La sal de las heridas 41

Quiero impedir que mi prima Susana me dedique más tiempo del que le estoy quitando. Ella tiene que seguir con sus planes y yo evitar cambiárselos. Este fin de semana, el último del 2012,  lo pasaré sola, en su casa, ordenando mis ideas o lo que queda de ellas. Mi vida ha girado tanto en estos últimos meses. Estirada en el sofá voy analizando los vuelcos del destino que han recaído sobre mí y que me han acabado desorientando completamente. Ghato lame su tazón de leche sin reparar apenas en mis lágrimas que se deslizan por mi cara, está concentrado en su alimento y cuando acaba se me aproxima ronroneando. Le acaricio el lomo mientras envidio su vida gatuna, colmada de atenciones porque me desvivo por él o eso es lo que creo en ese momento. ¡Qué fácil es su vida, qué incierta es la mía! Pero a pesar de todo, tengo que seguir hacia adelante.

La soledad de esa noche fría  de sábado me hace bien porque necesito tiempo para mí misma, para pensar y reflexionar sobre lo ocurrido en los últimos días. Necesito asimilarlo todo, qué difícil es salir del bloqueo emocional en el que me veo sumida. Agradezco que nadie me haya llamado, que las horas sin compañía avancen hacia un nuevo mañana. No sé si estaré con alguien o seguiré sola. Me doy cuenta por primera vez que siempre he necesitado a alguien a mi lado, que nunca he sabido tomar las riendas de mi vida por mí misma. En la adolescencia me dejé guiar por las malas influencias o eso decían mis padres, y ahora, en la edad ya más que adulta, sigo por el mismo camino. ¿Por qué me ha dado siempre temblor la soledad? ¿Por qué para aniquilarla me refugié en Nacho y en el alcohol? Una combinación explosiva que me arrastró y me estalló en la cara. ¿Por qué me refugié en Luís para suplantar el vacío de Nacho? ¿Es que no sé vivir sin una pareja? Esa certeza, que siento tan profunda, me angustia porque dudo si sabré vivir sólo conmigo misma. Mis pensamientos van y vienen acompasados de soledad, de no saber salir de ésta sin la ayuda de ninguna amiga, de un hombro en el que apoyarme. Susana está trabajando y miro el móvil de reojo, parado y estático, me apresuro a comprobar si tengo algún mensaje. Pero no, sólo la pantalla negra que me contagia pesimismo. Borrón y cuenta nueva, me suplica mi vocecilla.

Pero me acuerdo de Sandra, de su voz que me guiaba, de sus palabras que me sonaban buenas consejeras, de su mirada que creía sincera. Cuesta tanto borrarlas de mi mente, me niego a tachar los episodios que pasé con ella. A dibujar otra realidad que no sea la que viví mientras me hospedé en su casa. Siento que todo haya acabado de esa manera brusca, repentina y precipitada mientras su vientre crece con las ansias de esculpir una nueva vida. Siempre me había dicho que si alguna vez era madre yo sería la madrina de su primer hijo. Ahora sé que eso no va a ser posible por culpa del magnetismo de Nacho. Nacho, un imán enganchado al sexo de Sandra. Mi mente representa imágenes muy dolorosas para mí en las que están ellos dos juntos, amándose reiteradamente y, los hilos se atan, y veo las excusas que alguna vez me decían para reencontrarse en su pequeño mundo de placer. No quiero recrearme en ello pero lo hago sin poder evitarlo. La sorpresa que vi en su cara cuando le comuniqué que me había vuelto a acostar con Nacho acude a mí. Ahora sé que no fue sorpresa. Fue dolor, por eso me insistió en que era un asesino para que me apartara de él y le dejara el camino libre.  ¿Se había enamorado Sandra de Nacho? Los sentimientos no son controlables y a ella le dolía disimularlos pero lo hacía bien la muy jodida. Me hizo creer que su odio hacia Nacho era cierto pero era tan sólo amor. El odio no es más que una deformación de ese sentimiento que nos hace latir apresuradamente las venas y nos hace sentir vivos de nuevo. ¿Se sentía viva Sandra entre los brazos de Nacho y se sentía morir cuando me veía a mí con él?

—Qué complejo es descifrar sus sombras, ¿verdad, Ghato?

Y Ghato me mira atentamente y le sonrío porque me doy cuenta que nunca lo sabré ciertamente. Son mis suposiciones, de mi vida que siento tan mía. Mis pasos avanzan firmes, a veces titubeantes, otras acelerados. E incluso en ocasionen se detienen durante unos momentos para seguir. Porque mi existencia consiste  en aprender a andar, caerse y levantarse de nuevo. No tengo siete vidas como podría tener un gato, sólo tengo una, vívela Elisa, y siéntela con todas sus cuatro letras. Voy a saborearla en soledad, en este fin de semana que se avecina sombrío.

Por otra parte está Luís que creo que desprende más oscuridad que Nacho y Sandra juntos. Ya no es su desfigurado pasado el que me alerta sino la incertidumbre de su futuro. No quiero arrojarme a sus brazos por miedo a estar sola. Si me decido a seguir con él, quiero estar totalmente convencida de mi decisión. Toni pondría la mano en el fuego por nuestra historia, como me dijo ayer, y yo me estoy quemando de indecisión. Tiraría una moneda en el aire para que el azar decidiera por mí. En la cara está Nacho y Sandra; en la cruz está estampado Luís; y yo, soy el borde que rueda por la mesa y que al fin choca contra un obstáculo y, debido a la ley de la gravedad, muestra una cara o otra. ¿Con cuál quedarme de ambas? ¿Y si no me quedo con ninguna? La última decisión siempre será mía.

El domingo me sorprende con mi prima que me despierta en el sofá. Me he quedado dormida con la boca abierta y tengo la garganta reseca.

— ¿Qué hora es Susana? –le pregunto confundida-.

—Las ocho de la mañana –me responde sonriéndome-.

—Pero… ¿esas son horas de llegar?

—Ya te dije que llegaría tarde. En Nochevieja inauguramos. Por cierto, ya nos están llegando los primeros cuadros. ¿No tendrás algún cuadro sobre marinas abstractas?

—Susana… Yo… -titubeo-.

— ¿Sí o no?

—Están en el piso de Sandra.

—Si quieres te acompaño a buscarlos.

Niego automáticamente con la cabeza.

—Eli –continua Susana-, algún día tendrás que enfrentarte. Además tengo la furgoneta del restaurante, podrás llevar todas tus cosas y trasladarte definitivamente a mi piso. No escondas la cabeza en la arena. Tienes que ser valiente.

—Ya sé que esconder la cabeza no es de valientes, Susana. Pero no me queda otra opción.

—Pero si tú no has hecho nada. Dejando todas tus cosas allí  sólo sirven para recordarle a Sandra que todavía no te has ido de su vida. ¡Corta por lo sano!

—Ya… Se lo merece, pero…. La echo de menos. ¿Es incomprensible, verdad?  Cuando me he despertado ahora mismo pensaba que eras ella. Y al verte, me he vuelto a acordar de todo… y…

—Eli… No llores. Ya no, ¿vale? Yo te acompaño, recogemos tus cosas y volvemos. Pero primero desayunarás un chocolate con churros como manda la santa prima Susana.

Y Susana se va directa a la cocina sin darme tiempo a responderle.

—Susana, –le grito desde donde estoy- ¿es que tú nunca duermes?

Entro en la cocina. Mi prima ya ha abierto una botella de leche y se da prisa en preparar el chocolate.

—Ya dormiré después. Primero es lo primero.

Y Susana me sirve un chocolate sabrosísimo con unos cuantos churros recién hechos y me dejo alimentar por ella. Su energía es desbordante a esas horas en que yo voy lenta. Cuando me acabo el desayuno, Susana sólo me dice:

— ¿Preparada?

Asiento lentamente con la cabeza mientras me muerdo el labio inferior. Cojo mi móvil y marco el número de Sandra. Mi respiración se agita al oír su voz y se me anuda el corazón.

Continuará…

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