La sal de las heridas 45

Los primeros rayos de sol se filtran a través de la fría ventana. Un tímido halo de luz se deposita en mis párpados, empujándome a abrirlos. Parpadeo un par de veces y estiro mis extremidades desperezándome. Luís está a mi lado, todavía durmiendo. Sigilosamente me levanto y voy hacia la puerta principal. Cojo mi bolso, mi abrigo y el llavero de Luís y la cierro tras de mí. Bajo las escaleras y salgo a la calle. El frío me hace andar deprisa, no quiero que Luís se despierte notando mi vacío. Volveré.

Al final de la calle, en la esquina, me espera una panadería madrugadora. Entro sin saber si es la que frecuenta Luís. Pero al mirar el mostrador, mientras espero que me atiendan, reconozco las madalenas exquisitas. Sí, no me he equivocado, sonrío a la dependiente cuando me toca el turno y le pido:

—Ponme cuatro madalenas de chocolate.

Me las envuelve con un papel fino con el logo de la panadería, pago y vuelvo al piso de Luís. Él todavía duerme con expresión relajada. Me gusta mirarlo y contemplo su cara durante unos minutos que me pasan veloces. Luís, creo que se siente observado, y abre sus ojos. Sus pupilas se dilatan al verme y me lanza una media sonrisa.

—     Buenos días –le saludo-.

—     Ahora sí lo son –me contesta contento-.

—     No terminamos de ver la película. Menudo sueño nos entró –le digo sonriendo y besándole los párpados-.

—     ¿Para qué verla si te tenía aquí conmigo? ¿Qué haces con el abrigo puesto, Elisa? ¿Te vas? –me pregunta tembloroso incorporándose al reparar en mi vestimenta-.

—     No, Luís. He salido a comprar el desayuno.

Suspira relajado entornando brevemente los párpados.

—     Pues sí que has hecho faena.

—     ¿Quieres café? –y me voy hacia la cocina sin esperar que me conteste.

Preparo dos cafés con un par de cápsulas y vuelvo al comedor. Abro el envoltorio de la panadería encima de la mesa.

—     Caray, mis favoritas –dice Luís al ver las madalenas-.

—     Sabía que te gustarían. Desde que me las descubriste que suspiro por ellas –le digo mordisqueando una y dejando que la crema que lleva en su interior me impregne el paladar-.

Luís me imita y cierra los ojos concentrándose en su sabor, una explosión de chocolate con sus pepitas derritiéndose en su boca.

—     Voy a hacerte una foto –le digo sonriendo y cogiendo mi móvil-.

Enfoco su momento de placer y disparo la cámara del móvil.

—     Me la voy a poner en la pantalla principal. Tu cara al saborear las madalenas es pura poesía.

—     Y la tuya también, Elisa –dice aproximándome su móvil para tomarme también una foto-.

—     Ya –reconozco-.

—     Me gusta como ha quedado –dice Luís observando la imagen-. Yo también me la pondré en la pantalla principal.

Después de desayunar, Luís llama a su abogado pero de nuevo sus esperanzas chocan contra su buzón de voz.

Mientras tanto yo llamo a mi prima Susana para decirle que la ayudaremos a trasladar los cuadros hacia el restaurante. Mi prima está nerviosa cuando llegamos a su piso y mueve las manos continuamente. Subimos a la furgoneta y nos dirigimos a su nuevo lugar de trabajo. Nada más llegar, y entrar al comedor principal, me invade una sensación tranquila y de buen gusto. El sitio es muy acogedor. Algunos cuadros ya reposan en la pared. Son marinas bien distintas y de diferentes estilos.

El torbellino marino, más intenso que nunca, me hace estremecer con sus olas enérgicas al colgarlo en el lugar donde me indica Susana. Un ruido interior emerge de mí en donde me parece oír la voz de Sandra, pero me tengo que desprender de ella. Susana se dirige a la cocina a ultimar los últimos detalles y nos deja solos.

      — El tuyo es el que me gusta más –me susurra Luís al oído-.

—     Lo pinté en un momento de profunda inspiración.

Cuando las ideas se unen, cuando descubres sus entresijos ocultos, cuando una voz resurge de ti y te dicta, es algo maravilloso y mágico. Un momento único, de vida intensa, para quien lo experimenta, que me gustaría compartir con Luís algún día.

—     No dejes nunca de pintar, Elisa –me anima-. Haces música con los pinceles. Si paro el oído me parece oír rugir el mar. ¿No te da pena venderlo?

Niego levemente con la cabeza.

—     Ese cuadro forma parte del pasado ya –le digo intentando aparentar fuerza-. Después de Reyes, cuando vuelva a la Academia, seguiré pintando. Continuaré plasmando mis impresiones en el lienzo.

—     Estoy deseando verlas.

—     Bueno, si mi inspiración resurge. Hace días que está muy parada.

—     Seguro que lo hace –y me guiña el ojo izquierdo-.

Susana aparece y se queda comprobando los pequeños detalles de la decoración, aprovecho para acercarme a ella y decirle que nos vamos.

—     Susana, nos vemos a la noche. Vendremos un ratito.

—     Os prepararé un cóctel especial para que brindéis –me dice risueña al oído.

Sé lo que eso significa. Mis temores de probar algo de alcohol se esfuman. Teniendo a Susana esta noche de respaldo nos va a venir bien. Me acerco a Luís que no ha escuchado lo que ha dicho mi prima y le pregunto:

—Luís, ¿me rechazarás un brindis en la inauguración?

Luís me mira profundamente, con sus ojos directos que atraviesan una parte de mi alma. Tarda en responder, recordando nuestra conversación en el móvil.

—     Depende –dice al fin-.

—     ¿Sólo depende?

—     Elisa, creo que no es una buena idea ir –sus ojos se oscurecen unos tonos-. Estará repleto de alcohol, ¿no lo comprendes? ¿Por qué no vamos directos a la casa de Toni? Allí estaremos más seguros.

—     La seguridad depende de nosotros, Luís. No le podemos hacer un feo a mi prima, vamos un ratito y luego seguimos en casa de Toni.

Luís duda unos momentos pero al final acaba aceptando.

—     Como quieras –y baja su mirada que se pierde entre las baldosas grises del restaurante-.

—     Luís –le digo mientras le cojo la barbilla con una mano para que me mire-, vamos a despedir el año con buen pie. No te vengas para abajo.

Sus ojos me rehúyen de nuevo y su rostro se ha quedado muy pensativo. Lejos de preguntarle qué le pasa porque lo intuyo, le rodeo la espalda y salimos a la calle en donde el sol brilla pálidamente.

—     Llama a Toni y pregúntale que hace falta que compremos.

Luís, después de hablar con Toni, me dice:

—     Las uvas. Sólo tenemos que comprar las uvas. Del resto se encarga María.

Andando por la calle vemos una frutería bastante grande y nos disponemos a entrar. Las uvas cubren varios estantes, cojo varios racimos y los voy metiendo dentro de una bolsa.

—     ¿Con esas tendremos bastante? –le digo a Luís girándome-.

Pero Luís no está. Lo intento localizar con la mirada, miro en la cola, por si se ha puesto a esperar el turno, pero no. Ando por los diferentes pasillos y al final del último, veo una cabellera negra y rizada. Luís está a su lado hablando. No me queda duda de que es Sara. Su pelo robusto lo reconocería en cualquier lugar. Reparo en la chica con la mirada triste que en esos momentos se aproxima a Luís. Una muñequita de papel, de apariencia frágil, con el pelo rubio y bastante ondulado. Desde donde estoy no los puedo oír, agudizo mi visión e intento leer sus labios.

Continuará…

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