La sal de las heridas 37

Un torbellino de emociones que, ya no puedo contener más, se expresa en el salón de Susana. Mi prima me escucha, mi prima me comprende, mi prima es un hombro en el que me puedo apoyar, en el que lloraré larga y tendidamente durante esta larga noche. La calefacción encendida a toda potencia y yo tiritando de frío interior porque mi alma se desvanece palabra tras palabra. Susana me ha prestado un pijama de franela rosa pálido que es de mi talla pues gastamos la misma. Y continuo hablando, sin descansar, mi bobina se está quedando sin hilo ya, porque creo que ya se lo he contado todo en estas horas largas. El alba, que dará paso a un nuevo día, nos sorprende acurrucadas en el sofá, al final el sueño nos ha vencido y, al despertarme, siento como me ha reparado una pizca pues ya no me siento tan aturdida.

Desayunamos en su cocina, totalmente equipada, con tantos cacharros, tantos accesorios y libros de recetas, que me hacen pensar que mi prima se lleva el trabajo a casa. Y se lo digo:

—Susana, ¿es que no paras nunca de cocinar?

—Ya ves, tengo que dar lo mejor de mí misma. Los clientes que vienen al restaurante tienen el paladar muy exigente, y yo, pues tengo que probar combinaciones nuevas, intentar sorprenderlos cada día. Estos días tenemos bastante trabajo, vamos a abrir otro local en la otra punta de la ciudad. Por cierto,  será un local en donde mientras los clientes degustan nuestros manjares podrán apreciar cuadros de pintores anónimos y comprarlos después. Serán pinturas cada vez de una temática distinta que complementaremos con nuestros platos originales, creados para tal fin.

— ¿Y tú estará al mando del nuevo restaurante?

—Pues la verdad es que sí, seré la chef –me responde ilusionada-. Por cierto, que si quieres podrías pasarme algún cuadro tuyo para exponerlo. No tienen que ir firmados, el cliente compra sin saber de quién es el cuadro. Sólo después de pagarlo le decimos el nombre del autor. Mira –se levanta de la silla y me pasa un folleto-. Estas son las temáticas que tenemos previstas. Mira si algún cuadro que has pintado se adecua y si no, siempre puedes pintarlo que sé que tienes talento –y me sonríe y me guiña el ojo derecho-.

Miro el folleto con atención. Todo el año 2013 está previsto, con doce temáticas bien distintas.

—Mis cuadros están en el piso de Sandra –le susurro-.

—Si quieres te acompaño a buscarlos. Ya te dije ayer que te vinieras a vivir aquí. Hay sitio de sobra.

—Susana, no quiero restarte independencia.

—Si me vendrá bien que estés aquí. No sabes lo contenta que se pondrá tu madre cuando se lo digamos. Si me insistió estos días en el pueblo que te lo propusiera y yo se lo prometí. Tenía que volver pasado Reyes pero al final con todo el trabajo con el nuevo restaurante me volví antes.

—Y menos mal que volviste antes–le digo-.

—Es que a tus padres les dejaste muy preocupados. Tu madre respiró aliviada cuando le dije que te llamaría enseguida.

—Pero no te esperabas todo esto, ¿verdad?

—Pues la verdad es que no –me confiesa-.

— Ni yo tampoco, cuando fui al pueblo sólo tenía miedo de saber cómo se tomarían mis padres el tener una hija alcohólica. Pero luego todo se precipitó, lo de Luís, lo de Sandra… Me marché pensando que Luís había tenido un accidente de coche y me encuentro con que había matado a su padre. Vuelvo al lado de mi amiga Sandra para darle un abrazo por su embarazo y me encuentro que ha estado tanto tiempo traicionándome…

—Vamos a hacer una cosa, hoy me tomo el día libre y no se hable más. Vamos a ir de compras, tú y yo. Esto siempre sube los ánimos, ¿no? Eli, no quiero verte hundida. Tú hacia adelante… Tus pasos hacia adelante.

—     Tengo que ir a casa de Toni…

—     Pues vamos también a casa de Toni.

—     Tiene a Ghato, y a él no le gustan los animales. Ayer me llamó y no le contesté.

—     Pues vamos a recoger a Ghato también pero antes vamos de compras. Tenemos todo el día por delante.

Ir de compras no me apetece mucho pero necesito ropa y de esta manera retrasaré el volver a encontrarme con Sandra. Me ducho y me visto con parsimonia porque mi mente no para de procesar pensamientos negativos que me hacen ralentizar mis movimientos. Susana ya está lista desde hace rato y me espera paciente mientras acaba de recoger la cocina. No quiero que me espere más, ya que me está dedicando todo el tiempo del mundo.

—Antes de salir, Eli, sonríe –me aconseja-. ¡Al mal tiempo buena cara!

Y lo intento, la verdad es que lo intento, pero no me sale. Mi mente ha olvidado esta expresión de mi rostro, noto un hueco en esta emoción que se me ha borrado. Mis labios se estiran con una mueca impropia.

—Esto no es una sonrisa, Eli…

—No puedo, te juro que no puedo, Susana, por más que lo intente.

Vamos a comprar en unos grandes almacenes. Mi mirada demuestra el reflejo de la tristeza absoluta, sin enmascararla con sombras de lágrimas, sino que ella aparece tal cual, tan fría y dolorosa que me apaga mi brillo natural de mis ojos que se han vuelto opacos, sin vida, como si estuviesen muertos. Sin ánimo me voy probando diferentes pantalones que noto que me hacen bolsas, ya no gasto la talla que usaba y al fin me acabo comprando una talla menos, hasta de sujetadores pues mis pechos han menguado, una mínima expresión insignificante. Me miro en los espejos del probador y lo que veo me espanta. Mi aspecto es deplorable. Huesos que se marcan por todas partes. Tan cadavérica y demacrada me veo que salgo del pequeño probador rota por fuera porque por dentro ya hace tiempo que lo estoy. Y es que estoy hecha de minúsculos pedazos, una muñeca de trapo vieja y refregada por una niña poco cuidadosa que la acabado abandonando en cualquier lugar de su cuarto. Mis venas se marcan por todo el cuerpo transportando débilmente lo que queda de mi vida. No obstante, sigo en pie, en estos grandes almacenes mis pies aguantan los pocos quilos de mi cuerpo, inexplicablemente sin derrumbarse.

—No, éstos no te los compres, cómprate algo sexy –me dice Susana que se ha convertido en mi consejera-.  Hasta mi madre los lleva más modernos.

Y es que no estoy de humor, pero me dejo guiar por ella que no para de mostrarme conjuntos de ropa interior de colores vivos, estampados, con blondas y sin ellas. Que resaltarán mis finas curvas, gritando que son atrevidos, aunque los esconda debajo de mi jersey de cuello alto.

—Eli, cómprate también está falda –me dice llevándome hasta la otra punta de la planta-. ¡Te va a quedar fenomenal!

Y sin humor, vuelvo a entrar al probador porque Susana se ha empeñado en que parezca bonita a los ojos de los demás, que me muestre con prendas modernas y divertidas, que abandone mi ánimo negro, de luto, que se derrama por todo mi cuerpo derrotando mis miembros frágiles.

—Y ahora las medias. A ver ¿cuáles te sentarán mejor?

Y sin quererlo compro prendas nuevas y bellas que según Susana me prestarán vitalidad. A la hora de pagar con mi VISA, la cajera saca el ticket y nos dice que subamos a la última planta porque por compras superiores a cincuenta euros te invitan a un pincho y a una caña. La tentación es como una cerveza fría y espumeante que puede rebosar de ti en cualquier momento. Susana no se ha reparado en lo de la caña y me anima a subir.

—Venga, que así reponemos fuerzas.

—Susana –mi voz suena floja y miedosa-, no puedo subir. Te invitan a una caña, ¿no lo comprendes?

—¡Ostras! Es verdad, pero también te invitan a un pincho. A esto no puedes decir que no. Venga, así cotilleamos el restaurante que tienen y sus platos con sus precios. Tengo que pillar ideas.

Subimos por las escaleras mecánicas, entregamos el ticket al camarero y nos sirve un pincho de chistorra con una caña. Mi alma, con la caña frente a mí, es una espiga fina y delicada a la que el viento la hace sacudirse en varias direcciones. Son solo unos breves momentos en los que puedo sentir como el aire me arrastra a la espuma amarga de la cerveza, pero mi prima, se dirige al camarero y le dice con voz firme:

—Retírenos las cañas y sírvanos otro pincho y un par de naranjadas. Tenemos que conducir.

El por una no pasa nada, que esperaba escuchar de Susana que no ha ocurrido, me alegra el día porque ella, con la luz que desprende, se impone a mi debilidad. Mi prima consulta la carta que hay encima de la mesa y después de estudiársela detenidamente me propone:

—Quedémonos a comer aquí. Ese par de platos –me señala-me gustaría probarlos.

A lo que asiento, pasamos al comedor, nos sentamos y dejo que las teclas graves de un piano que suena por los altavoces me acompañen. Una melodía agridulce en un día en el que el mañana tiene el peso más importante de mi vida.

Continuará…

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