La sal de las heridas 33

Ginebra, me he pedido una ginebra en “La pequeña taberna”, mi garganta gruñe al pedirla, un sonido gutural y tosco, casi imperceptible, que muere en mis labios y que hace que la camarera me lo haga volver a repetir.

—Ginebra –repito haciendo un esfuerzo en pronunciar y le señalo la botella que hay en el estante de arriba-.

Me la sirve en un vaso de tubo con dos cubitos de hielo. Me la bebo con pocos tragos hasta apurar la última gota.

—Otra…

Y una mano me roza el hombro de mi jersey granate, me giro y me encuentro con Nacho, intercambiamos una mirada poderosamente larga y sus labios se curvan en una sonrisa que deja entrever sus dientes rectos. Yo se la devuelvo porque de repente me han entrado ganas de reír.

—Otra para mí –le dice Nacho a la camarera con voz risueña.

Pasamos de la barra del bar a la mesa que hay enfrente y nos sentamos en el único mini sofá, pegados, lado con lado.

— ¿Te alegras de verme? –me pregunta-.

— ¿Y tú? –le respondo-.

—Ya sabes que sí, pero yo he preguntado primero –y su  mirada se enciende-.

—Si no te echara de menos no estaría bebiendo ginebra.

— ¿Y dónde ha quedado tu Martini blanco, Elisa?

—Mi Martini se hundió… -bajo la mirada y la vuelvo a subir inmediatamente hasta volverme a encontrar con sus ojos negros que brillan irremediablemente-. Pero siempre podemos brindar con ginebra. ¿Me rechazarás un brindis?

—Yo nunca rechazo un brindis, Elisa.

Nuestros vasos chocan con tanta fuerza que el mío se rompe. Me lleno de cristal, de alcohol, de hielo, de su mirada cristalina y brillante que me empapa.

— ¿Ves como todo lo que tocas lo acabas rompiendo? –le grito con rabia acumulada-.

—Siempre podemos pedir otra ronda, Elisa –me calma con su voz sugerente-.

Asiento conteniendo mi furia y esta vez me pido sin dudar un Martini blanco que me atrapa y se desliza por mi garganta pausadamente.

—Mi chica Martini –me dice Nacho cogiéndome de las manos cariñosamente-.

Y las besa, deteniéndose en cada dedo, transportándome de nuevo con su humedad a la playa, a nuestro último encuentro, a la última vez que recorrió mi piel y me inundé de él. Me siento a gusto en este momento y me dejo besar por las garras del pasado que me estrujan mi alma dolida.

—Me alegro que hayas cambiado de opinión, Elisa, que hayas vuelto a nuestro bar a buscarme –y sus labios se detienen en la comisura de mis labios-.

Noto su aliento a ginebra, una vaharada bien cargada de alcohol que se le escapa mientras me repite que me quiere, una y otra vez, como un disco rayado que me auto convence de que he hecho bien en venir. Me acaricia el nacimiento de mi cabello y me alegro de no llevar el cuello alto en este jersey pues estoy abierta a sus caricias continuas que me estremecen y me hacen sentir escalofríos placenteros.

—Te quiero, Elisa –repite por enésima vez-. Tu también, ¿verdad?

Un zumbido intermitente me despierta, su pregunta queda resonando en mi cabeza haciendo eco, totalmente desconcertada aparecen otra serie de preguntas entrelazadas entre sí. ¿Dónde estoy? Miro a mi alrededor y no reconozco las sombras del cuarto donde he amanecido. ¿Qué hago soñando todavía con Nacho? ¿Por qué el alcohol sigue siendo protagonista en mi vida? Abrumada me levanto de la cama, busco el interruptor de la luz y me cuesta alcanzarlo, al final lo consigo y la lámpara se enciende. Toni… Estoy en su casa. Respiro aliviada pero sólo unos breves instantes porque si estoy aquí es porque Luís… Me dejo caer otra vez en la cama, de golpe, no quiero levantarme, quiero dormirme hasta alcanzar la inconsciencia. Con el alcohol, lo conseguías, mi vocecilla reaparece, incitándome a hacerlo. Pero si lo haces, Elisa, eso no cambiará nada, me digo a mí misma intentando ser más fuerte que ella. Tumbada en la cama estoy viviendo una lucha interior que me aterroriza. Necesito hablar con Sandra, cojo mi móvil, que es el que me ha despertado, y marco su número pero otra vez su buzón de voz me corta el rollo. ¿Cuántos días lleva ya sin cobertura? Llamo a Jaime pero tres cuartos de lo mismo. Al menos sé que están juntos, en el paraíso de la “sin cobertura”. Oigo como María canturrea por el pasillo, al menos hay alguien en esta casa que se ha levantado con buen humor. Escucho risitas de Toni, oh, mierda, otra vez soy el número tres. Elisa, la especialista en entrometerse en la vida de las parejas, una intrusa en vidas ajenas. ¿Por qué no puedo tener una vida normal con alguien que me quiera? ¿Con Luís? ¿Con Nacho? ¡Qué más da!

María entra en el cuarto donde estoy.

—Me voy a trabajar –me dice contenta-.

—Yo seguiré aquí un ratito más –y me doy la vuelta-.

Estoy de vacaciones con todas sus letras. Pero no puedo descansar, Luís se instala en mi cerebro para quedarse. ¿Cuándo lo podremos ver? ¿Qué pasará con él? No hay nadie que pueda despejar mis dudas, sólo me queda esperar, tengo tanto miedo a que el tiempo corra y me separe definitivamente de él. Soy una contradicción constante, me remuevo en la cama hecha un lío de inquietudes que se asoman de debajo de la manta. Vienen a por mí, se enredan en mi corazón que late a buen ritmo debido al cúmulo de sentimientos que me llevan al borde de la desesperación.

Toni silba, y al oírlo me levanto de la cama y salgo hacia la cocina. Veo que alguien ya le ha servido el desayuno a Ghato. ¿Habrá sido María o Toni?

— ¿Has dormido bien? –me pregunta Toni-.

—Sí… -respondo-.

— ¿En serio? Te hemos oído gritar…

—Es que he tenido una pesadilla.

—Puedes contármela, si quieres –y me mira como diciéndome que es todo oídos-.

—He vuelto a beber, Toni, en mi sueño. He sentido el gusto del alcohol y no sé por qué todavía tengo que sentirlo.

—A mí a veces también me pasa –me confiesa-.

— ¿Y qué haces, Toni? –quiero saber-.

—Pues… -se encoge de hombros- cuando me despierto estoy alegre de que haya sido un sueño.

— ¿Y ya está?

—La decisión siempre es tuya, Elisa. Nosotros somos libres de decidir si queremos beber o por el contrario abstenernos. Creo que necesitamos ir a ver a Ana… todos….

—Menos Luís… -mi mirada se pierde en su recuerdo-.

—Voy a llamarla, necesitamos terapia de urgencia.

— ¿Y si no está?

—Me dio su móvil personal, por si las moscas, en estas fechas…

—Ya…

—Antes que caigamos, mejor poner solución, ¿no? Venga, desayuna ya, vístete, que nos vamos…

— ¿A dónde?

—A casa de Jesús y Sara, están moviendo hilos para que podamos ver a Luís.

Me da un vuelco el corazón y una pequeña esperanza rebrota de mi mirada.

—Pero no te hagas ilusiones, ¿vale? Nosotros lo intentamos.

—Sí, Toni, por Luís… -asiento levemente-.

Desayuno rápidamente, café con leche con dos cucharadas de azúcar y tostadas con mantequilla. Ayer no cené y estoy hambrienta, mi estómago reclama comida desde hace rato, engullo deprisa mientras Toni llama a Ana que sé que va a tener trabajo con nosotros. Necesitamos su ayuda para que mis pensamientos de volver a beber se paren, que se desvanezcan y se pierdan en algún lugar de mi interior que ahora ha rebrotado con fuerza, llamándome por mi nombre, arrastrándome a beber. Resistir, bonita palabra, que hace huella en mí por el momento, quiero escribirla, pintarla, colorearla y colgarla en la pared con chinchetas. Verla todos los días cuando me despierte en mi cuarto, que me de fuerzas y coraje porque hoy también va a ser un día sin alcohol. Me visto aceleradamente, sin ducharme, porque no quiero hacer esperar a Toni que ya está listo. Me pongo los pantalones de pana que llevaba ayer y un jersey estampado con el cuello muy alto, me calzo las botas y me peino haciendo hincapié en las puntas de mi pelo rebelde. Salgo del lavabo y apago la luz.

— ¿Lista? –me pregunta Toni-.

— Sí… -inspiro con fuerza-.

—Esta tarde tenemos sesión. Ana quiere vernos a todos.

— ¿Le has contado lo de Luís?

—Sí…

Toni abre la puerta del garaje y no dice nada más. Me subo a su coche e intento acomodarme aunque estoy tensa. Me abrocho el cinturón mientras la culpabilidad que siento por lo que he soñado me martiriza. Me pongo una mano en la boca y tiro un poco de vaho que sabe a menta ya que me acabo de lavar los dientes. No, no he bebido, los sueños, sueños son, Elisa. Desgraciadamente incontrolables y confusos y, con esta letanía que se me repite una y otra vez, mientras Nacho se va desvaneciendo en mi recuerdo, el coche avanza hasta el piso de Jesús y Sara.

Continuará…

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