La sal de las heridas 11

A las cinco de la tarde, puntual como un reloj, Luis llama a la puerta. Me saluda dándome dos besos en las mejillas que rebosan de felicidad. No sé por qué pero vuelvo a sentir el palpitar de las ilusiones alcanzables que puedo tocar si estiro un poquito la puntita de los dedos. Digo adiós a Sandra y  sé que en esta mirada que me dedica me está diciendo que vaya con cuidado. Me siento feliz pero a la vez algo insegura, hace tanto tiempo que no tengo una cita que no sé cómo comportarme y al fin decido ser yo misma, sin disfraces que enmascaren mi personalidad. La terraza se encuentra en medio de un parque, los ocres y los marrones han empezado a cubrirlo de hojas caídas de unos grandes árboles. La luz del sol se filtra a través de ellos que ahora están semidesnudos y nos sentamos en dos sillas de mimbre que son bastante cómodas. Pedimos dos cafés, el de Luís solo y el mío con un poquito de leche condensada. La camarera no tarda en traerlos, ambos humeantes y me espero mientras remuevo el mío a que se enfríe un poco. Mientras miro a Luís a los ojos, pienso  en lo poquito que sé de él y lo mucho que me gustaría saber. Es cinco años más joven que yo, pero la vida lo ha hecho madurar de golpe. Su madre, la única persona que tenía en su vida, enfermó gravemente y la tuvo que cuidar durante largo tiempo hasta que al final acabó muriéndose en la cama de un hospital. Al verse solo y completamente desorientado encontró en el alcohol una salvación ficticia. Pero al final decidió por él mismo poner punto y final a su problema.

—     Estás muy callada, Elisa –me dice-.

Y reconozco que tiene razón ya que apenas he pronunciado palabras desde que nos hemos visto. Pero le respondo:

—     Tu también.

—     Es que admiro tus silencios y me concentro en tu respirar-.

No puedo evitar sonreír, este chico está loco de atar pero me está gustando. Le doy un sorbo al café y su sabor dulce y amargo me llena.

—     Luis, hace tanto tiempo que no disfrutaba de un buen café en buena compañía.

Y él empieza a mirar a ambos lados, a su alrededor,  y me dice:

—     Pues yo no veo a nadie, no sé quién es la buena compañía.

—     Tú –le digo directamente-.

Puedo apreciar como sus mejillas se sonrojan débilmente, una tonalidad rojiza que va ganando color en pocos segundos.

—     ¿Nos lo pasamos bien anoche, no? –carraspea Luis y cambia de tema-.

—     Sí, ¡y tanto! –miento a medias-.

Ayer me doy cuenta que sólo disfruté durante el descanso del futbolín, cuando él me dio aquel beso inesperado, todo lo que pasó antes de que él apareciera con su sonrisa lo caracterizaría como doloroso y accidental.

—     ¿Podríamos repetir otro día, no? ¡La casa de Toni es una pasada! Y eso que no te habrá enseñado todos los videojuegos que tiene. ¡Molan mazo! De vez en cuando quedo con él y hacemos campeonatos. ¿Te animarías a venir?

—     Si Toni no tiene inconveniente…

—     ¡Qué va a tener Toni! Si él sólo quiere estar acompañado, como más seamos mejor, así no se siente tan solo, como yo –añade-.

—     Y yo –le digo-.

Porque me doy cuenta de lo peligrosa que es la soledad cuando no se quiere estar solo, si Sandra no hubiera aparecido en aquel preciso instante posiblemente no lo hubiera contado. Y sé que gracias a ella, y a su marido, ahora puedo estar enfrente de Luís, porque ellos me rescataron de mi desierto de carencias.

—     ¿Tú también te sientes sola? –me pregunta-.

—     Bueno, ya no, ahora no. Pero sé lo que es eso y no es agradable la verdad.

—     Qué va a ser agradable si es lo peor que le puede pasar a uno. Menos mal que con la compañía, la buena, se soluciona. Porque sino más vale estar solo que mal acompañado, ¿no dice así el dicho?

—     Sabias palabras –observo-.

Nos hemos terminado ya el café, han pasado más de dos horas, las farolas ya hace rato que se han encendido y empieza a refrescar.

—     ¿Quieres venir a mi piso? –me propone Luís-. Podemos ver una película si te apetece

Nos levantamos de las sillas y vamos andando al piso de Luís porque cae bastante cerca. Vive a tan sólo tres manzanas del piso de Sandra. El piso es minúsculo y bastante minimalista en los muebles que lo componen, poco me dicen de sus gustos personales si no fuera por un ordenador muy llamativo que tiene en el salón y muchos cedés apilados que hay en la mesita. También me fijo en la televisión de bastantes pulgadas acompañada por un home cinema.  Las paredes están desnudas, sin cuadros, ni posters.

—     Acabo de pintar hace poco, huele todavía a pintura y eso que no paro de ventilar –dice Luís mientras cierra la ventana y baja la persiana porque se cuela bastante fresquita-.

—     Ven, -continua-y elegirás la película que quieres ver.

Abre un mueble repleto de dvds originales en donde hay infinidad de títulos que recorro con la vista.

—     Yo ya las he visto todas. Las compro en el videoclub cuando ya han pasado y las venden a buen precio. Hay de todos los géneros, no sé cuál te puede gustar más.

Elijo una al azar, la mayoría no las he visto, hace tanto tiempo que no veo películas que no me acuerdo ni de la última vez que vi una. Luis se va directo a la cocina, saca un paquete de palomitas y las prepara en el microondas.

—     Así que eres de comedias románticas –me dice sonriendo-. No es de las mejores que tengo pero entretiene bastante.

—     Es que hoy me apetece ver algo previsible –me excuso-. De dramas ya hay bastantes en la vida ¿no crees? Y las de terror no me van mucho.

—     Pues está es bastante previsible, la típica vamos, chico conoce a chica… Pero no te digo nada más –se pone un dedo en la punta de los labios a modo de silencio, pone el dvd y enciende la televisión.

Nos sentamos en el sofá de color tierra y Luis lo estira para que estemos más cómodos. Mi risa se escapa ya en la primera escena mientras como palomitas y me siento muy a gusto en este piso y con Luís. La película avanza bastante rápido y de pronto un final feliz nada sorprendente me deja un buen gusto de boca.

Los créditos aparecen en la pantalla, Luís me coge las manos y me besa, un beso tímido y bastante breve pero mi boca se ha endulzado un poquito más. No sé si irme ya y se lo hago saber porque ya es hora de cenar pero él me mira con ojos insistentes mientras me dice.

—     Quédate a cenar, que hoy es sábado y mañana no trabajamos.

Y me da otro beso más largo, con una pizca de humedad que me embriaga. Pensándolo bien no tengo ganas de irme ahora que todo está empezando. Llamo a Sandra y se lo digo, además también quiero dejarle un poco de intimidad a mi amiga con Jaime que desde que yo estoy allí más bien tiene poca. Luis calienta un quiche de verduras en el horno, nos sentamos en el comedor y empezamos a cenar.

—     Mi madre los hacía mucho mejores –me dice-. Desde que ella ya no está, ahora recurro casi siempre a la comida prefabricada.

—     A mí me gusta cocinar –le digo-.

—     Es que yo tengo poco tiempo, la verdad. Estoy casi todo el día trabajando y cuando llego a casa lo que menos me apetece es ponerme en la cocina. Voy a lo cómodo, después de pasarme largas horas solucionando los problemas que tienen los clientes con su ordenador me siento saturado.

—     Mi trabajo es más relajado, hace tiempo que no pinto y lo echo de menos, por eso cocino porque es una forma de expresar mi creatividad.

Hablando con Luis me entran ganas de volver a tener un pincel entre mis dedos.

—     ¿Y por qué no pintas?

—     Es una larga historia, el último cuadro que pinté lo acabé tirando a la basura.

—     Tenemos tiempo –me dice-. Me lo puedes explicar, vamos, si quieres…

La camiseta azul que lleva hoy Luís se contrapone a mi cuadro rojo que acabé rompiendo. Me acuerdo de la frustración y de la rabia acumulada que acabé sintiendo. Después de aquello mi inspiración se detuvo, estancándose en mi cabeza, ahora inexplicablemente ha vuelto a surgir, la puedo sentir palpitando entre mis venas transportando ideas a mi cerebro.

—     ¿Sabes lo que es una lluvia de ideas? –le pregunto-.

—     Algo he oído de eso pero nunca lo he sentido –me dice Luís-. Yo no tengo lluvias de esas, ¿tú sí?

—     Bastantes tenía, sí, hasta que se pararon.

—     ¿Y por qué se pararon? –quiere saber Luís-.

Cuando te rompes por dentro, cuando sientes que todo se detiene, cuando te olvidas hasta de tu nombre, la inspiración se muere y de rebote tú también un poquito por la falta de ella. Pero esto no se lo puedo contar a Luís porque le tendría que hablar de Nacho y de Luz y no quiero estropearme la velada. Me levanto de la silla porque ya me he acabado el quiche, recojo el plato y lo llevo a la cocina. Luís me sigue.

—     ¿Quieres algo de postre? –me ofrece-.

—     A ti –le digo girándome y mirándole detenidamente-.

Y ahora soy la que lo beso, quien lo acaricio por encima de la camiseta que no tardo en quitársela y decididamente vamos hacia su cuarto…

Continuará…

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