La sal de las heridas 40

Toni, con mirada severa, se ofrece a llevarme al piso de mi prima Susana. María se quedará con Luís hasta que él vuelva. Subo en el coche sin despedirme. Me siento frágil, lánguida y dañada. El silencio se interpone entre los dos mientras Toni conduce. Yo no lo rompo, pues no sabría qué decirle, aunque sé que él espera  que me explique. Al final, Toni no puede aguantar más y me lo pregunta directamente.

—Elisa, ¿qué ha pasado entre vosotros dos esta noche?

Le tengo que contestar pues su pregunta ha sonado como un disparo que me ha partido el alma. No puedo esquivársela aunque me gustaría. Antes de contestarle, suspiro intensamente para decirle.

—Toni, cosas del pasado.

— ¿Qué pasado? ¿Del suyo, del tuyo?

—De los dos –y carraspeo porque mi voz suena demasiado ronca-.

Toni aparca el coche y yo le miro alarmada pues todavía falta para llegar a casa de Susana.

—Elisa, el pasado no se puede cambiar por más que lo intentemos.

—Es que tengo la impresión que no sé nada de Luís –le interrumpo-.

—Dale tiempo.

—El tiempo que ya no queda, Toni. Lo van a condenar.

—Luís es reservado pero tiene buen corazón. Además te quiere –y me guiña el ojo izquierdo mientras lo dice, obviando el tema de la condena-.

— ¿Y si también quiere a Noemí?

—Ah, así que es eso… –respira aliviado-.

— ¿Te parece poco?

—Su historia ya acabó, Elisa.

—No, no lo ha hecho. Estuvieron juntos para el Puente de la Constitución. Creo que es bastante reciente.

— ¿Te lo ha dicho él?

—Sí…

— ¿Y tú qué hiciste durante ese Puente?

Me ruborizo por completo, bajo mi mirada, y noto mis orejas muy calientes.

—Ya lo sabes, Toni, lo que hice –y mi voz es tan solo un susurro que se pierde entre el motor encendido del coche-.

— ¿Podéis cambiar alguno de los dos lo que hicisteis? –me pregunta Toni con una mirada penetrante mientras me coge de la barbilla para que lo mire-.

Niego con la cabeza.

— ¿Tú quieres a Luís?

—No lo sé –titubeo con voz muy floja-.

Toni gira la llave del contacto y el motor deja de interrumpir nuestra conversación.

—He visto cómo os habéis mirado esta tarde, cómo os habéis besado, y creo que era recíproco. Es más, pondría la mano en la chimenea por vosotros, por vuestra historia.

Una media sonrisa muy tímida me cruza la cara.

—Elisa –continua Toni-, ¿tienes miedo de quererle, verdad?

Afirmo lentamente con la cabeza.

—Sé lo que es eso –me dice seriamente-. No dejes pasar esa oportunidad que te brinda la vida, vívela.

Y en mi mente entra estrepitosamente la pregunta: “¿Me rechazarás un brindis, Luís?” haciendo eco y sonriéndome. Mi última conversación con él con el móvil desde el pueblo que conservo en mi recuerdo por ser la más sincera que mantuve con mi novio.

—No tienes que tener miedo de la vida, Elisa, es la única que tenemos.

—Ya…

— ¿Quieres que dé media vuelta y volvamos a mi casa? –me pregunta-.

—No, Toni. Necesito tiempo. Tengo que aclararme las ideas.

—Piénsatelo, anda, pero no le hagas daño. Pero, ante todo, sé sincera contigo misma.

—Me lo pones muy difícil, Toni –le digo temblorosa-.

—Cuando te des cuenta de lo que yo ya sé, volverás corriendo a su lado.

Me da un vuelco el corazón al escuchar sus palabras por la confianza que desprenden. Toni arranca el coche con seguridad y me lleva a casa de mi prima. Antes de irse, me pide una última cosa:

—     Elisa, decidas lo que decidas, prométeme que vas a venir a celebrar la Nochevieja con nosotros. Es una noche en la que tenemos que estar más que unidos, ¿me comprendes?

Sin ningún plan a la vista, no tardo en responderle.

—     Sí, Toni, te lo prometo.

—     Y una última cosa –añade-. Luís no sabe que fui yo quien llamó a la policía. Piensa que fueron los mismos vecinos alertados por la discusión. No se lo digas, no vale la pena.

—     ¿Tienes miedo de perderlo tú también? –le pregunto-.

Toni me devuelve una mirada intensa en la que se refleja la incertidumbre.

—Es mejor para todos –y su voz se aprecia más ronca que de costumbre y mueve las manos nervioso-.

— ¿Quién más lo sabe?

—Lo sabemos todos pero hemos decido no decírselo. Le haríamos daño sin necesidad.

— ¿Es mejor ignorar la verdad, Toni? ¿Ocultársela?

—En este caso sí. ¿Qué ganaríamos con qué lo supiera? Pensaría que su mejor amigo lo ha traicionado y en ningún momento pensé en hacerlo. –y sus manos van a parar a su pelo que se lo toca rápidamente e inconscientemente-.

—Ya lo sé, Toni. Me pongo en tu lugar y posiblemente yo hubiera hecho lo mismo. Eso de ocultar un cadáver me imagino que debe ser muy peliagudo. Sólo pienso si alguien se va de la lengua y Luís puede llegar a desconfiar de todos nosotros.

— ¡Eso no pasará! –me dice mientras me apunta con su dedo índice-.

— ¿Sabes qué? Admiro tu seguridad, Toni. Cada día que pasa me doy cuenta que me es más difícil confiar en la gente.

— ¿No lo dirás por mi?

—No… pero… nunca se sabe.

Cierro un momento los ojos y la imagen menuda de Sandra aparece frente a mí. Está tan presente en mi memoria que mis ojos se inundan de lágrimas.

— ¿Qué te pasa, Elisa? –me pregunta un Toni preocupado-.

—Mucho, Toni, me pasa mucho. ¿Sabes por qué me acabas de llevar a casa de Susana y no a la de Sandra?

Toni, niega con la cabeza.

—Porque Sandra se acostaba con Nacho, por eso…

Mis palabras me han salido de sopetón. Toni suspira largamente y sus ojos denotan sorpresa y me mira confundido.

—Cuando te he dicho que es difícil confiar en la gente, me refería a ella y a Nacho. Me dices que no se puede cambiar el pasado, de acuerdo, pero Sandra formaba parte de mi presente. Y el futuro es tan incierto que me produce temblor con sólo oír su nombre.

Unas campanadas se oyen a lo lejos indicando las tres de la madrugada.

—Toni, me tengo que ir ya. María acabará pensando lo que no es –le digo con una sonrisa agridulce bañada por las lágrimas-.

Toni me besa la frente mientras me desea buenas noches y el vehículo se pone en marcha. Subo al piso de Susana que está muy silencioso, me acurruco en la cama de la habitación de invitados e intento consultar con la almohada mientras el sueño tarda en llegar.

Continuará…

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