La sal de las heridas 36

La estación de autobuses está casi desierta a estas horas y hurgo en mi bolso buscando la tarjeta del bus. Susana vive en las afueras de la ciudad como me ha indicado por teléfono. Un hombre con los pantalones gastados y la chaqueta raída vocifera a los cuatro vientos:

— ¡Un eurito para Paquito!

Lo observo detenidamente, las pocas personas que hay a su alrededor lo evitan como si fuera un apestado pues el hombre se nota a la legua que se ha pasado con el alcohol. El hombre, con una botella vacía a sus pies, no para de reclamar una limosna que no llega para ir al bar más cercano a beber. Siento lástima por él, por su sed ficticia, por sus ansias de evadirse de una vida que supongo que lo ha tratado injustamente. ¿Se habrá quedado sin trabajo? ¿Existe una razón de peso que te impulse a beber? El hombre, dibujando eses con sus pasos y soportando el peso de unos pies demasiado estrechos, se me acaba acercando.

— ¿No tendrás un eurito, guapa?

Niego con la cabeza y le muestro la tarjeta del bus.

−Paquito no tiene ni un eurito –musita el hombre y dos lágrimas se le deslizan por su barba de pocos días.

No me da miedo, lo veo tan hundido, tan inofensivo, tan vulnerable, que aunque lleve dinero en mi bolso sé que me es imposible dárselos. Le daría una tarjeta del grupo de terapia pero sé que se lo tomaría mal. Cuando llevas una venda en los ojos te es imposible aceptar la ayuda que te puedan prestar. ¡La terapia! Me la he saltado pero las circunstancias de hoy me han sobrepasado. La mentira es como una copa turbia de ron por donde se desborda mi alma. Mentiras decoradas de amor, mentiras amigas, mentiras piadosas, mentiras heridas y, sumándolas todas, ya no las puedo soportar más. Ellas se han clavado en mí y ahí siguen, pinchándome, hundiéndose en mi carne y recordándome lo que sufro por ellas. Sólo te das cuenta de la mentira cuando eres consciente que lo vivías era un engaño, cuando te caes de la nube y sabes que todo lo que has vivido no era cierto. Sandra cortándome en pedazos, en pedacitos lentos disfrazados de amistad, porque lo sabía todo de mí. Fui tan ingenua que confié en ella con mi venda atada demasiado apretada y totalmente opaca, abandonándome a la oscuridad de sus ojos que me guiaban porque ella sabía aconsejarme. Y yo la creía ciegamente y con firmeza le decía: Nacho está raro, y Nacho está distante, y Nacho hoy no quiere follar. Y Nacho no es que estuviera ni raro, ni distante, ni asexual sino que lo que estaba era con ella. Que lo miraba con odio, que lo miraba con asco, que a veces incluso cuando pasaba torcía la mirada con desaprobación, pero lo único que estaban haciendo era un juego, interpretando un papel, porque cuando las excusas nos habían dejado a Jaime y a mí en nuestras respectivas casas, Nacho y Sandra se reencontraban y entonces, sólo entonces, su mundo tenía sentido porque se gustaban. Eran polos opuestos pero se atraían en la cama, puro magnetismo desbordado, y olas de placer que saturaban las sábanas. Jaime y yo haciendo el payaso, creyendo que nuestras parejas nos amaban en todos los sentidos, pero no, en el terreno sexual Nacho y Sandra estaban hechos el uno para el otro, nos ganaban la partida cada día. Y la pelota de sus mentiras se debió hacer grande y les debió estallar en sus manos y Sandra quiso casarse con Jaime porque le daba estabilidad pero continuó jugando con Nacho, en mi cara, a mis espaldas. Noche y día sin parar y, su palabra dicha desde la sinceridad y que resonó en mis oídos en aquellos días, fue: déjalo. Pero yo tan ilusionada, haciendo caso omiso a sus consejos, perdidamente ciega, le dije que quería casarme con él, que él era mi vida y la debí convencer pues empezamos a pensar en los preparativos de la boda. Si era cierto que Sandra lo había dejado definitivamente, si era cierto que Nacho encontró a Luz y continuó su vida paralela de infidelidad, si era cierto que Sandra los había pillado y maldijo el sacrificio que había hecho en abandonarlo pues él continuaba engañándome con otra, Sandra tenía corazón pues me había evitado que yo misma lo descubriera después, una vez casada. Porque yo llevaba los cuernos más grandes del barrio, pero con estilo, porque los desconocía. La farsa que he vivido, en la que he sido la protagonista sin buscármelo me sobrecarga porque no entiendo por qué Nacho me vino a buscar después. Por qué le dolió que yo estuviera con Luís, por qué quiso intentarlo de nuevo conmigo a pesar de mi negativa. Y mis preguntas se pierden en mi universo de contradicciones porque la verdad duele, es un espejo roto en que cada uno nos cortamos con una parte, la que sentimos, la que creemos. Y Sandra, ha ido cortándome a pedacitos con su verdad, como si fuera un embutido rancio, al que cuesta cortar, que se resiste y luego está muy duro en la boca. La verdad duele porque no gusta y, en ocasiones, porque no es la que esperábamos. Sandra se ha comido mi confianza y sé que se le ha atragantado en la garganta porque creo que la conozco. Sé que no le dirá ni una palabra a Jaime, sé que se lo ocultará todo o, incluso que se inventará una historia, pero dentro de ella no podrá digerirlo. Su falsedad no se podrá disimular con maquillaje y, sus ojos negros brillarán, con toda la sensibilidad del adiós definitivo, en el que piense que quizás quede un resquicio de aire, una puerta abierta por la que algún día volveré a entrar en su vida.

El hombre se agacha frente a mis botas de tacón y una sonrisa alterada le desdibuja sus finos labios. Un golpe de suerte le ha hecho encontrar una moneda de dos euros en el suelo que está bastante sucio. La coge con sus manos, la besa y se va directo al bar de la estación a beberse una birra. Lo veo desde la distancia, como le sirven una mediana, se la acerca a los labios y lentamente va entornando sus ojos turbios y achispados. Mi autobús llega, subo sin equipaje alguno y me voy directa a ver a mi prima. Durante el trayecto pienso qué le voy a contar, si voy a obviar la verdad o disfrazarla de alguna mentira piadosa. Si le voy a contar lo de Luís, si le voy a contar lo de Sandra, si le voy a contar lo de Nacho. Y sé que si empiezo por el principio esta noche permaneceremos en vela. Bajo del autobús, ando por las calles tiritando de frío, y doy con el piso de Susana. Es un barrio tranquilo, amable, trabajador, que dice mucho de ella. Me abre la puerta y, frente a frente, nos damos dos besos. Mi cara, al rozar la suya debe alcanzar la calamidad que se ha quedado estancada en mi expresión pues no tarda en decirme:

— ¿Estás bien, Elisa?

Y yo me encojo de hombros, tuerzo mis labios en una mueca que esconden el dolor que siento, y sé que tardará en evaporarse, para contestarle:

—Podría estar peor.

Y entro en el recibidor y enseguida me ofrece algo para picar y me dice que si he cenado, que ha preparado una tortilla de patatas, por si tenía hambre. Y su hospitalidad me llena de lágrimas que se desbordan por el borde de mis ojos, hasta la comisura de mis labios. Siento su sabor a sal que me envuelve, la sal tan conocida de mis heridas abiertas. Susana sorprendida, tan independiente, tan cercana, tan risueña con una de sus manos pequeñas y delicadas me aparta un mechón de mi pelo rebelde.

— ¿Qué te pasa, prima?

Y sé que si empiezo a hablar no me callaré, que si tira del hilo, la bobina que llevo dentro arrancará las palabras que surgirán imparablemente de mis labios: fuertes, sentidas, ásperas, negras, porque el dolor no entiende de adjetivos agradables.

— ¿Cómo está tu novio?

Y la bobina empieza a girar porque Susana, sin ser consciente, ha estirado el hilo con sus dedos.

Continuará…

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