Cuarto vacío y menguante

—¿Hay alguien ahí?

El cuarto estaba vacío. Podía lamer su ausencia como cada tarde. El paso del tiempo había erosionado también sus huellas, ni un triste perfume rondaba a su alrededor, como si en años no lo hubiese habitado nadie. Solo había una amplia telaraña en el techo y olía a polvo repleto de ácaros.

Un vahído la asaltó y le hizo golpearse la cabeza contra el suelo.

Y soñó, tendida sobre las baldosas frías, como solo sueñan algunas mariposas antes de morir, resignadas, camino a la Muerte. Quietas, esperando su hora sin revelarse. Sumisas y sometidas.

Se despertó sobresaltada, con esa angustia propia de una madre que padece, que intuye, que conoce el desenlace con antelación.
Pensar que le había podido pasar algo. Era su vida, la que había sentido en sus entrañas, y había sido tan breve… ¡Qué efímera! Vivir para contarlo. Ella, que no tenía ningún derecho ya, por haber sobrevivido a todo aquel dolor.

Miró a su alrededor, se tocó la panza en un acto reflejo. El cuarto continuaba vacío de ilusiones: era su propio cuarto. Y no se acostumbraba a vivir con ese vacío interior, que le quitaba la sed durante la mayor parte del día.

—¿Hay alguien ahí? —Su voz rebotó de incomprensión por aquellas cuatro paredes manchadas de moho.

Se incorporó. Ahora se encontraba sola y mareada, pero se puso en pie. Por sus muslos bajaba algo de sangre. «Otra menstruación para la colección», pensó decaída.

Por mucho que preguntara, nadie le respondería. Y aquel cuarto menguaba desde hoy un poco más, porque le quedaba un óvulo menos en su lucha (imposible) contra el paso del tiempo y su obsesión por ser madre…

Taller Móntame una escena nº 52 de Literautas
Helena Sauras

 

Imagen Creative Commons de David Barger en FlickR

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Interpretando un beso

Verano, interpretando nuestro amor

POEMA 7: “Entre la luz, el ocaso, y el contraste”

 

Aquella jovial víspera de San Juan,
te vi interpretando un beso
en el escenario de la ciudad dormida
y, quise ser la receptora de tus labios.

En la butaca me revolvía con fervor,
movías las manos acaloradamente,
tu actuación me abrasaba totalmente.
Con estupor, contemplé el atardecer más largo.
Un latido bombeaba en el cielo de tu obra.
Y quise quedarme en él, toda una eternidad.

Humedecida, me dormí en la noche veraniega.
Un sueño impoluto me rondaba,
Desperté, y vi la luna teñida de tu mirada.
Y, quise pintarla en el lienzo de mi cuerpo.

La huella de mi corazón brota y crece,
cuando, por fin, me acerco a ti.
Maquiavélico plan el que me puede.
Un rompecabezas el que me tuerce.

Los rumores del bosque

Un excursionista encontró la cueva más buscada a finales de 2017. Gracias a sus cálculos y, a su intuición que nunca fallaba, había dado con ella. Llamó a las autoridades para decir que había encontrado en su interior tres esqueletos: el de un adulto, el de una bestia difícil de catalogar y el de un niño.

Los tres permanecían tendidos cubiertos por el polvo y escondían una entrañable historia, que no sería contada si no fuera por el viento, que entró en la cueva y se llevó los rumores hacia el bosque, convirtiendo en leyenda lo acontecido en la cueva del dragón años atrás.

***

1985

Tiene que ser aquí.

¿Vas a quedarte en la entrada como una estatua? —preguntó Tobías tirando de su chaqueta.

Ya voy.

Entraron en la cueva que se ensanchaba conforme entraban. En medio de ella, una frase. El niño, que hacía poco que había aprendido a leer, la leyó asombrado: «Contra todo tu mal, el dragón actuará».

Tobías suspiró porque el mal lo conocía bien a su corta edad y, se sentó en un pequeño asiento de piedra esperando al dragón. Una oscura figura se fue acercando lentamente a ellos.

Papá, tengo miedo. ¿Hay lagartijas?

No tenemos nada que temer.

El dragón les observaba sin mediar palabra. Asistiría a una pequeña escena familiar.

¿Nos quedaremos a vivir aquí? —preguntó el niño al cabo de unos segundos en las que acarició al dragón y vio que no pasaba nada.

La bestia se rindió al cariño de la mano del niño. Tobías sentía cómo la naturaleza había creado esa bestia para protegerlo. El dragón con sus garras y sus grandes alas asustaría a las pequeñas lagartijas que abundaban en sus pesadillas.

No, hijo. Tenemos que partir antes de que anochezca.

Yo quiero vivir también contigo —le dijo el niño apretando fuerte su chaqueta.

Al padre le dolió ese abrazo más de la cuenta. Su hijo le pedía a gritos lo que un juez le había negado.

No puede ser —dijo el hombre entre lágrimas—. No deberíamos estar aquí o te acabaré perdiendo para siempre.

Nada, ni tan siquiera el dragón, podría suplantar la ausencia de su padre cuando fuera entregado a su madre.

El hombre aspiró el olor de su hijo que olía a un sudor suave, y oyó un fuerte estruendo debido a un estornudo del dragón que se había emocionado. Ahora fue un padre asustado quien tiró de Tobías para llevarlo hacia la salida de la cueva.

***

Por más que lo intentaron, se encontraron con una salida tapiada. Diferentes rocas habían caído de la montaña y eran imposibles de mover, ni tan siquiera el dragón pudo hacerlo.

Deseé con todas mis fuerzas que eso pasara…

Vamos, —dijo el padre dándose la vuelta— tenemos que encontrar otra salida.

Encontraron una larga galería que conducía hacia otro lugar, pero tampoco existía salida para su desesperación.

***

Durante la primera noche que pasaba en la cueva, pensó en ella, en el sufrimiento que le ocasionaría perder a su único hijo. Hasta hacía poco era su mujer y, mientras su relación se quebraba, Tobías sufría las consecuencias más tristes. Nadie sabría que había raptado a su pequeño para retenerlo unos instantes más, antes de que la separación se hiciera más que evidente. Siempre había tenido intención de devolverlo.

Estuvo días gritando ayuda, pero solo los animales habitaban en el bosque y nadie les auxiliaría. Fueron noches en las que la magia y la compañía de aquel reptil estuvieron presentes hasta su muerte.

Al cabo de unos pocos días, exhausto y desnutrido, Tobías se subió al dragón y le susurró su último deseo:

Enséñame a volar.

El dragón, con los ojos húmedos porque sabía que ninguno de los tres tenía escapatoria, movió sus alas y de esa forma, Tobías se despidió del mundo convirtiéndose en espíritu de aquella cueva.

El padre, roto de dolor, se quedó en un rincón, porque algo le impedía abrazar el cuerpo inerte de su hijo. Y de su desesperación brotó esperanza cuando comprendió que él se convertiría en guardián del dragón a la espera que alguien descubriera aquella guarida perdida entre las montañas.

Fueron sus lágrimas las que fueron filtrándose por el suelo, las que cayendo una a una como estalactitas errantes, fueron abriendo otra salida camino hacia la vida.

Cuevas del Drach de Stefan Kellner

Imagen de “Cuevas del Drach” de Stefan Kellner en FlickR

Inòpia

Desconnecta.
L’odi dels teus punys
la temor dels teus ulls,
la llàgrima que no arranca,
perquè no vols plorar.

No, avui no toca vessar,
l’aigua baixa plena pel riu,
la teva melena dansa
per la primavera amarga
del teu sencer rostre.

I quin terratrèmol avança?
RES. Tot s’ha mort i cau
en les violentes imatges.
Ara ja no pots plorar,
quants sense sostre —ho lamentes—,
veus trencadisses sents,
i la vida s’ha perdut saltant al buit.
Devastadores i desoladores
les imatges que pots apagar.

Interromp, desconnecta, oblida…
De què et serveix plorar?
Apaga la televisió, treu-te la wifi,
ignora-ho, tanca els ulls, evadeix-te…
I estaràs en la inòpia un cert temps
en què un trist somriure et sorgirà.

Però la sobtada llàgrima, que sempre et torna,
té un regust salat a la rajola de la teva terra.
«Maleïda guerra…».

 

Imagen Creative Commons de Anne Worner en Flickr

El contador de historias

¿Dónde está el secreto de su éxito? —le pregunta un periodista tras la publicación de su última novela en una entrevista.

Ingrid sonríe enigmática y va recordando cómo se enfrentó a la página en blanco.

***

Ninguna buena idea latía en lo hondo de su cabeza y desechaba las pocas que le venían. «De eso ya he escrito, no voy a repetirme». «Eso es muy aburrido, no captaré el interés del lector». «Sobre ese tema, no me apetece escribir…». Después de varias horas sin nada sobre lo que escribir, en los que había trazado varios garabatos con su lápiz de la suerte, pensó que su amante no tardaría en llegar y no llevaba ningún conjunto de lencería atrevido.

Fue a cambiarse. «Mañana volveré a intentarlo», se dijo irritada mientras elegía un picardías de un cajón. Pensó que el sexo le vendría bien para despejarse.

Marcos no tardó en aparecer y, después de una sesión de sexo intenso, Ingrid paladeó una bebida. Había preparado dos gintonics con una rodaja de limón. Para romper el hielo, se interesó sobre el mundo de su amante:

¿Algo interesante que contarme?

Marcos, que no estaba acostumbrado a hablar con ella, se sorprendió y dio un buen sorbo al gintonic antes de contestarle con otra pregunta.

¿Cuándo volveremos a quedar?

No lo sé. Creo que tardaré en poder. Necesito tener como mínimo una buena idea para mi próxima novela.

Necesitas distraerte, ¿por qué no nos vamos de viaje?

Me temo que no va a ser posible.

¿No te hartas de mentir a tu marido?

Ingrid evitó contestar. Cuando Marcos se ponía así, era mejor callar. No era la primera vez que la presionaba a tomar una decisión que no se veía capacitada.

Al cabo de unos minutos de silencio en que ambos apuraron sus vasos, Marcos se levantó y se fue sin despedirse.

***

Ingrid intentó dormir y lo consiguió enseguida, porque cuando estaba bloqueada el sueño la vencía pronto.

Tras días en los que no consiguió escribir una sola línea coherente, decidió salir a dar una vuelta y darle conversación a un taxista.

Si no fuera taxista, ¿qué le hubiera gustado ser?

¿Yo? Contador de historias, sin lugar a dudas.

Pues cuente, cuente… —dijo Ingrid sacando su bloc de notas.

Aquel hombre tenía mucha labia, y en pocos minutos, le dio muchas ideas.

¿No te importaría intercambiar nuestros teléfonos? —le preguntó Ingrid al terminar el trayecto.

¿No estará intentando ligar conmigo, señora?

Ingrid le sonrió mientras lo negaba con su cabeza.

Es para quedar otro día. Usted me sirve de fuente de inspiración.

Me halaga que me lo diga, señora, pero tengo cuatro bocas que alimentar. No tengo tiempo para quedar con usted fuera del trabajo.

Quedaremos en el taxi y, mientras trabaja, me irá relatando lo que ocurre en esas historias que se inventa… Le pagaré como es debido.

Al llegar a casa, releyó lo que había escrito en su bloc de notas e intentó desarrollar alguna de ellas. Desatascaría su mente ante aquel folio en blanco que se le resistía.

Una, dos, tres… Palabras escritas. Algo más había conseguido de lo que tenía en un principio. Y así, sucesivamente, cada día, hasta que tuvo su novela lista para revisión. Su editor la admiró e Ingrid pensó que tenía el deber de compartirla con el taxista.

Ingrid le regaló un libro cuando tuvo los ejemplares listos.

Será el primer libro que me leo en años —dijo el taxista al saber que las historias que se había imaginado estaban allí.

Le daré un tanto por ciento de las ventas, señor, por cómo me ha ayudado a salir del bloqueo.

El taxista se emocionó al oírlo.

***

El secreto de mi éxito no se lo voy a revelar por el momento —contesta Ingrid a su entrevistador después de su evasión.

¿Cómo se consigue estar en la lista de lo más vendidos durante tantos meses?

Nunca imaginé que lograría escribir un best seller —contesta Ingrid—. Pero una vez se supera el bloqueo, soy imparable.

Y le guiña el ojo al periodista mientras piensa que esa noche tiene una nueva cita con su taxista para trabajar en su próxima novela.

Imagen Creative Commons de GorlitzPhotography en FlickR