La sal de las heridas 27

Tres, cuatro, cinco, ¿seis años quizá? No recuerdo el último día en que vi a mis padres. Mis visitas se fueron distanciando cada vez más hasta que sólo tenía contacto telefónico para decirles que estaba bien. Desde que me independicé y ellos vendieron su piso en la ciudad para trasladarse en el pueblo de mi padre nunca me venía bien hacer el largo trayecto para venir a verles. Nos veremos en vacaciones me excusaba pero cuando llegaban los días tan ansiados de tranquilidad prefería irme con Nacho a algún hotel y recorrer lugares conocidos o no tan conocidos de la geografía española. Durante los últimos años había estado en todas las comunidades autónomas, de norte a sur, de este a oeste, sin olvidar las islas. Antes de irnos al extranjero preferíamos conocer lo que teníamos alrededor, escrutar nuestra cultura y empaparnos de sitios pintorescos que ahora permanecen en algún lugar empañado de mi memoria. Sé que si no hubiera bebido por aquel entonces en el que no sabía divertirme sin una copa entre mis manos todo sería más nítido. Podría detallaros mis viajes con todo lujo de anécdotas, describiros infinidad de ciudades, pueblos y villas que valen la pena visitar, espacios cargados de historia que olvidé al día siguiente de despertarme. De todo ello sólo conservo algunos archivos digitales perdidos en alguna carpeta de mi ordenador que nunca tuve tiempo de revelar por comodidad o por pereza. El caso es que mi desapego hacia mis padres ha sido total, física y telefónicamente pero ahora los tengo frente a mí, el tiempo ha pasado y se ha encargado de esculpirles algunas arrugas más profundas, de blanquearles todavía más sus sienes y les ha encorvado su figura. Fui una hija tardía, cuando ya no me esperaban y se habían hecho la idea de que no tendrían descendencia, mi madre se quedó embarazada de mí.

—     ¡Eli! –grita mi madre abalanzándose sobre mí-. ¡Qué guapa! ¡Cuánto has crecido!

—     No mamá, a estas alturas ya no crezco…

—     Seré yo que he menguado pues. –y vuelve a besarme y noto su olor a ropa limpia, a jabón de Marsella combinado con una colonia fresca de limón-.

—     ¿Has venido sola? –pregunta mi padre mirando en el interior del autobús-.

—     Sí, pero me encontré con Susana nada más empezar el viaje y nos hemos hecho compañía durante todo el trayecto, ¿eh prima?

Susana que está al lado de sus padres, mi tío Pepe y mi tía Juana, asiente risueña. Mi padre se encoge de hombros y me abraza. Sé que esperaba que Nacho me acompañara, no les hablé de nuestra ruptura en su momento porque dentro de mí creía que sería algo pasajero y pasé meses aferrada a la esperanza de que él volvería. Hoy ya no puedo disimular lo evidente pero quiero retrasarlo porque en medio de la calle no es un buen sitio para comunicarles la noticia.

—     Trae –dice mi padre cogiéndome la maleta-. Vamos a casa que hace un frío que corta el alma.

—     No papá –le digo sin soltarla-. Ya la cojo yo, no pesa, va con ruedas.

Andamos las escasas calles que separan la parada del autobús de la casa de mis padres. Una casa de pueblo bastante vieja que heredó de mis abuelos aunque reformada en su totalidad. Mis tíos y mi prima se despiden hasta la hora de la cena. Entramos, la comida ya está preparada, macarrones con carne y queso que me trasladan a mi infancia.

—     Debes tener hambre –dice mi madre abriendo la nevera-. ¿Una cervecita? –me ofrece-.

—     No, mamá, no me apetece.

—     Pues así beberás vino del pueblo como nosotros, ¿no?

—     No, mamá, quiero tan sólo agua.

—     ¿No estarás embarazada, niña? –se gira y me contempla buscando algún indicio que le demuestre lo que acaba de preguntarme.

—     ¡Qué va! Mamá que no, ¿tan raro es beber agua?

—     Aquí se dice: el agua para las ranas. Toma – y me ofrece una botella de limonada-.

Comemos en silencio, la comida está muy rica, mientras pincho macarrones y me llevo el tenedor a la boca voy pensando que esta tarde y antes de la cena tendré que hablarles a mis padres de mi nueva situación. Ana, la psicóloga, me advirtió que era muy importante que la familia conociera el problema para sentirme respaldada en este aspecto. No es bueno disimular  -pienso mientras mi padre se pone el vasito de vino entre los labios- necesitan saber que estoy enferma y que mi enfermedad sólo se cura sino se bebe. Parece sencillo visto así, porque en mis manos está la cura, mis esfuerzos me ha costado para reafirmar mi personalidad y ahora que estoy tan segura no voy a dejar que la flaqueza de nuevo se asome para arrastrarme. Mientras apuro el vaso de limonada sé que no voy a romper la promesa que le hice a Luís y sobre todo la que me hice a mí misma: NO VOY A VOLVER A BEBER.

—     Estás muy callada, Eli –rompe el silencio mi madre-. Cuéntanos cosas, ¿cómo te va el trabajo? Debéis tener mucho si Nacho no ha venido…

El último macarrón se me atraganta y me entra un ataque de tos. Mi padre automáticamente me sirve el poco vino que queda en la botella.

—     Bebe –me indica-. Que baje todo para abajo.

Tosiendo sin parar me levanto como puedo de la silla ante la mirada atónita de mis padres y me voy directa al lavabo a beber del grifo. El agua fría me calma la aspereza de mi garganta y salgo del lavabo con las mejillas encendidas y con el corazón bombeando con
fuerza porque sé que ahora ha llegado el momento de decir la verdad. Vuelvo a sentarme, mi madre ha tenido tiempo para servirnos unas natillas caseras.

—     Eli, ¿qué te pasa, cariño?

—     Nacho no va… a venir porque…. se acabó… -voy tragando saliva entra palabra y palabra-.

—     ¿Pero habéis discutido? ¿Una pelea? A veces estas cosas no tienen importancia…

—     No mamá, es definitivo…

—     ¿Desde cuándo? –quiere saber mi padre-.

—     Ocho meses, hace ocho meses que no estamos juntos.

—     ¡Santo Dios! ¿Y… por qué? ¿qué haces tú allí en la capital tan solita? –no sé si ahora mi madre está pensando en voz alta-. Pues sí teníais planes de boda… creía que este año os ibais a casar ya, con la de años que llevabais juntos…

—     ¿De quién ha sido la culpa?

—     Déjalo, Anselmo, eso qué más da ahora.

—     Fue él quien me dejó pero ahora sé que me hizo un favor –y al oírme decir esto yo misma me sorprendo porque toda la sal que odié en un principio ha servido para cerrarme las heridas definitivamente, sin marcas, ni cicatrices, completamente recuperada del dolor y del vacío que sentí al perderlo-.

Una sonrisa me frunce los labios, cojo la cucharilla y la hundo en la natilla que me sabe a gloria.

—     Están buenísimas, mamá, ya me pasarás la receta.

Ayudo a recoger los platos de la mesa, no tenemos mucho tiempo para preparar la cena de Nochebuena pero sé que algo se ha quedado flotando en mi aire de inquietudes. Mientras friego los restos de vino tinto de los vasos con el estropajo comprendo que no puedo retrasarlo más, el tiempo juega en mi contra…

Continuará…

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