La sal de las heridas 47

Llegamos al restaurante que a esas horas está plagado de gente, hombres y mujeres que curiosean por el salón principal y que hablan entre sí. Tres camareros con una vestimenta impoluta están sirviendo los primeros canapés que tienen muy buena pinta. Algunos se acercan a probarlos. Susana debe estar en la cocina porque no la veo en un primer momento. Me siento algo desplazada y creo que Luís también. No conocemos a nadie y además no nos hemos vestido tan elegantes como las personas que merodean a nuestro alrededor.

—     No me dijiste que me tenía que vestir de etiqueta –me susurra Luís al cabo de un momento dándome un codazo-.

—     No lo sabía –me excuso-.

—     ¿Nos vamos? –me pregunta inquieto-.

—     No, espera, todavía no he visto a mi prima.

—     Mis tejanos desentonan en todo ese ambiente –me comenta preocupado-.

—     Y mi falda desenfadada también. ¿Tienes hambre? –le pregunto acercándome a una bandeja plagada de exquisiteces.

Luís se encoje brevemente de hombros. Me acerco el primer canapé a la boca y dejo que una explosión de sabores exóticos me inunde el paladar.

—     Pruébalos –le invito-. Están buenísimos. Delicatessen.

Un camarero se nos acerca llevando una bandeja de copas burbujeantes. Una mujer rubia con el rostro delicadamente maquillado toma una y se la lleva a los labios para darle un pequeño sorbo. Otros la imitan al unísono. Yo me aparto y arrastro a Luís a un rincón para mirar el cuadro de una marina tranquila con pequeñas barcas de recreo.

—     ¿Te gusta? –le pregunto a Luís-.

—     Más me gusta el tuyo, Elisa. Mira, esos señores de allí lo están comentando –me dice Luís pausadamente-.

Me giro y aprecio cómo se ha formado un grupo que observa mi torbellino marino.

—     Es el que más destaca –murmura Luís-. Mira a esa señora, creo que se ha encaprichado de él.

Una señora de mediana edad, con un vestido sugerente  en palabra de honor, y que lleva una gargantilla brillante adornando su prominente escote, no se separa del cuadro desde hace rato.

—     ¿Crees que lo comprará? –le pregunto a Luís-.

—     Si no lo hace, creo que se arrepentirá.

Otro camarero se nos aproxima con unos vasos de chupitos. Creo que se ha dado cuenta de mi mirada de interrogación.

—     Gazpacho de sandía –se apresura a decir-.

Como no veo ningún problema en ello, tomo un vasito de la bandeja y me lo bebo. Está delicioso y animo a Luís a que lo pruebe.

—     No me digas que será lo único que podamos beber –me vuelve a susurrar Luís en donde se aprecia un poco de decepción en sus palabras.

—     A mí no me importa. Está muy bueno –le contesto-.

En eso aparece Susana. Mi prima está radiante y sonríe al verme. Se acerca a nosotros y nos invita a enseñarnos la cocina. La seguimos por un amplio pasillo y entramos a su lugar de trabajo.

—     ¿Os gusta? –nos pregunta animada- Bienvenidos a mi lugar de trabajo.

Una cocina moderna y acogedora me impresiona y así se lo hago saber:

—     Susana, es fascinante. Me encanta.

—     Aquí pasaré largas horas del día. Y ahora lo prometido es deuda…

Susana se acerca a la nevera y saca una bebida misteriosa mientras nos sirve dos copas:

—     Brindad por mí, es un cóctel que os he preparado con mucho cariño. Pero no se lo digáis a nadie –un dedo cruza sus labios-. Es un secreto.

Me animo a probar el cóctel de Susana, no sin antes chocar mi copa con la de Luís y con la de mi prima, mientras les digo:

—Por el inicio de nuestros sueños.

Le doy un pequeño sorbo, la bebida espumante me moja los labios. Sabe a algo dulce aunque no estoy segura de los ingredientes que lleva. Es una combinación de frutas y de algo más que me encanta.

—     Es genial, Susana, ¿qué lleva? –quiero saber-.

—     Ya os he dicho que es un secreto. Lo único que os puedo asegurar es que no lleva nada de alcohol.

—     ¿Lo vas a patentar? –le pregunta Luís-.

—     Nunca se sabe –sonríe Susana-. He preparado más.

Susana saca dos botellas de la nevera y me las tiende mientras me dice:

—     Llévatelas a casa de Toni. Esta noche, brindad por mí y por el inicio de vuestros sueños.

—     Gracias, Susana –y le doy un beso en su mejilla sonrosada-.

Salimos de la cocina, y pasamos por el salón principal mientras nos despedimos de mi prima.  Mis ojos aprecian como una nota de “Vendido” figura sobre mi torbellino marino. Será la última vez que lo vea y en el fondo siento algo de pena por desprenderme de él aunque sé que es lo mejor para seguir con mi camino. Lejos de Nacho, lejos de Sandra, lejos del alcohol, lejos de la oscuridad del ayer. La mano de Luís aprieta la mía en el presente y el tacto de su calidez me acelera el pulso intentando borrar mi pasado. Me aferro a ella en esa última tarde fría del año que ya está cayendo del todo, y andando por las distintas calles nos dirigimos a la casa de Toni donde me espera una Nochevieja de amistad. Una fiesta animada en compañía de las personas con las que quiero estar. Y pienso que mañana será el principio de algo nuevo con nuevos propósitos para todos. Antes de entrar en la casa de Toni, me paro un momento debajo de los árboles desnudos de delante de su casa.

—     Bésame –le pido a Luís.

—     ¿Ahora?

—     Siempre.

Y debajo de un fuerte árbol, sus labios me exploran y me hacen arder mientras el tiempo se detiene esperando el brote de emociones que resurgen a través del beso con un punto de magia. Una bocanada de mariposas me recorre el estómago. Suspiro embelesada al separarme de Luís y le digo:

—Nunca te separes de ese beso.

Él me mira extasiado, coge mis manos, juntos cruzamos la calle y llamamos al timbre de la casa de Toni.

Continuará…

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