La sal de las heridas 32

Llaman a la puerta y Toni se levanta para abrirla. En unos instantes entra María con mi maleta arrastrando los pies.

— ¿Esto es tuyo? –me pregunta delicadamente-.

— Sí… -contesto con mi mirada perdida-.

— Te la habías dejado en la calle. ¿Estás bien, Elisa?

—Necesito estar sola, Toni, ¿me puedes llevar al piso de Sandra? –le digo a él sin contestarle a María-.

En unos minutos hemos cargado mi maleta al coche de Toni y nos dirigimos al piso de Sandra y Jaime, que sé que no están, pues se han ido a pasar estas fechas al pueblo de los padres de Jaime. Necesito estar sola para poder pensar, poder asimilar lo que me ha caído encima, poder imaginar una solución que no está en mis manos decidirla. La impotencia que siento me desborda y hurgo nerviosa en mi bolso buscando las llaves del piso delante de su fachada anaranjada. No las encuentro, no están, han desaparecido. Una imagen acude a mi mente, me las dejé en el pueblo encima de la mesita de noche, pienso y llamo a mi madre para comprobarlo.

— ¿Mamá?

— ¡Eli! ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu novio?

— Bien… -bien jodido, pienso-.

— A ver cuando nos lo presentas que me has hablado muy poquito de él. Por cierto, ¿a qué se dedica?

— Es informático…. Pero, escucha, mamá ¿no me habré dejado unas llaves en mi habitación?

— Sí, hija sí, y unos pendientes y un jersey y unas cuántas cosas más… Ay, has salido a tu padre, qué se le va a hacer, igualito de despistada que él, si no fuera por mí, lo perderíais todo. ¿Quieres que te lo envíe? En estas fechas no sé cuando lo vas a recibir pero yo te lo envío y, si no por tu prima Susana, que ha vuelto al pueblo con tus tíos y volverá a la ciudad pasado Reyes.

— Gracias mamá.

— ¿Está Sandra en casa o te has quedado en la calle, hija?

— Está en casa, conmigo –miento-.

— Pues felicítale las fiestas de mi parte, Eli.

— Vale, se lo diré, adiós mamá.

Aprieto el botón de mi móvil para finalizar la llamada, me siento aturdida, en la calle el día de Navidad completamente sola si no fuera por Toni que se ha esperado a que entrara en el piso. Menos mal, no hace falta que le diga nada pues él se adelanta ofreciéndome que duerma en su casa. Quería estar sola y ahora no va a ser posible, miro a Toni y mis ojos le suplican una última voluntad mientras mis labios le susurran:

— Toni, ¿te importaría que me llevara a Ghato?

Toni no es muy amigo de los animales pero entiende mis deseos a lo que accede sin rechistar. Llamo al vecino del segundo B y en unos instantes puedo abrazar a mi Ghato, su pelo brillante y suave se desliza entres mis manos que no paran de acariciarle y por un momento, en el que inspiro profundamente, me calmo. Mi mente, en este breve instante, ha borrado toda la información de lo acontecido en las últimas horas, estoy en blanco y tranquila, sólo existe el contacto cálido de mi felino que maúlla suavemente. La mano de Toni que se deposita en mi hombro me devuelve a la agitada realidad.

— Vámonos ya, Elisa…

Bajamos por el ascensor y entramos en el coche de Toni con Ghato en mi regazo que me mira hipnóticamente. Mis manos le rodean su cabecita y lo estrujo durante todo el trayecto, dándole cariñosos pellizcos que sé que le gustan. Cuando volvemos a la casa de Toni, bajo del coche y María sale a recibirnos. Toni le sonríe y percibo en esa mirada un cambio que nunca había notado, los ojos de mi amigo se encienden mínimamente al verla, un pequeño destello que exterioriza por primera vez. María también sonríe tontamente mientras se pasa sus manos por su pelo rubio e intuyo que hay algo más entre los dos, algo íntimo que no nos han contado al resto.

— ¿Desde cuándo… vosotros dos…? –les pregunto asombrada con mis labios que se han quedado con forma de o-.

Una risita cruza la cara de María.

— Así que es verdad… -continúo con mi índice señalándolos-.

— Sí –asiente Toni-. Llevamos poco, queríamos anunciarlo para Fin de Año.

— El bombazo del año –bromea María-. ¿Cómo te has dado cuenta, Elisa?

— Es que no sabéis disimular, ni que fuera adivina –les digo encogiéndome de hombros-. Estas miradas que os intercambiáis como dos tortolitos os delatan. ¡Salta a la vista! Enhorabuena a los dos –les digo sinceramente-.

Y nos fundimos los tres en un abrazo en el que intento olvidar por qué realmente estoy aquí. La realidad se precipita con caída libre sobre mí cuando nos separamos.

— ¿Qué vamos a hacer mañana? ¿Podremos ver a Luís? –les pregunto con un temblor en mis labios-. Luís… ¡qué mal lo debe estar pasando!

— Lo sé –dice María y sé que intenta ser dulce en su tono de voz-. Elisa, tenemos que ser fuertes, ¿vale?

Creo que sus ojos se crispan al recordar cuando ella también estuvo arrestada. Yo también recuerdo cuando me detuvieron, la frialdad de la celda y la agonía que pasé hasta que todo volvió a la normalidad. Todavía no hace ni un mes de todo aquello y ahora me siento incapaz de seguir hacia adelante.

— No sé si podré, María –titubeo-. Necesito… beber –digo al fin arrastrando las palabras-.

— Ni se te ocurra –me advierte Toni-. ¡Hazlo por Luís! –Exclama-. Yo también he sentido esa necesidad, pero tenemos que resistir –y me agarra la mano con fuerza-.

— Por Luís… –digo al final con la mirada gacha-.

La firmeza de la promesa que le hice a Luís, en el parque de nuestras ilusiones de futuro, se quebranta en el umbral gélido de la casa de Toni. Mi amigo se da cuenta de mi indecisión, me coge la barbilla y con un ligero movimiento hace que suba la mirada mientras me dice:

— Conozco esta mirada, Elisa. Di lo mismo, mirándome a los ojos.

Sus ojos castaños, castigados por el sufrimiento de lo que nos ha tocado vivir, me convencen momentáneamente.

— Sí, Toni, por Luís…

Y así, unidos por esta cómplice mirada, entramos a su casa mientras nuestros pies penden de un frágil hilo donde ni un buen trapecista tendría la suficiente habilidad para no precipitarse hacia el vacío.

Continuará…

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