Grabaciones atrevidas, sueños imposibles

Solo quiero hablar con usted —le dijo Dora, apretando sus labios gruesos.

Rufián tuvo miedo de que la vieran hablando con ella, aunque la tentación de quedarse un rato charlando con ella, era atrevida.

En el camino pasaban diferentes estudiantes y no era apropiado que le vieran con aquel hombre regordete y con barba descuidada que iba en bicicleta, porque había decidido empezar a hacer ejercicio para ponerse en forma.

Rufián emprendió la marcha sin volverse.

La chica le lanzó una piedra a mitad camino para que se detuviera.

¿Estás loca? —refunfuñó Rufián que estuvo a punto de caerse de la bicicleta.

Solo quiero hablar con usted —repitió Dora penetrándolo con sus ojos azules.

El hombre tuvo una idea. Si Dora aceptaba posar y que él la grabara, después podría componer un anuncio con un programa informático. Podría tener éxito, porque Dora era la chica más popular de todo el vecindario y además era muy guapa. Pero antes tendría que escuchar a aquella chica.

Dime —le dijo mientras olía su perfume a flores salvajes.

Espero que sea la última vez que me grabe con su dron —le espetó Dora.

No te grababa a ti. Estaba haciendo unas pruebas con el paisaje —intentó excusarse.

¡Esto es una gran mentira!

Rufián fue perdiendo su entusiasmo sobre la proposición que quería hacerle a Dora. Cabizbajo se fue por el sendero camino hacia un futuro imposible. Su sueño de triunfar en el campo de la composición digital con Dora, estaba lejos de cumplirse.

 

Imagen Creative Commons de Maria Iglesias Barroso en FlickR.

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Infidel pels pèls

No sé què hi faig en aquesta cambra. Suposo que hi busco intimitat i, que ningú sàpiga, el que acabo de fer. Millor dit, el que estic fent. Ningú m’hi ha vist entrar. He mirat a banda i banda del carrer, fins assegurar-me que no em seguia ningú. Sé que la meva vida no és important per a ningú, però mai se sap qui està disposat a malparlar de tu, o qui té l’habilitat de posar la pota, i dir les coses en el moment més inoportú. I enfonsar de pas, la teva reputació.

Què hi fas en aquesta cambra, Eulàlia? I una certa excitació em mulla de dalt a baix. Els seus dits, tendres i arrodonits, em recorren amb un ritme que se’m fa atractiu al sentit del tacte. Tota jo regalimo de cap a peus, encisada pel seu accent estranger. Perquè la Jenny és una dona de poques paraules, però de quan en quan deixa anar alguns mots en accent anglès, que em pregunten si tot va bé. Jo faig que sí amb el cap, i ella continua amb el seu massatge peculiar. Em faig d’aigua, i penso que aquests dits són mel, de tan dolços i tan oportuns. Em pregunto, per què no l’he descobert abans. Què hi devia fer la Jenny, mentre jo m’enamorava de qui era en aquell moment el meu marit? Em llevo aquest pensament del cap, perquè ben mirat, la Jenny encara no havia nascut quan jo vaig caure de quatre grapes al joc de l’amor.

Quina humitat hi ha en aquesta cambra, quina calor, ¡mare meva! La Jenny em deu llegir el pensament, perquè posa en marxa un ventilador, que gira i volta els meus pensaments íntims. Els que tens dintre del cap i ningú més pot saber. Ben pensat, el meu marit no en sabia. Arribo a aquesta conclusió. Jo era massa jove i sense experiència. Els meus ulls emmirallats per un tors morè, uns llavis carnosos, i unes promeses que em vaig creure cegament. Però, de sexe, no en sabia. Vaig caure en una monotonia censurada i avorrida.

Menys mal que no vaig tardar en creuar de vorera i vaig conèixer la Pepita. Ella sempre tan atenta. Li vaig explicar totes les meves penes i em va ajudar a divorciar-me, mentre hi tornava a caure al joc del frec. Potser la Jenny llavors, ja era una nena de cabells rossos i gest angelical. La Pepita va posar totes les seves armes, per a què em tornés a veure bonica al mirall. Tenia una baixa autoestima. I tisorada va, i tisorada ve, em va fer sentir com ningú m’havia fet sentir mai. Tenia ganes d’abraçar-la, per la imatge que em va retornar el mirall, un cop vam acabar. El ulls els tenia vius, perquè l’alegria em feia moure les pupil·les a banda i banda, buscant una zona íntima de la cambra, que em tornés a fer sentir especial.

I així li ho pagava a la Pepita? Mira que havia tingut empeny i paciència amb mi… Que de vegades toco la moral de les persones, i això és sagrat, i no s’hauria de tocar. Només avui, Eulàlia, em dic. La Jenny és el present efímer. Volies tornar a veure’t jove, veritat? I sé que la resposta íntima és afirmativa, encara que si em preguntaren, ho negaria amb el cap. Mullada com vaig, retinc aquest encís de sensacions viscudes, mentre la Jenny em raspalla els cabells amb el raspall rodó i m’asseca els cabells. Quina calor, mare meva! I el ventilador ja no fa efecte. És una humitat enganxifosa. Aquesta perruqueria és tan diferent de la que té la Pepita. La Pepita hi té aire condicionat. I el seus dits, potser són més aspres a força de rentades, però hi tenen més traça i no mullen tant la roba de les clientes. És igual, és estiu i no crec que agafi cap refredat. M’aixeco del seient blau.

—Quant et dec, bonica? -li pregunto a la Jenny.

—Rentar i assecar… Dotze euros -em respon.

Pel preu no serà, Eulàlia. Exactament el mateix que cobra la Pepita. Però són aquestes ales de llibertat les que et fan ser infidel de quan en quan, penso amb un somriure entremaliat que se’m posa als llavis. Surto per la porta, miro a banda i banda del carrer. No, ningú coneix ningú en aquesta ciutat anònima. Però de vegades, els pensaments més íntims, parlen per sí sols.

Imagen Creative Commons de Carlos en FlickR. “Isabel. La mirada reflejada 2”

Limosna de matices

Una opresión le apretaba con fuerza la boca del estómago mientras danzaba por la calle de regreso a su casa. Un chico esquelético deambulaba por los alrededores con la mano hacia arriba, pidiendo limosna. A Ana Dalmau le dio pena nada más verlo. Seguro que no tenía ni quince años. No supo si era moreno o iba sucio. Vestía con la ropa muy desaliñada. La camisa la llevaba abierta, faltando algunos de sus botones y era dos tallas más grande de la que necesitaba.

Antes de pasar por su lado, la señora Dalmau abrió su monedero. Escogió la única moneda que había allí dentro, y se la dio al chico. Con esta acción, aminoró un poco el dolor de su alma, el que tenía por no haber tenido hijos.

Al abrir la nevera ya en su casa, volvió a sentir otra vez la angustia en la boca de su estómago por haberlo perdido todo en el bingo. Aquella noche, y como castigo, se quedaría sin cena.

 

Imagen Creative Commons de Jessica en FlickR

El marinero y el niño

Lo confesó sin ninguna sonrisa en los labios. El sudor brotaba de la frente del marinero mientras le hablaba a aquella policía, que le miraba incrédula. En la trastienda, había un niño escondido. Lo había visto solo una vez, pero sabía que seguía allí, porque las luces por la noche seguían encendidas.

Todo estuvo listo en unos cuantos días y el marinero se despidió de aquella ciudad maloliente, en la que había pasado poco más de quince días; veraneando, como nunca antes lo había hecho. Su mujer ya no le acompañaba, desde que se había fugado con otro hombre, cansada de estar sola.

Al final de la calle, vio la figura de la policía que le saludaba. De su mano iba aquel niño moreno que había en la trastienda. Por la forma de su cara, diríamos que su nutrición aquellos días había sido terrible, porque se le marcaban de manera muy prominente, los pómulos.

La rabia, que sentía el marinero, fue creciendo y sus puños se apretaron, conforme la policía le explicó la cantidad de horas que se habían pasado, hasta desmantelar aquella red de explotación. En aquella tienda de barrio, cerca del puerto, se escondía un taller textil clandestino donde se servían de mano de obra infantil.

El niño, después de las indicaciones de la policía, se acercó al joven marinero, y le pidió si podía viajar con él, porque no tenía padres. No quería ir a un centro de acogida. El niño y el marinero se dieron un beso en la mejilla por cortesía, que al hombre le quemó en su cara más de la cuenta y, segundos después, le dijo a la policía que intentaría adoptarlo. Sus intenciones iban en serio.

Dentro de unos meses, el marinero se convirtió en su padre. El primer día que le enseñó su barca, el niño le confesó entre lágrimas, la fobia que le tenía al mar desde que sus padres biológicos se ahogaron, esperando que la promesa de una vida mejor se cumpliera.

Ambos se quedaron en tierra, contemplando el cielo con sus nubes desde aquella barca, que ya no salió a faenar.

Imagen Creative Commons de mhobl en FlickR

La otra mitad silenciada

En esta opinión, os explicaré cómo me siento en mi tierra. Desamparada y silenciada serían dos palabras, que podrían definirme en los últimos años.

Se tiene que ser valiente para decir que te sientes española y catalana; o catalana y española en la actualidad. Porque en mi caso, el orden de factores no altera el producto, y tampoco me siento más de uno, que de lo otro. Podríamos decir que ambos términos están empatados.

Desde tiempos del ex presidente Mas, que tuvo la idea de dividir a Cataluña, y enfrontar a la sociedad, que lo vivo. Desde el principio, y desde el 9N, en el que pude experimentar cómo alguien de mi entorno cercano, llamaba a mi puerta para preguntar sobre mis ideas políticas; me asombré de lo fácil que era poner una cruz en mi nombre y señalarme como “mala patriota”, que supongo que era lo que buscaban para hacer un “censo” ficticio para poder ir a “votar”. Me mordí los labios y no abrí la puerta, pero me sentí muy atacada. Preferí callar antes que enfrentarme a esa persona. No sé si por miedo, cobardía, o para continuar con la paz vecinal. Después, tuve que ver y aguantar durante días, cómo se habían apoderado del mobiliario urbano, pagado con los impuestos de todos, para usarlos con fines partidistas. Me dio asco, y sentí incluso ira, cosa que me asustó.

Si no estás con ellos; estás contra ellos, piensan. Y no, no es que esté contra ellos, pero no me creo las falacias, que han montado para construir un “país” hecho a su medida, excluyendo y solo gobernando para ellos. Vivimos en la dictadura nacionalista, que intenta independizarse del resto, y ya estoy cansada. Sí, creo que hastío es la palabra que mejor define mi estado de ánimo de hoy.

Ahora, nos llevan a otro montaje suyo. Lo llaman 1-O, y todavía quedan unos meses para continuar desafiando a España. Me da vergüenza ajena, no piensan en los ciudadanos y mucho menos en la convivencia. Yo nací en esta tierra, y para mí la democracia no es intentar saltarse la constitución española a la torera. Los ciudadanos merecemos respeto y quién sea presidente y su equipo cumplan la ley y, quién gobierne, lo haga para todos.

Una española catalana

Imagen Creative Commons de Constanza Hernández Moreno en FlickR

Un café a las seis, una breve novela que creará huella en ti

Hace tiempo que no escribo la reseña de ningún libro, aunque continúe leyendo, pero en esta ocasión haré una excepción, porque la novela de la que os hablaré lo merece.

La semana pasada Pilar Muñoz Álamo publicó nueva novela en Amazon, “Un café a las seis”. No dudé en comprarla. Las palabras que la acompañaban me invitaban a leerla y, sabiendo que quién la escribía no me defraudaría. Ya me había acompañado con el libro de relatos de “Ellas también viven” y con “Los colores de una vida gris”.

Ha sido así. Las palabras de Pilar te envuelven, vibrarás con ellas, y dejas que te transporten a la emoción absoluta. Son ellas las que te guían y te hacen identificarte con la protagonista Raquel y con otros personajes de esta breve novela.

Se hace corta, te absorbe, pero fui descansando entre capítulo y capítulo para reflexionar, porque tenía ante mí, un pedazo del corazón de la autora a la que admiro, y no quería que se acabara. Por eso la retuve en el Kindle y, cuando llegué al clímax, me dejé trasportar a ese inesperado desenlace, que hace que la novela cree una huella en el corazón del lector. No podía ser de otra forma.

Raquel se dispone a acudir a una cita de compañeros de promoción organizada por su amiga Lourdes después de 25 años, aunque en el fondo siente que no debería ir; una parte del pasado, que no la ha dejado vivir en paz, podría estar esperándola en el hotel donde tendrá lugar la celebración.
Ansía ese encuentro tanto como lo teme. Porque aquello de lo que ha estado alimentándose a lo largo de su vida podría dejar de ser real. O atraparla para siempre.
Unas veces, no podemos huir del pasado. Otras, no deseamos escapar de él.

Gracias Pilar por contarnos esta bella historia, por invitarnos a la reflexión.

 

La autora, Pilar Muñoz, con su libro que también puede comprarse en formato papel,

La fantasía de las flores

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 6 – “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

La fantasía de las flores
esculpe mi cuerpo
y, entre sus pétalos, crezco.
En un claro bosque, está mi jardín
donde leo páginas prohibidas
que me permiten alcanzar un sueño.

Mis senos me sugieren un sujetador
para guardarlos. La censura impregna
mi vida que acaba de despuntarse.
Entre susurros, mayo se está marchando
con una llovizna de colorido pálido.

Me embriago con la lluvia y las páginas.
¡Cuánta hermosura en la lectura!
No me olvido de esconderlas,
pues es peligroso que alguien las vea.
Mi mundo está repleto de duendes imaginarios
donde, escondida con mi familia, pasan los días.

Helena Sauras