Tomasa, poema en imagen

En el tren, la vida que te separa,
nadie sabe lo qué te depara,
la infidelidad reiterada no se repara,
Tomasa para la fuga se prepara.

En el primer vagón, te sientas, el otoño ya entrado
te vacía el rumor de los latidos,
la traición es un pincho afilado
que se te clava, con un gesto te quitas el anillo.

Las estaciones pasan, recibes llamadas que ignoras
y, otras, se pierden de prisa por el tránsito
que te recorre, el vientre rompe la tela y crece:
no es imagen de ilusiones soñadas de otros tiempos,
crece el vientre tierno que conecta tu ombligo
con un futuro de incertidumbres que te acunan.

Billete extinguido, bajas, dibuja el atardecer
una tajada de sandía en el horizonte, tu vientre
una naranja que crece en el solitario árbol
de tu existencia tocada y del revés.

Tomasa, nueve meses después,
he visto la luz no impúdica de tu pubis,
sin padre reconocido, dos gemelas,
cuando todo se rompe, salen tranquilas.

El olor de este viento de atardecer
enciende el amor maternal, que guarda
como una loba salvaje sus tesoros.

Y ahora, yaces más mustia, cuando ya has dado
todo tu jugo, tus pechos exprimidos caen
aunque tu sonrisa por las nubes se alza.

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Úrsula, poema en imagen

El último milagro de la escalera:
saludan las vecinas a la pequeña Úrsula,
desconfianza en el pecho, acogida en el hogar
ultrapasas la alegría del pequeño universo.

Los astros enganchados en la pared brillan,
primera noche con nuevos juguetes,
duermes sola en una cama de pétalos, suave y cómoda
aunque el sueño no te vence, miedosa.

Temes perder, volver a la urbe
y te clavas las uñas bien adentro.
Una bruja pulula lo que te será quitado,
otra vez rondarás casas, oyes el aullido
de los monstruos que viven en el armario.

Tu grito alerta a la madre que llega,
útero seco; y el padre, esperma inmóvil.
Eres una osa pequeña que brilla en esta cama
que vuela sin naufragar, una esperanza,
la vida útil de quien tiene necesidad de amar.

El padre te lee un cuento de hadas que llegan
y tocan con la varita mágica una emoción,
Úrsula, la madre una taza de leche te prepara
con inexperiencia, pero el amor te absorbe.

Te adaptas lentamente a la nueva vida,
los niños de la escalera comparten los regalos,
orgullosa juegas con todos, y el día pasa volando.

Papeles, la adopción te hace formar parte de una familia
que te desea. Úrsula, ansiosa de juegos, que germinan todo el año. Los padres, un ungüento en el corazón.

Vergüenza rota

No recuerdo nada más vergonzoso en mi familia. Y cómo se descubrió y todo lo que vino después. La formábamos siete personas con los abuelos incluidos. Llevábamos tres años ahorrando para algo que cambiara nuestras vidas. No recuerdo sacrificarme tanto. Nuestras pagas semanales estaban requisadas desde hacía meses. Todo era para ese supuesto viaje que vivíamos con ilusión antes de realizarse.
Todo el mundo era feliz hasta que mi hermano Nico rompió la hucha.
—¿Pero qué haces, animal? —le reprendí—. Ya puedes recoger todo el dinero y dármelo.
Nico se agachó y me dio unas monedas. No llegaban a tres euros.
—¿Y los billetes?
—No había nada más —contestó encogiéndose de hombros.
Mi hermano vio mi cara tan desencajada que se quedó con los hombros encogidos, sin posibilidad de volverlos a su estado natural.
—¿Cómo que no había nada más? ¡Ya verás cuando hable con papá esta noche! ¡Te vas a enterar!
Lo peor de todo es que dudé de él y le pegué un bofetón. Se quedó con una mejilla encendida y las lágrimas rebosaron de sus ojos.

***

Durante la cena intenté contar lo que había pasado.
—No vamos a ir a ningún lugar. ¿No lo entendéis? —dije al fin al borde de las lágrimas—. La hucha estaba vacía.
Mi padre gritaba. Mis abuelos estaban muy decepcionados. Mi hermana Marisa no me dirigía la palabra desde hacía días, pero esta noche hizo una excepción para amenazarme por haber pegado al pequeño de la casa si lo volvía a hacer. Y Nico continuaba sorbiendo mocos, derramando lágrimas y, solo hacía que repetir que había roto la hucha por accidente al tropezar con ella.
El pequeño se abrazó a mi madre. Me fijé en ella. No había abierto la boca en ningún momento y tenía la mirada ausente. Al sentir los brazos de Nico, volvió a la realidad.
—Mamá, ¿dónde está el dinero? —preguntó Nico.
Mi madre, que había sido la última en llegar, que hacía días que siempre se retrasaba a la hora de la cena, contestó:
—Pronto lo recuperaré. Te lo prometo, hijo.
Y aquí fue cuando mi padre estalló:
—¿Ya has vuelto a la casa de apuestas, Merche? ¿Con eso te gastas nuestro futuro?
—Tranquilo, va a volver a terapia —dijo mi abuelo intentando calmar a su yerno.
—¡Para lo que le sirve! —Contratacó mi padre cargando la frase de ironía—. ¡Para juegos estamos!

***

Nadie pegó ojo aquella noche en nuestro hogar. ¿Desde cuándo mi madre era una ludópata? Y recordé discusiones pasadas, gritos, llantos ahogados y, luego la ilusión en la que caímos todos de hacer un viaje prometedor que nos alejara de la ruina.
Claro, era obvio, pensé. El viaje era parte de la terapia. Como aquel que quiere dejar de fumar y, le dicen que todo lo que gasta en tabaco lo destine a una hucha para comprar algo importante, después de un largo tiempo de abstinencia.
Mi madre se había pulido la mayoría de nuestros ahorros en poco tiempo como acabé averiguando. Lo único que el silencio nos acabó rodeando a todos y convertimos el juego en un tema tabú en nuestra casa. No hablamos más del tema entre nosotros.
Seguro que la idea de hacer un viaje todos juntos había salido de mi padre, pero ella necesitaba ayuda profesional. Fui a decírselo, pero había salido. Tampoco encontré a mi madre, aunque oí cómo se cerraba la puerta principal. Me dirigí hacia la salida y la seguí.

***

Anduve varias calles tras ella. Mi madre se dirigía hacia algún lugar que no tardaría en descubrir.
Miró a ambos lados de la calzada y entró en un salón de juego. Todo lo demás había perdido valor para ella.
Luminosa, la tragaperras reclamó su atención con música fascinante. Si ganaba, la máquina aplaudiría y, si no lo hacía, no tardaría en incrementar su ansiedad. Traté de impedirlo, llamándola por su nombre, esperando que sintiera la misma vergüenza que sentía yo.
Pero mi madre, totalmente hipnotizada, insertó una moneda, cruzó los dedos y esperó a que saliera el premio.
Me acerqué. Sonrió de manera bobalicona al verme frente a ella como si yo fuera una salvación. Enmudecí y la abracé.
Mi madre llevaba años rota y como un autómata depositó otra moneda. Fue rápida al deshacerse de mis brazos y no pude impedírselo. Después me miró reclamando complicidad.
De repente, la tragaperras enmudeció breves segundos y acabamos oyendo aplausos.

Participación en el taller nº 55 de Literautas

Imagen Creative Commons de Xavi Gracia en FlickR
Imagen Creative Commons de Xavi Gracia en FlickR

¿De qué color es mi dolor?

Amarillo como el gorjeo de los pájaros que no regresarán,
rojo como ese calor que me achicharra el ánimo,
azul como el hielo del mar que habita en mi morada.
¡Ay, olor de los días malsanos y dolor primario del alma!

Naranja como el otoño que decae y se recuerda en mi mente,
violeta como la noche espesa que apunta al alba,
verde como la libreta muerta de ideas y ya olvidada.
¡Ay, dolor secundario que lo envuelves todo en tu marcha!

Si pudiera pensarte, color, con solo verte te diría una sensación:
«Hoy me estás besando diferente en cada momento, en cada paso.
Nota el blanco del dolor: una diana. Yo su suma, luz y centro».
Pero noto lo negro, tu ausencia: una onda en el vacío de tus labios.

                                                                                    Helena Sauras

Imagen Creative Commons de Óscar Velázquez en FlickR

Los girasoles

Aquella tarde pintaba en silencio. La guerra hacía meses que había comenzado en su comunidad. Le daba miedo salir sola a la calle, por si alguien la increpaba por sorpresa con violencia. No se fiaba de nadie. La luz de algunos de sus vecinos llevaba meses apagada. ¿Hacia dónde habían huido? Su edificio apenas conservaba su propia luz, la que intentaba conseguir imitando a uno de sus pintores favoritos: Van Gogh.

Clara aquella semana continuaba pintando, aunque el sol no saliera apenas para ella. Se avecinaba un otoño difícil de describir. En su vida no había visto nada parecido y evitaba cruzarse con nadie. La guerra de símbolos continuaba en las calles y, lo más lamentable, en los espacios públicos. Aquel verano había sido incierto, con las playas llenas de cruces amarillas, simulando un cementerio. Ella no había tomado el sol, quizás otro año más calmado, con menos crispación en las toallas y, con los nudillos apretados, estuvo a punto de morder el pincel. Era ira contenida.

Por la noche, la mujer intentaba aprender técnicas plásticas. Y una vez las dominase, esperaba encontrar su estilo propio. La pintura se había convertido en su obsesión y, mientras pintaba, sentía que el amarillo de sus girasoles la acercaba a la composición que había creado y hacia la vida. Un jarrón que simulaba a su país, España, y un girasol para cada comunidad autónoma. El jarrón contenía todos los girasoles.

Chasqueó la lengua al ver el resultado final. Había algún girasol que protestaba porque se pensaba que era mejor que los demás y reivindicaba que no se le había tratado como debía.

—Tranquila, es solo ruido —se dijo.

Y se enchufó los auriculares y, con la música animada de Rozalén que sonaba en la radio, fue terminando su obra.

Evitaba hablar del tema con ninguno de sus conocidos, pero mientras tanto fue pintando cada día un poco más. Siempre podría cambiar el color, dependería del cristal con el que se miraba. Para ello, tenía varias gafas de sol con los cristales tintados para cada momento. Pero aquel día supo que se tenía que encontrar la manera, a pesar de que algunos se empeñaban en continuar en el mismo callejón sin salida.

—Tienes buena estrella, Clara. De ti dependerá conservarla —dijo su vecino al volver y cruzarse con ella en la escalera.

No supo si tomárselo como un cumplido o una amenaza, pero al apreciar el tono calmado de su voz, Clara le sonrió. Y fue esa forma simple de comunicación, la que pudo empezar a suavizar la convivencia. Atrás quedarían los insultos, las pintadas, y la quema de banderas. Había pasado una temporada en prisión por la violencia con la que pegó a otro vecino por colgar una bandera, que contenía una estrella. El daño estaba hecho y la denuncia no tardó en llegar.

***

Por fin, Clara ha encontrado su voz propia después de su ruido interior. Aprender a convivir en la diversidad desde la paz, desde el respeto y el diálogo, pero siempre dentro de la ley y la constitución. Tiene pensadas nuevas composiciones en un futuro. Otras series de cuadros independientes, que la obliguen a seguir pintando.

Clara piensa que somos ciudadanos de un mundo revuelto, pero pertenecemos a él por más que nos empeñemos a mantener una actitud crispada y a veces distante. Desatemos los nudos que nos atan, ya no importa el color, cada impresión importa, pero con la suma de todos. Los lazos amarillos son solo una protesta como las pinturas de Clara, que defiende otra perspectiva, pero no por ello tiene que ser silenciada. Y si a alguien no le gusta el color, que se ponga otras gafas de sol y dibuje otra sonrisa. ¿Podemos reinventar y dejar atrás la guerra de símbolos?

España tiene muchos cristales, tantos como comunidades autónomas. Como los girasoles, en días nublados nos buscaremos y nos miraremos de frente. Si no hay sol todos los días, al menos nos tendremos unos a otros para compartir nuestra energía, porque nos necesitamos.

Participación en el taller nº 54 de Literautas: «Los girasoles»

Helena Sauras

 

Marcela y Matilda

Alguien la perseguía. Marcela corría por aquel laberinto de calles que la engullían y devoraba el asfalto a cada paso. De su frente brotaba sudor y respiraba de manera agitada. En una mano, llevaba el teléfono móvil que había robado a su agresor antes de echar a correr. Se había jurado no volver nunca la vista hacia atrás.

En un lateral de una calle secundaria, había una pequeña puerta entreabierta. Al sentir cómo él se acercaba, rápida, le dio esquinazo cruzando aquel umbral.

Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad de aquella habitación y acabó dándose cuenta que era una tienda de sombreros por las prendas que había a su alrededor. De repente, se encendió una luz y oyó de frente una voz que decía:

¡En qué líos te metes, Matilda!

Se apartó a un lado mientras sentía el pulso en sus sienes y, se cubrió la cara con la prenda que estaba más a su alcance: un sombrero marrón de paja. Se quedó inmóvil y simuló ser un maniquí.

Una mujer, que respondía al nombre de Matilda, sacó de su cartera un documento y dijo:

Necesito otro pasaporte.

Eso no es tarea fácil. Y lo sabes.

No me pueden descubrir ahora. Además he estado ahorrando y necesito irme ya del país.

El hombre soltó una risotada, que se interrumpió por un ataque de estornudos de Marcela, porque había estado respirando el polvo que había dentro del sombrero.

¿Quién anda ahí? —El hombre empezó a moverse por la habitación—. ¿Me has estado grabando? —preguntó.

Matilda negó con la cabeza.

¿Qué quieres? ¿Otra identidad? Seguro que has venido con un periodista a destapar mi tapadera. ¡Eres una sinvergüenza!

El hombre cogió el brazo de Matilda y la zarandeó con fuerza mientras iba dando manotazos a los distintos sombreros hasta llegar al de Marcela.

Vaya, vaya —siguió—. Así que, sin saberlo, teníamos la compañía de una intrusa. ¡Ya no puedo confiar en nadie! Unos van, los otros vienen. Pero al final… Quién viene a mi tienda acaba pagando la deuda. ¡Siempre!

¡Achís! ¡Achís!

¡Dame la tarjeta! —ordenó el hombre a Marcela que seguía estornudando.

Marcela le alcanzó su móvil temblando mientras una pequeña cantidad de orina manchaba sus pantalones.

El hombre inspeccionó las fotografías que habían en el móvil y, dijo para sí mientras fruncía los labios de manera perversa:

Material interesante. Lo haré correr entre mis conocidos.

Las dos jóvenes se habían mirado mientras el hombre hablaba. Sus ojos comunicaban el desespero, el desamparo y la vergüenza que sentían.

Ambas deseaban desaparecer porque aquel hombre tenía el poder de abusar de ellas. Y así lo hizo.

Marcela hacía escasos minutos que había escapado de alguien que la grababa sin su consentimiento y, sin saberlo, se había acabado metiendo en un sitio peor. Algo olía a podrido en aquel ambiente de difusión de material pornográfico.

Matilda no había corrido mejor suerte en la vida y su horizonte a corto plazo no era muy prometedor. Aunque ahora estaba esperando una nueva oportunidad en algún lugar en donde pudiera ver crecer a sus hijos, lejos de la miseria. Era lo único que de verdad le importaba.

Al salir de allí, nada volvería a ser igual para ellas. Las dos mujeres eran dos voces anónimas que no podrían borrar las huellas de sus cuerpos y mucho menos las de su mente.

Tras cruzar el océano días después, no lograrían quitarse el miedo y la repugnancia que rondan todavía por sus almas a fecha de hoy.

Participación en el Taller nº 53 de Literautas: Pasaporte, horizonte y laberinto

Helena Sauras

 

Las creaciones literarias bilingües de Helena Sauras