La sal de las heridas 28

La cafetera en el fuego de butano hace ruido para indicar que el café ya está listo. Mi madre lo apaga y lo sirve en tres tacitas estampadas con flores violetas. Yo me seco las manos en un trapo de cocina y volvemos al comedor donde mi padre está abriendo el mueble bar. Unas cuantas botellas se cruzan en mi vista y las recorro de derecha a izquierda mientras mi padre escoge una de coñac para añadirle unas gotitas al café. En este momento no se me ocurre ninguna manera de sacar la conversación aunque sé que es necesaria pero me falta valor. El valor que me daría una copita de coñac pienso en mi universo de contradicciones. Mi madre, a la que le gusta mucho hablar, sigue con su particular interrogatorio.

—     Y ahora, ¿qué haces en la capital? ¿Tienes amigos? ¿Qué haces los fines de semana? ¿No te quedarás en casa sola, verdad?

—     No mamá, ahora vivo con Sandra y Jaime.

—     ¿Cómo? Pero… ¡si están casados!

Y sé que ahora ha llegado el momento.

—     Tuve que ir a vivir con ellos porque sola…. de nuevo… recaí…

—     ¿Recaíste? ¿En qué?-  pregunta mi padre mientras se está añadiendo un nuevo chorrito de coñac en la tacita-.

—     En esto papá, en esto…. En lo que te estás sirviendo ahora mismo.

La mano de mi padre tiembla y un poco de coñac se derrama en el mantel y el aroma a alcohol impregna el ambiente del comedor.

—     Menchu, trae servilletas de papel –le ordena mi padre a mi madre-.

—     No mamá, ya voy yo.

Me levanto y voy a  la cocina a buscar un rollo de papel,  un suspiro me sale del alma. Reordeno mis ideas y regreso, de fondo, por el pasillo, les oigo como cuchichean. Al verme, callan. Me siento en la silla y los miro a ambos. Trago la saliva que se me ha quedado acumulada en la boca y les empiezo a explicar lo que hace muchos años les hubiera tenido que contar:

—     Soy una alcohólica –la palabra de por sí pesa más que una losa de plomo que cae por su propio peso desde el techo y se estampa contra el mantel-.

No les dejo interrumpirme, mejor ser clara y decir las cosas por su nombre.

—     Llevo meses rehabilitándome de la bebida, voy a terapia, y lo estoy consiguiendo. Aunque sé que siempre tendré esta enfermedad porque es crónica. Por eso antes te he rechazado la cerveza y el vino del pueblo, mamá. No puedo beber alcohol, es la única manera de estar a salvo. ¿Lo entiendes, verdad?

—     Pero… Eli… ¿con qué vas a brindar esta noche con tus tíos, tus primos y tus padres?

Su pregunta me deja estupefacta, ¿lo que más le preocupa es el qué dirán los demás? No puedo responderle porque su pregunta se me ha clavado hondamente.

—     Con polvorones, Menchu, esta noche brindamos con polvorones y san se acabó. ¿Estás bien, hija?

—     Sí, papá. Gracias por entenderme pero sinceramente no hace falta que vosotros no bebáis champagne. Simplemente con que no me sirváis ni ofrezcáis ya basta.

Estoy mentalizada y esta es la principal lucha que he vivido estos últimos meses. Cierro los ojos un instante, pienso en Luís y su azul juvenil y en cómo me gustaría tenerlo en este momento a mi lado. Mi móvil comienza a vibrar, sin creer en las telepatías, observo en la pantalla como es Él.

—     Un momento –les digo a mis padres y me voy a mi habitación para contestar-.

—     ¿Sí?

—     Al amanecer le falta tu sonrisa para que acabe de salir el sol…

—     ¡Luís! –no puedo evitar sonreír mientras oigo sus palabras-. Ya está, ya se lo he dicho.

—     ¿Cómo se lo han tomado?

—     No lo sé –me encojo de hombros-. Se lo acabo de decir, es pronto todavía, supongo que tendrán que asimilarlo.

—     Sí… Asimilar y aceptación.

—     ¿Con quién vas a brindar esta noche?

—     Iremos a casa de Toni un ratito, mañana ya será otra historia…

Esto de que Luís pase la Navidad solo me encoje el corazón pero no quiero ahondar en su herida por eso le cambio de tema.

—     En Nochevieja brindaré contigo, Luís. ¿Me rechazarás mi brindis?

—     Depende.

—     Ya queda poquito. Que lo paséis bien esta noche. Te quiero.

Cuelgo sabiendo que lo estoy echando mucho de menos. Salgo de mi habitación y observo como mi madre ya está en la cocina preparando los ingredientes.

—     ¿Zarzuela de marisco? –le pregunto-.

—     Y borrajas con almejas gratinadas.

—     Antes de que nos pille el toro voy a ayudarte para que nos quede riquísima. –le digo-.

—     Ay, Eli… ¡Cuánta falta me hacías!

—     Sí, mamá, lo sé…

La abrazo fuertemente y nos ponemos manos a la obra.

—     Si no fuera por estos momentos –oigo que murmura con la vista fija en la cazuela-.

Continuará…

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