Reflejo de un sueño en el lago

Desentonaba. Quizás le había arrebatado el alma al lago y, ahora, la luna se reflejaba en sí misma. Se miró con atención en el espejo del baño. Un halo plateado denotaba su experiencia como tan bien habían reparado sus pupilas. Sintió un ligero temblor en el labio inferior. Una lágrima se escapó sin más. Se tapó la cara con ambas manos. No quería verse así. Se preguntó cuántas manos de pintura necesitaría para recuperarse. Sollozando, no obtuvo respuesta. No comprendía cómo, de vez en cuando, el pasado irrumpía en su vida alborotándola toda. La terapia de superación personal no servía para nada. Era desgarrador pensar que el recuerdo volvía a dominar su existencia. Paralizada, volvió a clavar su mirada en el espejo. Lo que le devolvió no le gustó. Sí. Era cierto. Ahí estaba. Desentonaba. Se pasó la mano por el pelo tan oscuro que daba miedo para disimularla. Un mechón la cubrió entera. Respiró  hondamente aliviada. Ojos ciegos, corazón que no bombea. Sabía que este estancamiento de paz era temporal. Se preguntó qué vendría después; mientras se lavaba el llanto en su cara y se echaba una crema reparadora. Cómo podría ocultar el paso del tiempo en su piel. A sus treinta y tres años no había conseguido nada de lo que se había propuesto. Se sentía fracasada. Y a la vez, un nerviosismo persistente la recorría de arriba abajo.

Mañana, si todo sucedía con normalidad, volvería a verle después de tantos años. Había visto su nombre y apellidos estampados en la lista de asistentes en el evento de Facebook de su promoción el mes anterior. Marcó con el ratón un quizás asistiré en el acto de acudir a la cena organizada por sus compañeros de su antigua clase. Y desde entonces, no pudo dormir profundamente. Se imaginó más de mil veces cómo sería el reencuentro. No había sabido nada de Juan desde hacía más de una década. En sueños, había proyectado su futuro en común. El que nunca sucedió, el que se desvaneció. No entendía por qué nunca más habían coincidido como si el destino se hubiera encargado pacientemente de esto, tejiendo un concienzudo plan que ahuyentara sus deseos de verse. En un principio, los dedos de Laura se habían quedado inmóviles en los números de teléfono que nunca marcó. Su orgullo le impidió pedirle a Juan el perdón que se merecía. Por haber jugado a tres bandas con su diminuta falda aquella fatídica noche, por haber despertado sus celos, por haber bebido de menos, por haber acabado en otros abrazos que le robaron lo que Juan nunca se atrevió a pedirle. Nunca la timidez había jugado tan en su contra. Sus mejillas ardían cuando Juan le reprochó lo que había visto, lo que había intuido, lo que había imaginado, lo que había sucedido. Y sus castillos de arena se ahogaron aquella misma tarde cubriéndose de lágrimas por un malentendido. Desde aquella misma tarde, Laura aprendió a lamer el silencio, a saborear el vacío, al romperse sus ilusiones. Nunca más se volvieron a ver y la amargura cubrió el cuerpo de Laura al sentirse culpable. Pero en una hipotética balanza, su orgullo siempre pudo más.

Por eso, se había quedado quieta y sola, como el lago al que le había arrebatado el alma en un intento de hurgar en el recuerdo de Juan. La luna fue testigo aquella fatídica noche del deseo y ahora se reflejaba con timidez en su melena. Una cana plateada, oculta ya, desentonaba en la espesura de su cabello. Había sentido deseos de arrancarla, pero se contuvo. Su primera cana brillaba en la oscuridad de la noche. Apagó la luz del baño y se metió entre sábanas.

***

No tardó en apagar la bombilla de su habitación y se sumergió en un sueño frío, nervioso, irreparable,  en donde Juan ya no era Juan sino que apenas era reconocible por ella. El tiempo lo había moldeado a su antojo, sin perdonarlo. Cuántos momentos habían pasado separados. Si la vida les brindaba una nueva oportunidad ¿serían capaces de aceptarla, o se resistirían? Quizás podrían rescatar la chispa que había surgido entre ellos, ahora ya apagada y sumergida en el fondo del lago durante algo más de una década. Hacia dónde había escondido sus sentimientos que en este instante la alborotaban. Quizás Juan, por su propio bien, ya no la recordaba. Su figura se disipaba en la lejanía, a través de los fotogramas del sueño. El beso que se daban ya no sabía a nada, y Laura con la boca entreabierta, frente a la soledad absoluta, acababa lamiendo el silencio que tanto conocía.

Su estómago se cerró ante el desayuno. Miró el reloj y contó impaciente las horas que quedaban para la cena de aquel sábado que posiblemente cambiaría su aburrida vida. Mirándose en el espejo del baño, y frunciendo el ceño al redescubrir de nuevo su cana, decidió ir a la peluquería para disimularla. Llamó para concertar cita, pero su peluquera tenía todo el día ocupado.

—Laura, lo siento, me es imposible darte hora para hoy –se disculpó la peluquera-. Tengo dos bodas.

Laura ahogó un grito de decepción. Llamó a otras peluquerías y maldijo no haberse sabido programar. El tiempo se le tiraba encima en su intento. Vio inviable el teñirse ella misma, pues nunca lo había hecho, y pensó que para desastres mejor dejarlo cómo estaba. Su plan de ponerse guapa estaba cada vez más lejos de producirse, pero Laura no quiso desistir.

Al terminar de ducharse, dudó entre ponerse falda o vestirse con unos tejanos. Al final se decidió por lo último pues no quería pelearse con las medias. Se aplicó un contorno de ojos fresquito para esconder sus ojeras. Sus dedos recorrían su cara para escampar el maquillaje. Escogió la sombra de ojos rosa chicle a conjunto con su camiseta que potenciaba su mirada y perfiló una línea negra en sus párpados para acabar de destacarlos. Los labios los dejó en segundo plano aplicando únicamente brillo. Se secó el cabello e intentó tapar su cana con el resto de pelo. No fue tarea fácil, pues la cana rebelde se había propuesto resurgir en cada movimiento de cabeza.  Al final, lo consiguió y aunque no estuvo contenta al cien por cien de los resultados, los dio por pasables. No iba a una cita a ciegas, simplemente cenaría con unos compañeros de estudios que el azar había agrupado tiempo atrás y las nuevas tecnologías se habían encargado de reunirlos de nuevo.

Salió a la calle, subió a su coche y se dirigió al local que aunque nunca había cenado en él lo conocía pues estaba frente al lago de su ciudad. Llegó más que puntual a la quedada. Desde el aparcamiento, comprobó que había llegado la primera y decidió quedarse en el coche a esperar. Desde la ventana miró el agua estancada y pensó que, como ella, no había emoción en su vida. Los días pasaban uno tras otro, monótonos, quietos, a la espera de un encuentro que quizás aportara un ápice de conmoción, que la hiciera sentir. Podía equivocarse, pero al menos en su existencia siempre sería mejor que no tener sensaciones como si estuviera muerta, que eran como había pasado los últimos años. Tuvo ganas de acercarse al agua y tocarla para producirle algún cambio. Antaño se había bañado en aquel lago con Juan, pero ahora un cartel anunciaba con letras rojizas que estaba prohibido bañarse. Estaba oscureciendo ya, la luna no tardaría en presidir la noche y reflejarse en el agua estancada. Laura vislumbró como algunas figuras tímidas se acercaban al local y salió de su coche pausadamente. Su corazón bombeaba en un intento de abandonar la quietud que normalmente circulaba por sus venas. Mientras andaba hacia el restaurante, tuvo ganas de arrojar una piedra al lago porque empezaba a notar como su tranquilidad se rompía. Laura quería salpicar su vida de colores varios, quería rizar su alma al viento, quería tantas cosas idealizadas hasta tal punto en su imaginación, que si no se producían la caída sería dolorosa. Pero era mejor sentir dolor que no sentir nada.

Se acercó al grupo que se había formado en la entrada. No tardó en reconocer a sus compañeros. Algo más de una década no volvía irreconocibles sus facciones. Su voz sonó ronca al saludarlos, pero la acompañó con una sonrisa. La mirada de Laura buscó la persona de Juan entre las caras masculinas, pero no la encontró. Un ápice de decepción afloró humedeciendo brevemente sus ojos. Esperaría pacientemente perdiéndose en las charlas que empezaban a surgir del grupo. Escuchando a Germán, a Pablo, a Roberto, a Gonzalo, Laura comprobó que el tiempo retrocedía agitadamente para detenerse en el punto donde lo dejaron. Como si los últimos años no importaran y volvieran a ser adolescentes. En un inicio, se buscaban los puntos en común y se descartaban las diferencias. Una voz animada la alardeó:

— ¡Estás estupenda!

Laura se giró para encontrarse con Concha.

—   Tu también –le contestó sonriendo-.

Las esperanzas de Laura de encontrarse con Juan, naufragaron cuando se dispusieron a entrar al restaurante. En cada plato había un nombre que hacía que cada ex alumno se sentara en su sitio. Un vuelco apresurado rasgó el corazón de Laura al comprobar que el nombre que tenía enfrente era Juan. Su sitio vacío le pesó cuando los camareros empezaron a servir los entrantes.

—No vendrá –le susurró Gonzalo al sorprenderla mirar la silla ausente con desolación-. Me acaba de enviar un whatsapp. Su hija tiene fiebre.

Laura notó sus mejillas arder, tragó saliva y pensó que era horrible que Gonzalo le hubiera leído el pensamiento. Miró a su alrededor para comprobar que nadie más se había dado cuenta. Así era. El resto charlaba animadamente de temas intrascendentales engullendo calamares y croquetas. Laura quiso ponerse a la defensiva, disimulando como había hecho siempre sus sentimientos. Pero acto seguido, pensó que era mejor indagar en la vida de Juan a través de Gonzalo que parecía saber más que ella misma.

—   ¿Una hija? ¿Juan tiene una hija?

—   Gemelas –se apresuró a recalcar Gonzalo-.

Un pinchazo agujereó el globo de ilusiones que Laura se había formado.

—   ¡Qué bien! – se le ocurrió decir sin sonar nada convincente-.

Su alma, arrebatada al lago, era más que transparente en ese momento. Imaginó la familia feliz recorriendo un jardín de margaritas de vivos colores. Entornó sus ojos en ese breve momento en el que su imaginación trazaba fotogramas de inacabable felicidad. Al volver de la lejanía de su pensamiento, Laura reparó en que había otra silla vacía justo al lado de Juan. Intentó leer el nombre pero Gonzalo, al que no se le escapaba una, se le adelantó:

—   No, Gema tampoco vendrá, ya sabes… -y se encogió de hombros-.

—   No, no sé nada –dijo Laura con cierto aire de enfado que se arrepintió nada más soltarlo-.

—   Ay, Laurita, veo que no estás al día.

A Laura le disgustó que Gonzalo usara un diminutivo para referirse a ella, pero su curiosidad pudo más. Le interrogó con la mirada. Al no obtener una respuesta rápida, y que Gonzalo dudaba, le espetó:

—   ¡No me digas que Gema también tiene gemelas!

Gonzalo bajó la mirada unos instantes para sostenérsela seguidamente:

—   Pensaba que lo sabías…

—   ¿Saber qué? –preguntó sin estar segura de querer saber la verdad-.

—   Gema y Juan… han tenido dos niñas… preciosas.

El lago en la mente de Laura salpica a los transeúntes,  se forman olas, y se convierte en un océano arrasador.

Y de repente, un hambre voraz sorprende a Laura y le hace engullir una croqueta sin masticarla. Se le traba en la garganta y bebe apuradamente su copa de vino. Gonzalo la mira atónito.

— ¿Qué miras? –le pregunta con sorna mientras se sirve una segunda copa-.

Ya no hay dolor, el vino hará su curso, le nublará los sentidos y olvidará las tonterías que le hicieron venir a la cena.

Gonzalo enmudece y ya no dice nada más. Laura ya no para de comer y beber y se dedica a hablar con Concha, Rita y Mercedes.

Quizás en un momento de la noche, ya en una discoteca, en un lugar de su hombro al descubierto, una mano se deposita más tiempo del que debe. Laura a esas alturas, tarda en reaccionar, se gira finalmente y se asombra al encontrarse con Juan. No sabe si es fruto de su anhelo, totalmente desinhibida y haciendo caso omiso, continúa bailando. No quiere interrumpir ese momento por miedo a que se esfume. La mano de Juan continúa minutos después sobre ella, Laura la siente tanto que le quema. Vuelve a girarse para comprobar que Juan sigue ahí, como si el tiempo hubiese saltado más de una década de metros lisos. Así es. El fulgor de su mirada resplandece más que las luces de la discoteca. Esa mano la acaba estirando fuera del local. Laura le sigue la corriente mientras su piel se eriza por momentos. Ya fuera, con Juan eclipsándole los sentidos, oye un leve susurro temeroso:

—“Si me llamaras, sí, si me llamaras…”

Laura continúa con los versos que se sabe de memoria:

—…lo dejaría todo, todo lo tiraría: los precios, los catálogos, el azul del océano en los mapas, los días y sus noches, los telegramas viejos y un amor.

—Tú, que no eres mi amor –recita Juan clavándole las pupilas-. ¡si me llamaras! Y aún espero tu voz: -le reprocha suavemente- telescopios abajo, desde la estrella, por espejos, por túneles, por los años bisiestos puede venir. No sé por dónde –se encoge de hombros y duda para continuar-Desde el prodigio siempre. Porque…

—…si tú me llamas, -¡si me llamaras, sí, si me llamaras! Será desde un milagro, incógnito, sin verlo… -saborea Laura el final, lamiendo el silencio de la última palabra-.

Poco a poco, el silencio se encuentra con los labios entreabiertos de Juan que la hacen explotar en un beso tan largo que la hace viajar algo más de una década. El recuerdo que le hizo comentar ese poema de Pedro Salinas  en su examen de selectividad con rabia, y resentimiento, por sentir el vacío de su ausencia. Juan ya no estaba con ella, habían roto, y eso era lo único que le importaba.

—Voy a arriesgar para recuperarte-interrumpe sus pensamientos Juan con una proposición que le hace perder la cabeza-. ¿Quieres venir a mi casa?

Laura no ha olvidado lo que le ha explicado Gonzalo en la cena aunque lo siente distante debido a la embriaguez del instante. Simplemente sonríe mientras asiente. No es momento para negarse una nueva oportunidad en su vida. La chispa resurge del fondo del lago encendida por una luna llena.

Laura y Juan recuperan el tiempo que no habían podido consumar, perdidos entre sábanas. Los relojes cambian el sentido de sus agujas, y hacia atrás, despojan a los protagonistas de su ropa para amarse. Sin responsabilidades, arrancando lo que hubiese podido ser y no fue. Recuperar el tiempo perdido, nunca fue tarea fácil para Laura, que a la mañana siguiente, se pregunta si el sueño la ha arropado más de lo que debiera. Juan se levanta confiado y canturreando una canción mientras juguetea con su cabello. Laura con los ojos cerrados se deja acariciar bajando la guardia.

—   Desentona –oye a Juan-.

Vaya, la cana tan inoportuna  ha aparecido rompiendo el instante, se queja mentalmente Laura, apartando la mano de Juan de su cabello.

—   ¿Qué te ocurre? –pregunta Juan asombrado-.

—   ¿La has visto, no? –pregunta Laura con algo de miedo en su voz-.

—   ¿El qué?

—   La cana –le acaba confesando-.

—   Vaya, ni que fueras un bicho raro –sonríe Juan-. Yo también tengo.

—   No te las he visto.

—   Porque me las tiño. ¿Tú, no?

—   ¿Yo? Si es la primera que me sale… Y estoy a punto de llorar porque me he dado cuento que el tiempo no perdona y se precipita a llevarme hacia el final.

—   Qué trágica, Laurita. Pensaba que era la luna que se reflejaba en ti misma con un punto de magia.

—   ¿Quién eres, Juan? –le pregunta Laura asustada-.

—   Dímelo tú, Laura, ¿quién soy para ti?

Una bocanada de suspiros salen de la boca de Laura. Estoy soñando, se dice firmemente. Decididamente la vida se desliza hacia lo incierto.

—   Un buen recuerdo –puntualiza al final-. Juan, eres un buen recuerdo.

—   ¿Y vas a vivir toda una vida a partir de un pasado?

—   Quizás… -susurra Laura entre lágrimas-.

—   No llores, pregúntate qué pasaría si se borrara ese recuerdo de ti. ¿Quién serías?

—   Nadie.

—   No me lo creo, Laura. Dime, ¿quién serías?

—   Yo.

—   ¿Yo soy la que te impide ser tú?

—   Sí… -dice Laura entrecortándose la voz-.

—   Laura nunca fue mi intención restarte. Siempre quise sumar experiencias contigo, disfrutarte, amarte. En libertad, sin ataduras, ¿comprendes? –le explica Juan rodeándola con sus brazos-.

—   ¿Dónde estamos Juan?

—   ¿Ahora mismo? Subidos en un viaje astral, sumidos en la cuarta dimensión.

—   No tiene lógica…

—   No la busques… Déjate llevar, Laura.

Y así, Laura descubrió lo que era lamer un recuerdo, una fotografía manchada por el carmín brillante de sus labios. Sus experiencias le hicieron traspasar la fina línea que hay entre lo irreal y lo real. ¿A qué sabe un recuerdo? Laura experimentó infinidad de gustos que le hicieron estremecerse hasta la saciedad. Juan tenía cuerda para rato, y ella, en su fuero interno, lo sabía.

***

A la mañana siguiente, se despertó por fin en su cuarto.  Laura pudo ir  a la cena y comprobó que el tiempo había pasado para todos. Cuando vio a Juan su corazón no saltó, ni se estremeció. Se había quedado encogido y en constante parálisis. Buscó un ápice de complicidad en sus ojos que le confesaran que él también había formado parte de aquel viaje astral. Sus ojos chocaron con una barrera al no comunicarle lo que ella quería encontrar. Quizás un punto de júbilo que le hicieran pensar que había merecido la pena. El recuerdo de Juan la distorsionaba creando ondas concéntricas en el interior de su alma.

—   ¿Quieres agua? –le preguntó para romper el hielo-.

A lo que Juan, asintió bastante serio. Se la sirvió bien fresquita y mientras Juan bebía a pequeños sorbos, ella sintió como se tragaba porciones de su alma. Juan no adivinó que aquella agua provenía del lago que los había visto crecer, a la que le había arrebatado el alma Laura, en donde la luna se reflejaba aquella noche de San Juan.

—   Felicidades –musitó Laura a medianoche-.

—   Gracias, luna –le dijo Juan a Laura guiñándole un ojo-.

Y Laura supo ciertamente, que cuando se durmieran cada uno en su hogar, sus almas se reencontrarían.

 

reflejosuenolago

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