La sal de las heridas 39

 

Luis me relata deprisa lo que ocurrió en Nochebuena con su voz entrecortada y resollando. Su historia, al ser narrada por él, gana tal magnitud que mis oídos vibran, y se resienten por lo que estoy escuchando. La discusión, que tuvo Luis con su padre, fue tremenda como me cuenta:

Llegué a casa para cambiarme, y me lo encontré sentado en el sofá del comedor. Había tenido tiempo para registrar los muebles, no sé qué coño debía estar buscando, pero estaba todo el piso revuelto. Al verme, se levantó, me preguntó por mi madre. Me quedé anonadado, mirándole, como si no comprendiera sus palabras. Le dije que mamá había muerto, pero… no me creyó. Me preguntó dónde se escondía, a lo que le aseguré que había enfermado y había fallecido. Y entonces, sacó una navaja y me dijo que, si no se lo decía por las buenas, se lo diría por las malas. Todo pasó muy rápido, él empuñando la navaja, me hirió con un movimiento brusco, y precipitado, y yo cogí el paraguas, que estaba en el suelo, y se lo clavé. Perdió el equilibrio, se tambaleó durante unos escasos segundos y, cayó pegándose la cabeza contra la mesita del comedor. Se hizo el silencio, y un charco de sangre empezó a inundarme la suela de los zapatos. Esperé a que se levantara para contraatacar, pero no ocurrió. Estaba muerto.

Un sollozo me araña el corazón. Luis vuelve a llorar, cubriéndose la cara con sus manos, mientras empieza a decirme:

No sé cómo pudo encontrarme. La verdad es que no lo sé.

¿Alguna vez habéis sentido como la fuerza de vuestras palabras, al pronunciarlas, arden como la llama de una chimenea, y luego se convierten en cenizas? Son palabras hondas y calientes, que hierven la sangre de quien las dice, pero inevitablemente la combustión sigue su curso, se extingue y se apaga. Y entonces, sólo queda la ceniza gris como muestra de lo que ha ocurrido, y la liberación de haberlas pronunciado. La calma, que te invade después, no tiene nombre porque la tormenta ha cesado. Ay, palabras que huyen de mí, mientras muevo mis labios.

Luis en frente de mí, observándome, con las mejillas pálidas, que poco a poco van ganando color, un tímido rubor mal disimulado por su barba de pocos días. Porque ha llegado el momento de insinuarle que sé lo de Noemí.

Luis, sí que lo sabes. Alguien le debió dar tus señas.

Y me mira asombrado, con una mirada sofocante que se me engancha en la piel.

No, no lo sé ―responde enfadado.

Luis, sé quién es ese alguien.

Y la sombra de su pasado, le oscurece su iris castaño, que se convierten en un marrón fuerte. Sus manos vuelven a esconder su rostro, que me rehuye por unos instantes. Luego vuelve a aparecer ante mí, clava sus ojos en los míos, y me dice con algo de chulería:

¿Quién es ese alguien si puede saberse?

Noemí…

Y su nombre, al decirlo, me pesa en el alma.

Sus ojos se agrandan, parpadea un par de veces al perder la compostura, pero la recupera al instante:

Elisa… No estabas, ¿vale? ―me dice como única respuesta.

¿Por qué nunca me hablaste de ella?

Y el silencio se interpone entre los dos, como algo denso y doloroso. Luis se levanta, me da la espalda y pone más leña en la chimenea.

Luis…

¡No estabas, te digo! ―se gira, y su voz sube de intensidad, cosa que me asusta―. Te fuiste a la playa, ¿recuerdas? ¡Con el Nacho ese! ¿Sabes cómo me sentí al ver que me habías dado plantón? ¿Realmente lo sabes? Meses esperando unos días de descanso y, cuando llegan, se convierten en los más horribles de mi vida.

Lo siento, Luis ―porque sé que es culpa mía―. Perdóname…

Ya te perdoné en su día, Elisa, y espero que tú también lo hagas. Sí, estuve con Noemí, ¿qué pasa?

Y ya no hay dolor ante la evidencia. Mis sospechas se confirman. Lo difuso se evapora y adquiere una tonalidad llamativa: Luis y Noemí. Me quedo inmóvil, pensativa, porque mi mente vuela por enésima vez a los brazos calientes de Nacho, en donde aquella noche perdí la razón. ¿Y ahora qué? Me pregunto. La culpa me corroe por haber sentido de más en el último abrazo, en el último beso sobre la arena y, luego, la niebla espesa del olvido ficticio del alcohol. El olvido que nunca llegó, porque iba suspirando por las esquinas todavía por Nacho.

¿No dices nada? ―me pregunta Luis inquieto.

Y le miro y en ese instante, Luis me inspira ternura. Le abrazaría si pudiera desprenderme del pasado. Empezar de cero, sin las garras que me estrujan.

¡Di, algo, Elisa! ―me dice elevando todavía más su voz.

Pero yo le pago con mi silencio. Me he quedado muda. La sed que siento de besarle en ese momento, resiste dentro de mí.

Por favor, ―me suplica― Elisa. Fue una noche. Sólo una. Ya sabes lo mala que es la soledad. Estaba solo. Tú desapareciste. Tenía demasiado tiempo libre, y la llamé. Tenía ganas de beber para hacerte desaparecer de mi recuerdo. Pero ella apareció antes de que abriera la primera lata de cerveza. Fue un bálsamo para mi soledad. Noemí es mi amiga y ya está.

Y al oír la palabra amiga todo se precipita y rompo mi silencio para decirle:

La amistad da asco, Luis.

¿Por qué dices eso? ―me pregunta sorprendido.

Porque lo sé. La he catado y sabe a algo repugnante.

Mi voz suena ronca, y mi garganta trabada da paso a la amargura.

¿Sabía Noemí lo de tu padre, Luis?

No ―responde rotundamente.

¿Y si se lo dijo Sara? Piensa que Jesús lo sabía, desde el día que lo contaste en la terapia. ¿Y si se lo contó a su mujer?

¡Y qué si lo sabía! ¿Dónde quieres ir a parar, Elisa?

Sólo digo que le fue muy fácil darle tus señas. O esta chica es una ingenua o….

Y mi frase queda suspendida en el aire, porque soy incapaz de pronunciar la idea que cruza mi mente, mirándole a la cara.

Pon más leña, Luis, la llama se está apagando…

Luis se agacha, coge un tronco y lo introduce en la chimenea. Y cuando está de espaldas a mí, mi idea tiene fuerza para salir al exterior:

O Noemí… quiso vengarse de ti el día de Nochebuena.

Luis se vuelve bruscamente. Sus ojos muestran ira contenida, y tan pronto como veo su expresión, me arrepiento de lo que he dicho.

Lo siento, Luis ―le digo al instante.

Pero es difícil reparar lo irreparable.

¡Eres una amargada, Elisa! ―me chilla.

Y sus palabras me ahondan en el sofá, porque esa es la verdad. Y ahora soy yo la que me escondo, con mis manos cubriéndome la cara, porque no quiero que me vea llorar.

Y así, largamente el tiempo va pasando, hasta que una llave se introduce en la cerradura y Toni junto con María aparecen riendo. Sus risas se apagan nada más vernos a los dos. Sólo quedan las cenizas de lo que nos hemos dicho. Las consecuencias de lo que ha ardido, y lo que hemos sentido reflejadas en nuestros rostros.

Las palabras hieren, y hoy, más que nunca, no me queda ninguna duda de ello. Postrada en el sofá, como una estatua de sal, espero que llegue la calma que no llega, pues la tempestad ruge con violencia a mis espaldas.

Continuará…

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