La sal de las heridas 6

El silencio que sin palabras me cubre poco a poco va desapareciendo para transportarme a la realidad. Estoy sobre la colcha fucsia con Jaime y Sandra observándome, cruzándose miradas de preocupación. No quiero ser un estorbo para ellos, me siento una mierda, he entrado inesperadamente en su vida conyugal y quiero irme de puntillas, sin que me oigan, desaparecer de sus vidas porque me he convertido en el número tres, que indica multitud y estoy desequilibrando su balanza matrimonial. Pero es imposible huir mientras te están observando, mi mirada rehúye la de sus ojos, la tengo perdida, ausente, pero estoy atenta a lo que pasa a mi alrededor. Sandra me habla:

—      Elisa, ¿cómo estás?

—     Aquí, bien – contesto con hilo de voz-.

Jaime, que a lo mejor también se ha dado cuenta que los tres somos multitud, añade:

—     Os dejo a solas.

Y se va supongo que al comedor. De nuevo me encuentro con los ojos de mi amiga, frente a mí, y ahora es cuando tengo más confianza para decirle:

—     Sandra, te agradezco todo lo que estás haciendo por mí pero será mejor que vuelva a mi piso.

—     No, Elisa, eso no lo digas.

—     Pero ¿no te vas a ir al extranjero? Antes he oído como se lo decías a Jaime.

—     Por el momento no me voy a ir, puedes estar tranquila aunque no lo descarto.

Me mira fijamente mientras lo dice y veo que los ojos de Sandra se han vuelto más oscuros y parece que haya envejecido algunos años. Veo en sus palabras y en esa mirada que me transmite ante todo sinceridad. El futuro en estos momentos es tan incierto que me da temblor y mi respiración se agita.

—     Elisa, no tengas miedo –me calma Sandra-.

—     Sandra, he estado pensando que si dejo mi piso, con el dinero que estoy pagando de alquiler os puedo ayudar. Tengo algo ahorrado, no es mucho, pero más vale eso que nada. Os pagaré como inquilina de esta habitación y no hará falta que te vayas lejos de aquí, lejos de Jaime, lejos de mí…

No sé todavía cómo he podido pronunciar todas estas palabras, ni cómo se me han podido ocurrir todas de golpe pero la desesperación y la necesidad han hecho que brotaran de mis labios. Sandra me escucha sorprendida pero no me da una negativa como respuesta.

—     Ya veremos –me dice-.

Y una fina esperanza tiñe su iris de unos tonos más claros y sus pupilas se dilatan para indicarme que Sandra no encuentra del todo descabellada mi idea.

—     Venga, Sandra –la animo para que me diga que sí-. En el piso ya sabes que no puedo volver porque es como si todo él me recordara a Nacho.

—     Por mí puedes quedarte aquí el tiempo que quieras…

—     Pero yo quiero pagaros –la interrumpo-. Si no me dejas, ¡me iré!

Sandra acaba cediendo. Mi amenaza ha surtido efecto, mañana hablaré con el casero y dejaré mi piso con todos los recuerdos allí presentes. Los enterraré en él para que no me vuelvan, pienso firmemente, borrón y cuenta nueva. Creo que dejar mi piso definitivamente me será saludable, empezar de nuevo, en otro entorno pero acompañada, el peso que me presionaba y me hacía respirar más deprisa poco a poco deja de estar aquí. Estoy algo más tranquila, esta noche voy a dormirme enseguida, cierro los ojos, Sandra me da un beso de buenas noches y se va también a dormir. Antes apaga la luz, me acurruco en posición fetal en la cama y dejo que mi respiración que se hace más lenta me transporte al reposo pausado en donde no hay cabida para las pesadillas.

Jaime también acepta la idea que he tenido y se ofrece para ayudarme en el traslado. No tengo muchas cosas y lo que no quepa en mi dormitorio lo pondremos temporalmente en el trastero del aparcamiento. El caballete, las pinturas, algunos lienzos pintados a medias que tengo que continuar, acaban arrinconados allí pero no por mucho tiempo pues cuando me surja la inspiración tengo permiso para usar su terraza. La terraza de Sandra y Jaime también es muy grande y casi nunca la usan, sólo para tender la ropa que se seca rápidamente con el sol. Les digo que por qué no poner una mesa y unas sillas para poder cenar en verano, estaremos más fresquitos y no hará falta encender el aire acondicionado,  de esta manera es como empezamos a cenar allí y las conversaciones nocturnas se alargan porque se está muy a gusto. Por las mañanas Sandra y yo vamos a buscar empleo, visitamos empresas para llevar los currículos en mano, navegamos por Internet en busca de ofertas, en definitiva, hacemos todo lo posible y lo que se encuentra en nuestras manos, para conseguirlo. Pero la suerte parece ser que no está de nuestra parte.

—     Me voy a hacer freelance –dice una noche Sandra que ya se ha cansado de no recibir llamadas a pesar de sus esfuerzos-.

Es una buena idea, no tarda en diseñar su página web para ofrecer sus servicios de webmaster y soluciones informáticas. Yo por mi parte, ya no sé a qué institutos, escuelas y academias ir pues ya me los he recorrido todos. Pero al fin, un día recibo una llamada para cubrir una baja por maternidad. Será unos pocos meses pero me permitirán respirar y volver a mi profesión que he dejado aparcada, estoy bastante animada y acudo a la escuela de arte. Los alumnos me saludan, tengo que continuar con las labores de la anterior profesora, están pintando un retrato de una modelo al natural. Observo las líneas que han empezado a marcar en los lienzos con aprobación, llaman a la puerta, digo adelante y entra la modelo. Sus curvas, su escote, su lunar me dejan sin palabras. La modelo, ligerita de ropa, se la va quitando poco a poco y deja a la luz su cuerpo impactante. Más bien a quien le impacta es  a mí, los alumnos siguen con las líneas que tenían de otros días como si nada, pero yo tengo el corazón palpitándome a mil por hora, la modelo parpadea y deja caer sus pestañas a modo de saludo.

—     Hola, Elisa, -dice al fin despegando los labios-. Qué bueno que nos encontremos de nuevo.

Y el tiempo se estanca, así, al natural. La sorpresa estalla como el corcho de una botella de champán, sonoramente contra mis heridas y siento en mi nariz como las burbujas petan, una a una. Me recompongo como puedo, aclaro mi voz y digo:

—     Hola Luz…

Continuará…

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