La sal de las heridas 55

Enero desemboca en un mes en el que no paro de hacer cosas al lado de Luís, de Susana y por mí misma. Estudio la teórica del carnet de conducir, para sacármela cuando antes, y realizando test con el ordenador de la Autoescuela. Me paso el mes pintando cuadros, animada por Susana. Quiere que vuelva a exponer en el restaurante porque me dice que dejé con ganas de más a los clientes que apreciaron el torbellino marino. Así lo hago. Pinto sin parar en los tiempos libres, abducida por una fuerza que me impulsa a sacar lo mejor de mí misma. Incluso la señora Fernández se impresiona al ver mis cuadros que, por falta de espacio en el piso de Susana, acabo trasladando a la Academia.

—     ¿Eso lo has pintado tu sola? –me pregunta alzando las cejas, gratamente impresionada-.

—     Sí, claro –le respondo-. ¿Con quién más lo tendría que pintar?

La señora se encoje de hombros, pensativa, y guarda silencio por unos instantes, sospesando sus palabras, escogiendo las adecuadas.

—     Elisa, en tus cuadros reflejas partes de tu alma…

—     ¿De eso se trata, no? –la interrumpo-.

—     Sí, pero, es como si reformaras todo lo aprendido. Lo vuelves del revés con cuatro pinceladas, renuevas el espíritu de quien lo mira. O admira, mejor dicho. Sigue así, Elisa, ¿no te has planteado nunca exponer en una galería?

Me sonrojo y, nerviosa, le respondo casi sin pensar lo que estoy haciendo en el restaurante de mi prima Susana.

—     Pero eso es una exposición a ciegas. Los clientes compran sin saber de quién es la obra. Elisa, tú te mereces algo más. Una exposición con tu firma.

Mi firma, mi imprenta, mi mancha, mi sueño. Asiento dudando hacia dónde me llevará esa conversación.

—     Elisa, me han llegado voces de tus alumnos y de sus padres. Están muy contentos de cómo les enseñas. Tus alumnos tienes suerte de tenerte como profesora. ¿Estás contenta de estar aquí?

—     Sí, claro –le respondo sin dudarlo completamente sonrojada-.

—     Pero mereces algo más. Voy a recomendarte a mis contactos. No lo suelo hacer, pero me ha impresionado tu arte. Posiblemente recibas una llamada en pocos días. No desaproveches esa oportunidad, si te parece bien salir del anonimato. La decisión es tuya.

La cabeza me da vueltas, y siento un poco de mareo. Es una emoción que me recorre. Nunca pensé que mis pinturas llegaran más allá de mí misma.

—     Tus pinturas muestran esa diferencia que se busca en cada autor. La imprenta personal del autor. ¿Por qué pintas, Elisa?

No le contesto, guardo silencio. El quid de la cuestión, quedaría mal decirle que lo hago porque sí, porque me va la vida en ello, porque es una forma de expresarme, de sentir. Nunca busqué la fama, pintar es como volar en el paraíso de la sensación, el poder en tu mano que arrastra el pincel hacia una impresión.

—Porque la pintura me ciega –le contesto al final, expresando una frase que me arrepiento nada más vocalizarla por ser demasiado impulsiva-.

—Eso mismo, Elisa, rompiendo fronteras –me sigue la conversación la señora Fernández-. Original hasta la médula. Eres joven, una pequeña promesa en el campo de la pintura. Te queda todavía un largo camino por recorrer, sigue, no te rindas nunca. Vuela, experimenta.

Los ojos de la señora Fernández se han vuelto cansados de golpe, como si ella con sus consejos, retrocediera a su niñez y juventud. Me intriga lo que intuyo y me atrevo a preguntarle.

—     ¿Usted también pintó?

—     Sí, pero en el momento inapropiado –me dice lentamente como única contestación-. Fundé la Academia para formar a jóvenes promesas. Nunca me arrepentí de ello. Sacrifiqué a mis musas por las de mis alumnos, más fuertes, con más voz. Y ahora me encuentro aquí, animando a una joven profesora, a que labre su camino en esa incierta profesión.

—     Gracias.

—     No las merezco. Te lo digo de corazón –y deja la conversación por finalizada con estas palabras-.

Me marcho de allí con el corazón acelerado, embutido en un recipiente más pequeño que me hace retumbar con cada latido. Mi mente vuela mientras me dirijo a la Terapia. Martes. Nos vamos a reunir todos ese día para comentar lo pasado en las Navidades. 15 de enero, mitad de mes. María está esperando en la puerta con Toni. Ni Luís, ni Rebeca todavía han llegado. Jesús aparca el coche con pocos movimientos y pienso que pronto yo también llevaré el mío propio.  La pintura de la fachada verde pastel se cae a trozos, cada día un poquito más y me propongo proponerle a Ana, la psicóloga, arreglarla en primavera. Me ofreceré como voluntaria. Le podríamos dar un toque más personal y en el muro pintar un mural entre todos. Sensaciones de lo más hondo porque nos estamos rehabilitando día a día.

De fondo, un hombre bastante alto, se está acercando con pasos inseguros. Con la mirada fija en el suelo observo sus pies demasiados estrechos. Me acelero en comprobar que Paquito nos está haciendo una tímida visita. Es un primer contacto, el de los valientes, los que reconocen y toman el toro por los cuernos. Le saludo con una sonrisa que se va ensanchando cuando confirmo que me reconoce.

—     Hola Paquito –le saludo-.

—     Hola –me responde con  una voz diferente a la que me tiene acostumbrada-.

Viene sobrio, tocando de pies en el suelo, con la ropa planchada y limpia. Sin exagerar, diría que impecable. Cómo cambian las personas con unos pocos atuendos, pero en el fondo siguen siendo las mismas.

—     Te has decidido a venir –le digo-.

—     Sí, la autodestrucción no conduce a ningún lugar.

Luís llega y observa nuestra conversación desde la distancia. Puedo intuir como suspira, se acaba acercando  y me planta un beso, marcando territorio. Me río entusiasmada. Rebeca llega por la acera de enfrente, cruza la calle mirando a derecha e izquierda.

—La última, como normalmente –comenta al ponerse a mi lado-. Pero llego a tiempo, puntual. Ya podemos subir. Ana nos estará esperando arriba.

Subimos las escaleras hasta el piso donde se imparte la terapia. Somos un grupo que poco a poco va creciendo, pienso. Paquito, mi invitado, se sienta a mi lado. Luís en el otro lado. Ana entra en la habitación y nos saluda a todos. Como sabré después, Paquito llamó al teléfono que le dejé en la mesita, y lo derivaron a nuestro grupo. Hoy le toca presentarse, se levanta y empieza con esas palabras:

—Hola, me llamo Francisco, Paquito para los amigos –puedo entrever como me guiña un ojo mientras pronuncia su diminutivo-. Estoy aquí supongo que por lo que estáis todos vosotros. No controlo. Antes lo hacía, era parco con la bebida y me servía para entablar relaciones con los demás. Mi historia va de una Red, pero no de una cualquiera, de la Red de Redes: Internet. Así fue cómo conocí a Nadia. Resumiendo os diré que nos enamoramos. Ella vivía en Chile, cruzó el charco por mí y se puso a vivir conmigo junto con sus dos hijos, fruto de otra relación. ¡Qué bien nos los pasábamos los cuatro! Pero… la añoranza de su tierra pudo más.

Un día me encontré una nota de despedida en la mesilla de noche. Nadia se fue, despareció y enterró cinco años de relación. Luego me enteré que por Internet se había comunicado con el padre de sus hijos y había decidido volver con él. Me sentí utilizado y me quedé sin nada. Sólo la bebida fue entrando en mi vida sin tan siquiera enterarme. Me hizo perder el trabajo. Era conductor de autobuses y, como comprenderéis, una cosa es incompatible con la otra. Por eso ahora pido limosna en la estación en la que antes trabajaba. Mis compañeros ni me reconocen, o si lo hacen, se apartan. Soy un apestoso borracho. Pido limosna para beber y evadirme del todo este asco….

Su voz finalmente se quiebra. Damos por finalizada su historia y le damos la bienvenida calurosamente. Uno más, otro que se va a esforzar y va luchar contra una adicción que te resta y te anula como persona. Pero la solución se pinta de esperanza esta tarde, con todos los colores que le propongo a Ana para hacer un mural entre todos nosotros. Ana dice que un sí rotundo a mi propuesta.

Continuará…

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