La sal de las heridas 4

Cenamos los tres: Sandra, Jaime, y yo, sin mucho apetito. Hemos preparado la cena sin entusiasmo con cuatro cosas, que había en la nevera. Cuatro lonchas de jamón y pan con tomate. Jaime engulle deprisa, Sandra está bastante callada, y yo, dejo que la comida me crezca en el plato. Al final, cuando nos disponemos a recoger y llevar los platos a la cocina, acabo tirando lo que me ha sobrado, que es bastante, a Ghato, porque lo quiero compensar después de lo que ha sufrido por mi culpa. A Ghato nunca le ha costado tragar, y esta vez, no hace una excepción. No tiene este nudo que tengo yo, tan apretado, que no me deja ni respirar. Un nudo de recuerdos que me anuda mi existencia.

Cuando la cocina ya está limpia, vemos la televisión en el sofá, pero yo sólo tengo ganas de irme a dormir. No sé si podré, pero necesito desconectar de mi mundo hundido. Me despido de los dos, y entro en lo que será mi cuarto a partir de ahora. El sofá cama que hay en el estudio es donde dormiré en los próximos días.

Recorro con mis dedos los pocos libros que hay en los estantes por si hay alguno de mi interés, y sin darme cuenta, estoy observando la fotografía que hay arriba del todo: soy yo, cinco años más joven, con un ramo de novia entre mis dedos, sonriendo amplia a la cámara. La boda de Sandra, donde ella me tiró su ramo y las ilusiones brotaron aquel día de primavera, en donde mi felicidad, parecía no tener fin.

Mirándome de cerca, no me reconozco. No es la chica que cada día se ve reflejada en el espejo del baño. La chica que llora porque algo amargo y ácido le sube por la garganta. La chica que tiene sed de olvidar. La chica que se apaga como una colilla. La chica sucia y desaliñada, que ya no se cuida, porque no se ama. No. Esta no soy yo: ERA YO.

Y la sombra del pasado, pone una fina sal en mis heridas y se reabre de nuevo. Me siento en la cama con la foto, que me la pondré debajo de la almohada, para ver si se me pega algo de la vitalidad de esa Elisa, que está a años luz de mí.

La ansiedad es como la rodaja de un limón de un vaso de tequila, porque es con la última sensación que te quedas después de haberte quemado por dentro. Sensación ácida, que te desintegra la lengua y los dientes, que te calla tu voz y donde palpitan tus pensamientos de golpe, sin oxigeno. Tapada con la colcha fucsia de Sandra y, esto que hace bastante calor, me vuelven a entrar ganas de beber. Me remuevo nerviosa entre la sábana, pero no, hoy no lo voy a hacer. Mañana tampoco, me digo. Necesito volver a la terapia.

Esta noche, sin el alcohol de fondo, he soñado de nuevo con Nacho y, ahora, mientras abro los ojos lo recuerdo todo, porque las imágenes que he vivido, me resultan transparentes. Hacíamos el traslado en lo que sería nuestro piso. Subíamos las cajas de cartón repletas de nuestras cosas en el ascensor y llenábamos nuestro hogar de cacharros personales. Los muebles ya estaban, habíamos alquilado el piso que olía a pintura, pues estaba recién pintado. Era bastante nuevo y muy acogedor. Yo misma fui la que lo elegí, porque tenía una terraza amplia con vistas a la montaña, que me irían bien, para poder pintar cuadros de acuarelas para poder exponer en un futuro en una galería.

Había acabado la carrera de bellas artes y encontré trabajo de profesora de dibujo en un instituto. Mi sueldo, sumado con el de Nacho, nos permitiría vivir sin preocupaciones y pagar aquel alquiler, que podía ser más caro, que el de otros pisos que habíamos visto, pero yo me encapriché. Le dimos un buen estreno al piso, lo he revivido en el sueño, haciendo el amor en el sofá, dejando que él me acariciara los pechos menudos con la punta de su lengua, deslizándose por mis pezones, que sobresalían como puntas de alfiler. Mi piel se volvía más rojiza, como si hubiera tomado el sol, de la fricción con su cuerpo lleno de energía. He sentido un gran orgasmo en el sueño, que ya creía olvidados, y al terminar, todavía habían partículas de placer en el ambiente. Las he podido respirar extasiada, pero los ojos de Nacho han ido deformándose, hasta convertirse en frialdad, y sus palabras, de lo nuestro no puede ser, me han herido mis oídos.

Luz ha aparecido de golpe y porrazo en el sofá, y su purpurina, intensa y multicolor me ha cegado. “Podemos hacer un trío”, me dice sonriendo y a mí, sólo me dan ganas de gritar, y arañarle la piel, porque mis uñas se han convertido en las de Ghato. Me abalanzo sobre ella para herirla con mis armas gatunas. Mi índice roza su blanca piel y se lo clavo con fuerza. Nacho reacciona y me inmoviliza, puedo sentir sus muñecas alrededor de las mías, como dos esposas, y me dice si estoy loca. La sangre brota de la herida de Luz. Una fina línea, que le he marcado en su escote, mucho más voluminoso que el mío. “Jódete, guarra”, pienso, pero no se lo digo, aunque Nacho creo que se ha dado cuenta de mis pensamientos, pues me conoce lo bastante bien, para leerlos a través de mi mirada. Al final, él me suelta, coge la mano de Luz y se van del piso por la puerta. Mientras se están yendo, Luz mueve las caderas, gira la cabeza y me dedica una sonrisa triunfal, que me entierra entre los almohadones de mi sofá.

Abro los ojos, estoy sudando, una gruesa capa de agua, que me chorra por la espalda, y por el cuello. Me levanto. Mi foto sigue debajo de mi almohada. Se ha arrugado un poco, y la saco de allí. La vuelvo a poner en su sitio de puntitas, en el estante de arriba.

Sandra entra en el cuarto con su camisón negro:

¿Cómo has dormido? ―me pregunta.

Bien ―miento.

Jaime ya se ha ido a trabajar. Ven, vamos a desayunar.

Mis manos tiemblan, mientras remuevo el tazón de leche. Sandra me las coge, y mis síntomas de abstinencia se detienen por unos momentos.

Sandra, hoy es martes, hay terapia de grupo, pero no sé si ir ―dudo―. Llevo tantos meses sin ir…

Lo sé. Les llamé ayer, te esperan, no te preocupes por nada. Te llevaré en mi coche y te esperaré hasta que acabes.

Sandra siempre me ha dado facilidades para seguir hacia adelante, cuando yo sólo veo grandes y empinadas montañas por escalar, ella ve la sencillez, la simpleza del día a día. Me acabo el desayuno, cereales de chocolate que me endulzan y me calman la ansiedad.

Después de comer, subo al coche de Sandra y cruzamos la ciudad. El edificio donde se hace la terapia es bastante antiguo y con restos de pintura verde pastel. “Le hace falta unas buenas capas de pintura”, pienso, y entro por la puerta de cristal. Sandra me esperará fuera con su libro electrónico que ha traído para distraerse.

Entro en la sala, y saludo a Toni, Jesús, María y Luís con la cabeza. Rebeca está en un rincón con la mirada gacha, totalmente apagada. Le voy a decir algo, pero Toni se me acerca por detrás y me susurra:

No le digas nada. Acaba de perder la custodia de sus hijos.

portada3

Continuará…

Anuncios

Un comentario en “La sal de las heridas 4

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s