La sal de las heridas 52

Minutos después, en los que los segundos han pasado lentos, con la mirada de Susana escrutándome lentamente, esperando una respuesta que no ha obtenido a su pregunta. El gesto que ha tenido Nacho me hace torcer la boca en una mueca de disgusto. A lo mejor a otra mujer le halagaría, pero a mí su dinero actual no me importa lo más mínimo. Nunca olvidaré cómo empezamos, sus esfuerzos por pagarse los estudios, hincando los codos para conseguir una beca. No lo tuvo fácil, contando el poco dinero que teníamos para regalarme un sueño: poder vivir juntos en un apartamento de alquiler. Escatimando en cosas superfluas y ahorrando moneda a moneda para labrarnos un futuro. Nuestros estudios nunca estuvieron en juego, sabíamos lo importantes que eran. Quiero pensar que Nacho trabajó el tiempo en el que no lo dedicó al estudio. La sombra de Sandra y su tiempo libre se dirige a mí como mariposa a mil por hora, sobrevolándome y dictándome ingenuidades. Pero no estoy para pensar, el gesto de Nacho ha patinado sobre la pista de hielo de mi corazón que ya se había endurecido a fuerza de golpes. Qué narices buscan, porque les cuesta tanto decirme adiós y olvidarse de mí. Cuesta desprenderse una del pasado cuando los demás compran tus sentimientos plasmados en forma de cuadro. No estoy en venta, me digo y, al final, acabo pronunciando esas mismas palabras a Susana.

—     No estoy en venta, Susana. No lo estoy.

Y reafirmo mis palabras con un gesto digno y contundente con una de mis manos.

—     Lo sé –me dice Susana abrazándome-.

Y su abrazo sabe a terciopelo de melocotón. Me dejo rodear por esos brazos familiares que, en ocasiones, tanto he echado de menos.

—     ¿Sabes? –le digo cuando mi interior se ha calmado-. No sé por qué tú y yo nos distanciamos tanto, si siempre hemos querido lo mismo.

—     ¿Y qué es eso mismo que queremos las dos? –me dice Susana con un ápice de duda en sus ojos-.

—     Crear –le respondo con contundencia-. Tú, tus manjares; yo, mis cuadros. Pero siempre alzar la creatividad por encima de todas las cosas.

—     Ya, -me responde una Susana irónica-. Será eso.

—     ¿En qué me equivoco, prima?

—     En la idea principal, no. –me contesta y se aclara la garganta como si me fuera a decir algo trascendental-.

Susana duda, se rasca la nariz, me mira, quizás, algo temblorosa. Y luego, el silencio, vuelve a cubrirlo todo de gris.

—     ¿Qué te pasa Susana? –le pregunto con la siembra de la duda en mis ojos-.

Pero Susana se levanta y no dice nada más. Sus manos acarician su devantal con sus iniciales bordadas de azul celeste, y me hacen pensar que ese devantal es tan viejo como nosotras. Aquel verano en que aprendimos a coser, porque nuestras madres se entestaron en que aprendiésemos algo de provecho.

—No sé por dónde andará el mío. Mis iniciales no me quedaron tan estilosas como las tuyas –le digo por decir algo y romper ese silencio, largo e incómodo, que ha quedado-.

—Eli… Sí, quizás deseé lo mismo que tú por un largo tiempo–me responde al fin de manera delicada-.

La miro confundida. No sé que me está queriendo transmitir, pero ha empezado a hablar, y el pincel de su alma está decorando la mía con palabras que a lo mejor no tengo derecho a escuchar.

—Lo deseé taaaanto, taaaaaanto tiempo. –me dice alargando el tanto como si cantara-. Ya no tuve ojos para nadie más. Desde el primer verano en que lo vi, me robó el corazón y algo más.

—     ¿De quién me hablas Susana? –quiero saber-.

—     De Nacho, Elisa. De él, y nada más que él. Yo también fui una más en su larga lista. Me robó un beso en las fiestas del pueblo. Fue mi primer beso, saboree su lengua larga y tendidamente. Una víctima más en su red, tú aquella noche no saliste, dolores menstruales, me parece recordar.

—     Oh sí, ¡lo recuerdo! –contesto sorprendida-. O sea que…. Mientras a mí me dolían los ovarios a más no poder, tú estabas de fiesta lingual con mi novio, ¿Susana?

Y Susana, sin bajar la mirada, me contesta afirmativamente.

—     Susana, ¿y por qué? –le pregunto retóricamente-.

Pero, lejos de envolverme con otro silencio de los largos, Susana contesta rápidamente.

—     Porque es irresistible, por eso mismo, Elisa. Nunca más he estado con nadie y ha llovido a cántaros desde entonces. Las comparaciones son odiosas y nunca ningún chico me pareció que estuviera a su altura. Mi enamoramiento se ha pasado de la ralla, llevo años de sequía. Hace poco quedé con alguien. Nada, un encuentro fugaz, de esos a los que últimamente recurro. Su lengua me supo a esparto y no es la primera vez que me pasa. Recuerdo los labios de Nacho, recorriendo los míos, debajo de las estrellas de aquella mágica noche. No sé porque te cuento todo esto. Pero fue así, y así me sentí. Su princesa por unos breves instantes. Pero el hechizo se rompió al día siguiente. Me salió rana. Él volvió a reunirse contigo y aquí no ha pasado nada y tan amigos.

—     Sí, amigos… –repito para mí misma-.

—     Y sí, ya sé que ha llegado el momento de olvidar y todo eso. Ya es suficiente, basta de sufrir por un hombre. El olvido tendría que ser más corto que lo otro, ¿no crees?

—     Sí, claro.

—     Pues eso, ahora ya sabes porque en esta casa no hay hombre, ni pareja, ni mascota, ni nada que se le asemeje. Sola, así estoy. Bueno –rectifica en unos instantes- ahora contigo, prima. Pero tu volarás, tienes proyectos con Luís. Os merecéis el uno al otro, aunque os peleéis de vez en cuando.

—     Nacho me ha quitado mi torbellino marino, Susana –le digo-. Lo estará admirando con su Sandra.

—     Que la fuerza del mar se los lleve a los dos –dice una Susana transformada-.

—     Sí, lejos de mí, lejos de ti…

—     Prima, pide algo este año a los Reyes, tienen que venir bien cargados por una vez.

—     Ya pedí doce deseos con las uvas, Susana. No quiero ser abusona. Me quedo con la amistad –le digo tendiéndole la mano-.

Susana me la acaricia con sus manos que son toda suavidad.

—     No llores, tonta –le digo a Susana-. No te voy a recriminar cosas del pasado.

Susana se sacude un par de lágrimas con sus manos que acaba de depositar en su cara.

—     Cuánto le amé en silencio, Elisa. Tanto que me quemé entera.

—     Cuánto le amé en público, Susana. Tanto que me abrasó su traición.

Somos dos hogueras del querer. El cuadro rojo que reposa secándose, inclinado en la pared, es el único testigo de nuestra confesión. Ghato se acerca a nosotras reclamando algo de cena, su pelo mullido me roza los tobillos.

—     ¿Qué quieres cenar, Susana? –me ofrezco-.

—     Poca cosa, nada de hambre tengo. En la nevera hay algo para Ghato, dáselo.

Me acerco a la nevera y encuentro un platito con boquerones. Ghato aparece rápidamente y le pongo el plato que lo huele con ahínco. No tarda en devorar hasta que no quedan ni los restos.

Continuará…

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