La sal de las heridas 44

A oscuras entramos en el portal que es bastante diminuto, aprieto la mano de Luís con fuerza, transmitiéndole coraje. Subimos las escaleras hasta el primer piso, nos detenemos unos segundos para darnos un breve un beso que me sabe a miel, y seguimos hasta el segundo. La puerta se resiste a abrirse cuando Luís pone la llave en la cerradura pero al final cede. Luís se para unos instantes sin atreverse a entrar y yo aprovecho para respirar hondamente. Creo que nos hemos precipitado en venir, estoy segura que una serie de imágenes le silban en su mente que hacen que sus pies estén pegados al suelo, totalmente paralizados. No sé si debería ser yo misma la que me adelante y le empuje a entrar. Mi indecisión es la que me hace dudar mientras el tiempo va pasando. De repente, oímos abrirse la puerta contigua, algún vecino que sale a tirar la basura, y es cuando Luís entra rápidamente, me estira con su movimiento, y cierra la puerta tras nosotros.

Enfrente de nosotros un apartamento completamente silencioso nos espera. Desde el recibidor puedo ver la puerta entreabierta del comedor, una franja inquebrantable que nos costará traspasar. Tras unos cuantas vacilaciones, aprietos y titubeos en su voz, Luís se decide a entrar y yo le sigo. La mesilla de cristal rota es el mueble que más desentona, al estar arrinconado contra la pared. Enciendo las luces halógenas que hacen que mi cuadro del amanecer, testigo del crimen, resurja del ocaso en donde está sumido Luís.

—     La vida continúa, ¿no? –le digo para animarlo señalándole el cuadro-.

—     Sí, ha vuelto a amanecer desde que tú estás conmigo –me responde con voz muy baja-. Pero mira como está todo –me señala el desorden que inunda el comedor-.

—     Si quieres te ayudo a limpiar.

Sin esperar respuesta, me voy directa a la cocina a buscar una escoba con mi sexualidad totalmente apagada.

—     No, déjalo, Elisa –me dice Luís-.

Pero yo empiezo a barrer el suelo, todavía hay restos de cristales esparcidos por todas partes.

—     Elisa, ya lo haremos mañana.

—     No estarás a gusto hasta que todo esté en orden –le digo-. Venga, vamos, entre los dos acabaremos antes.

—     No creo que vuelva a estar a gusto en mi vida, Elisa. Por mucho que limpie y ordene este lugar siempre estará maldito por la huella del crimen.

—     Pero fue un accidente, Luís, no tienes nada que ocultar, ¿verdad?

Y sus manos esconden su cara unos breves momentos antes de contestarme:

—     No, ¿por quién me tomas? No quería matarle, sólo me defendí pero… del empujón que le di con el paraguas, empezó a brotar sangre. No la pude parar. Me fue imposible pararla. Me manché hasta la camisa. Mi padre me acababa de decir que por qué no cobraba la pensión de viudedad si era verdad que mi madre había fallecido. Fue la gota que colmó el vaso.  Sus palabras tan mezquinas retumbaban en mi mente y al final lo empujé con violencia. Murió rodeado de un charco de su propia sangre y esto pesará siempre en mi conciencia.

—     Luís, vamos a limpiarlo y bajamos la mesilla al contenedor. Yo te ayudo.

—     Tú me hubieras ayudado, ¿verdad? –me imploran sus ojos-.

Asiento entre lágrimas porque ahora sé que lo hubiera hecho sin dudarlo. Esconder un cadáver tiene que ser muy peliagudo pero lo hubiera hecho por él. Sólo por él.

—     Pero no estaba, Luís, estaba en el pueblo –me excusó agitadamente- mientras tú pasabas los peores momentos de tu vida.

—     Toni se quedó paralizado y no pudo hacerlo. Se vio incapaz. Entonces llegó la policía. Este vecino con él que no me he querido cruzar creo que fue quien dio la voz de alarma.

—     Claro, seguro que fue él –miento-.

—     Tú hubieses sido más rápida.

Sonrío entre lágrimas amargas que me pesan.

—     ¿Y entonces qué hubiéramos hecho?

—     No lo sé –se encoge de hombros-. Intentar que no nos descubrieran, supongo –me responde cabizbajo-.

—     ¿Y podrías vivir tranquilo?

—     No y más si tú estuvieras pringada hasta las cejas como cómplice.

Le beso los párpados suavemente.

—     Mejor así, ¿no? –dice al cabo de un largo silencio-.

—     Todo saldrá bien, Luís, lo presiento.

Pero miento de nuevo porque mi intuición me dice que no va a ser tarea fácil. Continúo con la escoba, barriendo las baldosas a conciencia. No quiero que quede nada de mugre. Y el palo de la escoba choca al pasar por debajo del mueble con una cajita de cartón. Me agacho para recogerla. Es una caja amarilla y blanca de pastillas.

—     Luís, ¿eso es tuyo? –le digo con la caja en mis manos-.

—     No, no la había visto en mi vida. ¿Qué es?

—     Acenocumarol –leo-.

—     ¿Y eso qué es?

—     No sé, espera que leo el prospecto.

Despliego las hojas de papel y empiezo a leer.

—     Luís, son anticoagulantes orales.

—     ¿Y qué hacen aquí? –me pregunta sorprendido?

—     ¿Y si eran de tu… padre?

Luís se queda boquiabierto. La sangre líquida fluyendo sin parar, la hemorragia que no paró. Sé lo que está pensando en esos momentos.

—     Mi padre tomaba…

—     En efecto, tu padre tomaba Sintrom, por eso no soportó el empujón. Se desangró.

—     Maldita su suerte, maldita la mía –exclama Luís-.

—     Llama a tu abogado, Luís. Creo que debería saber esto.

Luís se va directo al teléfono y marca los números de su abogado tembloroso. Pero nadie contesta y vuelve a mi lado.

—     No contesta –me dice alarmado-.

—     Claro, es domingo. Prueba mañana. Ahora vamos a recoger todo esto y nos quedamos a dormir aquí. Los dos solos, ¿vale?

Porque necesitamos superar lo insuperable.  Nos ponemos manos a la obra, ordenando el desorden del comedor hasta que queda todo como antes. Como debió ser en un principio, borrando las huellas y el paso del desafortunado incidente.

—     Gracias por confiar en mí, Elisa –me susurra cuando acabamos-.

—     Luís, no me des las gracias de una cosa que no pudiste evitar.

—     Sí que pude, si no lo hubiese empujado,

—     Te hubiera herido a ti con su cuchillo. Te defendiste, ¿no?

—     Sí, pero no me creerán.

—     Yo te creo, Luís. Confío en tu inocencia. Para mi es legítima defensa.

—     Sí, ¿pero para el juez qué será, Elisa?.

—     Confía en ti mismo, Luís. El pasado no se puede cambiar, yo no entiendo de leyes pero no te defendiste de una manera desproporcionada. Actuaste con un simple paraguas cuándo él tenía el arma punzante.

—     Ya pero… Estoy acabado.

—     No digas eso, la vida continúa. Ahora vamos a cenar y después sorpréndeme con una peli de esas que tienes. Escógela muy romántica, de esas que endulzan de tan empalagosas. No tiene que ser un drama, que acabe bien y me haga sonreír.

—     Tu risa es lo que más me gusta oír.

—     Pues si la eliges bien, podrás escucharla.

Tiramos mano del congelador para preparar la cena, comida precocinada para salir del paso pues la nevera está semivacía.

—     Pensaba que nunca te volvería a tener aquí –me dice con su mirada que me transmite que me está diciendo la verdad-.

—     Pues ya ves, he venido y para quedarme al menos esta noche.

—     ¿Sólo al menos? –me pregunta pícaro-.

—     De momento sí –le digo bajando la mirada-. Voy a llamar a Susana para avisarla.

—     Yo voy a hacer lo mismo con Toni.

Nos separamos un momento para hacer las respectivas llamadas y cuando nuestros ojos se vuelven a encontrar, Luís me dice:

—     Toni me ha dicho que pensemos el plan que queremos para Nochevieja. ¿Qué te apetece?

—     A ti –le respondo besándolo-. Tú eres el mejor plan.

—     No, ahora en serio. ¿Dónde quieres ir?

—     Me da una pereza horrible despegarme de ti pero nos podríamos pasar por la inauguración del restaurante de mi prima. Nos invitarán a algo y luego podemos ir a casa de Toni a continuar la fiesta. ¿Qué te parece? Discotecas ni nada por el estilo, no, ¿vale?

—     Vale. Pues mañana se lo decimos a Toni, eso de autoinvitarnos en su casa ya viene siendo costumbre.

—     ¿Pones la peli?

—     Sí –se agacha y enciende el dvd-.

Y abrazados en el sofá empezamos a ver la primera escena. Un sueño incontrolable nos sorprende cuando no llevamos ni la mitad. Y así, acurrucados, y tapados con una manta suave nos dormimos los dos. El cansancio nos ha vencido.

Continuará…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s