La sal de las heridas 23

Posiblemente Sandra haya tenido razón en lo referente a Nacho, pero yo todavía me niego a admitirlo, mi parte más irracional se resiste a creerlo. He hecho todo lo que ha estado en mi alcance para defenderlo pero María tiene una coartada robusta y bien curtida. Hoy es un día nefasto y acudo a la terapia con ganas de ver a Luís porque es la única parte de mi vida que parece que no está negra y hundida. No sé por qué hemos ido porque sólo estamos Rebe, Luís y yo, los demás están en la policía, María detenida y Jesús y Toni colaborando en su coartada. Rebe está feliz  y creo que es la única ya que le dejarán ver a sus hijos ahora que se aproximan las fiestas navideñas. No tengo ganas de hablar de mi recaída de los últimos días pero sé que lo tengo que hacer.

—     El cerebro que aunque lleves tiempo sin beber tiene gravado todo lo que hacías cuando bebías, tus costumbres y manías.   En un momento de baja guardia se vuelve a interponer el deseo de beber  entre tu voluntad y tu debilidad –digo después de estar callada durante un rato-.

—     Pero ahora ya no lo volverás a hacer, ¿verdad?-me pregunta Luís con su mirada pícara-.

—     No, no lo volveré a hacer, lo nuestro es crónico, incurable y la única posibilidad para mantenernos a salvo es no volver a beber. Tengo claro que no lo volveré a hacer –digo con firmeza-.

—     Una actitud muy positiva –dice Ana-.

Creo que es la primera vez que me oigo decir algo tan segura. Mis dudas se han esfumado gracias a la ayuda que me ha brindado Luís. No sé que habrá visto en mí pero yo sí sé que he visto en él: las luces de su alma tan brillantes, tan cálidas e intensas que me han alcanzado mi corazón que ahora late al compás de ilusiones nuevas.

Cuando salimos de la sesión de terapia decidimos acercarnos a la casa de Toni por si ha vuelto. Llamamos a la puerta, se encienden las luces de la entrada y nos abre.

—     ¿Cómo está María? –pregunta enseguida Luís-.

—     No la he visto –dice Toni pausadamente-. Pero ya te puedes imaginar…

—     Ya… -digo yo-.

—     Alguien ha hablado más de la cuenta. La policía sabía cosas sobre María que sólo conocíamos nosotros.

—     ¿Qué cosas? –quiere saber Luís-.

—     La historia que tuvo Víctor con Luz, por ejemplo. El odio que le tenía María a su hermana…

—     Vaya –digo yo que tengo la mirada más gacha que nunca-.

—     Pero María no le hizo nada, de esto estoy más que seguro. Vino aterrada porque Víctor no paraba de molestarla. Yo estaba jugando con Jesús a los videojuegos, como siempre y ella nos interrumpió, se puso a llorar, las fuerzas que siempre ha tenido le fallaron. Al cabo de poco llamaron a la puerta, era Víctor, venía todo alborotado, gritando que quería ver a María. Entre Jesús y yo se lo impedimos y empezó a vociferar: ¡ Maríaaaa, no sabes lo que soy capaz de hacer por ti! Pero María no salió y entre los dos lo echamos a patadas. Al fin, María se quedo a dormir aquí, conmigo.

—     Pobre María –dice Luís-. ¿pero no habían detenido ya a Nacho como autor del crimen?

Al oír su nombre se me cae el alma a los pies pero hay una cosa que no me cuadra en todo ello, una corazonada rápida que surge de mí.

—     ¡Un momento! –alzo la voz-. ¿Y si ha sido Víctor?

—     ¿Víctor? –dice Luís-.

—     Podría ser –Toni acepta mi hipótesis-. Hubierais tenido que verlo. Todo él fuera de sí. Daba miedo… Recuerdo que también le dijo que la libraría…

—     ¿Cómo?

—     María, gritó Víctor aquella noche, te libraré de ella –vuelve a explicarnos Toni-.

—     Pues yo sigo pensando que fue Nacho –repite Luís-.

—     No lo sé –dice Toni-. Pero ya te digo que yo aquella noche a Víctor lo vi capaz de hacer cualquier cosa. ¿Y si fue a buscar a Luz para descargar su frustración sobre ella?

—     ¿Tú crees? ¿Qué perdía Víctor al no casarse con María? –pregunta Luís-.

—     Pues un futuro bastante asegurado –dice Toni-. Trabajo en la empresa de su futuro suegro, por ejemplo y un futuro bastante holgado…

—     Pues que se lo hubiera pensado antes. –digo-. Pero entonces… ¿para qué coño quería Luz el dinero de Nacho si su familia ya tenía?

—     Esto es lo que tú te piensas… -continua Toni-. Los negocios del padre de María están rozando los números rojos, pero eso Víctor igual no lo sabe… Y Luz, acostumbrada a una buena vida se tuvo que buscar una alternativa para seguir con su nivel.

—     Con Nacho… -digo yo-.

—     ¿Pero Nacho tenía dinero? –pregunta Luís-.

—     Sí, ahora sí. Había heredado los bienes de una tía lejana que murió sin descendientes. Con eso abrió un negocio propio.

Y luego me dejó, me dejó… me repito para mí intermitentemente. Trago saliva ¿por qué todavía me duele tan fuertemente esto? Me gustaría encontrar el remedio para que mi nudo se deshiciera de una vez.

Nos quedamos un rato más sentados en el sofá de Toni hasta que al fin Luís y yo nos despedimos de él. Luís me acerca al piso de Sandra y nos despedimos en el coche.

—     Elisa…. Me da miedo que se solucione todo este embrollo.

—     ¿Por qué, Luís?

—     Si Nacho es inocente, ¿volverás con él?

—     No, Luís…

—     ¿Estás segura?

Asiento con la cabeza porque las palabras no me salen, el nudo sigue haciendo de las suyas, le beso y subo al piso de Sandra.

Pasan dos días más y me siento diferente, retenida e hinchada. Yo que siempre he sido puntual como un reloj y esta vez parece ser que la regla no se me decide a venir… Estoy muy angustiada porque la simple probabilidad que estuviera embarazada de Nacho me llena de rocosas y peliagudas contradicciones. No, no lo estoy, son los nervios de estos últimos días…

—     Hazte la prueba de una vez –me dice Sandra que ya está más que harta de mis comeduras de cabeza-.

Bajo a la farmacia más cercana a comprar una prueba de embarazo. Mejor con la primera orina del día si el retraso es de pocos días, me dice la chica que me atiende. Esta noche presiento que volveré a tener insomnio y así es. Cuando suena el despertador ya estoy despierta ya que he dormido muy poco, me levanto, voy directa hacia el lavabo y meo en el pote de la de orina. Sumerjo la puntita de la muestra durante diez segundos  y espero impaciente. El test digital muestra un reloj en su pantalla, está calculando…

—     Venga, vamos, no se te ocurra detectar la hormona –le digo mientras cruzo los dedos y aprieto fuertemente los párpados-.

Continuará…

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