La sal de las heridas 7

El mundo se ha convertido en un pañuelo, que me aprieta alrededor del cuello. Mis alumnos se pensarán que soy tonta, o muda, pues no he pronunciado palabra desde que Luz ha entrado en el aula. No puedo dejar de observarla porque, aunque intento desviar mi mirada, mis ojos acaban fijándose en ella inevitablemente.

Está mucho más morena, que él último y único día en que la vi. El sol o los rayos UVA, vete a saber, se han encargado de tostarla a conciencia. Me imagino que irá a alguna playa nudista, pues no se le notan las líneas anti estéticas del bikini. Un cuerpo dorado, sin celulitis, moldeado a fuerza de horas de gimnasio; unos pechos grandes y firmes, que sobresalen y que seguramente no cabrían dentro de una copa de vino; con el pubis perfectamente recortado y, su vello, una delgada línea dorada brasileña. En resumen, un cuerpo que debe volver loco a Nacho, sin remedio.

Luz respira lentamente. Quieta. Posando profesionalmente como una estatua griega, y yo pienso, que por qué los alumnos no pintan un bodegón, y tienen que entretenerse con su cuerpo. Pero claro, no puedo rechistar, porque la asignatura que imparto va sobre el cuerpo humano, y no puedo cambiar el temario.

Me paseo por la clase, mirando los lienzos de mis alumnos y veo tantas captaciones de Luz, que me mareo como si estuviera haciendo girar un caleidoscopio y ella, altiva, se multiplicara ante mis ojos. Miro el reloj, y veo, que todavía queda media hora para terminar. Los minutos cerca de Luz pasan muy lentos, y sólo tengo ganas de que todo acabe. Me imagino a Nacho recorriéndole su cuerpo desnudo con la lengua, y me entra rabia, que me sube como la espuma de la cerveza, y me entran ganas de aporrear la mesa con mis nudillos, que ya están libres del anillo de compromiso, que él me regaló, cuando las cosas parecían ir viento en popa. Cuando Nacho sólo tenía ojos para mí, cuando Luz no existía en nuestras vidas, cuando yo era feliz viviendo la vida, y tejiendo un futuro en común.

Un futuro que se consumió, sin más, como toda la bebida que me llegué a beber, deslizándose por mi garganta y quemándome por dentro. Al final el timbre suena indicando el final de la clase. Luz se viste de prisa. Un vestido de color de oro como su denso cabello, que le cae por los hombros. Agita la cabeza, se peina el pelo con los dedos, me dice adiós y un hasta mañana, con su voz melosa y desaparece por la puerta.

Termino de ayudar a mis alumnos a recoger las pinturas, un deseo ardiente de sostener una bebida fría entre mis dedos aparece en mi mente. Es tan difícil apartarlo que decido coger el autobús para ir a la terapia. Hoy no es martes y no hay reunión, pero la psicóloga seguro que está. Necesito de su ayuda, que este jodido deseo desaparezca, que se evapore con la misma fuerza que me ha venido.

Bajo del bus, y ando unos metros hasta el edificio verde pastel. Subo por las escaleras hasta el segundo piso y allí me encuentro con Toni, que está hablando con la administrativa.

No, Ana hoy no está, le ha salido un imprevisto ―oigo que le dice.

La piel se me pone de gallina al oírlo y el firme deseo, que sigue ahí, está cogiéndome de los pies y dirigiéndolos hacia el bar más cercano. Me doy media vuelta para irme pero la voz fuerte de Toni me llama:

¡Elisa! ¿Has venido a ver a Ana? No está, pero si quieres, podemos ir a tomar un café, aquí en la esquina.

Sé que no debo entrar en un bar, pues si entro estoy perdida, y Toni me lo debe notar en mi mirada, pues cambia de idea.

O si lo prefieres, podemos ir a mi casa. Vivo aquí cerca.

Vale, Toni, mejor en tu casa.

Me acomodo en el sofá de Toni y él prepara un par de cafés expresos. Vive en una casa adosada bastante grande, con tres pisos que no ha tardado en enseñarme. La casa está muy bien ordenada, limpia y decorada con buen gusto.

Mi mujer y yo la compramos pensando en tener hijos ―me dice con sus ojos brillantes―. Pero en un breve instante, todo cambió. He pensado en venderla, e irme a algún apartamento más pequeño, pero no es un buen momento. No quiero mal venderla.

Me fijo en su mirada castaña, castigada por el sufrimiento de los últimos meses. Debajo de sus ojos, tiene unas pequeñas bolsas tintadas del color de la berenjena, porque Toni, hace tiempo que no duerme bien. Lo sé, porque lo ha dicho repetidas veces en la terapia, y no quiere tomar pastillas, pues ya tiene bastante con estar enganchado a la bebida.

Toni, esta tarde me has salvado de hacer un mal pensamiento ―le digo―. Si no llega a ser por ti, ahora estaría bebiendo en cualquier bar. He tenido un mal día.

Y se lo explico, porque hay confianza, y en terapia hemos trazado unos fuertes vínculos en dónde nos comprendemos. Él me escucha con atención, sentado a mi lado y sorbiendo poco a poco el café.

Elisa, has tenido mala suerte, pero tienes que sacar algo positivo de todo esto. Tienes trabajo, aunque tengas que verte con Luz. Ya sé que es doloroso pero no te machaques, ¿me entiendes? Hace unos días estabas mal, porque pensabas que nunca volverías a trabajar. Y mírate ahora, si das lo mejor de ti, puede que cuando se acabe la suplencia, te ofrezcan alguna otra cosa.

Sí, tienes razón, pero vaya primer día que he tenido, ¿no? La última persona que quería ver, y la he tenido que aguantar durante toda la clase. Y mañana volveré a verla, hasta que los alumnos terminen los cuadros.

Pues que se den prisa. ―Y me sonríe y me guiña el ojo izquierdo―. Elisa, esta chica, Luz, es una modelo temporal. Tú eres la que diriges la clase. Cuando acaben el cuadro, vendrá otra pintura con otro modelo. Esta vez, te recomiendo que lo elijas masculino, y de esta manera, te alegras la vista tú.

Toni me hace reír con su ocurrencia, porque bien pensado, no está nada mal la idea. Es más, me agrada. Luz como mucho, estará esta semana. Luego cambiaremos de modelo. El rato que he pasado con Toni, me ha pasado muy deprisa. Ya es hora de cenar, y me despido de él hasta mañana, que tenemos sesión de terapia. A su lado, el deseo de beber se ha disipado un poquito, y me voy hacia mi casa mucho más tranquila, y relajada.

Sandra, absorta en su ordenador, no se ha dado cuenta, que llego más tarde que de costumbre. Esto es buena señal, porque no la he preocupado. Me saluda moviendo la cabeza y sigue diseñando el boceto de una página web.

De la cena me encargo yo, no quiero molestarla ahora que está creando, seguro que cuando me pregunte cómo me ha ido el día, Luz volverá a aparecer en mi memoria irremediablemente. Pero mientras tanto, remuevo la vichyssoise y la rectifico de sal. Ella está aparcada en un rincón de mi pensamiento. Jaime pone la mesa en el comedor, porque ha empezado a refrescar, septiembre se empieza a despedir y, el otoño, poco a poco empieza a despuntar días más frescos, inestables y sombríos.

Continuará…

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