La sal de las heridas 59

A la salida, les esperamos preparados con las manos llenas. Los granos de arroz cobran vida en el vestido de novia de María y en el traje oscuro  de Toni, dejando su propio rastro. Un polvillo blanco inunda  parcialmente sus vestimentas. Todos compartimos alegrías y aplausos. Los besos de felicitaciones explotan al acabar. Rozo la mejilla de María templada y resplandeciente de finales de abril. Luego, me aproximo a Toni y le planto dos besos.

Toni y María se suben al coche que está acuradamente decorado para la ocasión. Van a tener una sesión fotográfica en los jardines principales de la ciudad. El resto nos dirigimos hacia el restaurante de mi prima Susana, donde se celebrará el convite.  Tomamos un aperitivo  rosáceo y espumeante servido por un camarero elegante mientras esperamos, sin probar ninguna gota de alcohol.  Los brindis los contenemos para cuando lleguen los novios que no tardan en aparecer, radiantes y en todo su esplendor.  María brilla con luz propia, lleva el cabello recogido con adornos florales, dejando su nuca libre, con unos pequeños mechones graciosos acompañando su cara feliz. Lleva la frente despejada, sin ningún flequillo. El vestido luce por sí mismo, como si fuera la única luz de la sala. Sus padres parecen estar orgullosos de ella. Somos pocos invitados pues así lo han preferido los organizadores, sólo los indispensables para celebrar el día de su vida. Toni sonríe contento a Luís y al resto de los presentes. Es la primera vez que veo como sus ojos, profundamente enamorados,  se separan un momento de María y dedican las mejores de sus sonrisas a todos nosotros.

Nos sentamos y comemos abundantemente todo lo que nos sirven en el plato. Susana se ha esmerado con ahínco para prepararnos los mejores platos de toda la comarca y del mundo entero. Es la primera boda que se celebra en el restaurante y quieren estrenarse a bombo y platillo, y ser motivo de publicidad a través del boca a boca para el evento que así lo merece. Han abierto unas lujosas habitaciones en el piso superior del restaurante que estrenarán, sin ninguna duda, Toni y María. La suite nupcial espera pacientemente ser abierta de la mano de nuestros protagonistas de hoy. Pero ahora estamos de celebración, que corra la fiesta, que se besen, que se besen, coreamos con nuestras voces, que la frescura inunde de amor nuestros corazones, que la felicidad permanezca para siempre en los tiempos que están por llegar.

Noto como la tranquilidad me invade. Estoy tan a gusto con los míos que me quedaría toda una vida. Alzo la copa para brindar, sin peligro alguno, por las palabras que acaba de pronunciar Luís, el padrino de la boda. Ay, felicidad que se extiende por el salón y sube como la espuma burbujeante de la bebida de Susana. Un camarero me rellena la copa. Me toca el turno. Me levanto de la silla con mi vestido violeta que refleja una combinación de azul y rojo en mis venas. Antes de hablar, contemplo los cuadros que decoran las paredes del salón presidencial. Motivos primaverales no faltan pues esta estación es la temática del mes. Las flores, la luz, el crecimiento del día, todo junto me acompaña para expresar lo que me remueve por dentro.

—     Os lo merecéis, –empiezo dirigiéndome a María y a Toni – que la felicidad plena os llene vuestras vidas. Os deseo lo mejor largamente. No soy de muchas palabras, pero una vez creí que un amanecer  –Luís me rodea la cintura – sería un buen comienzo.  No me equivoqué. Que cada día de vuestra vida esté plagado de amaneceres como el de hoy en el que el compromiso, la fidelidad, la unión y el respeto mutuo sean los protagonistas. Que cada despertar, María y Toni, os una más. Ninguna palabra puede expresar la fuerza de un amor en continuo crecimiento. Mis mayores deseos, para siempre.

Suenan notas musicales que acompañan mis últimas palabras. María, emocionada, me dedica una amplia sonrisa. Posteriormente, se rendirá a los encantos de Toni, y empezará el baile con un vals. Poco a poco, todos nos vamos levantando y uniendo a la fiesta. Oigo como Paquito le susurra a Rebeca si quiere acompañarle en el baile. A lo que Rebe, con los rizos recogidos, deja caer sus pestañas en un leve movimiento afirmativo e insinuador. Ambos bailarán largamente durante toda la tarde noche por una pista perfecta para descubrirse sus mundos. Jesús y Sara, redescubriendo una llama que sigue en pie, pasarán a ocupar un primer plano en las primeras fotos del vals. Luís y yo, más discretos, en una esquina del salón, bailaremos al son de una música con tintes de una tímida ilusión.

Media hora después, me lloverá el ramo de María en mis manos. Lo cogeré firmemente y exclamaré para mí misma que este es el ramo de novia definitivo. Ante la mirada de sorpresa de los presentes, guiñaré el ojo izquierdo a Luís y con un pequeño gesto le indicaré que arriba también nos espera una habitación. El deseo de Luís se hace patente en el brillo de sus pupilas. No tardamos en escabullirnos y subir al piso de arriba. Entramos en una habitación especial que no tiene nada que envidiar a la nupcial. Mi prima Susana se ha esmerado en los pequeños detalles. Una pequeña cesta de mimbre con bombones y aceite de masaje nos espera. Dejo el ramo en un jarrón violeta que hay en una mesilla. Luís me contempla enamorado.

—     No sabes cuánto me gustaría poner un pause en ese momento –murmura Luís-. Detenernos para siempre, aquí, juntos.

Sé por qué dice eso. Intento ser fuerte, y hacerle frente al destino aunque consista en precipitarme hacia el vacío. Quiero que Luís me oiga pronunciar esas palabras. Él ahora está entretenido poniendo en marcha el hilo musical de la habitación. Me aclaro la garganta, le miro fijamente de frente, le acaricio la barbilla para que me mire.

—     No pongamos un pause, sigamos hacia adelante, Luís. Mañana, si quieres, hago el traslado y me instalo en tu apartamento definitivamente.

Luís tiembla, profundamente emocionado, y gratamente sorprendido.

No tarda en abrazarme y, entre una colcha de pétalos,  nos sumimos  a la entrega definitiva y completa del placer absoluto de nuestros cuerpos. El ambiente huele a él y a mí misma. Dejamos huella en el cristal de la cómoda, nuestro vaho impregna de manera suficiente su luna. Los espejos del techo son testigos y nos admiran y remiran sin empañarse.

Al día siguiente, una única  lágrima derramada mancha el rostro de Luís.

—     ¿Lo dijiste en serio? –me pregunta-.

—     ¿El qué? –le reto desperezándome-.

—     Lo de vivir juntos.

—     Claro, nunca hablé más en serio.

Y, entre mis susurros, le beso los párpados con ese leve gusto a sal.

 

NOTA: NO TE PIERDAS EL EPÍLOGO PRÓXIMAMENTE.

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