La sal de las heridas 5

El alcohol que todo lo resta mientras sumas tragos en tu cuerpo, te va quitando pedacitos de ti hasta que ya no queda nada de lo que fuiste. A mí me ha restado la autoestima, la confianza, el valor, la voluntad, el trabajo. A Rebeca mucho más, sus dos pequeños diamantes: sus hijos. En un momento de debilidad que todos sufrimos había ido al supermercado a comprar una botella de vodka, dejándose a los dos niños dentro del coche en el aparcamiento con tan mala suerte que durante el poco tiempo que tardó alguien avisó a la policía. No, no la estoy justificando simplemente que la comprendo porque todos podemos tener malos días y cometer errores, a ella le ha costado la custodia que ha pasado automáticamente al padre, un hombre egocéntrico y prepotente que se ha encargado durante años de maltratar a su mujer psicológicamente. Rebeca bebía por soportar sus caradas, sus insultos, sus burlas mientras el alcohol la auto convencía de que no todo lo hacía mal como le hacía creer su marido. Su marido nunca le puso una mano encima, eran otros tipos de golpes, invisibles, que no hacía falta disimular con maquillaje con los que era golpeada día tras día. Hoy la terapia se alarga un poquito más que de costumbre, Rebeca está tan hundida, su espeso pelo negro está húmedo por sus llantos porque le caen mechones rizados sobre sus mejillas. Lágrimas que surgen de las consecuencias de nuestra enfermedad, cuando realmente te das cuenta de lo que has hecho pero ya no hay marcha atrás. Lo más curioso es que la botella de vodka no se la llegó a beber, le resbaló de las manos al ver cómo acudía la policía a llevarse a sus hijos y se estampó contra el suelo partiéndose en mil pedazos mientras su alma se dividía en muchos más. Todos los presentes sentimos ganas de abrazarla para reparar lo irreparable y así lo hacemos, nos fundimos en un cálido abrazo para darle fuerza para continuar porque Rebe ahora esta andando sobre la cuerda floja y en cualquier momento se puede caer.

A la salida me espera Sandra, subimos al coche y durante el trayecto le voy contando la mala suerte que ha tenido Rebe.

—     El impulso de beber que es tan fuerte cuando te surge que te quita el poder pensar con claridad, esto es lo que le pasó a Rebe. Ella siempre se ha dedicado en cuerpo y alma a sus hijos, siempre les ha dado una buena educación. Joder, Sandra, estaba rehabilitada completamente, llevaba siete años sin probar el alcohol, no sé que le llevó a comprar este maldito vodka.

Sandra no dice nada y deja que me exprese, palabras que llevo en mi mente, reflexiones que digo en voz alta. La voluntad es frágil como el mosto porque una vez fermenta y se convierte en vino estás perdida. En una pizca de pocos instantes tus ánimos pueden alterarse de tal manera que acabas haciendo justo lo contrario de lo que quieres hacer.

—     Esto significa que nunca me voy a curar porque lo nuestro es incurable. Viviré siempre con esto, puedo estar mejor, puedo estar peor, pero cuando el impulso surge y no lo puedes controlar te arrastra y te va restando. Sandra, soy una alcohólica empedernida.

—     No digas esto, anda –me dice mi amiga y frena el coche pues ya hemos llegado-.

Bajo del Golf, subimos al piso y abrazo fuertemente  a Ghato que no entiende de enfermedades crónicas. Sus ojos verde oscuros brillan y me hacen sonreír, llevo dos días sin beber y mi estómago me reclama comida.

—     ¿Sabes qué me comería ahora? Una tortilla de patatas. Esta noche cocino yo.

Me voy directa a la cocina a preparar los ingredientes, pelo las patatas y las voy cortando a pedacitos cuidadosamente y de una manera fina. Las frío un poquitín con un par de ajos a fuego lento. Bato media docena de huevos mientras Sandra vigila la sartén y añade la cebolla que ha cortado previamente. Escurro las patatas y lo mezclo con los huevos batidos, le añado sal y me dispongo a cuajar la tortilla a fuego bajo.

—     Riquísima –dice Jaime al probarla-. ¡Qué buena cocinera estás hecha!

Y sus palabras me alegran el día. Esta vez no dejo nada en el plato, la verdad es que Jaime tiene razón, me ha quedado una tortilla muy buena. Ghato ha cenado antes que nosotros, yo misma me he preocupado de ponerle su plato de comida y ahora, mientras nosotros estamos en los postres, él está lamiendo su tradicional tazón de leche. Cuando acabamos de cenar, me voy un momento al lavabo y oigo desde donde estoy como Sandra lamenta que todavía no la hayan llamado de ningún sitio para trabajar y esto que ha enviado varios currículos.

—     La situación está muy difícil –la consuela Jaime-.

—     Sí, pero no me voy a quedar de brazos cruzados mientras nos llegan las facturas que no vamos a poder pagar.

—     Tenemos mi sueldo, Sandra, podemos ir tirando de momento y seguro que te sale algo mientras tanto.

—     Sí, tenemos tu sueldo, pero está bastante recortado, ¿no crees? Cuando compramos el piso, lo hicimos conforme al sueldo que entonces cobrábamos y ahora tenemos un montón de pagos y muy pocos ingresos.

—     ¿Y qué quieres hacer?

—     He pensado en irme al extranjero, no sé, la situación allí puede que esté algo mejor.

—     ¿Irte? ¿Tú sola? ¿Sin mí?

—     Sería algo temporal.

—     ¿Ha sido Elisa que te ha llenado la cabeza de estupideces?

Al oír mi nombre pronunciado de esta manera tan despectiva se me eriza la piel. Me quedo paralizada dentro del lavabo y pienso, la idea de que Sandra se pueda ir y me quede sola sin ninguna ayuda me da pánico. ¿Por qué ella no me ha dicho nada de esto antes? Claro, cómo me lo va a decir si eres una alcohólica, Elisa, me digo, una enferma que casi no se tiende en pie. Y una serie de pensamientos negativos se enredan en mi mente y empiezo a sentir palpitaciones. La luz del lavabo se está apagando por momentos, es mi vista, que aunque tenga los abiertos sólo veo negro. Un grito sale de mi garganta, oigo pasos, alguien se acerca.

—     ¿Elisa? ¿Estás bien? ¿Elisa? –Sandra llama a la puerta-.

No puedo contestar, noto como Sandra me sacude.

—     Jaime, de prisa, Elisa se ha desmayado-.

Y poco a poco mis oídos dejan de oir y todo se convierte en denso silencio.

Continuará…

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