La sal de las heridas 29

Mi tía Nicolasa, la hermana menor de mi padre,  y mi tío Roberto, su marido, son los primeros en llegar. Mi tía Nicolasa entra en la cocina donde mi madre y yo estamos todavía acabando de cocinar.

—     Voy a ser abuela –anuncia al entrar pero su voz lejos de mostrar felicidad suena a irritada-.

—     Felicidades –le dice mi madre-.

—     Hola tía, Mónica estará contentísima –le digo-.

—     ¿Mónica? Ay, si fuera de ella el embarazo –empieza-. Supongo que estaría contenta a pesar de que viva en pecado con Javier, que muchas discusiones he tenido con ella porque se resisten a pasar por la vicaría…

No puedo disimular una sonrisita pícara que asoma de mis labios aunque ella no se da cuenta.

—     … pero la que se ha quedado embarazada es…. –deja el suspense colgado en el aire de la cocina que huele a marisco-.

—     ¿Úrsula? –la ayuda mi madre-.

—     Claro, ¡quién va a ser sino! Dos hijas tengo yo. ¡A sus veinte años!

—     Mujer…. Tampoco es ninguna cría… -dice mi madre-. Quiero decir… que no es menor –rectifica-. Y el padre… de la futura criatura… -ahonda mi madre en la llaga-.

—     ¡Ahí voy yo! –chilla mi tía-. Ni lo conocemos y Úrsula guarda silencio sobre quién es. ¿Cómo lo dijo? Ah sí, un rollete –y me mira a mí para seguir-, ¿no es así cómo se refieren los jóvenes cuando no es nada serio?

Asiento lentamente con la cabeza.

—     Pues eso, Menchu –ahora mi tía mira a mi madre-, que embarazada, sin oficio ni beneficio… ni salvación –añade-.

—     ¡Santo Dios, Nicolasa! –dice mi madre-. ¿Y Roberto cómo se lo ha tomado? –quiere saber-.

—     ¿Anselmo cómo se lo tomaría? –le responde su cuñada-. Pues mal, cómo se lo va a tomar…. Pero bueno –cambia bruscamente de tema- voy a poner la mesa que he venido para ayudaros-. ¿Cuántos somos?

—     Trece –responde mi madre-.

—     Mal numero, si las cosas nunca vienen solas….

—     Habrá un cubierto que tendrá que ser diferente a los demás porque el juego es de doce.

—     Ya me lo quedo yo, mamá, -le digo-. No me importa…

—     Bueno, pues ayuda a tu tía a poner la mesa mientras yo pongo las borrajas a gratinar, el horno ya está caliente-.

Mi tía ya se ha ido cargada de platos hacia el comedor, mi madre aprovecha el momento en que nos hemos quedado solas para susurrarme:

—     Elisa… si no vas a beber alcohol di que lo haces porque te estás tomando antibióticos para…. Ejem…

—     ¿La muela? –la ayudo-.

—     Sí, eso, que tienes una infección en la muela y que no puedes beber alcohol por eso.

—     Pero mama… no tengo ninguna pastilla –le digo confundida-.

—     Tú déjame a mí, Eli… -se pone de puntillas y coge del estante de la cocina unas pastillitas marrones y me las da-.

—     Mamá…

—     Hija, son vitaminas para el cabello, no te harán ningún mal. A las doce de la noche no olvides de tomártelas –y me guiña un ojo porque me acabo de convertir en su cómplice-.

Mi tía Nicolasa abre el mueble de la cristalería y va repartiendo las copas: las del agua, las de vino y las del champagne.

—     A Paquito sólo le pongo la del agua –me dice-. Y a Úrsula también dado su estado –dice a regañadientes-.

—     Tía, a mí también –le digo-.

—     Anda, va, ¿por qué? –me pregunta-.

—     Estoy tomando antibióticos por una infección en una muela –le respondo metiéndome de bruces en la farsa que se ha inventado mi madre-.

—     Vaya, ¡qué pena! No encontrarás ningún dentista en estos días-.

—     Lo sé, tía…

En este instante suena el timbre y entran mi tío Pepe, mi tía Juana seguidos de mis primos Paquito y Susana. Mi tía Juana lleva un recipiente con una macedonia de frutas que ha preparado en su casa para el postre y lo deja en la mesa de la cocina. Vuelve a sonar el timbre y entran Mónica y Javier seguidos por Úrsula que está bastante pálida.

—     ¿Nos sentamos? –invita mi padre-.

—     Yo me sentaré a tu lado –me dice Susana-. Como en los viejos tiempos –y deja su bolso en la silla al lado de la mía-.

—     Falta Joaquín… ¿dónde se habrá metido? –dice mi madre-.

—     Este… todavía estará de fiesta en cualquier bar –dice mi tío Pepe-.

—     Lo esperaremos, no tenemos prisa, llámalo al móvil, Anselmo.

Mi padre se levanta para llamarlo, pocas palabras bastan en su conversación, más bien secas y cortantes para decirle a su hermano que lo estamos esperando.

Mi tío Joaquín no tarda en llegar, me da sendos besos en las mejillas y parece que se alegra de verme. Noto como su aliento descarga una vaharada de alcohol continua. Mi tío Pepe tenía razón en que había empezado antes la fiesta por su cuenta.

—     Viene achispado –oigo que murmura mi madre a su cuñada Nicolasa-.

—     Como siempre, Menchu –le dice mi tía y se dirigen a la cocina para sacar la fuente de borrajas.

La cena transcurre con charlas animadas por parte de todos. Mi tío Joaquín, que lo tengo enfrente, no para de servirse vino que bebe en abundancia y la comida casi no la toca. Mi prima Úrsula, con la mirada baja, escampa la comida alrededor del plato para simular que está comiendo más de lo que verdaderamente come. Paquito, después de anunciar que las borrajas no le gustan, espera ansiosamente el segundo plato mientras engulle rebanadas de pan. La zarzuela de marisco, el plato estrella, tiene éxito.

—     Qué buena, Menchu –le dicen todos-.

—     Si Elisa no me hubiera ayudado no hubiera quedado tan buena –responde mi madre a sus halagos-.

—     Un brindis por la mejor cocinera –alza la copa mi tío Roberto-.

—     Eso, eso… -grita mi tío Joaquin y al levantar la copa esta le resbala de las manos y se estrella contra el mantel-.

Varias partículas de cristal me caen sobre mis pantalones y me levanto rápidamente de la silla para sacudírmelas.

—     ¡Qué torpe eres, Joaquín! –le espeta mi tío Pepe.

—     Tengamos la fiesta en paz –dice mi padre mientras mi madre corre para limpiar el estropicio-.

La cena sigue, el postre, los polvorones y los turrones en un ambiente festivo si no fuera por el incidente provocado por mi tío Joaquín que mis padres han sabido cortar de cuajo. Mi padre desaparece unos instantes para volver con una zambomba.

—     Vamos a cantar villancicos –nos invita-. Paquito, empieza tú…

Mi primo Paquito, a sus quince años, se sonroja y rechaza el ofrecimiento a mi padre.

—     Ya empiezo yo, que mi hermano no sabe cantar –dice Susana sonriendo-.

Susana entona el primera villancico, el campana sobre campana mientras el reloj de pared del comedor anuncia la medianoche.

—     El antibiótico, Eli, -mi madre está en todo, pienso-.

Me sirvo agua en la copa y engullo la vitamina mientras mi madre me observa complacida. Una vibración, sale de mi bolsillo del pantalón, es mi móvil que tenía en silencio, lo sostengo entre mis manos y veo en la pantalla como es Toni.

—     Feliz Navidad, Toni –respondo alegremente-.

—     Escucha, Elisa, ha habido un accidente… Es Luís…

—     ¡No! –chillo a través del auricular ante la mirada atónita de los doce restantes-.

—     Está en el hospital…

—     Toni, ¿qué ha pasado?

Continuará…

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