La sal de las heridas 12

 

A través de los espejos del cuarto de Luis, me abandono a un sinfín de sensaciones imparables, que recorren mi piel y me hacen estremecer. La ropa ha caído poco a poco sobre la cálida moqueta azul celeste, y ambos, completamente desnudos, yacemos sobre la cama que es bastante grande. Me gusta explorar su cuerpo con mis manos, mi boca y mi lengua y él hace lo mismo conmigo.

Luis recorre mi cuerpo con sus labios carnosos, y se detiene en mi lunar que tengo de nacimiento en el ombligo, me mira con ojos llenos de deseo y se desliza para abajo. Mientras disfruto de sus caricias ardientes, puedo verme en el espejo, que ocupa prácticamente toda la pared. Es realmente excitante comprobar cómo tu cara pasa del anhelo al deseo, del deseo a la excitación, y de la excitación al placer intenso, que me abarca largamente, y se ha instalado en mi sexo cálido para quedarse. Al cabo de un largo rato, se coloca un preservativo y los dos danzamos sobre la cama, acoplándonos y disfrutando del momento. Él está sobre mí, el espejo me devuelve la óptica de su culo tibio que acaricio con mis manos, agarrándome a él, mientras siento oleadas como volcanes en erupción en mi interior. Cambiamos, me abalanzo sobré él y, sé que ahora, quién tendrá la imagen de mi culo, será Luis. Me acaricia los pechos, y me sorbe los pezones duros, que están creciendo dentro de su boca.

Gemidos más agudos y jadeos más graves invaden el ambiente, vapores calientes, que salen de nuestra boca, que desgarran el aire más frío de la habitación. Una corriente eléctrica nos sacude el cuerpo y entre finas convulsiones nos abandonamos, siento como una aureola de fuego me cubre entera que poco a poco va volviéndose transparente hasta que al fin desaparece. Estoy exhausta por todo lo que sentido con Luis, y mi alma, que se ha visto reflejada en el espejo durante todo el encuentro, se queda en este cuarto por un largo tiempo más. Es tarde ya, me acurruco entre sus brazos, y me duermo.

Me despierto desorientada y no sé dónde estoy. Estoy sola, y poco a poco, voy recordando a Luis y sus labios sobre mí. Domingo, las diez de las mañana señala mi reloj. Me levanto, enciendo la luz, recojo mi ropa, que todavía está en el suelo, y descalza, busco mis zapatos hasta que al fin los encuentro. Salgo del cuarto de Luis, el piso está totalmente silencioso y me voy directa al baño en donde hay un poco de vapor, el aire huele a él, a su fragancia masculina fresca y penetrable y mi nariz agradece este aroma. Miro el gel que usa, una botella gris, que está mojada con gotitas de agua, y me imagino la espuma recorriendo su piel. La destapo, la huelo y me pongo un poquito entre mis dedos. Su textura es densa y color azul mar, después de tenerla un rato entre mis manos, me las enjuago debajo del grifo. Observo la espuma de afeitar, las cuchillas, el peine, el cepillo, y la pasta de dientes y por último unos frascos de perfume. No sé cuál de todos llevaba ayer y me decido a olerlos todos hasta que por fin, un spray de metal cilíndrico y plateado, me transporta de nuevo al recuerdo cálido de la cama. Sonrío delante de la luna del baño, y me lavo la cara para después secarme con una toalla. Segundos después, oigo cómo se abre la puerta de la entrada, salgo del baño y me encuentro los ojos de Luis que me lanzan una sonrisa al verme.

¿Ya te has despertado? He ido a la panadería a comprar el desayuno ―me dice mientras deja una bolsa de papel sobre la cocina-. ¿Quieres café, leche, quizás un té?

Un café, gracias ―le digo.

Enciende la cafetera, que tarda poco en calentarse, y prepara dos cafés con dos cápsulas. Vamos hacia el comedor, yo con los cafés y él con la bolsa de papel, que no tarda en abrir. Unos cruasanes, ensaimadas, y magdalenas de chocolate es lo que hay en su interior. La verdad es que tengo bastante hambre y, mientras pego sorbos lentos al café, mordisqueo una magdalena, que tiene pepitas de chocolate por fuera, y una fina crema en su interior.

Están buenísimas.

Son mis favoritas ―me dice Luis mientras se seca la boca con una servilleta de papel.

Lejos de conocernos demasiado, comparto con él la opinión de que esas son las mejores magdalenas, que he probado. «Ya tenemos algo en común», pienso. Quiero hablar más con él, desmenuzarlo con mi mirada de ojos alegres, pero él se me adelanta.

¿Te lo pasaste bien ayer? ―me pregunta.

¿Tú qué crees? ―le respondo y dejo entrever el brillo de mi iris.

Sonríe, una sonrisa amplia y en sus ojos aparece un destello, que me enciende. Pero sé que después de desayunar, me tengo que ir, Sandra estará preocupada, porque no le he dicho nada más. Miro mi móvil que está en silencio, y veo que tengo dos llamadas perdidas de ella. Me acabo el café y le digo:

Luís, ahora sí que me tengo que ir. Gracias por todo.

Me levanto de la silla, él pone cara de decepción y su cara se ensombrece.

¿Nos vemos el martes, pues? ―le digo.

Sí, ¡qué remedio!

Y me besa, un beso fresco en dónde percibo el aroma de su pelo suave, que acaricio con mis dedos. Por último, me coge firmemente la barbilla para que lo mire directamente a los ojos para decirme:

Pensaré contigo mientras tanto.

Y yo… ¡Y yo! Pero no se lo digo, abro la puerta, me voy con pasos contentos y mientras ando, siento que vuelo. Ando rápidamente las tres manzanas, que nos separan, para meterme en el edifico anaranjado de Sandra. Subo hasta el ático con el ascensor, abro la puerta con mis llaves y entro. Ghato me mire con sus ojos hipnóticos y se alegra de verme.

¡Elisa! Pensaba que te había pasado algo ―me dice una Sandra preocupada.

No, ya me ves, estoy perfectamente, puedes comprobarlo por ti misma.

Podrías haberme dicho que no vendrías a dormir ―me riñe―. Pensaba que… ¡oh, madre mía! No sabes la de imágenes, que me han venido a la mente esta noche.

¿Creías que había vuelto a beber, no? Tranquila, no lo he hecho, esta noche no he tenido tiempo de pensar en el alcohol.

Y me doy cuenta que, por vez primera, no lo he necesitado, y me siento muy satisfecha, pero entiendo a mi amiga y sus miedos. He sido tan inestable en los últimos tiempos, que tiene sus motivos para desconfiar de mí.

Voy a llamar a Jaime, había salido a buscarte, a ver si te veía perdida por algún bar. Yo me he quedado en casa por si volvías.

Y coge su teléfono y marca el número de Jaime rápidamente. Me siento mal conmigo misma, por haberles ocasionado tantos quebraderos de cabeza.

Perdóname, Sandra ―le digo mientras me siento a su lado―. He pasado toda la noche con Luís. Ha sido maravilloso.

Ya veo —dice mi amiga y la veo de nuevo sonreír—. Quiero los detalles.

Le hago un resumen emocionada de mi velada, y ella me escucha atentamente, y puedo ver como respira de alivio.

¿Sabes qué? He vuelto a sentir ganas de pintar, Sandra. Y todavía no me han desaparecido. Esta tarde voy a dedicarla a la pintura.

Esto es estupendo, Elisa.

Después de comer, preparo las pinturas, el caballete, y un lienzo nuevo. Lo preparo en mi cuarto, porque ha empezado a llover y no se puede estar en la terraza, pero no quiero, que la inspiración, que llevo dentro, se detenga. La tengo que materializar de alguna forma. Miro los diferentes colores de mi paleta y elijo diferentes tonalidades de azul, que voy mezclando para alcanzar diferentes sensaciones cromáticas. Creo unas olas de mar que enmarcan los tejanos azules de Luis, su camiseta azul eléctrico, la moqueta azul celeste, la colcha azul turquesa… No me importa abusar de este color que me produce tranquilidad y me ha sanado mis heridas, que lentamente se han ido cerrando.

Luis es el azul juvenil y enigmático que me acoge, en el centro dibujo unas sombras grises que simbolizan mi cueva oscura y profunda, donde Luis ha entrado esta noche, haciéndome sentir tan completa, que no he necesitado nada más que a él. Observo cómo me ha quedado el cuadro y me gusta lo que he transmitido. No me queda más remedio que titularlo como «Sensaciones mágicas de una cueva».

Continuará…

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