La sal de las heridas 26

Cargamos el cuadro en el Golf de Sandra, mañana me voy al pueblo para pasar la Navidad con mis padres y necesito regalárselo a Luís hoy. Subo el cuadro en el ascensor, Sandra ya se ha ido y llamo a la puerta. Un Luís sonriente la abre.

—     ¿Y eso? –me pregunta-.

—     Mi regalo para ti –le digo mientras se lo pongo en sus manos cálidas-.

—     Pero… si yo todavía no te he regalado nada –me mira con cara de haber hecho algo malo-. No tengo nada para ti.

—     No importa Luís, me he adelantado a la fecha.

—     ¿Lo desenvuelvo? –me pregunta inocentemente-.

—     Sí, claro, -y le sonrío-.

Luís abre cuidadosamente mi regalo sin rasgar el papel azul brillante que lo envuelve.

—     ¡Uau! ¡Qué pasada! ¡Te habrás gastado una pasta!

—     Lo he pintado yo.

—     ¿Qué me dices? –me dice sorprendido-.

—     Sí…

—     Elisa, tienes mucho talento. A ver, yo no entiendo mucho de arte pero esto se nota a la legua. ¡Estás hecha toda una artista!

Sus palabras tiñen de rubor mis finas mejillas.

—     Voy a colgarlo ahora mismo –continua Luís mientras va a buscar el taladro-.

Lo cuelga en la pared, encima de la mesa del comedor. Los dos nos quedamos contemplando el amanecer de mis emociones que he materializado a flor de piel. Luís después de un largo rato que se ha quedado anonadado mirando el cuadro me besa los labios tímidamente.

—     Después de la oscuridad siempre llega un nuevo amanecer, esto es lo que he querido plasmar –murmuro-.

—     Es un cuadro que me aporta optimismo y energía –dice Luís mientras continua besándome-.

—     Yo viví en la oscuridad durante mucho tiempo…

—     Déjalo, Elisa, anda… -me interrumpe Luís-.

—     No, quiero contártelo –y le miro fijamente a los ojos y él me escucha-. Como te decía una vez entras en el pozo de la oscuridad es muy complicado salir de ella, te invade y te atrapa como si estuvieras en un laberinto de una cueva húmeda. La conoces tan bien que te es difícil dejarla atrás, como si el resto no existiera. Gracias a la amistad he conseguido salir al exterior, ahora puedo apreciar los colores de los nuevos días que siempre empiezan con un amanecer como éste. Y después de este amanecer estás tú, Luís, cuando el sol ya se ha elevado lo suficiente como para acariciarnos la piel, estás tú… Voy a irme unos días al pueblo, pero para Fin de Año estaré aquí de nuevo… Pensaré mucho en ti –y ahora soy yo quién le beso, bebiendo de sus labios y saboreando cada rastro de él-.

—     Elisa… -respira mi nombre y el fuego de nuestros cuerpos contenidos se enciende-.

Sobre el sofá color tierra dejamos que nuestra pasión que sentimos en este mismo instante se exprese. Un murmullo de sentimientos se desboca como cauce de río que desemboca al mar con fuerza. Luís con sus caricias ha esparcido la sal de mis heridas fuera de mí. Sin nudo, ni sal, me siento completamente distinta, renovada interiormente y exteriormente. Voy a rellenar este vacío con su amor a través de los besos              que me recorren de arriba abajo y me hacen sentir tan plena, ardiendo en una hoguera de caricias placenteras. Al final, exhaustos, nos dormimos rodeados por nuestros brazos y dejamos que sueños plácidos de futuro broten de nuestra mente.

A la mañana siguiente subo al autobús que me llevará al pueblo. Luís ha querido  venir a despedirme, me ayuda a cargar la maleta, me da un sonoro beso en los labios mientras me dice:

—     Ya te echo de menos y todavía no te has ido.

—     Antes de que te des cuenta volveré a estar aquí.

—     Vigila, Elisa, estas fechas suelen ser peligrosas para personas como nosotros.

—     Sí, lo sé… Pero, tranquilo, no voy a romper la promesa que te hice. Estoy segura de ello.

—     Adiós, Elisa, contaré los días que quedan para volverte a ver.

Subo al autobús, me siento y agradezco que la calefacción esté encendida a toda potencia. Por el cristal puedo observar como el vaho se escapa de la boca de Luís, me está volviendo a decir adiós, agito la mano y el chófer arranca. Vuelvo la cabeza hacia atrás hasta que dejo de ver su figura. Respiro profundamente porque me esperan cuatro horas largas de viaje. Dormiría para que se me pasasen más rápido pero no tengo sueño. Mientras voy mirando el paisaje que va cambiando poco a poco voy pensando en lo acontecido en el último mes: en Nacho, en Luz, en María y finalmente en Víctor. De buena se ha librado María, como he llegado a saber después, Víctor era muy controlador y posesivo y a veces rozaba la violencia hasta que la traspasó y de qué manera. Luz se cruzó en su camino accidentalmente o intencionadamente, esto ahora ya es lo de menos, si no hubiera sido ella posiblemente la víctima hubiera sido María. ¿Por qué no lo denuncias? Le preguntó Toni a María aquella noche en la que ella se quedó a dormir en su casa. A lo que María se encogió de hombros, se mordió el labio inferior,  arqueó una ceja y se lo pensó pero ya llegó tarde. Aquella fatídica noche Víctor asesinó a Luz a sangre fría en la playa, golpeándola repetidas veces con una piedra grande y puntiaguda, la arrastró por la arena y la tiró por el acantilado. El mar la escupió dos días después devolviéndola a la playa que la había visto morir. Luz, un enigma de persona para mí, a la que nunca llegué a conocer ni tan siquiera traté pero que tanto me agitó cuando la vi en “La pequeña taberna”. La culpabilicé por haberme quitado a Nacho, fue mi primer instinto pero ahora sé que la culpa tan sólo fue de él. Cierro los ojos porque las últimas palabras de Nacho resuenan en mis oídos haciendo eco “Dime que ya no sientes nada por mí”. ¿Lo amo todavía en algún resquicio de mi corazón? ¿Lo odio aún sabiendo que este sentimiento es una deformación del amor? La nada no llegará hasta que sienta auténtica indiferencia por él pero todavía es demasiado pronto para sentirla, sólo el tiempo se encargará de empujar mis penas hacia el vacío. Algún día sé que se estrellarán para reventar y desaparecer definitivamente de mí.

—     Elisa… ¿Eres tú? –una mano me toca por atrás-.

Me giro y me encuentro con una cara que me mira interrogante. Entrecierro los ojos para abrirlos de nuevo, mi memoria se desliza hacia la infancia, meriendas de galletas con chocolate, saltos a la comba, escondites y baños y ahogadillas entre risas en la piscina municipal.

—     ¿Susana? ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?

—     Vuelvo al pueblo de nuevo. La Navidad es lo que tiene.

—     ¿Pero –la miro confundida-dónde vives ahora?

—     Creo que en el mismo lugar que tú –me mira risueña-. Hará un par de años.

—     ¿Y por qué nadie me ha contado nada? –digo enfada pero de repente me callo porqué dentro de mí conozco la respuesta. Hace tanto que no sé nada de los míos…-.

—     Estás muy cambiada, Elisa. Espera que me siento a tu lado –se levanta y se sienta en el asiento libre que hay a mi lado-.

—     Sí, así mejor, todavía queda trayecto para rato…

—     Tu madre se ha encargado de llamar a toda la familia, prima, esta noche cenaremos todos juntos. Envidio la capacidad de organización que tiene.

—     La verdad es que yo también, las reuniones sociales son lo suyo.

—     En el pueblo se debe aburrir, pobrecita –me dice Susana-.  Este verano la vi algo decaída.

Intento disimular el pesar que siento dentro de mí y cambio de tema:

—     Pues yo a ti te veo igual, Susana, los años no te pesan.

—     ¡Ni qué fuéramos viejas! Si estamos en lo mejor de la vida… Treinta y dos años quién los pillara pensarán muchos. Lo de cambiada te lo he dicho porque te he visto muy guapa, más que de costumbre.

Y entre la charla con mi prima que me acompaña durante todo el resto del viaje estamos llegando ya al pueblo, el autobús se detiene y al fondo, a través de la fría ventana puedo entrever la silueta de mis padres.

Continuará…

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