañana volveré a intentarlo», se dijo irritada mientras elegía un picardías de un cajón. Pensó que el sexo le vendría bien para despejarse.

Marcos no tardó en aparecer y, después de una sesión de sexo intenso, Ingrid paladeó una bebida. Había preparado dos gintonics con una rodaja de limón. Para romper el hielo, se interesó sobre el mundo de su amante:

¿Algo interesante que contarme?

Marcos, que no estaba acostumbrado a hablar con ella, se sorprendió y dio un buen sorbo al gintonic antes de contestarle con otra pregunta.

¿Cuándo volveremos a quedar?

No lo sé. Creo que tardaré en poder. Necesito tener como mínimo una buena idea para mi próxima novela.

Necesitas distraerte, ¿por qué no nos vamos de viaje?

Me temo que no va a ser posible.

¿No te hartas de mentir a tu marido?

Ingrid evitó contestar. Cuando Marcos se ponía así, era mejor callar. No era la primera vez que la presionaba a tomar una decisión que no se veía capacitada.

Al cabo de unos minutos de silencio en que ambos apuraron sus vasos, Marcos se levantó y se fue sin despedirse.

***

Ingrid intentó dormir y lo consiguió enseguida, porque cuando estaba bloqueada el sueño la vencía pronto.

Tras días en los que no consiguió escribir una sola línea coherente, decidió salir a dar una vuelta y darle conversación a un taxista.

Si no fuera taxista, ¿qué le hubiera gustado ser?

¿Yo? Contador de historias, sin lugar a dudas.

Pues cuente, cuente… —dijo Ingrid sacando su bloc de notas.

Aquel hombre tenía mucha labia, y en pocos minutos, le dio muchas ideas.

¿No te importaría intercambiar nuestros teléfonos? —le preguntó Ingrid al terminar el trayecto.

¿No estará intentando ligar conmigo, señora?

Ingrid le sonrió mientras lo negaba con su cabeza.

Es para quedar otro día. Usted me sirve de fuente de inspiración.

Me halaga que me lo diga, señora, pero tengo cuatro bocas que alimentar. No tengo tiempo para quedar con usted fuera del trabajo.

Quedaremos en el taxi y, mientras trabaja, me irá relatando lo que ocurre en esas historias que se inventa… Le pagaré como es debido.

Al llegar a casa, releyó lo que había escrito en su bloc de notas e intentó desarrollar alguna de ellas. Desatascaría su mente ante aquel folio en blanco que se le resistía.

Una, dos, tres… Palabras escritas. Algo más había conseguido de lo que tenía en un principio. Y así, sucesivamente, cada día, hasta que tuvo su novela lista para revisión. Su editor la admiró e Ingrid pensó que tenía el deber de compartirla con el taxista.

Ingrid le regaló un libro cuando tuvo los ejemplares listos.

Será el primer libro que me leo en años —dijo el taxista al saber que las historias que se había imaginado estaban allí.

Le daré un tanto por ciento de las ventas, señor, por cómo me ha ayudado a salir del bloqueo.

El taxista se emocionó al oírlo.

***

El secreto de mi éxito no se lo voy a revelar por el momento —contesta Ingrid a su entrevistador después de su evasión.

¿Cómo se consigue estar en la lista de lo más vendidos durante tantos meses?

Nunca imaginé que lograría escribir un best seller —contesta Ingrid—. Pero una vez se supera el bloqueo, soy imparable.

Y le guiña el ojo al periodista mientras piensa que esa noche tiene una nueva cita con su taxista para trabajar en su próxima novela.

Imagen Creative Commons de GorlitzPhotography en FlickR

La sorpresa

El hombre iba por su tercer vaso cuando Ester entró. La mujer, sencilla y soñadora, se ceñía el albornoz sosteniendo con los dientes el cordón. Su cabeza caída sobre el pecho era como un garabato castaño de pinceladas extraídas del agua. Mientras se frotaba el cuerpo con el albornoz, vio sobre la rejilla de madera del suelo la sombra de Andrés, parado en el umbral y arrojando la primera piedra al cristal de la ventana.

Con su puntería, el cristal estalló y sorprendió al hombre que paladeaba el gusto áspero de aquel whisky de importación.

¡Se acabó la fiesta! —gritó enfurecido Andrés.

Se fijó en el amante, en su cuerpo de adonis moldeado por las máquinas de un gimnasio cualquiera y en su melena descuidada. Habría podido ser su amigo de la infancia si no les separara más de una década, calculó tristemente mientras le propinaba el primer golpe. No tendría piedad de él.

Un hilo de sangre empezó a fluir y manchó el tórax del amante mientras Ester lloraba con su alma rota de impotencia.

Andrés continuó golpeando al amante hasta que dejó de respirar. Se preguntó cuántas veces se había follado a su mujer en aquella casita perdida en el monte donde ella decía que se iba a descansar. Cuántos cartones de tabaco se habían fumado entre los dos, celebrando sus éxitos y sabiendo de antemano que no serían descubiertos.

No, el tonto de Andrés no estaba para juegos sexuales a la hora de acabar la jornada laboral, metido en su taller, con las manos manchadas de grasa y el cansancio venciéndole en el sofá al terminar el día.

El albornoz había caído por el susto al suelo, y la mujer, completamente desnuda, fue a cubrirse.

¿Dónde crees que vas? No te muevas ni un milímetro, ¿me oyes?

Los ojos de Andrés destilaban una ira retenida durante demasiado tiempo. Su mente estaba haciendo conjeturas con las excusas con las que Ester siempre ponía para no acostarse con él.

La miró con tanta rabia que ella se agachó para esconderse detrás del sofá obviando su advertencia. A lo que él, se acercó a ella, cogió su madeja mojada y la tiró con tanta fuerza que le arrancó algunos cabellos.

¡Ay! —chilló Ester.

Pero Andrés no se apiadó ni un ápice.

Vas a correr la misma suerte que tu amante.

No, eso sí que no… Por favor, Andrés. No es mi amante…

Pero el hombre no hizo caso a sus súplicas. Intentó estrangularla mientras bullía en su interior el desamor que en esos momentos sentía.

Ester solo añoraba escapar de la situación.

Es un pintor a domicilio —logró pronunciar con angustia—. Quería regalarte una pintura mía para tu próximo cumpleaños. Era una sorpresa.

Sabía que a su mujer le gustaban los amores imposibles y, al casarse con él, se convirtió en un sueño alcanzado en donde perdió todo entusiasmo.

Quería encender lo que la convivencia nos ha ido apagando —continuó—. Ya sabes, la llama de nuestra relación…

Pues ahora, la vida nos ha puesto contra las cuerdas. ¿Sabes deshacerte de un cadáver sin dejar rastro?

Su mirada se fundió hacia el mechero que su marido le tendía.

Imagen Creative Commons de Ana N R en FlickR

Cambio de vida

Era todo mentira. No existía ningún privilegio vivir en la gran ciudad. Lo supo cuando vio aquel entorno y pudo llenar sus pulmones de aire. Apenas los rayos de sol de filtraban en aquella arboleda, que se encontraba en un sitio alejado de la capital. No era un lugar conocido, por eso se podría decir que conservaba aún su encanto.

Tuvo la tentación de acampar entre aquella vegetación y, al acercarse, vio una pequeña cabaña de madera tapada por la maleza. Había encontrado el lugar perfecto para cambiar de vida. Todo estuvo listo en unos cuantos días. No necesitaba mucho, solo tener la valentía de hacerlo. Cogió una pequeña manta, por si por las noches refrescaba, y tenían que tapar sus cuerpos. Una botella de buen vino y jamón del bueno. Las ganas se las llevó instaladas en la mochila.

La noche anterior, su voz rompió la monotonía:

El martes te llevaré a un lugar muy especial —le dijo a su mujer.

Ella se sorprendió al oírle desde el sofá. Pensó en las conversaciones, que ya no existían entre ellos y en sus ojos parados, que ya no comunicaban nada. Lo que más le dolía era su indiferencia y su poca colaboración en las tareas comunes. Tuvo miedo de que su marido ya no le hablara hasta el martes, encerrado en sí mismo.

Él pensaba en ese día especial, que había elegido. Aquella cabaña sería un oasis en su cansancio semanal, que se alargaba más de la cuenta. Quería que para su mujer también lo fuera ya que trabaja todos los días como camarera en un restaurante, excepto los martes.

***

Llegaron a la cabaña el siguiente martes a mediodía. La mujer se paralizó al ver aquel entorno bucólico. Tuvo un dèja vú. Conocía la cabaña perfectamente, como si hubiese estado en una vida anterior.

Su marido le acabó cogiendo la mano y la estiró hacia adentro. Entraron juntos. Ella se sentó en un pequeño taburete y el hombre fue preparando la comida.

¿Te gusta el lugar? —le preguntó el hombre.

Tengo la sensación de que has entrado en mi mente —le dijo la mujer al comprender a qué se debía su dèja vú—. Un lugar confortable donde puedes reposar. Tú eliges, si quedarte o irte. Pero si decides quedarte, respétame.

Yo siempre te he respetado, Silvia.

No, no lo haces. Me pagas con indiferencia y con silencios. Eso también es una manera de rechazar a la otra persona.

Lo siento…

Ya sé que no estamos en nuestro mejor momento, la monotonía nos puede, pero… si decidimos entre los dos seguir juntos… Construyamos un futuro entre los dos, andando en la misma dirección. Tengo la sensación que bailo sola en esta vida, sin ti ya, desde hace tiempo.

Sin ti, la vida carece de sentido, Silvia —le dijo mientras intentaba darle un beso.

Ella apartó sus labios y se cubrió la cara con una mano. Al cabo de un momento, añadió:

A veces pienso si eres la persona adecuada para compartir mi vida.

Inténtalo, Silvia. Yo también lo haré. Podríamos quedarnos a vivir aquí, lejos de todo, solos tú y yo. ¿Qué me dices?

Una llamarada se encendió en sus ojos al oírlo. Pensó en su trabajo, en lo cansada que llegaba cada día, rellenando por completo su vida. Suponía que a su marido le ocurría lo mismo.

Luego le vino el miedo al pensarlo. Su vida dependía de aquel trabajo, la que la ataba vivir en aquella ciudad, donde su respiro se encogía por la contaminación y el estrés.

No puede ser, Roberto. Nos quedaremos a pasar la noche aquí y mañana volveremos a la ciudad.

Aquella noche, en la que Silvia se durmió y perdió su conciencia, había una cabaña de madera, que ardió por haber carbonizado sus sueños. Despertó sudada de la pesadilla. Roberto ya no estaba a su lado, se había marchado, abandonándola en aquel lugar pintoresco.

***

Un abuelo entró por la puerta. Iba cargado con varias bolsas. No se sorprendió de verla allí.

¿Te acuerdas cuando de pequeña te leía cuentos? —le preguntó el viejo hombre.

Silvia se asustó.

Tú me escuchabas —continuó el abuelo— y yo me sentía importante, porque me prestabas atención. Luego, nos acabamos distanciando. Ya no te interesaba lo que pudiera explicarte. Pero hoy, mi niña, vas a hacerlo. Roberto me ha dicho que andabas sola, incapaz de alcanzar un sueño, bloqueada. Todavía sueñas con llegar a las estrellas para rozarme, pero te diré que no buscas en el lugar correcto, pues he estado viviendo en esta cabaña, alejado de la gran ciudad, nunca quise irme a vivir allí. En esta pequeña arboleda nací; los montes y los pájaros se convirtieron en mis amigos. Y todavía los son.

«Tu madre te dijo que me había muerto y has estado llevando flores a una tumba equivocada. No la culpo. En paz descanse ya. Nunca quiso admitir que era un rebelde, que me negaba a progresar. Dicen que la ciudad es el progreso, pero cada vez respiran peor y necesitan de esos inhaladores que tú también usas. Para vivir. ¿Verdad qué aquí no lo has echado de menos?

Silvia negó con la cabeza mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.

No llores, mi niña. O sí. Mejor llora. Desintoxica tu alma. Nadie llora sin después sentirse mejor. Vengo del pueblo de abajo, donde he comprado un poco de comida. ¿Te apetece un poco de salchichón?

Sin esperar respuesta, se levantó y se puso a cortar unas finas rodajas de embutido.

De pequeña, te decía que esa arboleda era mágica y tú me creías. Algo de cierto debe haber, porque creo que físicamente te sientes mejor. La temperatura es buena. No es bochornosa. Y el ambiente es óptimo.

Como te decía, tu madre quiso que me fuera a vivir con vosotros, pero me negué a abandonarlo todo para cumplir sus ambiciones. Luego enfermó.

Su mirada se agacha.

Sus ambiciones por conseguir darle todo lo mejor a su familia, le acabaron provocando una enfermedad, que la empresa no indemnizó. Demasiado difícil de demostrar. Tú te quedaste con tus abuelos paternos, para tu madre yo había dejado de existir, el día en que le dije que de aquí, no me movía. Y se inventó mi muerte.

«Creciste entre el asfalto y observando un cielo gris, que diste por bueno. La luz del sol apenas se filtra desde esta arboleda, pero si yo te dijera que no existe, no te lo creerías. Igual como si te dijera que no existe el mar.

«Te da miedo quedarte aquí, porque te has acostumbrado tanto a la ciudad que piensas que no puede haber otro tipo de vida en otro lugar. Tus sueños se han extinguido entre las mesas que sirves cada día. Desde que los has perdido, te sientes vacía. Tienes la oportunidad de volver a pensar en ellos. Persíguelos y no los abandones nunca.

«Me decías que de mayor querías ser guarda forestal. Y yo me reía, porque si no fuera por la mano del hombre, los bosques no necesitarían cuidados extra. Aquí tienes la oportunidad de velar por esa arboleda. Mientras nadie la descubra, estará a salvo”.

«Silvia, mi niña, come. —Le acercó un plato con el embutido que había cortado—. No hace falta que me contestes ahora, pero piénsalo.

La mujer asintió más calmada y cogió un trozo de salchichón que masticó.

Luego salieron a pasear al exterior. Unas pequeñas ráfagas de viento mecían las ramas de los árboles. El aire la envolvía y sentía como sus pulmones le daban las gracias por haber llegado allí.

Silvia suspiró y decidió quedarse, después de que su gran ciudad la hubiese engañado. No se sentía de ningún sitio que no fuese aquel. «Voy a ser la guardiana de esa arboleda», pensó. Y sintió como los árboles le cuidarían sus sueños para que se cumplieran en un futuro.

***

A la semana siguiente, Roberto apareció.

Aquí no hay cobertura —dijo—. ¿Ya has tomado una decisión después de hablar con tu abuelo?

Me quedo, Roberto. Desde que estoy aquí, respiro con toda el alma. Si quieres, instálate tú también. Dejemos atrás nuestra vida anterior. Ha merecido la pena vivir para darnos cuenta de lo que no queremos para nosotros.

Un beso estampó el inicio de su cambio de vida. Y este fue el comienzo de su progreso personal.

Imagen Creative Commons de Dani Oliver en Flickr.