La sal de las heridas 51

El desorden reina en el apartamento de Paquito. Numerosas latas de cerveza invaden el suelo, ropa sucia y arrugada se esparce por mi vista. El caos domina el comedor y el resto del piso. Paquito se sienta en su sofá y nos invita a hacerlo a nosotros con una sonrisa tímida. Luís hace una mueca de rechazo pero al final y, al verme a mí como me acomodo, me imita. Sé que no me lo va a perdonar, que se piensa que estoy loca y me susurra si voy de hermanita de la caridad o qué… Adentrarme en las entrañas del apartamento de Paquito me sirve para recordar cómo era mi vida hasta que logré escapar de la cadena que proporciona el alcohol. Encadenada y con los ojos vendados, aferrada al calor ficticio del beso de una copa. Desinhibición al poder, para dejar de ser yo, para olvidar que no sabía divertirme sin un trago que navegaba por mis venas dirigiéndose al cerebro borrando lo que quedaba de mí. Ay, Paquito, mirándote veo un reflejo de mi misma. Es como mirarme en el espejo del tiempo pasado del que he conseguido escapar. Por suerte.

Mi mirada se dirige a una fotografía que preside el comedor. Una fotografía que creo que ha bailado en los ojos de Paquito repetidas veces. La fotografía de una mujer con dos niños. No me atrevo a preguntar porque presiento que la historia va de distancias inoportunas. Los ojos de Paquito menguan al sorprenderme mirando la fotografía y balbucea algo ininteligible. Algo que no acierto a comprender porque no es necesario que me diga que ya no existe compañía en ese hogar. Paquito se levanta y tintineando va hacia la cocina. Oigo como abre la nevera y el paf de una lata de cerveza al abrirse.
— Nos hemos metido en la boca del lobo, Elisa –me susurra Luís-. Vayámonos ya, por favor –me suplica-.

Pero yo me quedo recordando la mirada de cordero de Paquito. Me dirijo a la cocina, le cojo la lata con un movimiento firme y se la tiro por el fregadero. Paquito se sorprende pero me ha visto tan decidida que no se atreve a rechistar.
— Paquito –le digo-, es el momento de aprender a decir no.

El hombre no responde, se ha quedado pensativo. Le dirijo a su dormitorio.
— Ten –le insisto por segunda vez con una tarjeta del grupo de terapia en mis manos-. Te la dejo en la mesilla de noche. Ven, duerme, Paquito. Mañana será otro día.

Paquito se duerme enseguida y Luís y yo abandonamos su apartamento. Mientras bajamos las escaleras Luís ironiza sobre mi comportamiento:
— Sólo te ha faltado cantarle una nana, Elisa.

Hago oídos sordos a sus palabras en un primer momento porque capto un poco de celos en ellas.
— Luís, a mí me ayudaron, ¿vale? –le digo al fin-. Creo que Paquito también se lo merece.

Luís calla y no dice nada más mientras me lleva al piso de mi prima Susana. Ese silencio es como una copa vacía por donde retumba mi alma. Aunque comprendo el temor que ha tenido Luís y su ligero enfado que ensombrece su expresión, sé que lo volvería a hacer. Durante el trayecto pienso que tan pronto suba a mi dormitorio voy a pintar. Lo necesito. Tender mi mano al pincel que exprese el mutismo, que rompa el silencio, que ayude a personas como Paquito.
— ¿No lo estarás idealizando? –me pregunta Luís al despedirse sin darme un beso-.

— ¬No-le contesto sosteniéndole la mirada-.
— No llamará –dice Luís-.

— Luís, nos vemos mañana –le desvió del tema-. Te llamo.
Luís asiente y soy yo la que me acabo acercando y plantándole un beso en sus labios.

Luís entorna los ojos al sentir el contacto de sus labios sobre los míos.
Ya sola preparo las herramientas que me permitan volcar mis sentimientos en ellas. Quiero que el rojo presida este cuadro, quiero conservarlo y no tirarlo a la basura. Ese rojo tan diferente de la camiseta de Nacho ya olvidada, el taburete de Luz quebrado e irónico, la lucha que he vivido con pasos firmes me tiene que permitir ayudar a otras personas que se encuentran en mi situación pasada. Pongo la radio para envolverme de música mientras pinto. Me dejo llevar, arrastro mis manos por el lienzo, pintando con las dos manos.
— Ambidiestra –oigo a Susana que admira mi pintura detrás de mí-.

No la he oído entrar y me asusto al oírla dando un respingo.

— No te asustes –me dice con una dulce sonrisa-. Tengo que felicitarte, Elisa. Tu cuadro del torbellino marino encantó a todo el mundo.
Me sonrojo inevitablemente.

— Y se vendió… -dice entregándome un cheque-.
Cuando veo la cifra me siento desfallecer. Es mucho más de lo que me hubiese imaginado. Me apoyo en la pared, buscando el aire porque la habitación parece que haya menguado.

— ¿Quién fue? –le pregunto por curiosidad-. ¿La mujer aquella con el vestido en palabra de honor?
Susana no contesta en un primer momento, luego le oigo decir:

— Siéntate, Elisa. Es mejor que te sientes.
Vamos a la cocina. La miro interrogante todo el rato hasta que empieza a soltar las prendas que me desnudan.

— Elisa, tu “amiga” Sandra vino antes de empezar la inauguración. Suplicó que le devolviera el cuadro, me dijo que se había encariñado de él, que significaba mucho para ella. Pero, no se lo vendí. Se fue de allí llorando, completamente rota. Empezó la inauguración, la gente empezó a admirar las obras y a degustar nuestros platos…
— Y alguien de allí se lo quedó, ¿no?

— No, Elisa. Mientras Luís, tú y yo, estábamos brindando por el inicio de nuestros sueños alguien llamo por teléfono ofreciendo una cuantiosa suma de dinero por tu cuadro.
— ¿Cómo? –me tiembla la voz en la pregunta-.

— Sí. El señor Pino ofreció quince mil quinientos euros por el cuadro.
La respiración se me agita porque Susana no tarda en añadir:

— Tu Nacho, Elisa. Él fue quien ha comprado el cuadro.
— Ya no es mi Nacho –logro pronunciar mientras la cabeza me da vueltas-.

— Lo sé, Elisa, pero… ¿no me dirás que no ha tenido un gran gesto?
Continuará…

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