La sal de las heridas 42

— ¡Elisa! ¿Eres tú?

Y tardo en responderle. Una emoción me recorre entera. La voz de Sandra somnolienta se despeja. El tiempo se para y mis labios con mis dientes haciendo presión en el labio inferior se retrasan en hablar.

—Sí… -digo al fin con un hilo de voz soltando los dientes-. Soy yo. Sandra, ¿te va bien que venga a recoger mis cosas?

Un silencio pesado se interpone en la comunicación.

—Elisa, ¿dónde estás? –me pregunta preocupada-.

—Estoy con Susana, mi prima. Si te va bien pasaremos dentro de un rato.

—Sí, claro… -pero su voz duda al decirlo-.

Oigo de fondo la voz de Jaime que le pregunta quién es.

— ¿Estabas despierta, Sandra?

—No… -me responde sincera-.

—Siento haberos despertado.

—Puedes venir cuando quieras. Esa también es tu casa, Elisa –se apresura a decir Sandra y la verdad es que suena convincente-.

Sus palabras se me clavan como dardos afilados y la emoción, que no me abandona, me eriza la piel.

—Sandra, hasta ahora –y me doy prisa por cortar la comunicación-.

 

Subo a la furgoneta con Susana que conduce con cautela hacia el edificio anaranjado de Sandra. Llamo al timbre y la puerta de la entrada se abre. Subo en el ascensor con Susana. En la puerta Sandra me espera. Sus ojos me lanzan una mirada temblorosa y agitada. No puedo desviársela porque me ha calado. Y con sus ojos enganchados en los míos entro en su casa. Susana se queda detrás, como en segundo plano.

—Si no te importa, voy a recogerlo todo –le digo intentando aparentar una dureza que no siento pues empiezo a sentir debilidad en mis pies-.

Meto mis cosas en una maleta de lona negra que están tal cual las dejé. Mi foto del ayer me observa desde las alturas de la estantería con desaprobación. De puntillas la recojo, Sandra me observa con un nudo anclado en su garganta

— ¿Puedo quedármela? –le pregunto temblorosa-.

Sandra asiente ligeramente, un breve movimiento que le cuesta realizar pues sé que en el fondo le importa. El ramo que reposa entre mis dedos, una explosión primaveral de vivos colores, mi cara sonriendo plenamente a la cámara, la boca entreabierta mostrando mis dientes en esa sonrisa franca. Y sé que ese día Nacho estaba enfrente de mí mientras el fotógrafo me fotografiaba. Aquel día estuvo diferente, más que distante, bebiendo durante toda la comida y advirtiéndome que no le gustaban las bodas, y yo, haciéndole callar entre dientes, por si alguien nos escuchaba. Y es que ahora sé que lo que no le gustaba era la boda de su Sandra muy a mi pesar. Su asombro cuando Sandra me tiró el ramo fue total mientras yo me sentía más radiante que nunca. Entonces pensé que tenía miedo al compromiso. Horas más tarde, bailando ya en la discoteca, él bebiendo cabizbajo todos los chupitos que podía en un rincón del local, Sandra me arrastró hacia el lavabo con la excusa que la ayudara con el vestido y dentro me dijo:

—Elisa, cásate con otro. Nacho no te merece.

— ¿Por qué dices eso Sandra? –le pregunté aturdida-.

— ¿No lo ves? Es un borracho apestoso, date cuenta de una vez. Encontrarás a otra persona que realmente merezca tu felicidad. Mira a los invitados de mi boda. Todos beben pero sólo Nacho se comporta de esa manera tan despreciable.

— ¿Por qué me dices eso precisamente hoy?

Pero ella continuó en sus trece.

—Cásate con otro, Elisa. Espera un tiempo, no te precipites. Lo encontrarás. –y su voz que me retumbó en mis sienes se tiñó de súplica que no supe apreciar en ese momento-.

Y Sandra se fue de luna de miel después de tener esa conversación conmigo. Nacho la pasó en una nube de alcohol en que yo lo acompañé y, cuando mi amiga volvió, se apresuró a regalarme un anillo de compromiso. ¿Lo utilizó para darle celos a Sandra?

Pongo la foto encima de todo de la maleta y la cierro sabiendo que ese episodio de mi vida ya quedó atrás. Debo olvidarlo y aprender a pasar página. Descuelgo el cuadro “Sensaciones mágicas de una cueva” y se lo paso a mi prima Susana para que lo baje.

—Ahora bajaré al garaje a recoger el resto de cuadros –le digo a Sandra-.

Y su nudo apretado la hace estallar en un sollozo.

—No me lo pongas más difícil, Sandra.

Y en eso oigo la puerta del lavabo y Jaime aparece recién afeitado. Me da dos besos al verme y siento la cercanía de Sandra que nos observa a los dos. Noto que tiene miedo cuando Jaime se ofrece a bajar conmigo al garaje mientras le dice:

—Sandra, quédate aquí, ya me encargo yo de ayudar a Elisa con los cuadros.

Y Sandra se queda y mi oportunidad de decirle algo a su marido se me presenta como algo alcanzable. Porque él, en ese momento, también lleva los cuernos con estilo, porque los desconoce. Pero, ¿quién soy yo para quitarle la venda de los ojos?  ¿Voy a convertirme en una delatora? No, es una cuestión de principios. Ahogaré mi silencio aunque me queme. Bajamos en el ascensor hasta el parking que nos espera vacío. Jaime abre el trastero y la puerta chirría al abrirse. Me reencuentro con mis pinturas y siento mi inspiración otra vez detenida en el mástil quebrantado que me lleva a la deriva.

—Elisa, ¿se puede saber que ha pasado entre las dos? –carraspea Jaime, la pregunta tan temida-.Mi mujer no duerme, no descansa. No es por meterme, ¿pero lo podéis arreglar de algún modo-.

Me quedo anonadada, mirando su pelo rubio húmedo mientras niego con la cabeza lo que mis labios callan.

—Una bonita amistad no se puede acabar así, Elisa.

—Ya…

—Sandra te necesita. Está muy sensible, son las hormonas.

—Ya…

— ¿Por qué no vuelves y arregláis lo vuestro? Ya me había acostumbrado a tenerte en casa.

—Jaime, lo siento pero ahora con lo del bebé creo que sobro en vuestra vida.

—     Anda, ¿por qué dices eso?

—     Porque sí, Jaime. Por cierto, felicidades, creo que todavía no te lo había dicho.

—     Entonces, ¿qué me dices? ¿Vuelves con nosotros?

—     No, Jaime –mis labios tiemblan-. Mi sitio ahora está con mi prima Susana.

—     Si cambias de opinión quiero que sepas que aquí siempre tendrás un rinconcito.

—     Lo sé, Jaime, gracias.

Recogemos los cuadros y los cargamos en la furgoneta. Susana me espera paciente al volante y volvemos a subir por la maleta. Sandra está sentada en el sofá del comedor y se levanta al verme entrar.

—Sandra, necesito llevarme también ese cuadro –le digo señalando el torbellino marino que reposa en la pared del comedor-.

—Perdóname, Elisa –me dice mientras se acerca y me coge una mano-. Por favor –me suplica-, no te lleves también el regalo que me hiciste.

Su mano frágil aprieta la mía, contagiándome sentimientos del ayer que caen en un pozo sin fondo. Me deshago de su mano ayudándome con la otra.

—Siento desnudar tus paredes, Sandra –le digo firme-. Vuélvelas a decorar pero no las tapes de engaños.

Jaime me mira confundido, Sandra reprime un sollozo y se vuelve a sentar marchita.

Y salgo por la puerta. Mi prima con mi maleta y yo con el cuadro entre los brazos.

— ¿Qué ha querido decir? –oigo que murmura Jaime a lo lejos-.

Sus palabras me llegan y sé que he sembrado la confusión en su mente. No era mi intención pero ahora eso es lo de menos. Ya no hay marcha atrás, cierro la puerta a un adiós definitivo quejumbroso, de lamentos en los que Sandra ya no tiene la última palabra.

Continuará…

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