Mi voz, sin ti ya, me es debida

Estimado amado y olvidado,

Cuando leas esta carta ya habré partido. Si sientes dolor por ello sé que se te pasará pronto. No me odies, no me ames, pero sobre todo no me busques. No creo que nos volvamos a ver. Mi rostro se irá diluyendo en tu mente cubriéndose de sombras. Al final ya no me recordarás con precisión. He tirado todas las fotos de los dos incluida la que guardabas en tu cartera, incluidos los archivos del ordenador que han pasado a mejor vida suprimidos desde la papelera de reciclaje. Me he tomado molestias y he sido meticulosa en borrar mi rastro, de lo que fue y de lo que pudo haber sido, pero sin duda ya no será. Ya no…

Me cortaste las alas el día que apareciste en mi vida, tardé en saber tu nombre pero te fijaste en mí y tus ojos destellaban resplandecientes. Te enamoraste de mí ferozmente y yo, que estaba sola en ese momento, me sentí más joven de nuevo. Tus labios primeramente tímidos me transportaron tu primer aliento fresco. Fui una presa fácil. Me llenaste de luz que poco a poco fue decayendo. Tus besos ya no me sabían a miel, eran mar de lágrimas bañadas. El primer golpe cayó sobre mí desde tu mano ancha y firme, me desfiguró un trozo de mi rostro que se resistía a irse del todo. De repente te tuve miedo e intenté escabullirme pero tú siempre reaparecías desde el ayer, desde la última vez. Me pedías perdón por haber sido tan brusco y me jurabas que aquello no se volvería a repetir. Me costaba creerte pero al final lo hacía. ¡Me sentía tan desvalida! Eras cal y yo era tu arena. Mezclados ya los dos entre sábanas de placer esculpías la masa gris de mis recuerdos retenidos. Y sus formas adquirían otra consistencia difícil de materializar diluidas en el olvido. El tiempo volaba y se agitaba en mis entrañas que se contraían y palpitaban ansiando otro amanecer alcanzable y palpable. Tú te ibas y me dejabas dormida en la cama sin olvidarte de darme un último beso en mi frente amplia. Al despertarme, miraba a mi alrededor y sentía el vacío de tu ausencia, con mis manos temblorosas me era difícil seguir mis hábitos durante el resto del día. No te añoraba porque sabía que volverías, a darme agua sin tener sed, a impregnarme de todo lo que fui con tus brazos vaporosos que tanto me costaba tocarlos. Me era difícil retenerte porque tú siempre era el que tomabas las riendas de nuestra relación. Tu voz cantante la oía a todas horas, en la ducha, mientras el chorro de agua fría me besaba la piel porque ya no sabía distinguir la temperatura; en la cocina, mientras el olor a gas rodeaba el ambiente pues había obviado apagar el fuego; en mi dormitorio, delante del armario, pues no sabía con qué prendas vestirme, si de invierno o de pleno verano. E incluso en la calle, vagaba desorientada, hasta que un alma caritativa me acompañaba de vuelta a casa. Sí, tu voz, me acompañaba, vergüenza debería darte haber entrado así en mí, de sopetón, sin avisar siquiera.

¿Enamorada? Tal vez. O eso creí, que mis recurrentes vacilaciones eran fruto del amor, despistes sin importancia. Habías causado tal huella en mí que la llevaba impresa en mis pasos calzados con zapatillas de estar por casa entre el bullicio de la calle. La gente me miraba extrañada, señalándome sin cesar, podía llevar un abrigo de pieles en el mes de agosto. Las voces de la pequeña ciudad en donde vivía se alzaron y alertaron a mi hija que, a partir de entonces, me vigiló desde cerca. Es más, hasta se trasladó a vivir a mi casa mientras tu presencia se hacía más fuerte, más intensa. Yo llena de ti, machacándome una y otra vez entre susurros entrecortados. Me amenazabas con dejarme. Mis pensamientos alborotados se oxidaban lentamente. Te amé y te odié al mismo tiempo sin llegar a distinguir los sentimientos. Me alteraste, gritaba a todas horas sin pausa. Avanzabas deprisa y me ataste en la cama. Y entonces, después de engullir la pastilla, sólo quedó el silencio, duro y doloroso, como si hubiese muerto. Pero no, de fondo oía la música de tu voz atenta, me cuidabas mientras mis ojos se cerraban. Era tu trabajo. Eras el asistente social que contrató mi hija para sentirme querida, suplantaste el cariño que ella no podía darme por andar siempre ocupada. Fuiste un halo fluorescente entre mis venas pálidas y viejas. Pero a ti, Germán, no va dirigida esa carta, quiero que se la hagas llegar al responsable de todo ello, el que me ha hecho perderlo todo poco a poco. Te la he dejado colgada en la nevera para que la encuentres fácilmente. No me busques, he salido por tierra, mar o aire, qué más da ya ahora que me encuentro lejos.

Sin ti el mundo se abre y me llueven distintas posibilidades que aprovecharé. No te quepa ninguna duda. La sensación de libertad me invade lejos de ti. Andaré sin descanso, libre, entre las copas de los pinos mientras mi nombre, Azucena, florecerá antes de borrarse de nuevo. Antes de que el ciprés me tatúe la espalda con su copa fina. Antes de que el Alzheimer, tu nombre, en este breve momento de lucidez vuelva a besarme los labios de cartón con su manta de cuero negro, correré sin sosiego. Porque mi voz, sin ti ya, me es debida. Mi voz que habla sin irse por las ramas quebradizas del olvido. Mi voz que tanto echaba de menos se instala en mi garganta para gritar a los cuatro vientos que no te echo de menos.

Tu olvidadiza y huidiza víctima

18715255470_0f31385943_k

Imagen Creative Commons de Michael Havens en FlickR

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s