La sal de las heridas 57

Meto más ropa de la que debo en la maleta ya que finales de marzo es traicionero. No sé si hará bastante fresquita o si, por el contrario, podré lucir algún jersey menos grueso. Susana sonríe pícaramente y me dice que poca ropa luciré ya que lo más seguro es que no salga de la habitación. Creo que no se equivoca, por eso me he comprado para la ocasión un par de conjuntos de lencería última tendencia. Compuestos de sendos tangas provocativos que resaltarán mis curvas. Desde que vivo con Susana y me alimento de mejor forma, he ganado algunos kilos que me hacían falta. He dejado atrás los huesos que se me marcaban y, debido al ejercicio que estoy haciendo en el gimnasio de manera moderada, hace que se me repartan por el cuerpo de manera equilibrada. La carne luce tersa y me siento a gusto conmigo misma, porque estoy haciendo lo que quiero, quererme primero a mí misma, cuidarme, dedicarme tiempo, satisfacerme. Estoy recuperando el tiempo perdido, luego ya vendrá el dedicarme a los demás. Pero primero soy yo, porque soy única, intransferible. Para mí no hay vida, sin mí. Mi voz tiene fuerza por sí misma y nadie me va a callar. Mientras meto más ropa en la maleta de lona negra canturreo una canción, porque estoy más que feliz, radiante.

La semana pasada recibí una llamada para exponer en una galería de la capital junto con otras promesas pictóricas del momento. Dije que sí al instante, y en el  acto, se lo agradecí a la señora Fernández por recomendarme. La exposición será este verano y tengo que prepararme para viajes y demás. Sé que estaré bastante ocupada, por eso esta Semana Santa quiero dedicársela plenamente a Luís. Quiero que se sienta especial, como me sugirió María. Tomaré las riendas de la relación, y fulminaré esos celos que siente, porque no tienen razón de existir. Luís ve con miedo que voy muy a la mía, pero en eso consiste mi vida. Necesito sentirme libre para volar aunque sea a su lado, pero alzar el vuelo ahora que me he desatado totalmente del alcohol.

Libre, revoloteo por el nido, sin apartarme demasiado, porque la terapia debo seguirla. Eso es indiscutible. Pequeños pasos está dando Paquito que ya consideramos uno de los nuestros, pero aunque sus pasos sean menores, es la insistencia la que los hace grandes. La fuerza y la constancia por dejarlo. Ahora que ha abandonado la bebida dice tener más tiempo que antes. Lo tiene que llenar de alguna forma. Todos hemos pasado por lo mismo. Por eso, en casa de Toni organizamos diferentes actividades lúdicas para continuar con nuestra rehabilitación. En ese instante, podemos decir que somos alcohólicos rehabilitados, porque se puede salir del hoyo en el que estábamos sumidos. Y seguir hacia adelante, con la cabeza bien alta porque no hemos sido unos viciosos, ni unos débiles, ni unos borrachos apestosos, simplemente hemos estado enfermos y hemos buscado una solución. Y gracias a expertos que nos han ayudado, la hemos encontrado. Podemos alzar la vista y contemplar todo un mundo que nos queda por descubrir. Si la volvemos atrás, no nos avergonzaremos de nosotros sino que estaremos orgullos de haber corregido los errores para avanzar. Seguir hacia adelante siempre, y si alguien se despista en el camino, tenderle la mano con una sonrisa. Somos cómplices, un grupo unido que forma parte de esa sociedad de la que formamos parte todos.

—     Hipócrita –se aventura a decir Jesús hoy en terapia-.

—     Estoy de acuerdo –dice Paquito-.

—     Y yo –se reafirma María-.

—     El otro día porque rechacé una copa en una comida de empresa se rieron en mi cara –dice Jesús tocándose su barriga que ha bajado considerablemente en los últimos meses-. El abstemio, me bautizaron, y ahora llevo ese estigma clavado en mi nombre.

—     Yo les hubiera contestado con sorna –dice Toni-. Abstemio no, ex alcohólico, gilipollas.

—     No creo que estén preparados para eso –respondo yo-.

—     ¿Tú crees? –me pregunta Luís-.

—     A la sociedad le cuesta aceptar la cantidad de alcohólicos que hay ocultos, pero sin duda lo son. Desde la persona  que bebe diariamente su copita de vino en las comidas, porque el vino hace sangre. Hasta él que sólo bebe fuera de casa pero cada vez pasa más tiempo lejos de su casa para completar su adicción que va creciendo.

—     Y ahora la próxima temporada vendrá el verano con sus anuncios de cerveza hasta en la sopa, como si la bebida rubia diera la felicidad –dice Rebeca-. Mis hijos ven los partidos de futbol con su padre y me cuentan como ha empezado a consumir latas de cerveza mientras ve el partido.

—     El padre ejemplar –murmulla Jesús-.

—     Sí –le sigue Rebeca mientras baja la mirada-. Maldita vodka que me hizo perderlos-.

—     Rebe, de aquí unos meses volverán a revisar tu caso. No te rindas, ¿vale? –la anima Toni-.

Rebe no añade nada más, pero se la ve un tanto abstraída, pensando en los suyos, porque sus hijos siempre los lleva tatuados en su pensamiento. Hoy es el último martes de terapia antes de Semana Santa y nos despedimos deseándonos un buen descanso. Toni y María estarán con sus respectivos preparativos para su boda, Jesús pasará unos días con Sara y sus hijos de tranquilidad. El único que me preocupa es Paquito, pues es el más reciente y todavía no lo conozco como a los demás.

—     ¿Qué harás esos días, Paquito? –le pregunto evitando mirar a Luís-.

—     Poner mi apartamento al día. Tiraré todos los recuerdos, ventilaré y que entre la luz –me responde de manera graciosa-.

—     Pensaba que eso ya lo habías hecho –le digo-.

—     No, los recuerdos no. Todavía siguen allí –me contesta-.

Siento su tímido aliento que contiene con gran pesar. Al final continúa con su propia descripción de todo ello-.

—     Los regalos de Nadia, las fotos, necesito renovar y abrir espacio. Aunque haya dejado la bebida, cuando me reencuentro con todo eso me ahoga. No he tenido valor de deshacerme de ellos por si volvía. Ahora sé seguro que no lo va a hacer, ni quiero que lo haga –dice firme-, creo que ha llegado el momento.

—     Muy bien, Paquito –le felicito-.

—     Y luego a la aventura de encontrar trabajo –dice clavando los ojos en la psicóloga-.

—     Sí, a la aventura –digo yo-. Pero quien la sigue, la consigue, ¿no?

—     Estoy limpio. Dejé antes el trabajo de que me pillaran. No tengo ningún expediente abierto por beber –confiesa tranquilo Paquito-.

—     Hiciste bien –dicen María y Ana-.

—     Pues ahora voy a tirar diferentes currículos en empresas, escuelas y demás, ofreciendo transporte. Espero que algo salga, empiezo a estar a dos velas. Me he ido fundiendo los pocos ahorros que tenía.

—     Cuando volvamos de las vacaciones, pintaremos las paredes, Ana –cambio radicalmente de tema al despedirme-.

Todos nos despedimos amigablemente y quedamos en empezar a pintar cuando volvamos a reencontrarnos en abril. Ya en la calle, subo al coche de Luís y me pongo en el asiento del conductor. Luís me mira interrogante, saco de mi bolso la L de conductor novel y le digo contenta:

—     Aprobé esta mañana.

—     ¿Qué me dices? Ni tan siquiera sabía que tenías el examen –me responde sorprendido-.

—     Nadie lo sabía. Lo preferí así. Por si no tenía suerte…

—     Felicidades, Elisa. Eres la mejor –y me besa-.

—     ¿Me dejas conducir?

—     ¿Hasta casa de tu prima Susana?

—     Sí, pero a coger la maleta.  Esta noche quiero dormir en tu apartamento. Mañana nos vamos hacia los Pirineos, a la casita rural. Tendremos que madrugar…

Luís me mira ilusionado y vuelve a besarme.

—     ¿Sabes? –me confiesa-. Es la primera vez que voy a una casita rural con una chica.

—     Siempre hay una primera vez para todo –le digo-.

Su mirada cálida me derrite y sé que ha llegado el momento de decírselo, aunque voy a retrasarlo un poquito más y comunicárselo en plenos Pirineos. Ahora no es el momento idóneo, tomaré las riendas de la relación ahora que ya he tomado las de mi vida.

Continuará…

 

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