La sal de las heridas 19

Me vuelven a hacer varias preguntas que disparan mis latidos. Al final me arrojo al suelo de rodillas y le digo al policía:

—     Señor, yo no he hecho nada. Míreme, no tengo fuerzas para arrastrar un cadáver.

Espero que mis palabras causen el efecto que busco. Mi cuerpo es menudo, comparado con el de Luz, ella aunque delgada era bastante más alta que yo.

—     Siéntese, señorita Mejías –me ordena el policía con voz de trueno-. Dígame ¿qué hacía en la playa a aquellas horas de la noche en pleno mes de diciembre?

—     Había ido con Nacho –dudo un instante- a recuperar el tiempo perdido.

—     Explíquese…

—     Fuimos a estar a solas –me ruborizo por completo-. Necesitábamos intimidad…

—     ¿Y hasta qué hora estuvo en la playa?

—     No me acuerdo, señor, había bebido y lo he olvidado por completo.

—     Y apareció Luz y os sorprendió… -dice él atando cabos-.

—     No, yo a Luz no la vi. No me acuerdo de haberla visto –rectifico-.

—     Pero esto no explica que no fuera capaz de tirarle la piedra que hemos encontrado como arma del crimen.

—     …

—     ¿Se acuerda de esto, señorita Mejías.?

—     ¡Ya le he dicho que no me acuerdo de nada! –grito con todas mis fuerzas -.

—     No la presione más –oigo que dice Jesús-.

El policía toma nota de lo poco que le he dicho, entra una policía y le dice que tiene una llamada importante, resopla dejando el aire suspendido unos instantes en el ambiente y sale del cuarto.

—     Jesús –me doy prisa para hablar-. La cosa no pinta nada bien…

—     Elisa, -me tranquiliza con sus palabras-. Es el procedimiento habitual, sino tienen nada más cuando pasen las setenta y dos horas te dejarán ir.

¡Setenta y dos horas! Nada comparado si después vuelvo a ser libre. Mi vocecilla interior está cantando de alegría.

—     Jesús, dile a Luís que lo siento mucho… por todo.

—     No te preocupes, se lo diré –me dice él fijándose en mi mirada apenada-.

Me equivoqué porque soy débil y no tengo voluntad. Si me hubiera plantado delante de Nacho y le hubiera dicho que no tenía nada que hacer ahora mismo no estaría aquí. Estaría con Luís cumpliendo nuestro pequeño sueño, en la casita rural bañándonos en el jacuzzi y dejando que la vida nos premiara con dulces y tentadores proyectos. Chicos como Luís no se encuentran fácilmente. Mi vocecilla está decidida a volverme a martirizar. Eres una estúpida, Elisa, cómo lo has podido dejar escapar. Un chico que se preocupaba  y que se había enamorado perdidamente de ti. Y tú todavía obsesionada por un recuerdo, por una falacia de sensaciones que no te llevaron a buen puerto. Nacho nunca te ha convenido y lo sabes en tu fuero interno, te mira y tiemblas, te acaricia y te pierdes, te besa y te arrastras,  te folla y  te olvidas hasta de quién eres. Tienes heridas visuales en tu menudo cuerpo, rastro de tu amor salvaje con él, arañazos del arrebato que te sorprendió en la arena, moratones de la pasión que te abrasó en la playa. Ahora lo tengo claro, las marcas que tengo sobre mi piel son de Nacho, de mi adicción y perdición hacia su persona. Una droga que he esnifado y me ha invadido todos los poros de mi piel, he sucumbido a su poder despiadado por culpa de mi debilidad que ha aniquilado mi voluntad. He vuelto a caer en su red, a estrellarme contra sus labios, a estamparme contra su fuerte cuerpo, a arrojarme por un precipicio sin beneficio ni salvación. Y lo que es peor, he vuelto a beber sin tener sed, sólo buscando la añorada sensación de desinhibición, el placer que te proporciona la primera copa. Ahora, totalmente consciente, me arrepiento de ello, he vuelto a tropezar con la misma piedra que siempre se encuentra en mi camino. Qué fácil hubiera sido esquivarla y ahora mismo no estaría en esta sala con Jesús, con el policía que ha vuelto a entrar, con esta tenue bombilla que poco ilumina y me hace sentir tan oscura.

—     Puede irse, señorita Mejías. Ahora le vamos a devolver sus pertenencias.

Me quedo parada, atontada, como si no lo hubiera entendido.

—     ¡Vamos! Dese prisa antes que me lo repiense –dice el policía-.

Me levanto como puedo del asiento, mis piernas tiemblan y les cuesta sostener mi cuerpo.

—     ¿Qué pasa? –quiere saber Jesús-.

—     Los resultados de la autopsia, Luz no murió la noche del miércoles sino antes. Más no puedo decir. Señorita Mejías, intente estar localizable en los próximos días, puede que la volvamos a interrogar.

Paso a otra sala donde me devuelven mi móvil que no tardo en encender, desafortunadamente no hay ni rastro de Luís en él. Llamo a Sandra para decirle que soy libre y me subo al coche de Jesús que me llevará a su piso de nuevo.

Cuando abro la puerta del piso de Sandra una emoción me recorre de arriba abajo, ella esté esperándome de pie en el recibidor y con sólo verla me abalanzo sobre ella, la abrazo con todas mis fuerzas. Tiene cara de no haber pegado ojo en toda la noche y yo sé que no hago mejor aspecto. Mi cara se hunde en su largo pelo moreno que huele a su champú y me quedó un largo rato así como suspendida en el aire del pequeño recibidor. Jesús que también ha entrado se pone a hablar con Jaime y de fondo oigo su conversación aunque no paro demasiada atención en lo que dicen. Al cabo de un rato, Ghato sale de la cocina con una salchicha en su boca y se pone en medio de nosotras.

—     Me parece que nos hemos quedado sin segundo plato –dice Sandra alarmada-.

—     ¿Qué has hecho, Ghato? –le riño-.

—     Déjalo, Elisa –se disculpa Jaime-. Olvidé cerrar la puerta de la cocina cuando descongelé las salchichas. Tendremos que ir a comer fuera, no dará tiempo a descongelar nada.

—     Bueno, si no queda otro remedio… -dice Sandra resignada-.

—     Invito yo –me apresuro a decir-. ¿Quieres venir con nosotros, Jesús?

—     No, lo siento. Mi mujer me debe estar esperando.

—     Llámala y dile que se venga, así la conocemos. Y que vengan los niños también.

Jesús me hace caso, coge su móvil y teclea el número de su mujer. Al cabo de un tiempo en el que me he duchado y cambiado de ropa, la mujer de Jesús llama al timbre. Es una mujer bastante atractiva, de bandera, con el pelo rizado que le cae por los hombros, con la cara maquillada tímidamente y un cuerpo muy bien proporcionado. Vaya con Jesús, pienso, qué calladito se lo tenía.

—     Os presento a Sara –dice Jesús-.

Sara me da dos besos y huelo su discreto perfume caro, unas leves notas de jazmín que me encantan.

—     Y estos son Dani y Carlota.

Un niño de unos seis años y una niña de unos ocho me dicen hola educadamente. La niña indudablemente ha salido al padre y el niño es más bien una mezcla de ambos.

—     Ya nos podemos ir –digo yo-.

Cogemos el ascensor en dos turnos y salimos a la calle. Vamos a un restaurante cerca de casa, en el mismo barrio y de esta manera podemos ir andando. Nos pedimos unos platos de carpaccio de salmón ahumado para  picar y unas chuletas de cordero de segundo. Los niños comerán el menú infantil. Durante la comida evitamos hablar de Luz y de todo lo que ha pasado aunque mis pensamientos no se alejan de ella. Jesús, como siempre, termina contando chistes que me vienen bien para evadirme de todo lo que estoy pensando en estos duros momentos.

—     No sé de dónde los saca –dice Sara-. Cada vez sabe más y lo bueno es que no los olvida-.

—     Con razón se sacó la carrera –comenta Jaime-.

—     Yo no soy buena contando chistes –dice Sandra-. No tengo gracia y al cabo de poco me olvido de ellos. Si te quedas en el paro siempre te puedes hacer humorista, Jesús.

—     No tengáis duda de ello –contesta Jesús con un aire bastante serio que no le pega para nada.

—     Venga, no hagas el payaso –le riñe su mujer-.

Y Jesús rompe con una sonora carcajada que se nos contagia.

En el restaurante sé que me estoy perdiendo las noticias del mediodía, que posiblemente a estas horas estén diciendo algo nuevo sobre el caso de Luz, miro nerviosa el reloj, son las tres de la tarde. En este preciso instante el móvil de Jesús empieza a sonar, se levanta de la mesa y  responde:

—     Hola María…

Continuará…

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