La sal de las heridas 9

Les he dicho a Sandra y a Jaime que no me esperen, que esta noche salgo. Me he puesto el vestido negro con unos leggins y un collar de bisutería a juego con los pendientes. Me pongo las lentillas que recientemente me he comprado y me maquillo a conciencia. Parece mentira que con todos estos simples cambios que estoy haciendo en mi imagen me sienta tan bien. Me miro en el espejo y compruebo los resultados: vuelvo a ser yo, la Elisa de antes, la de la foto de la boda de Sandra que transmitía felicidad  con tan sólo mirarla. Hemos quedado delante del edificio de terapia, no sé a qué restaurante vamos pero nos llevarán con el coche de Toni y Ana. Sandra, después de admirarme, me presta un bolso pequeño porque no tengo ninguno que me pegue con la nueva ropa. Cuando llego ya están todos esperándome, me subo al coche de Ana con Rebe y Luis y cruzamos la ciudad, en el otro coche van los demás. Mi corazón se acelera cuando Ana aparca delante del bar en donde vi a Nacho por última vez, el bar en donde nos conocimos, en donde me dio el primer beso, en donde perdí mi inocencia en los lavabos aquella noche loca tan presente en mis recuerdos. El restaurante está justo enfrente, bajo del coche y miro a través del cristal por si Nacho está por casualidad, me da tanto miedo volverlo a ver… Pero no, el bar está semi vacío, sólo están las camareras y alguna que otra persona apoyada en la barra. Entramos en el restaurante que huele a sidra y nos sentamos en una mesa que tenemos reservada de madera fuerte. Me siento al lado de Toni y de María y empezamos a charlar sobre si queremos carne o pescado observando la carta que nos muestra un gran repertorio de manjares que degustar.

—     Me comería una dorada a la sal –digo yo-.

—     Pues yo un entrecot a la pimenta –dice Toni-.

—     Yo no sé por lo qué decidirme –duda María a la que cuando se trata de comida le gusta de todo-.

María está bastante rellenita, hoy se ha puesto una camiseta ajustada que le resalta los michelines. Sus fracasos con las dietas son constantes que siempre lamenta cuando hacemos terapia. Hay gente afortunada que puede comer lo que quiera y nunca engorda, en cambio yo, dice, me engordo con un simple vaso de agua.

—     Yo también quiero dorada –anuncia Rebe-. ¡Hace tanto tiempo que no como!

—     Ya lo tengo decidido, me voy a comer un churrasco –puntualiza María y sus ojos brillan con sólo pensarlo-.

—     Buena idea –dice Jesús-. Yo también quiero uno.

Ana y Luis se deciden por una merluza a la donostiarra, el camarero anota los segundos platos que hemos elegido porque de primero todo será compartido, platos para picar que escogemos entre todos.

—     ¿Y para beber, señores?

—     Saca dos botellas de agua grandes –dice Toni-.

El camarero pone cara rara pero no comenta nada. Se lleva las copas y los vasos de sidra vacíos y desaparece hacia la cocina.

—     Vaya ocurrencia –le dice Luis a Toni-.  Justamente ir a una sidrería.

—     Es que es uno de los mejores sitios de la ciudad en cuanto a comida se refiere –se defiende Toni-. Cuando saquen la comida, ya lo comprobaréis por vosotros mismos.

Y Toni no se equivoca, la comida está deliciosa, ha sido una buena decisión venir aquí a pesar de que puedo observar como escancian la sidra en las mesas de alrededor, como la gente bebe sin parar, como charlan acaloradamente. Siento inseguridad que se filtra en mis movimientos dudosos, no sé de qué hablar, ni qué decir, resto callada escuchando a mis compañeros y pienso en Nacho, en lo que estará haciendo a estas horas, si está en algún lugar cercano a mí, si todavía está con Luz, si en algún momento del día me recuerda, si ha llegado a arrepentirse de su decisión de dejarme. Y entre mis pensamientos, que me llenan de melancolía, quito con los cubiertos la sal gruesa que cubre la dorada y creo que mis heridas también estarán en algún lugar de mi interior recubiertas de sal, que me escuece y me duele pero que, a pesar de todo, cicatrizan porque se desinfectan entre el mar de las lágrimas que he vertido durante los últimos meses.

—     ¿Estás bien, Elisa? –me pregunta Ana-.

Contesto con un movimiento de cabeza afirmativo, perdida entre recuerdos me estoy perdiendo la mitad de la cena. Hago un esfuerzo para apartarlos de mí y me fijo en el resto de compañeros. En María, por ejemplo, que ha devorado el churrasco y sólo le falta chuparse los dedos que supongo que no hará por educación. En Toni que sonríe como si fuera el anfitrión de la fiesta, es de las pocas veces que lo he visto con la mirada tan alegre y admiro las luces de sus pupilas. Hoy está muy hablador y sólo es interrumpido de vez en cuando por los chistes de Jesús que resuenan por todo el local. Luís también está bastante callado y me pregunto si le pasará algo o también siente la misma inseguridad que yo. De vez en cuando intercambiamos miradas de silencio porque está enfrente de mí y yo sutilmente agacho la mirada. Me cuesta que otro chico que no sea Nacho me mire, no estoy acostumbrada al juego de espejos que pueden llegar a deslumbrarme sino voy con cuidado. Pedimos los postres, una tarta de manzana de la casa que me endulza el paladar y la saboreo lentamente, la manzana está en el punto óptimo, sinceramente riquísima.

—     ¿Un chupito? –dice el camarero mientras recoge los platos-.

Todos lo negamos pero él insiste:

—     Venga, que invita la casa.

Al final, el muy pesado, acaba sacando una botella de licor de manzana y los sirve pero nadie de los seis lo tocamos. Pagamos y salimos a la calle.

—     ¿Dónde queréis ir ahora? –pregunta Ana-.

—     ¿Os apetece un billar o un futbolín? –propone Jesús-.

—     Sí –responden María y Rebe-.

—     Aquí, en el bar de enfrente, creo que hay uno –dice Luís-.

Cruzamos la calle, yo no puedo con mi alma porque veo como Nacho sale del bar en este preciso momento a fumarse un pitillo con Luz que lleva un vestidito bastante corto que le resalta sus piernas. Me paro en seco pero él ya me ha visto y me saludo con la cabeza. Un saludo que hace que su pelo se mueva suavemente acompañándole el gesto. No quiero acercarme, me he clavado en el asfalto negro y brillante. María que también los ha visto también se frena  y pega un codazo a Luís para decirle:

—     Yo en este bar no entro, con mi hermana aquí sí que no.

Mis ojos se agrandan colosalmente al oírlo porque ¿es Luz la hermana que ha hecho siempre sombra a  María? Miro a María, que tampoco se mueve del sitio, observando fijamente a Luz desde la distancia y veo en sus ojos un odio que se enciende como el fuego…

Continuará…

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