El marinero y el niño

Lo confesó sin ninguna sonrisa en los labios. El sudor brotaba de la frente del marinero mientras le hablaba a aquella policía, que le miraba incrédula. En la trastienda, había un niño escondido. Lo había visto solo una vez, pero sabía que seguía allí, porque las luces por la noche seguían encendidas.

Todo estuvo listo en unos cuantos días y el marinero se despidió de aquella ciudad maloliente, en la que había pasado poco más de quince días; veraneando, como nunca antes lo había hecho. Su mujer ya no le acompañaba, desde que se había fugado con otro hombre, cansada de estar sola.

Al final de la calle, vio la figura de la policía que le saludaba. De su mano iba aquel niño moreno que había en la trastienda. Por la forma de su cara, diríamos que su nutrición aquellos días había sido terrible, porque se le marcaban de manera muy prominente, los pómulos.

La rabia, que sentía el marinero, fue creciendo y sus puños se apretaron, conforme la policía le explicó la cantidad de horas que se habían pasado, hasta desmantelar aquella red de explotación. En aquella tienda de barrio, cerca del puerto, se escondía un taller textil clandestino donde se servían de mano de obra infantil.

El niño, después de las indicaciones de la policía, se acercó al joven marinero, y le pidió si podía viajar con él, porque no tenía padres. No quería ir a un centro de acogida. El niño y el marinero se dieron un beso en la mejilla por cortesía, que al hombre le quemó en su cara más de la cuenta y, segundos después, le dijo a la policía que intentaría adoptarlo. Sus intenciones iban en serio.

Dentro de unos meses, el marinero se convirtió en su padre. El primer día que le enseñó su barca, el niño le confesó entre lágrimas, la fobia que le tenía al mar desde que sus padres biológicos se ahogaron, esperando que la promesa de una vida mejor se cumpliera.

Ambos se quedaron en tierra, contemplando el cielo con sus nubes desde aquella barca, que ya no salió a faenar.

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La otra mitad silenciada

En esta opinión, os explicaré cómo me siento en mi tierra. Desamparada y silenciada serían dos palabras, que podrían definirme en los últimos años.

Se tiene que ser valiente para decir que te sientes española y catalana; o catalana y española en la actualidad. Porque en mi caso, el orden de factores no altera el producto, y tampoco me siento más de uno, que de lo otro. Podríamos decir que ambos términos están empatados.

Desde tiempos del ex presidente Mas, que tuvo la idea de dividir a Cataluña, y enfrontar a la sociedad, que lo vivo. Desde el principio, y desde el 9N, en el que pude experimentar cómo alguien de mi entorno cercano, llamaba a mi puerta para preguntar sobre mis ideas políticas; me asombré de lo fácil que era poner una cruz en mi nombre y señalarme como “mala patriota”, que supongo que era lo que buscaban para hacer un “censo” ficticio para poder ir a “votar”. Me mordí los labios y no abrí la puerta, pero me sentí muy atacada. Preferí callar antes que enfrentarme a esa persona. No sé si por miedo, cobardía, o para continuar con la paz vecinal. Después, tuve que ver y aguantar durante días, cómo se habían apoderado del mobiliario urbano, pagado con los impuestos de todos, para usarlos con fines partidistas. Me dio asco, y sentí incluso ira, cosa que me asustó.

Si no estás con ellos; estás contra ellos, piensan. Y no, no es que esté contra ellos, pero no me creo las falacias, que han montado para construir un “país” hecho a su medida, excluyendo y solo gobernando para ellos. Vivimos en la dictadura nacionalista, que intenta independizarse del resto, y ya estoy cansada. Sí, creo que hastío es la palabra que mejor define mi estado de ánimo de hoy.

Ahora, nos llevan a otro montaje suyo. Lo llaman 1-O, y todavía quedan unos meses para continuar desafiando a España. Me da vergüenza ajena, no piensan en los ciudadanos y mucho menos en la convivencia. Yo nací en esta tierra, y para mí la democracia no es intentar saltarse la constitución española a la torera. Los ciudadanos merecemos respeto y quién sea presidente y su equipo cumplan la ley y, quién gobierne, lo haga para todos.

Una española catalana

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Un café a las seis, una breve novela que creará huella en ti

Hace tiempo que no escribo la reseña de ningún libro, aunque continúe leyendo, pero en esta ocasión haré una excepción, porque la novela de la que os hablaré lo merece.

La semana pasada Pilar Muñoz Álamo publicó nueva novela en Amazon, “Un café a las seis”. No dudé en comprarla. Las palabras que la acompañaban me invitaban a leerla y, sabiendo que quién la escribía no me defraudaría. Ya me había acompañado con el libro de relatos de “Ellas también viven” y con “Los colores de una vida gris”.

Ha sido así. Las palabras de Pilar te envuelven, vibrarás con ellas, y dejas que te transporten a la emoción absoluta. Son ellas las que te guían y te hacen identificarte con la protagonista Raquel y con otros personajes de esta breve novela.

Se hace corta, te absorbe, pero fui descansando entre capítulo y capítulo para reflexionar, porque tenía ante mí, un pedazo del corazón de la autora a la que admiro, y no quería que se acabara. Por eso la retuve en el Kindle y, cuando llegué al clímax, me dejé trasportar a ese inesperado desenlace, que hace que la novela cree una huella en el corazón del lector. No podía ser de otra forma.

Raquel se dispone a acudir a una cita de compañeros de promoción organizada por su amiga Lourdes después de 25 años, aunque en el fondo siente que no debería ir; una parte del pasado, que no la ha dejado vivir en paz, podría estar esperándola en el hotel donde tendrá lugar la celebración.
Ansía ese encuentro tanto como lo teme. Porque aquello de lo que ha estado alimentándose a lo largo de su vida podría dejar de ser real. O atraparla para siempre.
Unas veces, no podemos huir del pasado. Otras, no deseamos escapar de él.

Gracias Pilar por contarnos esta bella historia, por invitarnos a la reflexión.

 

La autora, Pilar Muñoz, con su libro que también puede comprarse en formato papel,

La fantasía de las flores

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 6 – “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

La fantasía de las flores
esculpe mi cuerpo
y, entre sus pétalos, crezco.
En un claro bosque, está mi jardín
donde leo páginas prohibidas
que me permiten alcanzar un sueño.

Mis senos me sugieren un sujetador
para guardarlos. La censura impregna
mi vida que acaba de despuntarse.
Entre susurros, mayo se está marchando
con una llovizna de colorido pálido.

Me embriago con la lluvia y las páginas.
¡Cuánta hermosura en la lectura!
No me olvido de esconderlas,
pues es peligroso que alguien las vea.
Mi mundo está repleto de duendes imaginarios
donde, escondida con mi familia, pasan los días.

Helena Sauras

En forma de primer cuento

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 5 – “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Trinaba una melodía un espabilado gorrión,
gorgoritos intentaban sus hermanos al imitarle.
En el nido, mi escritura les atrapó para inmortalizarles:
capté la fuerza de sus cantos con mis cinco sentidos,
cómo describirlos, cómo despuntar un cuento con ellos.
La letra floreció su osadía, viviendo en el campo por unos días.
El gorrioncito espabilado quiso iniciar una aventura;
quiso perderse los versos, quiso empezar una nueva vida;
alzando el vuelo, independiente de la fuente de mis ideas.
Su mamá inició un canto desesperado cuando le perdió,
sus hermanos se exaltaron piando fuerte su ausencia,
y las notas, llenaron el microcosmos de mi jardín.

El gorrioncito, desfalleció en su viaje y, en una jaula vecina acabó.
Privado de libertad, su voz se marchitó
en el atardecer de finales de su esa misma primavera.
Y en ese estío, aún recordé su temprano canto.
Me sirvió de musa, un lápiz afiló una breve historia
en forma de primer cuento. Ese gorrión fue mi primer protagonista,
también le perdí, mas no de mi memoria y con ella,
renace ahora como la vida en sus días de abril.

Helena Sauras

El chico de la gabardina

Para él, vestirse con una gabardina era una novedad. Para ella, materializar su amor en un ascensor, ganar la batalla a su seguridad. No se conocían previamente. Simplemente habían coincidido en el mismo lugar a la misma hora. Ella lo eligió de entre todos, por aquella vestimenta gris que le daba un aire serio y de misterio, y quiso probarlo primero. Si su intuición no fallaba, tenía ante ella un buen amante. Como para pasarlo por alto. Le atacó, besándolo en el cuello con deseo y mucha pasión. Él se dejó llevar. Siempre que iba a un casting, se tomaba previamente una pastilla para poder hablar en público. Esta no era una excepción, y se sintió relajado y lleno de profundas ganas de comerse aquella mujer que lo besaba. Contratacó con sus labios voraces de carne nueva.

No tenían nada más que aquel instante; un regalo del destino. Les sobraban las palabras.

Aprovecharían el momento dando fruto a su deseo. Con prisa se desnudaron, porque los minutos corrían, y quedaban pocas plantas para llegar al ático de aquel rascacielos.

Él la penetró con cautela. Ella intensificó el ritmo. Ni él, ni ella sabían en el momento preciso en que se abrirían las puertas. Cuando el ascensor emitió el último sonido, ella bloqueó las puertas para ralentizar el instante, y llegar al orgasmo. Él nunca olvidaría su cara de placer.

***

Se oían voces en el exterior:

¿A qué hora era la prueba? —pregunta el cámara.

A las diez —contesta el primer chico de la fila.

La Señora Vásquez se retrasa. ¡Qué raro! Suele ser muy puntual.

¿No te has fijado que el ascensor se ha atascado? Lleva en la penúltima planta desde hace rato —comenta otro chico de la fila.

Sí, es verdad —comprueba el cámara.

Mira, parece que vuelve a estar en movimento —dice otra persona señalando el ascensor.

Segundos después, se abre la puerta del ascensor. Ella con el pelo algo revuelto, con menos carmín en los labios de lo habitual, y con mirada pícara. Él con la gabardina algo arrugada, relajado, y con cara de no haber roto nunca un plato.

Parece que hoy está de buen humor —susurra el cámara.

Confío en tí —le dice la Señora Vásquez al chico de la gabardina, y le da una palmadita en su trasero con disimulo.

La Señora Vásquez observa la gran fila que le espera. Muchas horas al día para descubrir nuevos talentos en el campo de la interpretación. Hoy le entran ganas de bostezar, pero las reprime como puede. Solo quería ensayar una vida irreal e imperfecta por unos momentos. Tanto orden en la suya, la abruma; cumplir un horario estricto cada día. El chico de la gabardina se ha colocado en la última posición de la fila.

Hoy vamos a empezar por el final… —comienza la Señora Vásquez haciendo señas al cámara y al chico de la gabardina.

El chico de la gabardina se desprende de la vestimenta por exigencias del guión. La Señora Vásquez piensa que sin gabardina, el chico se convierte en uno más del montón, y se la hace volver a poner otra vez.

Total, para un anuncio de fruta, solo hace falta frescura —comenta el cámara entre dientes.

Después de repetir tres veces el eslogan de aquella marca de plátanos de Canarias, con gabardina y simulando un día de lluvia, la Señora Vásquez se da por satisfecha, y le guiña el ojo al chico que le alimenta sus fantasías.

Ya hay bastante por hoy. Estás contratado —comenta ante la mirada del cámara que le mira incrédulo.

¿Lo habéis oído? —dice el cámara dirigiéndose a las personas de la fila, una vez ha procesado la información de su jefa.

La fila se disipa poco a poco hacia el ascensor entre protestas de los asistentes. Van bajando por turnos ordenados, de seis en seis.

La Señora Vásquez se queda con el chico de la gabardina para el final.

¿Repetimos? —le dice una vez han subido los dos solos en el ascensor-.

No es lo mismo para el chico, porque ahora ya no son dos desconocidos. El chico sabe que ella es su jefa. Tanta tensión, le ofusca y se siente como un animalito acorralado, pero intenta seguirle el juego. La llamarada de su sexo masculino, latente, así lo demuestra. La señora Vásquez vuelve a trabar las puertas del ascensor para descargar su orgasmo.

Se despiden sin palabras, con un beso largo, antes de que las puertas se abran.

***

Aquella noche, la señora Vásquez recibe una llamada telefónica del encargado de las cámaras de vigilancia del rascacielos donde trabaja. La sorpresa de la señora Vásquez es descomunal cuando recuerda que aquel último mes también instalaron cámaras en los ascensores. Tiene que soltar una cuantiosa suma de dinero de su cuenta corriente, si no quiere que el vídeo se difunda por la red. Acepta contrariada. Sería todo un escándalo que destrozaría su reputación y su familia.

***

Mamá, ¿por qué compras plátanos de Canarias? —le pregunta su hija al cabo de unos meses.

Desde las últimas semanas, todos los días, después de comer y como postre, la Señora Vásquez, se come un plátano que muerde delicadamente. Por unos momentos, entorna sus ojos y recuerda el fuego del ascensor, y su fantasía tan palpable, que se convirtió en realidad.

Lo ha adornado de excusas, que si tiene calambres que las piernas, que si necesita potasio, pero en realidad, es el recuerdo de aquel chico de la gabardina el que la obliga a consumir un plátano diario. A pesar de que los desaconsejan, y todavía no saber el por qué en todas las dietas que se dedican a contar calorías, la fruta le da energía para afrontar la tarde.

Hoy llueve. Se pone la gabardina, que le dio el chico como prenda, el último día en que la vio, después de rodar el anuncio publicitario. Deja que la vestimenta gris la envuelva. La huele en ese momento en que se el tiempo se detiene para ella, y comprende que, al final, aquel olor a ropa limpia y fresca, acabará desapareciendo por completo.

Acompaña a su hija al colegio de pago y se dirige hacia el rascacielos para cumplir su aburrida jornada laboral. Son las cinco en punto cuando pone los pies en su oficina. Hoy, nadie la espera.

Helena Sauras

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Entre las letras de los cuentos

Primavera, deshojando cuentos

POEMA 4: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

Entre las letras de los cuentos,
personajes imaginarios alcancé:
hadas en castillos de cristal atrapadas,
príncipes que trepaban torres,
obstáculos varios en mazmorras diseñadas
para quedarse. Las páginas volaban en mis manos,
una tras otra, deslizándose de mis diminutos dedos.
Terrible era el inicio, en un conflicto se encontraba
el protagonista; dulce el desenlace para el paladar.
Y otro sueño exigente, me estimulaba la imaginación.
Otro cuento más, y otro al compás,
y otro único, y exclusivo para mí, sin los demás.
Desdichados personajes, ricos en acción,
haciendo malabares para entretenerme.
Amigos invisibles me tendieron la mano para cruzar el umbral
de la inocencia cándida. Desenredando conflictos,
deshojando cuentos, me sorprendió otra primavera.
Marzo hacía crecer el día hacia ella. La vida pululaba
a mi alrededor. ¡Cuánta magia me tocaba entera!
El hechizo de las flores me hizo respirar el jardín
del abril con la varita de mis ideas.
Y entre sus letras y su magia…. Crecí.

Helena Sauras