La sal de las heridas 25

Mis pasos seguros me llevan a encargar un poco de material para la academia como me ha pedido la señora Fernández. La tienda se encuentra cerca de “La pequeña taberna” y paso por delante rápidamente. Oigo una voz perfectamente conocida detrás de mí.

—     ¡Elisa! –me llama-.

Me giro lentamente y puedo ver a Nacho con un cigarrillo apagado entre sus dedos que no tarda en encender.

—     ¿Cómo estás? –me pregunta-.

—     Bien. ¿Y tú?

—     Tirando. Ya ves. ¿Tienes un momento? –aspira el cigarrillo y me tira el humo-.

Y todos los momentos del mundo tengo, sí, pero sé que no me puedo quedar. Las piedras han vuelto a resbalar y a invadir mi camino,  no quiero tropezar con ellas de nuevo.

—     Tengo prisa –me giro y me dispongo a irme pero su mano me coge por la muñeca-.

Un calambre me recorre entera.

—     Será sólo un momento –me insiste-.

Me quedo de pie perdiéndome entre sus ojos que me muestran la necesidad de decirme lo que viene a continuación:

—     No puedo parar de pensar en ti.

—     Nacho, no sigas por este camino, por favor…

—     No, escúchame. Siento todo el daño que he podido hacerte.  Volver a estar contigo en la playa me hizo darme cuenta que no quiero perderte  –se me acerca todavía más y me acaricia un mechón de mi pelo-.

—     Ya me has perdido, Nacho, aquello fue un error –y le aparto la mano que sigue en mi cabello-.

—     ¿En serio? –y sus ojos se han vuelto sombríos combinando nubes de tempestad-.

—     Sí.

—     ¿Nunca me vas a perdonar?

—     Si ya te he perdonado Nacho, no es eso. Simplemente que quiero rehacer mi vida sin ti, sin el alcohol…

—     ¿Estás con otro? Es eso, ¿no?

—     Sí…

—     ¡Qué suerte tienen algunos! ¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión?

—     Nacho, no voy a cambiar…

—     Mírame a los ojos y dime que ya no sientes nada por mí.

Y en ese momento de iluminación, le miro pausadamente a sus ojos ligeramente humedecidos y entre sombras de flores marchitas florecen de mis labios las siguientes palabras:

—     Nacho, ya no lo siento, ¿vale? –y me pongo una mano sobre mi corazón que aunque late aceleradamente mis latidos están contenidos dentro del abrigo grueso que llevo-. Podemos ser amigos si quieres…

—     Bonita forma para decirme que no –masculla ácidamente-.

—     Nacho, adiós… Que tengas una Feliz Navidad.

Me pierdo sin mirar atrás por la acera entre el bullicio de la gente que ha empezado a hacer sus compras navideñas. Las luces hace ya bastante rato que se han encendido y brillan mostrando un colorido de dibujos que me aportan calma. Mientras ando noto como mi nudo se está empezando a aflojar y me deja respirar sin apenas notarlo durante un largo de tiempo. Entro dentro de la tienda y encargo el material que me ha pedido la señora Fernández y de paso compro un poco para mí, quiero regalarle un cuadro a Luís para que sus paredes dejen de estar desnudas.

—     Ha llamado tu madre –me dice Sandra al llegar a casa-. Te habías dejado el móvil y al ver que era ella he contestado –se excusa mi amiga-.

Mis padres… cuánto tiempo sin saber de ellos, sé que he vivido los últimos meses como si ellos no existieran, ahora que se aproximan estas fechas no puedo fallarles. Desde que se jubilaron y se fueron a vivir al pueblo de mi padre que mis visitas han sido más que escasas. Cojo mi móvil que sigue en la mesita y llamo a mi madre. Contesta al tercer tono, una voz cercana alejada por quilómetros de carretera.

—     Hola mamá…

—     ¡Eli! ¿En serio que eres tú?

—     Sí, mamá… ¿Cómo estáis?

—     Bien, cariño. ¿Vas a subir al pueblo?

No lo tenía pensado pero no quiero decepcionarles, el tiempo estos últimos días se me ha tirado encima de una manera muy veloz.

—     Sí, para Nochebuena estaré. Cogeré el autobús por la mañana.

—     Tengo muchas ganas de verte…

—     Yo también, mamá. Hasta pronto.

Cuelgo el móvil con una sensación dulce de recuerdos que flotan en el aire de mi habitación. Oír la voz de mi madre me ha colmado de ganas de pintar y preparo el material que acabo de comprar, si tengo que irme al pueblo quiero acabar el cuadro para Luís antes. Tengo una semana. Mi mano vuela por el lienzo, estoy pintando un amanecer de futuro ahora que mis heridas se han sanado completamente. No deja de haber un azul tímido alrededor del lienzo aunque lo llena poco a poco la luz del sol. Amarillos, anaranjados y ocres son los colores que estoy usando para que me den energía si alguna vez decido irme a vivir con Luís. El tiempo, rebosante de sabiduría, trazará mi decisión de manera gradual. Sé que él ya me lo ha pedido pero de momento prefiero esperar, tengo miedo de volver a equivocarme.

—     ¿Qué es lo que estás pintando? –me pregunta Sandra que acaba de entrar en la habitación-.

—     El regalo para Luís…

—     Elisa, ¡la cosa promete! ¡Qué gran detalle!

—     Necesito regalarle un pedacito de mí ahora que me voy a ir al pueblo con mis padres durante estas fechas. No quiero que se olvide de mí…

—     ¡Qué se va a olvidar si lo tienes completamente enamorado!

Sonrío a Sandra y a la vida en mayúsculas por descubrirme de nuevo las ganas de respirar sin el nudo que se ha aflojado hasta que ha acabado cayendo delicadamente al suelo.

Continuará…

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