Pinzitas

Llegué agotada de trabajar y con ganas de tumbarme en el sofá. Empezaba el corto fin de semana, sábado a las 14:15. Tenía que aprovechar el tiempo para que después no me quedara la agridulce sensación de domingo a última hora de la noche. Sensación que se agota con el sonido del despertador del lunes. Y vuelta a empezar.

Mi marido me tenía preparada una agradable sorpresa. Sus manos cálidas y fuertes agarraban un ser vivo.

_¡Mira que he comprado! -me dijo enseñándome su nueva adquisición-.

Era un bogavante oscuro y brillante, que se movía sin parar. Buscaba escaparse de sus dedos, sin llegar a conseguirlo ya que tenía las pinzas atadas con dos anillos de goma de color verde. Me explicó que era para la paella del domingo, cómo lo teníamos que preparar y los ingredientes que necesitábamos para ello. La mujer de la depuradora, de mediana edad y rechonchita, le había dado las instrucciones necesarias: clávale un cuchillo y pártelo por la mitad.

_Me da pena, lo podríamos adoptar. ¿Y si lo ponemos en el acuario?

_No serviría, los peces que tenemos son de agua dulce -le intenté convencer-.

Me desagradaba la idea de ver al bogavante partiendo con sus pinzas a mis cupies y devorándolos ansiosamente.

_Le he pillado cariño -dijo al final con mirada tierna-. Podríamos llamarlo Pincitas.

_Bueno, pero con Zeta. Zeta de zoo, que significa animal que al fin y al cabo es lo que es –apunté-.

Mientras se lo decía me vino a la memoria el episodio de Los Simpson en el que Homer adoptaba a aquel crustáceo y se convertía en uno más de la familia. Me imaginé poniéndole un  plato más en la mesa, haciéndole un hueco en el sofá mientras se apoderaba del mando a distancia, arropándole por las noches mientras le leía un cuento. Aparté de mi mente estos pensamientos absurdos mientras lo introducía en una bolsa de plástico que acabó en la nevera; bien fresquito y para mañana.

Al día siguiente después de repasar la receta de Canal Cocina empecé a preparar los ingredientes para la paella: ajos, ñora, pimiento troceado, cebolla, caldo de pescado, arroz… Sacamos a Pinzitas de la nevera para que se fuera ambientando, la pusimos en una fuente de cristal sobre el mármol. Nos miraba sin cesar y le hice unas cuantas fotos.

_Es muy fotogénica –dije mientras jugaba con el zoom de la cámara-.

Pinzitas presentía lo que iba a ocurrir por momentos, nos miraba con cara de mala leche y a la defensiva intentaba mover en vano sus pinzas delanteras. Se notaba que estaba nerviosa por su manera de actuar, emitía ruidos con sus patas chocando contra el cristal que parecían señales de triste desolación.

Al final llegó el tan esperado momento: partimos a Pinzitas en dos. Se resistió hasta el último instante perviviendo a pesar de la alta temperatura del aceite, intentando volcar su caparazón y escapar de la paella. No lo consiguió. Su cuerpo sin vida, convertido en rojizo, aromatizó con gran sustancia el arroz bomba que con gran placer degustamos aquella tarde de domingo.

Pinzitas      Pinzitas 2

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