La sal de las heridas 3

La oscuridad, un pozo sin fondo, por donde buceo en busca de nada ni de nadie. Absorta y perdida estoy completamente sumergida en ella, recuerdos opacos y muy negros que se apagan en mi mente. Vacía, perdiéndome en las sombras, inconsciencia, no sé cuántos tragos han faltado para entrar en este paraíso tan lejano pero ya no hay marcha atrás. No estoy en mi sofá, sueño que me transportan no sé hacia dónde, pero me dejo ir. Viajo, sonidos dispares, aullidos intermitentes, otra vez me arrastran, me tumban. No soy yo, soy una lavadora que está centrifugando, vibrando, siento un dolor en mi estómago intenso. Pinchazos repetidos,  la oscuridad de nuevo, mi acompañante, acoplándose en mí y ya no pienso más, me abandono a ella: ¡BIENVENIDA OSCURIDAD!

El cielo de pronto se volvió blanco, tengo los ojos abiertos y veo un techo inmaculado. No sé dónde narices estoy pero no me puedo mover. Oigo a Sandra que dice está reaccionando y me aprieta la mano izquierda. Noto el tacto de su mano tan caliente que me quema. Sandra me mira, me sonríe y sus ojos empiezan a brillar. No, más lágrimas, no, por mi culpa no. Pero ya le han empezado a salir y no puedo evitar de verlas,  una a una van cayendo sobre mí, me empapo por la sal de sus heridas y quiero decirle que pare, que estoy bien, pero mi lengua no me responde.

—     Elisa… Menos mal que has vuelto!

Y me besa, un beso húmedo en mi cara, que sabe a lágrimas, con lo que yo las odio. No, no puedo permitir que Sandra sufra. ¿Sabe ella que he vuelto a ver a Nacho y por esto estoy así? Lo sabe, seguro… Vuelvo a cerrar los ojos y huelo este olor tan peculiar que tanto odio: el desinfectante de hospital. ¿Es aquí donde he acabado?  Sí, vuelvo a abrir los ojos y veo que en mi mano derecha llevo una vía unida a un gotero.

—     Elisa… pronto saldremos de aquí –me dice ella-. Vendrás a mi casa, sola no puedes estar.

Y ahora sí, es cuando puedo pronunciar por fin un sí. La soledad es como el aguardiente, te quema y te atrapa con pocos sorbos que le des. Soledad de eses, de mareos durante noche y día, una vez empecé a beber no pude parar. Había olvidado que yo con el alcohol no tengo control, nunca sé decir basta. Recuerdo los últimos días como una nube, entre bajadas al supermercado para adquirir diferentes botellas que coleccionaba una vez vacías. Me bebí todas las marcas que compartía con Nacho y con cada trago lo hacía más presente en su ausencia. Ahora estas marcas seguro que las bebería con Luz, me decía y al fin entraba en un sueño profundo, para a la mañana siguiente volver con lo mismo. Había entrado en un bucle sin retorno, una espiral que me engullía hasta que al fin debió aparecer Sandra. Tenía las llaves de mi casa desde hacía meses, se las di en un momento de consciencia, porque lo consideré oportuno que ella las tuviera. En aquellos meses tenía miedo de mi misma y se las di para estar vigilada pero cuando me recuperé no se las volví a pedir y ella nunca me las devolvió.

—     Has estado en coma, Elisa, pensaba que esta vez te perdía.

Y otra vez se me acerca, besos salados en mis mejillas pálidas como el techo del hospital.

Después de pasar un largo tiempo en observación, me dan el alta y salgo de allí. Me acomodo en el coche de Sandra, un Golf negro y brillante. Vamos a mi piso un momento a buscar a Ghato y a recoger cuatro cosas que llevaré al piso de Sandra. Ghato está tan diferente, su pelo ya no brilla tanto como antes y está algo demacrado, mucho más delgado. Sandra me lo debe notar en mis ojos porque se apresura a decir.

—     Esto no es nada comparado como cuando lo encontré, estaba tan mal pobrecito, llevaba días sin comer. Ahora ha engordado un poquito.

Me entra una gran pena al ver como Ghato ya me está lamiendo otra vez los dedos de los pies que sobresalen de mis sandalias, no me merezco sus caricias, sin querer lo abandoné. Pero… ¿cómo podía cuidar de mi mascota si era incapaz de cuidarme a mí misma? Lo acaricio y el tacto con su pelo me tranquiliza pero no me resta la culpabilidad que siento en ese momento. El piso está bastante cambiado, Sandra se ha encargado de recogerlo, ni en toda una vida le podré pagar todo lo que está haciendo por mí.

—     Gracias –le digo de la manera más sincera que puedo-.

—     Tú harías lo mismo por mí. Eres como una hermana y lo sabes.

Mientras Sandra carga la maleta que ya me ha preparado, yo cojo a Ghato en mi regazo que pesa muy poquito y me despido de mi piso. De vuelta al coche, cruzamos distintos barrios de la ciudad hasta que al fin veo la fachada anaranjada del edifico de Sandra. Subimos con el ascensor hasta el ático y Sandra abre la puerta. El piso está muy silencioso.

—     ¿Y Jaime? –le pregunto-.

—     Todavía está trabajando –me dice ella mientras deja la maleta en lo que a partir de ahora será mi cuarto-.

—     ¿Y tú?-la interrogo con la mirada-. ¿No deberías estar también trabajando?

—     Elisa, me he quedado en el paro hace un par de semanas. Te llamé al móvil, pero no me lo cogiste.

Las cervezas frías y mi malestar con la vida impidieron responder esta llamada tan importante para Sandra. Mi amiga necesitaba desfogarse y yo le fallé como lo hice conmigo misma. Me siento mal y siento como lágrimas inevitables me están subiendo por los ojos, un escalofrío me sacude y se me escapan tiritando.

—     Lo siento tanto, Sandra –le digo al fin-.

—     Pensaba que me dirías bienvenida al club de los parados –me dice ella sonriendo y restándole dramatismo a la situación.

—     Son tiempos difíciles pero los superaremos, ¿verdad? –le digo buscando el optimismo que necesito-.

—     Claro, Elisa.

Pero sus ojos negros rozan la preocupación disimulada por la mueca de su sonrisa y siento como Sandra también necesita de mi ayuda. Abrazo su menudo cuerpo, nuestras mejillas de mar se juntan y compartimos nuestro tacto fino y húmedo.

—     Menudo par que estamos hechas, Sandra, llorando como dos tontas.

Continuará…

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