La sal de las heridas 35

Acomodada de nuevo en el piso de Sandra, mi amiga tan feliz, tan radiante, tan entera, tan ella. Si no fuera porque al contarle mi situación actual, sus ojos más grandes que de costumbre, al encontrarse con los míos, dan paso a la inquietud. Se la he trasladado y, al ver su expresión, el llanto reaparece en mi garganta.

—Pobre Elisa –oigo que me susurra mientras sus manos me rodean mi espalda rígida-.

—No te compadezcas de mí, Sandra –le digo entre sollozos fuertes-.

—No es eso, perdóname.

Pero sé que le ha salido del alma.

—No me digas pobre, como si no tuviera solución, Sandra. Necesitaba tanto a Luís, lo necesitaba tanto…  Quería empezar el Año Nuevo con nuevas energías, nuevos proyectos, nuevos propósitos, nuevas ilusiones. Pero a Luís ya no le conozco, me doy cuenta que no sé nada de él…

—Luís te quiere, Elisa. Sólo hacía falta verlo, y eso no se puede disimular. Por lo que me cuentas, sólo se defendió…

—Sí, se defendió. Pero, joder, mató a su padre, y ahora qué va a pasar. Qué vida me espera a su lado, un novio entre rejas, ¿es eso lo que quiero para mí?

—Todavía no lo han condenado, Elisa.

—Pero lo harán, sino tiempo al tiempo.

—Existe la legítima defensa, ¿no? No seas tan negativa.

—No quiero hacerme falsas ilusiones, Sandra. No puedo confiar ya en él. Me decía que estaba solo y estaba enrollado con la secretaria.

—Tú tampoco le contaste lo de Nacho.

—Sí, sí que lo hice!

—Pero no a la primera, Luís te quiere, Elisa.

—Pero me ha fallado. ¿Qué más cosas me habrá ocultado? –digo llorando y sorbiéndome los mocos-. ¿Por qué tengo la sensación que siempre has estado de su parte? ¿Por qué nunca lo estuviste de Nacho?

—Porque Nacho no te convenía.

— ¿Y Luís sí? Siempre le tuviste manía y quiero saber el por qué.

Mi amiga baja la cabeza, sus ojos se pierden en mis botas de tacón.

—Quiero que me lo cuentes –le insisto-. Sandra, dime porque nunca soportaste a Nacho.

—No remueves el pasado, anda –me esquiva-.

—Tengo derecho a saber qué pasó, Sandra. Porque al principio, muy al principio, te gustaba que saliera con él. Hasta recuerdo que me animabas, pero un buen día todo cambió. Después de la Fiesta de Fin de Año en la que pillamos aquella cogorza que vinieron aquellas ambulancias a asistirnos que ya no fue lo mismo. ¿Por qué, Sandra? Si hasta salíamos los cuatro juntos, tú, Jaime, Nacho y yo. Nunca más volvimos a salir después de aquello. ¿Por qué? Si hasta en tu boda ni le dirigiste la palabra y me dijiste que me tirarías el ramo pero que esperabas que me casara con otro. ¿Por qué, Sandra? ¿Por qué no me contestas de una vez? Lo que tengas que decirme, dímelo ahora, de una vez!

—No hay nada que decir, Elisa. No puedo decírtelo y ya está, no insistas más.

— ¿De qué tienes miedo, Sandra?  ¿De qué vuelva a beber o de qué vuelva con Nacho? ¡Dime lo que escondes de una vez!

Y de repente los ojos de mi amiga, no sé si por su sensibilidad por el embarazo o por lo que calla empiezan a inundarse de lágrimas.

—Perdóname –dice y rápidamente se levanta del sofá y se va hacia la cocina-.

— ¿De qué, Sandra? ¿De qué te tengo que perdonar? –la sigo-.

Y ella calla y con sus silencios dice más que con sus palabras. Lentamente me mira porque yo no le aparto la mirada ni un solo momento y vuelve a bajar su mirada porque le cuesta aguantármela.

—Juré que nunca te lo diría, Elisa. Mi matrimonio está en juego, no hurgues más, por favor.

Y de repente, tiro del hilo y la lengua de mi amiga rompe su promesa. Porque todo encaja de una vez en mi cerebro.

— ¿Estabas con Nacho y con Jaime a la vez, Sandra? ¿Es esto lo que callas?

Y Sandra, sollozando y sorbiéndose los mocos, asiente y la veo diminuta y pequeña ante mí.

—Juramos que nunca lo sabríais. Aquella noche de Fin de Año nos enrollamos y tú y Jaime, tan metidos en vuestro mundo de descontrol, ni os enterasteis. Aquello fue el inicio…

—Porque con una vez no bastó, ¿no, Sandra?

—No –se derrumba un poquito más-. No bastó pero no queríamos haceros daño. No os lo merecías. Por eso me casé con Jaime porque con él congeniaba, lo de Nacho tan sólo era química que me llevaba a la perdición cada vez que estaba con él. Un día le dije adiós para siempre. Fue cuando él heredó los bienes de su tía, porque aunque me dolió, tú eras feliz con él y ahora también podríais casaros. Al cabo de poco me enteré que se veía con Luz. Te continuaba siendo infiel, Elisa. Me envalentoné, fui a buscarlo y le dije que te dejara de una vez, que no jugara más contigo, que no te lo merecías.

—Y te hizo caso…

—Sí. Él tenía miedo a tu reacción, a que no lo soportaras, pero yo le dije que ya me encargaría yo de que estuvieras bien. Te lo debía, amiga.

— ¡Que sabrás tu lo que es la amistad, Sandra, qué sabrás tú! –le chillo porque su cinismo me sobresatura-.

—Siempre he cuidado de ti, Elisa.

— ¿Cuidar es traicionar, Sandra?

—No estoy orgullosa de aquello, créeme, cada día que pasa me arrepiento.

— ¡Pues lo has sabido disimular muy bien! Y encima me hiciste creer que si era un asesino, ¿a qué juegas, Sandra? Llegué a creer que eras la amiga perfecta, pero no existes ya para mí. ¿Me oyes? ¡No E_XIS_TES!

Y dicho esto, recojo mi bolso y empiezo a andar por el pasillo. Necesito huir, correr, mientras siento una nueva herida abriéndose sobre mí, profunda y firme. La sal agolpándoseme en los ojos y Sandra detrás de mí, suplicándome con su voz que por primera vez ya no creo.

—Elisa, por favor, lo siento, no te vayas. No te vayas, ¿a dónde vas a ir?

Y el miedo en su voz y mi desgarro que es tan fuerte que me da fuerzas para pegar un portazo que retumba por todo el edificio. Bajo las escaleras de dos en dos, Sandra detrás, llorando, intentando impedirme que huya de su vida pero ya se ha roto todo entre las dos. Soy más rápida que ella, le llevo ventaja y al fin oigo como sus pasos se paran. Me precipito hacia la salida y cuando estoy en el portal casi choco con Jaime.

—¡Elisa! ¿Qué te pasa? ¿Dónde vas tan corriendo?

—Que te lo cuente tu mujer –le digo-.

Porque ya no hay marcha atrás y mis pasos acelerados me llevan por calles que no sabía ni que existían. Recorro las aceras sin detenerme, sin tener una meta pues las que tenía se han extinguido. Y ese gusto metálico y gélido impreso en mis papilas gustativas y ese rencor que empieza a apoderarse de mí. Y mis puños apretados, y mis dientes que hacen más presión. Y mi ira que corre a la misma velocidad que yo, y mi corazón que empieza a ir más deprisa, mi corazón que siente demasiado, que se cansa de sentir, que ya no quiere vivir. Y mis lágrimas que me impiden ver y el frenazo que escucho y el conductor que me grita si estoy loca. Y me paro, y me paro…. y me paro… en medio de la calle, los automóviles me esquivan, una moto que ruge casi me roza y el pitido de los cláxones. Pobre Elisa, la voz de Sandra está presente en mis oídos, en nuestro final y el móvil que empieza a vibrar en mi bolsillo, la llamada que no contestaré porque me da todo igual. Y el móvil insiste, más pesado que el plomo, ni Luís, ni Nacho, ni Sandra, ni Toni, ni María, ni Jesús, ni Sara, ni nadie. Y esta noche, sin techo, sin casa, sin piso, sin cama, sin nada. Sola, completamente sola. Y al fin me río, una carcajada se me escapa porque soy libre, hoy ni una sola vez he pensado en el alcohol. La bebida que ya no necesito porque me he liberado a pesar que mi vida sea una auténtica mierda, una auténtica estafa, un engaño. El engaño que me han propinado mis amistades y de golpes se aprende, Elisa. Mi vocecilla me aconseja, imponte, sé fuerte, Elisa. ¿Cómo vivir en las alturas  si mi alma está plagada de abismos?

Y el móvil que vuelve a sonar, insistente, la llamada que contesto porque mi prima Susana retoma el contacto perdido.

—Tengo algo para tí –me dice risueña-. Tu madre me ha cargado de todo lo que te dejaste en el pueblo. Y de algo más, tendrás comida para parar un regimiento. ¿Quieres venir a recogerlo o mejor me paso yo?

—Susana… -mi voz tiembla, mis lágrimas se acallan-. Dime dónde vives y me paso yo.

Continuará….

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