Abrochando la vida

No se encuentra bien. Se levanta de la cama tras horas de insomnio y va por enésima vez al lavabo. Mira el reloj de pared de reojo. Las siete de la mañana y su nieta todavía no ha regresado. Nerviosa, siente un pálpito en su corazón que la dobla. Tiembla. No sabe si son los nervios o la sospecha de una arritmia encubierta. Intenta respirar y acercarse al comedor. En la mesa reposa un tensiómetro de brazo, regalo de las últimas Navidades de su nieta Patricia. Cuando las cosas marchaban bien, cuando la niña tenía trabajo, cuando todo no dependía de ella. Hoy, Josefa, por primera vez se siente vieja. Los minutos pasan, el manguito se hincha, y le muestra los valores en la pantalla digital: 19 de máxima, 9 de mínima. No tiene tiempo de observar las pulsaciones, pues se levanta y decide acudir a urgencias. No está dispuesta a irse ya, a pesar de sentirse tan cansada. Un escalofrío la recorre y se instala en su cabeza decidido a quedarse. Le pesan los pies, pero sabe que afortunadamente sólo tiene que bajar por el ascensor, y caminar unos pocos metros hacia el centro de salud. Por fortuna, su piso está pegado a él.

Entra con la tarjeta sanitaria en la mano y le responde al chico del mostrador con escuetas palabras el motivo de su visita. El ambiente de urgencias, hoy raramente está calmado, y la atienden enseguida. Le vuelven a tomar la tensión. La bata blanca de la enfermera la ha tranquilizado un poco y, saber que está en buenas manos, hace que el valor de su tensión se desinfle un poco. No obstante, continúa siendo alta, y le ponen una pastilla debajo de la lengua. Entorna los ojos brevemente para pensar que los valores de su tensión indican los años que tiene su nieta en la actualidad, diecinueve, y los años que tenía cuando se quedó huérfana, tan sólo nueve años.

Hoy, Josefa, nuevamente piensa en su hija y en su yerno. No es que no haya pasado ni un solo día en que no lo haya hecho desde que ocurrió el accidente. Aunque tan sólo sea una sombra en su pensamiento diario. Mil formas de haberse podido evitar, la martirizaron en un principio. Tejiendo una red de posibles soluciones ha maquinado su cabeza desde aquel día, pero la muerte de sus seres queridos no tiene solución. Y desgraciadamente y con gran pesar, lo sabe. Sólo haber llevado aquel cinturón de seguridad atado, les hubiese agarrado a la vida, o eso quiere pensar. Pero ya no puede cambiar nada de lo que ocurrió. Así pasó y ha tenido que hacerse la idea. Menos mal que la niña no viajaba con ellos, y eso fue lo único que la reconfortó. Subió a su nieta lo mejor que supo en absoluta soledad. Josefa tenía experiencia en el campo. Tenía el carneé en donde se señalaba en una cruz una casilla figurada y totalmente ficticia: madre soltera y con mucha honra.

Ahora Josefa permanece tumbada en la camilla. Le vuelven a tomar la tensión que ha bajado considerablemente a límites normales. La enfermera la ayuda a incorporarse lentamente y le acerca su chaqueta. Se percibe movimiento en la sala contigua. Acaban de recibir una llamada porque ha habido un accidente automovilístico cerca de allí. La ambulancia está afuera preparada. Josefa siente una corazonada, un leve presentimiento que la pone en alerta. No tiene noticias de Patricia desde hace horas. Son las ocho y media de la mañana. En el bolsillo de la chaqueta lleva el móvil, aprieta el botón para ponerse en contacto con su nieta. Pero solamente se encuentra con el buzón de voz. Es muy tarde ya. Patricia tendría que haber dado señales de vida, y si no lo ha hecho aún, será porque le ha pasado algo, padece la señora Josefa.

Torpemente vuelve a su casa. No hay ni rastro de Patricia. Es todavía pronto para dar la voz de alarma, pero algo grita dentro de ella. Va al cuarto de su nieta. Está todo bien ordenado, y la cama con su colcha rosa sin haberse tocado. Mira una fotografía divertida de fotomatón en la estantería. Patricia aparece en unas con sus amigas; en otras con Pedro, su novio. Es buen chaval, piensa la señora Josefa, respetuoso y educado. Si no fuese porque sabe que el amor tiene fecha de caducidad, como todo en esta vida, pensaría que es el chico definitivo para Patricia. Le ha pillado cariño en estos meses. Las nueve y cinco. Vuelve a llamar a su nieta. Esta vez contesta una voz con un timbre bastante grave y extraña para Josefa al teléfono.

¿Patricia? se atreve a pronunciar la abuela.

Señora…. titubea el hombre.

¿Dónde está mi nieta? le interrumpe nerviosa la señora Josefa.

Está en el hospital, pero no se preocupe la intenta calmar la voz masculina.

¿Cómo no me voy a…?

Ha tenido un accidente.

La cabeza le da vueltas. Al oír esta palabra. Un vuelco intenso en el corazón. La historia se repite. Su niña… La mano le tiembla tanto que acaba soltando el teléfono móvil, sin escuchar las últimas palabras.

—…Pero se encuentra bien. Está consciente. ¿Señora?

Pero Josefa ya no oye nada. A sus setenta años, después de ver de todos los colores, su corazón continúa bombeando, agitándose y precipitándose para poder volver ver a Patricia. Tiene ganas de abrazarla y camina lo más rápido que puede hacia el centro de salud, pegado a su casa. Patricia no está allí, pero quiere informarse dónde está, en qué hospital está. Josefa ya no siente fatiga aunque su respiración se ha agitado diversas veces cuando ha preguntado al auxiliar por su nieta. Sí. Patricia figura en uno de los hospitales de la ciudad.

La enfermera, que antes le ha tomado la tensión, ahora sin uniforme, se sorprende al ver otra vez a Josefa apoyada en el mostrador, y hablando con el auxiliar administrativo. Se acerca a ellos, para interesarse por su salud. Cree que Josefa ha regresado porque vuelve a no encontrarse bien. Cuando se entera del motivo real de su segunda visita al centro de salud, la enfermera se ofrece a acercar a la señora Josefa al hospital, pues ya ha terminado su turno.

Las dos mujeres, Josefa y la enfermera, suben al coche.

Es lo único que me queda, ¿sabes? le dice la señora Josefa a la enfermera refiriéndose a Patricia.

La mujer afirma, pues conoce a su nieta desde que nació. También conocía a Ana y a Manuel, los padres de Patricia. La enfermera siente un afecto especial por la señora Josefa, y se ha implicado en más de una vez en ayudarles. Ella tiene la misma edad que tendría Ana si siguiera viva, y Josefa sabe que nacieron el mismo día.

¿Cómo está su madre? se interesa la señora Josefa.

Bien. Ha tenido algún achaque en los últimos meses, pero desde que le pusieron el marcapasos todo ha cambiado para bien.

Me alegro… dice de corazón la señora Josefa. Fuimos compañeras de habitación cuando tú y Ana nacisteis.

La enfermera sonríe y asiente porque la historia ya la conoce. Se la ha oído explicar repetidas veces a su madre, y también en boca de Josefa, aunque la historia explicada en boca de la abuela de Patricia, cobra distinto color pues pertenece a otro punto de vista.

Estaba aterrada comienza la historia Josefa. Después de seis meses ocultando el bulto, tenía que pasar lo que pasó. Mis padres me descubrieron y pusieron el grito tan alto que perforó los cristales de todo el vecindario. No nos engañemos –me guiña el ojo Josefa-. No se enteró nadie. Prefirieron continuar con el disimulo, y guardar las apariencias que era muy importante en aquella época. Me hicieron jurar que una vez pasase todo, daría el bebé en adopción. En un primer momento, no me pareció una mala idea. Pero fui cambiando de opinión conforme avanzaban los días. En el momento del parto, tomé la firme decisión de que nada me iba a apartar de mi bebé. Entre contracción y contracción, sentí que ya nadie más podría interferir entre mi pequeña y yo. Fue un parto fácil. Me recuperé enseguida. Me negué a firmar el papel donde renunciaba a ser madre y se armó la gorda. Me arrancaron literalmente el bebé, pensando que cambiaría de opinión. No me lo dejaban ver, pero yo en aquella habitación de hospital, vi como tu madre te amamantaba y eso me dio fuerzas–la enfermera sonríe-. Y tracé un plan para recuperar a mi pequeña Ana, que ya le había puesto nombre aunque nadie más lo sabía.

¿Y qué pasó? Quiere saber la enfermera porque esta parte de la historia la desconoce por completo.

 

Me levanté como pude de la cama, robé un hábito de monja de unas de las habitaciones del piso superior en un despiste de su dueña, y anduve por diferentes pasadizos del hospital hasta dar con un sótano lleno de bebés. Sabía que mi hija estaba allí, pues los dictámenes de un corazón desesperado nunca engañan. Al fin la vi. Tenía la carita regordeta como su padre y había sacado la genética de mis labios que se quebraban entre el llanto de tanto bebé. La niña lloraba desconsoladamente. No creo que me equivocara pues la reconocí al instante. Me acerqué a ella y la cogí entre mis brazos. Desde aquel instante, supe que ya nada nos podría separar. Le dije a otra monja lo más convincentemente que pude, que salía con la niña a alimentarla y ésta me creyó. Tan pronto crucé la puerta, me encontré con otra monja, que al verme y no reconocerme, me dijo que los padres adoptivos de la pequeña ya habían entregado una suma cuantiosa de dinero. No quedaba mucho tiempo, alguien subiría en el cuarto a indicarme que la niña finalmente había fallecido de muerte súbita, como averigüé mientras conversaba con aquella monja. Impertérrita, me hizo que le entregara a la pequeña, pero en aquel momento Ana ensució el pañal. Me ofrecí a cambiárselo, para entregar a la niña limpia a sus padres.

Josefa, ¿usted cree que yo soy una de esos niños robados? Se atreve a preguntar la enfermera mientras se ha detenido en un semáforo en rojo y la sombra de una sospecha la aturde.

No. Nunca lo he creído, Eva. Yo misma vi con mis ojos como tu madre te tenía y te amamantaba. Pero en ese hospital paralelamente se entregaban bebés a otras familias, por las buenas o por las malas. Aunque a veces las cosas se tuercen, y yo misma pude robar a mi bebé robado. Las cosas salieron bien. Todavía me veo huyendo dentro de una furgoneta, metida entre sábanas., con mi niña. Rezando para que no llorara y que no nos descubrieran. Estaba tan dormidita. Con mi calor maternal, mantuvo el sueño justo para emprender un viaje que nos alejó de allí lo suficiente para empezar una nueva vida.

El semáforo se pone en verde. Avanzamos un poco, pero hay bastante circulación, y nuestra marcha se vuelve a detener entre el atasco. La enfermera Eva vuelve a frenar.

No fue fácil, ¿verdad?

La vida nunca lo es, pero esa dificultad de supervivencia es la que nos mantiene vivos. Trabajé sin descanso y, todo hay que decirlo, hubo gente buena como tú, que me ayudó a conseguirlo. Subir a Ana, aprender a ser madre soltera, toda una experiencia.

Y ser la abuela de Patricia…

Sí, eso también. Pero eso vino después. ¿Sabes una cosa? Me siento vieja porque mi corazón ha envejecido físicamente. Ahora me canso fácilmente. Tengo que vigilar lo que como, poca sal, poco café. Pero mi espíritu vuela alto decidido a no rendirse. Con mi pensión vivimos la niña y yo. Si yo dejara de existir, ¿qué sería de ella? Me lo pregunto cada día al despertarme. Ya sé que ahora ya es mayor de edad pero uno no lo es hasta que se independiza económicamente. Y ahora, con todo el panorama laboral que hay… Patricia tenía un trabajo eventual, ahora que lo ha perdido, ha empezado otra vez a estudiar. Y yo me alegro pues la vuelvo a ver ilusionada.

La señora Josefa sabe que Pedro tiene algo que ver en esa ilusión.

Ya están llegando al hospital. La enfermera Eva aparca con ligeras maniobras. Entran por la puerta principal de urgencias. No tardan en dirigirles al box donde se encuentra Patricia después de explicarles que sigue en observación, pero que todo parece ir bien.

Patricia está consciente e intenta sonreír al ver a su abuela, aunque una mueca de dolor la sorprende. Le duele el cuello y lleva un collarín alrededor de él. Los calmantes todavía no han hecho todo el efecto pero no tardarán en hacerlo.

Recibimos un golpe en el coche por atrás estando parados en un semáforo. Menos mal que llevábamos el cinturón de seguridad.

Josefa respira aliviada.

La enfermera Eva se sorprende al encontrarse en el pasillo con su cuñada Montse. Se saludan y Montse no tarda en explicarle qué hace allí.

Pedrito ha tenido un accidente explica. Por una vez que le dejo el coche… Pero lo importante es que está bien, pobrecito mío. Ven, está en este box. Y señala un pequeño espacio a la izquierda.

Pedro se avergüenza de escuchar los diminutivos en boca de su madre. Colorado, hace señas para que Eva pase la cortina. La enfermera así lo hace y se encuentra con Patricia acompañada por la señora Josefa. Ambas rompen a reír, cómplices.

Mamá –dice Pedro-. Te presento a Patricia, mi chica.

Montse saluda a Patricia con educación y piensa que el tiempo se ha precipitado en la vida de su hijo.

Cómo pasa el tiempo le susurra a Eva. Y el otro día le estábamos cambiando los pañales, verdad, ¿cuñada?

Sonrojado hasta la punta del mechón castaño que le tapa uno de sus ojos verdes, Pedro intenta que su madre se calle pero no lo consigue.

La señora Josefa ríe al observar las miradas que se cruzan los dos enamorados. Sabe que con una mirada se pueden decir mucho y que están deseando salir de allí. Si no fuera porque ambos llevan un gotero con los calmantes, sabe que lo harían gustosamente.

Horas después, las dos familias salen del hospital con el alta en la mano. Pedro y su madre suben al automóvil del padre de Pedro que les ha venido a buscar. Pedro y Patricia se despiden por unas horas susurrándose que será difícil besarse con el collarín puesto.

Ya en el coche, Eva le hace prometer a Josefa que se continúe tomando la tensión todos los días porque evaluarán si se tiene que cambiar la medicación.

¿Qué te ha pasado yaya? se preocupa Patricia.

Una que se hace vieja, pero me protegí con el cinturón dice Josefa mientras se abrocha a su vez el del coche.

¿Qué cinturón, abuela?

El tensiómetro que me regalaste es mi seguridad, pequeña. Pero no te preocupes, está todo bajo control, ¿verdad Eva?

La enfermera asiente. Sabe que el buen seguimiento, y Josefa es rigurosa en eso, es una de las bases para detectar anomalías y poder evitar accidentes cardiovasculares. La subida de tensión de hoy de la señora Josefa, posiblemente indique que la medicación que se está tomando se ha quedado corta y necesite otra clase de pastillas.

En los días que vendrán, Patricia ayudará a su abuela a apuntar en una cartilla diferentes tomas de tensión durante el día, la tarde y la noche, siguiendo las instrucciones de la amable enfermera. Sabe que algún día no muy lejano, ella también se convertirá en enfermera. Este es el pensamiento que la invade mientras estudia con empeño la lección de hoy. Ya queda poco para los exámenes y esos días se queda en casa para estudiar.

¡Juventud divino tesoro! exclama Josefa cuando observa que su nieta ya ha recuperado la movilidad del cuello por completo.

Patricia ríe feliz cuando contesta a la llamada de Pedro, y se entera que también se ha recuperado. Esta tarde quedarán, pero sin utilizar ningún coche. Han quedado a mitad camino. Antes toma la tensión a su abuela: trece de máxima, siete de mínima, anota Patricia en la cartilla.

Este año no podré regalarte nada, yaya se lamenta Patricia.

El mejor regalo es vivir cada día pequeña dice Josefa disfrutando cada respiro de su existencia-. Cuando me vaya, no quiero que sufras. Aunque creo que me queda mucho, mucho tiempo para esto.

Patricia le da un beso afectuoso en la mejilla y Josefa siente su calor.

Sólo estaré un ratito fuera. Vendré a cenar se despide Patricia.

Dale recuerdos a Pedro dice la señora Josefa.

En la parada de autobús, Patricia piensa en el regalo de esas Navidades para su abuela. La sorprenderá con tiempo y dedicación. A veces, la compañía es uno de los mejores presentes. Un valor que nada tiene que ver con lo económico pero que les hace mucha falta. Ambas disfrutarán de caricias en su espíritu, compartiendo juntas el tiempo que la vida les regala, que se alargará durante varios años.

Anuncios

Audiorrelato de “La cuerda y el delfín”

A Enrique, Ana, y Emilio con amor

 

Con motivo de “El día de la Salud Mental”, 10 de octubre, os he enlazado este relato que escribí en el año 2013. Espero que toméis conciencia de los “locos” y no los rechacéis por tener una enfermedad. No lo hacen expresamente. La locura siempre ha sido como un estigma contra la que la padece y los familiares que también están sufriendo alrededor del ser querido. Se ha rechazado por la sociedad, desde hace más tiempo que de Juana La Loca. ¡Mirad si ha llovido desde entonces!

El cerebro es un órgano más del cuerpo y, si enferma, necesita acudir a un médico (psiquiatra) para que le ponga solución. Los fármacos se tienen que tomar según prescripción y seguimiento medico. Siempre. Un abrazo y a continuar con nuestra vida.

 

Para tu libertad bastan mi corazón latiendo y mis alas volando

¡Hola, buenos días!

Los que me seguís por la pagina de Facebook, ya sabréis que este año he decidido continuar con las adivinanzas a través de los poemas. Participar es sencillo: serán dos poemas al mes. Colgaré el primer domingo del mes y el tercero, un poema entero, sin poner el nombre del autor. Me gustaría que imaginarais quién puede escribir esos bellos versos. La única condición es que no uséis el Dr Google para buscar la solución. Dejad que vuestra imaginación fluya, si no sabéis el autor preciso, al menos, lo podéis ubicar en una época de la historia…
El segundo domingo, y el cuarto; pondré las soluciones en una entrada del blog, haciendo un pequeño comentario de texto del mismo. Será un comentario personal ya que a parte de que será como siempre subjetivo, os explicaré algo de mí, de mi historia literaria con ese poema, si la tuvo, de mis impresiones… etc.
Una vez publique las entradas, las enlazaré en la sección nueva que he creado: “Adivina, adivinanza” para tal fin.

Espero vuestros comentarios, no os cortéis y si os equivocáis, no pasa nada; de los errores, se aprende.

¿Preparados? Pues empezamos…

El autor del poema que publiqué es de NERUDA. Me diréis qué fijación tienes por ese autor, si el año pasado también publicaste otro poema del mismo autor. Bueno, son tiempos revueltos los que corren a mi alrededor y, creí que el poema que colgué, reflejaba el momento “histórico” que estamos viviendo en Cataluña. Vamos, que le viene como anillo al dedo, sin pensar que el compromiso es una manera de restar libertad a la otra persona. 😉

El poema decía así:

Para mi corazón basta tu pecho,
para tu libertad bastan tus alas.
Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día.
Llegas como el rocío a las corolas.
Socavas el horizonte con tu ausencia.
Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas con el viento
como los pinos y como los mástiles.
Como ellos eres alta y taciturna.
Y entristeces de pronto, como un viaje.

Acogedora como un viejo camino.
Te pueblan ecos y voces nostálgicas.
Yo desperté y a veces emigran y huyen
pájaros que dormían en tu alma.

La temática del poema es la tierra cuando se acaba la libertad. El yo poético es un pájaro que emigra.

Sí, Neruda, se reencarna en un pájaro para huir y volar. Con la hipérbole, “Desde mi boca llegará hasta el cielo” y, con la segunda estrofa, que afecta a la naturaleza y a lo inalcanzable. Esta frase está en futuro, porque es un anhelo del poeta, un deseo para despertar lo dormido de su tierra, y poder liberarla.

Se compara  la tristeza con “un viaje”; es el fin, el autor toma lejanía y llega a su nuevo destino.

Fijaros en los tiempos verbales del poema: se usa el presente, se usa el pasado, y se usa el futuro. Son una de las clave para intentar descifrar lo que ocurre en un poema.

“Te pueblan ecos y voces nostálgicas”, habla de las voces exiliadas, que desde una nueva tierra añoran su patria.

***

La edición del libro de poesía donde os comento este poema, le tengo un especial cariño. Fue el primer libro que compré cuando llegué a la universidad. No sé si os lo he comentado, pero solía gastarme el dinero de las pagas semanales en libros. Prefería eso, a otros “caprichos”.
Me compré una edición que me costó 350 pesetas y con ella aquel mes de septiembre se iniciaba una nueva colección “Mitos de poesía” de Mondadori. Después de este primer contacto, adquirí varios volúmenes de la misma colección. Eran pequeños libros que casi no pesaban y podías llevar a cualquier lugar mientras alimentaban tu alma.

De color rojo, “Poesía de amor” de Neruda y una frase: “La besé tantas veces bajo el cielo infinito” en su portada.

Y en la parte de atrás otros versos: “Desnuda eres tan simple como una de tus manos, lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente” haciendo referencia a la poesía íntima. ¿Nos desnudamos a versos? La sinceridad hoy en día abunda poco, porque se le tiene miedo.

Mis mejores deseos para ese domingo que se avecina genial. Espero que os haya gustado esa entrada. El próximo domingo, os escribiré otro poema para que adivinéis quién es su autor.

Tu partida

Te diriges hacia un enigmático lugar,
partida como una naranja.
Cojo un gajo y lo mastico.
Huye el sabor en su franja,
mi lengua de buscar se cansa.

No es sosa, ni dulce, ni salada, ni amarga,
insípida, siento en la punta tu marcha.
Me detengo para olerte en el umbral,
no cruzaré ese falaz cristal;
tu perfume de ocaso roto regresa a mí,
de abrazos, si pudiera, te llenaría las manos.

Te vas corriendo en un universo de papel mojado.
Puedo sentir tu vacío y ausencia sin ser tocada,
porque fuiste poesía en tu marcha.
Sabías que me alteraba mi ansia embriagada,
que no creía, por miedo, en Ella, ¡oh certeza maldita!

Pero nos intercambiamos una luz de versos,
arrojaste tu ropa en mí, ¡oh cruel despedida!
Me regalaste bellas palabras de hondo sentimiento:
adiós, un triste paisaje gris me cala en ese momento.

 

Imagen Creative Commons de David Fresneda Ruiz

La vendedora de sueños

Susana esperaba no utilizar aquel revólver nunca. Por contra de lo que pensó, no fue así.

***

¿Hoy no traes flores? —le preguntó el vigilante cuando la vio aparecer en la entrada del cementerio.

No, no he tenido tiempo para comprarlas —mintió Susana y se dispuso a entrar.

No corras. La vida se escapa de este lugar —le advirtió el vigilante mirándola desde la distancia.

Como cada semana, Susana iba al encuentro de aquel hombre gris. La sombra de su figura se reflejaba en la tumba de final del camino. Era el lugar más discreto. Sabía que esa visita era su perdición, pero necesitaba de aquella bolsita de plástico como del agua.

¿No hay nada para mí?  —le preguntó la mujer.

Toma. Añade otros cien a tu deuda —le dijo el hombre dándole otra bolsita de plástico. ¿Cuándo me vas a pagar lo que me debes, Susana?  —le espetaron sin miramientos aquellos labios siniestros.

Ella rehuyó su mirada que la perforaba y la fijaba en el suelo

Pronto  —logró pronunciar la mujer.

Eso espero. Mi paciencia tiene un límite.

Dame un poco más de tiempo  —le suplicó mientras dos lagrimones resbalaban por su cara.

Y no me llores, el mundo está lleno de débiles.  —Escupió en el suelo—. Soy capaz de retorcerte esas lágrimas bobaliconas y de mucho más.  —La amenazó—. Me debes más de tres mil euros.

A final de mes, tendrás lo tuyo.

Más te vale. Si no me das el dinero… Tu final está más cerca de lo que piensas.  —Señaló la tumba más mísera de todas las que habían—. Espero que no acabes así.

Aquel hombre de traje gris impecable controlaba un próspero negocio en la zona. Decía que lloraba la muerte de su hija, pero lo que realmente hacía era pasar droga en el cementerio a ilusas como Susana. Se acercaba a las personas rotas por la muerte de un ser querido y les pasaba una bolsita con polvos, prometiéndoles aliviar las penas. Quién probaba aquella droga, ya no podría escapar de él, pues tenía un poder de adicción brutal. Las víctimas no tardaban en buscarlo y, de esa manera, contraían con él una deuda que nunca acababan de saldar.

***

Imagen Creative Commons de The Faith Hailer en FlickR

Por más que Susana intentaba recordar, no supo con certeza cuando había caído en el mundo de las drogas. Quizás la muerte de su marido, tan dolorosa, después de aquella larga enfermedad, la habían hecho precipitarse en el abismo.

Ya en su casa, sopesó entre sus dedos si aquella bolsita de plástico contendría los suficientes polvos con los que soñar con una vida imaginaria. Con ansiedad, se metió una raya por la nariz, hasta que la bolsita quedó vacía. Esta vez el hombre había sido escueto en el contenido, y su viaje imaginario duró poco.

Cuando volvió a la realidad, llena de ira, Susana decidió vengarse de aquel hombre que la tenía cogida por el cuello. Abrió el cajón de su cómoda y sacó el revólver que guardaba de su difunto marido. Su situación era extrema y fue a su encuentro.

Al verla de nuevo, el hombre se acercó y chasqueó los dedos, llenos de impaciencia.

Susana sacó el revólver y, por sorpresa, lo utilizó contra él, que la manipulaba desde hacía meses. Llena de rabia, tiró contra el cadáver la bolsita con la droga. Pensaba pedir ayuda, salir de aquel mundo de adicción que la absorbía y le impedía pensar con claridad.

***

Un disparo seco fue lo que oyó el vigilante a lo lejos. Se acercó rápidamente. Sobre la tumba de la que decía que estaba enterrada su hija, yacía muerto aquel hombre de traje gris, su camello.

La silueta de Susana se difuminaba a lo lejos. El vigilante la siguió a una distancia prudente hasta llegar al portal de su casa.

Por casualidad, ¿no se te habrá caído una bolsita de esas al salir? —le preguntó el vigilante a Susana dándosela.

No, gracias.

¿Seguro? —insistió con su fuerte mirada—. Yo callo, y tú vendes  —se apresuró a decir el vigilante.

Susana terminó cogiendo su dosis semanal.

Entre los dos surgió una mirada de complicidad, manchada por el silencio y por la muerte del hombre del traje gris. Susana, en ese momento, sintió una debilidad en su interior, que le hizo perder la voluntad. La droga volvía a llamarla por su nombre para ser esnifada, y la ayuda, que pensaba pedir, quedó en nada.

Y de esta forma, Susana, se convirtió en la nueva vendedora de sueños del cementerio.