La sal de las heridas 38

El tono brusco de mi móvil me sobresalta. Ghato empieza a maullar sin parar y descuelgo el teléfono. Es Jesús. Su voz, grave y profunda, resuena en mis oídos:

—Luís acaba de salir ya.

Tengo tiempo para mirar de reojo el calendario que pende de la nevera de Susana: veintiocho, día de los Inocentes.

—Venga ya, Jesús –le digo sin creérmelo.

—Que sí, que lo han soltado. Ahora mismo está con Toni. Ha ido a su casa. ¿Irás tú también? Te están esperando.

El pánico se agolpa en mi garganta.

—…

—Escúchame, Elisa. Luís necesita todo el apoyo posible. Prométeme que vas a ir.

— ¿Quién ha pagado la fianza? –y no sé por qué se me ha ocurrido preguntar esto en esos momentos-.

—Nadie, lo han dejado salir sin fianza. Eso sí, a la espera de juicio.

— ¿Para cuándo?

—Eso nadie lo sabe.

La lentitud de la justicia de mi país me bloquea por unos instantes en los que dejo la mente en blanco.  El peso del mañana recae sobre mí misma si quiero estar al lado de Luís. Ghato se acurruca entre mis pies. Le acaricio mientras continua mi conversación con Jesús en la que parece que me esté convenciendo para que vaya a casa de Toni pero, yo, inexplicablemente, estoy retrasando el reencuentro. ¿Por qué? Me daría de golpes contra la pared, estrellándome la crisma si no estuviera totalmente petrificada. El miedo es mi compañero de viaje en esos momentos en donde mis sentimientos se han cubierto de una capa opaca y reposan, inmóviles y encogidos, porque de esta manera soy menos vulnerable. Tengo que aprender a que no me hieran, por una vez voy a enterrar mis sentimientos, siempre vividos a flor de piel,  en tierra yerma para que no florezcan. Siento como algo se está muriendo dentro de mí y el vacío entra en mi vida. El vacío de mi vida por miedo a vivirla. Y es el miedo al color del vacío, a la nada absoluta, el que hace incorporarme de la silla de la cocina, el que me hace vestirme, el que me hace ir hacia la parada del autobús y dirigirme por fin hacia la casa de Toni.

—¡Un eurito para Paquito! –vocifera el hombre del otro día-.

Me acerco a él y, hoy sí, le doy la tarjeta del grupo de terapia que siempre llevo en mi bolso. La mira atónito, sin pestañear siquiera, y espero a que la tire al suelo para pisotearla después. Pero me equivoco. Paquito no la suelta. Se le ha quedado pegada en la palma de su mano, en donde, la suciedad que desprende, ha favorecido el enganche de la tarjeta como si se tratara de una pegatina.

—Es demasiado tarde para mí, guapa, no tengo arreglo.

—Nunca es demasiado tarde –le digo firmemente.

A lo que Paquito sonríe como un niño con una golosina entera mientras se pone el botellín de cerveza entre sus labios.

— ¿Me vas a devolver a mi mujer y a mis hijos, guapa?

—No, pero tendrás la oportunidad de ser tú mismo.

Paquito abre mucho los ojos como si no entendiera mis palabras o, a lo mejor, al comprenderlas, le han causado tal estupor como demuestra. Sin más, me despido no sin antes decirle:

—La decisión siempre es tuya, Paquito. Que tengas un buen día.

El hombre continúa vociferando mientras me alejo apresuradamente con mis botas de tacón porque tengo prisa. He vacilado tanto a la hora de vestirme que he perdido el autobús y ahora el tiempo corre precipitadamente. Salgo de la estación y voy directa a la parada de taxis. Un hombre calvo de mediana edad me abre la puerta para que entre en su coche. El taxista tiene encendida la radio a toda potencia. Una canción de desamor desafortunada grita a los cuatro vientos las penalidades que le tocan vivir al cantautor. La letra es pura poesía que me traba al asiento del copiloto y, mientras recorro distintas calles con los semáforos prácticamente en rojo, miro por la ventana y agradezco que el taxista no me de conversación pues no sabría qué decirle. Después de unos cuantos minutos que me pasan muy lentos, puedo vislumbrar la desnudez de los árboles de enfrente de la casa de Toni, robustos y desafiantes al viento que se ha girado, siguen en pie, con su tronco de gran diámetro y, las ramas bailando al son de la corriente gélida que me sacude al bajar del taxi. Inspiro con todas mis fuerzas antes de llamar al timbre, cargando bien mis pulmones de aire pues mis piernas tiemblan debido a la flaqueza que siento en ese instante. Mi dedo índice titubea hasta que al fin  suena el sonido estridente del timbre. Oigo pasos. Toni me abre la puerta. Y al fondo, sentado en un sillón del comedor, puedo apreciar la silueta de Luís, de espaldas a mí, de cara a la chimenea que está en marcha. Mis pasos desesperados me llevan hacia él sin intercambiar ninguna palabra con Toni pues no es necesaria. Al oír mis tacones, Luís se gira y en ese preciso momento, en que nuestras miradas se cruzan, todo se para y resurge de nuevo entre los dos. El uno y el otro; toda una vida para compartir en donde nuestros espejos eclipsan el mañana, en donde el misterio de esa mirada emocionada y sensitiva que nos intercambiamos vale más que una cadena perpetua. Y todo gira a mi alrededor: los muebles del comedor se mueven, el fuego de la chimenea me envuelve y, Luís se levanta y, se me acerca y, todo desaparece excepto él. Puedo sentir su aroma profundo desde una distancia prudencial durante unos pocos segundos hasta que él entra en mi aura. Y me besa… Y yo me dejo besar, abandonándome a la carnosidad de sus labios húmedos. Y me pincha… con su barba de pocos días que causa huella en mí. Y me abraza…  Y yo me dejo rodear por sus brazos que me atrapan depositándose en mi cintura. Y frente a frente, el beso de detiene y puedo apreciar como sus ojos tiritan con un par de lágrimas que rebosan de sus ojos y van a parar a mi jersey. Su cabeza se deposita en mi hombro y los sollozos empiezan a rasgar el ambiente del comedor de Toni. A pesar del calor que desprende la chimenea, siento un frío interior imposible de quitarme. Es el miedo que me bloquea pues no sé qué decirle. Mis dedos recorren su pelo mientras Luís llora y pienso en una frase que pueda reconfortarle pero no se me ocurre ninguna. Sus lágrimas me encogen pero no puedo derrumbarme, tengo que permanecer fuerte y, al fin, mi voz hace presencia en la habitación para decirle desde el rincón más sincero de mi corazón:

—Tranquilo, Luís, estoy contigo.

Y le abrazo y le beso y mis manos cogen su cara porque quiero volver a repetírselo mirándole a los ojos:

—Luís, estoy contigo. Siempre.

La luz de sus pupilas se enciende mínimamente para apagarse segundos después.

— ¿Qué va a ser de mi, Elisa? ¿Qué va a ser de mí?

Y todo se vuelve negro, tan oscuro que da miedo. Cierro los ojos para abrirlos después.

—Saldremos de esta, confía en mí –le digo-.

Y Luís se aferra a mis palabras pues es lo único que tiene para no naufragar. Me convierto a partir de ese momento y en ese lugar en su guía. Pero… Ay, Luís, pienso: es tan difícil aferrarse a mí cuando mi alma está cargada de abismos tenebrosos, cuando la herida abierta sigue sangrando en mi corazón, cuando la traición es un frío puñal que llevo clavado en mi espalda. Necesito volver a confiar en alguien para auto convencerme de que no estoy viviendo una farsa, que mi vida no es una jodida mentira.

Un largo rato después, en los que Luís se ha calmado un poco, gracias a mis palabras, Toni y María regresan al comedor para decirnos que nos dejan solos porque saben que necesitamos hablar.

—Salimos a cenar fuera y volveremos tarde –nos dicen María y Toni-.

Al escuchar cerrarse la puerta de la entrada, sé que ahora, solos los dos, tendremos todo el tiempo del mundo para comunicarnos lo que nuestros ojos ya se han dicho con anterioridad pero, que a veces, es necesario expresarlo en palabras…

Continuará…

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