De aire y tierra, una historia de amor consentida

Sabía lo que era impresionar con sus manos de aire, con una manicura cuidada, y unos dedos tan largos, que podían deslizarse sigilosamente por cualquier  parte de un cuerpo, de manera consentida.  Acariciar el alma de los presentes era su propósito, fundirse a través del oído, y hacer brotar sin disimulo una leve parte emocionada  de color rosácea en sus mejillas. El público le observaba extasiado. Una muchacha entró a su área de visión. Él no se despistó, ni perdió el ritmo. Continuó tocando, con las mejillas encendidas. No sabrían si ese rubor era fruto de la concentración, o simplemente formaba parte de aquella melodía que le arrastraba a cansar sus manos, mientras tocaba aquel piano de cola en mitad del salón. O se debía, quizás, a aquella muchacha misteriosa que había irrumpido en mitad del salón. Una mujer corrigió su trayectoria, y se llevó a la muchacha despistada por el mismo lugar que había entrado.

Hoy el pianista traspasó fronteras, y llegó a un lugar recóndito del ingenio de los espectadores. Después de aquella interpretación, la imaginación de los expectantes brotó jugosa e imparable. Escuchar aquello les había transformado, quitado el aburrimiento de un plumazo, y alterado quizás su conocida monotonía. Llovieron aplausos copiosos cuando la música llegó a su fin.

Esta vez, la muchacha despistada, volvió a escena de una mano femenina que la guiaba. De refilón, el músico la miraba con un punto de júbilo en sus ojos, mientras ella ponía la mesa donde después todos comerían. La chica no comprendía por qué tanto alboroto había a su alrededor. Tanta gente, tanta expectación, tanta vibración. Por qué el público movía los labios elevando sus voces hacia algún lugar donde  ella no podía participar. Se sentía agotada y nerviosa. Su mandil era del azul del cielo en días grises. Llevaba el pelo recogido y se sentía empequeñecer en aquel salón tan grande. Venía de un pueblo perdido de montaña. La chica se quedó absorta un breve momento, como atrapando sus propios pensamientos, y cuando volvió a tener los pies en el suelo, vio como el músico la miraba. A través de la distancia que les separaba, la muchacha le perforó con la mirada mientras dibujaba una amable sonrisa. Antes de irse ajetreada, le obsequió con un baile de pestañas al entornar sus ojos líquidos. El músico hubiese caído allí mismo rendido a sus pies, si no fuera porque le acercaron una silla y le hicieron sentar en la mesa, donde comieron abundantemente durante varios días. La sangre bajó al estómago, y al tener una digestión muy pesada, olvidó a la muchacha por un tiempo.

Días después,  la muchacha le regalaría una caricia perdida con sus manos de tierra al ofrecerle una fruta para comer. El hombre mordió la fruta apresándola con sus labios. Era tan sólo una manzana de tantas en aquel frutero multicolor. Pero mientras la saboreaba, le pareció la más especial por provenir  de la chica nueva que había entrado a servir aquel mes. Un leve roce con sus dedos redondeados, regordetes, y cortos, de campesina, al servir la mesa bastó para sentirse enamorado. Se sintió enamorado hasta la médula en escasos minutos. Tan enamorado estaba, valga la redundancia repetitiva, que se comió hasta el corazón de la manzana. Se atragantó y empezó a toser bruscamente. La muchacha, que se encontraba de espaldas, hizo caso omiso a su socorro y éste pasó por varios estados de color hasta que, rojo como la grana, y con los ojos desbordándose de llorosos, y desencajándose de las órbitas, alertaron al maître que entró precipitadamente en la sala. Menos mal que fue así, porque si hubiese tardado un poco más aquel hombre decidido,  lamentaríamos una gran pérdida en el panorama musical de la región. El maître, con su experiencia y destreza, hizo escupir el corazón de la manzana al músico. Luego, tocándole la espalda a la muchacha y con gestos, hizo que la chica le acercara un vaso de agua cristalina al artista, que casi se había ahogado, que bebió sin desperdiciar ni una gota.

El músico no sabía a qué se debía tanta gesticulación con la muchacha de sus sueños. No tardó en averiguarlo. La chica era sorda de nacimiento. Al saberlo, cayó en un estado de desolación absoluta pues no podría cautivar su corazón, ni acariciarla,  ni hipnotizarla con su música. Además pertenecía a otro estatus social, tan opuesto al suyo, que supuso que por eso precisamente  la muchacha le gustaba. Era la muchacha con la sonrisa más abierta de toda la comarca. Tan abierta era, que mostraba todos los dientes y muelas con su risa. No tenía ni una sola caries, aunque su dentadura estaba algo torcida. Su risa le sonaba maravillosa,  a algo angelical, pues era la forma más directa en que ella se comunicaba con él. Cuando no la veía, buscaba ese sonido hasta debajo de las piedras, pues fue al final, el único que le inspiraba. Y cuando volvía a oírlo, normalmente era a la hora de la comida, cuando la chica servía su mesa y le obsequiaba con otras de sus risas. Luego se concentraba en la tarea de servir, para no volcar ni una sola gota de consomé en el plato del huésped. No quería que la despidieran del hotel por un despiste. El músico, en el breve momento, que ella tardaba en servirle, aspiraba para retener su aroma en la memoria. La muchacha olía mínimamente al sudor de las axilas en días duros de trabajo.  Ese olor característico era el que se mezclaba con otro más a nivel personal, su propio perfume corporal. La chica no olía a flores, pero sí a hierba recién cortada, a él le parecía que llevaba un ramillete de alguna flor insípida de la que sólo olía su tallo. Entonces, cuando la chica se daba la vuelta, se fijaba en su pelo recogido, y reconocía una flor púrpura en su cabello castaño. Eran las flores que crecían en la orilla del lago que había por los alrededores de aquel hotel. Supuso que la muchacha rondaba por allí en los días claros de aquella primavera que crecía rítmicamente hacia un verano imparable. El olor de las axilas de todos los presentes crecería en los días que vendrían, inundando de pesadez el ambiente del comedor.

El músico no sabía por qué la muchacha siempre llevaba las orejas despejadas, de soplillo, si por ellas no podían oír ni una simple nota musical, ni tan siquiera una palabra, una sílaba, un fonema de su voz enamorada. De ellas pendían unos pendientes alargados y acabados en un círculo brillante. Parecían dos cerezas, grandes y picadas por algún pájaro hambriento. Aquella baratija, a la que le faltaba algunos brillantes, la había ganado la chica en la feria de la ciudad en su día libre. Tuvo suerte y la ruleta apuntó al color que ella había apostado, el amarillo. Y todo se volvió de amarillo y brillante en su vida a partir de entonces por traerle suerte, como aquel sol que le hacía sudar más de la cuenta en aquellos días de abril. Le sudaban las manos, le sudaban los pies, le sudaban las axilas, le sudaba la piel en general, delante de aquel pianista larguirucho que la desnudaba con la mirada. Se sentía nerviosa, por eso sudaba. Sintió como sus manos de tierra, se convertían de agua en presencia de él.

El músico, en cambió,  sintió como sus manos de aire, se convertían de fuego, al intentar seguir a aquella muchacha por el camino que conducía al lago. La seguía sin importarle hacer ruido con sus pasos pues la chica no podría escucharle. Eso sí, fue precavido por si ella volvía la vista hacia atrás, y se camufló con el paisaje con un uniforme verde como si se tratase de un camaleón.

La muchacha empezó a quitarse el vestido turbio que llevaba para bañarlo en el lago. Quería quitar una mancha imaginaria, y de paso refrescarse ella misma con el agua. Estuvo metida en el agua hasta que empezó a arrugársele la piel. Observaba el cielo tan plácido, haciéndose la muerta. Tanto rato estuvo flotando, que al fin, el pianista se le acabó acercando con temor.

La muchacha sólo vio una mancha verde oscura que se le acercaba. Pensó que era un animal el que venía a por ella. Continuó igualmente asustada, al comprobar que era un militar. Pegó un brinco, con pavor, y acabó tragando bastante agua. Ahora sí que estaría muerta si no fuera por él músico, vestido de un camaleónico militar, que le hizo un boca a boca que la resurgió de la inconsciencia en la que estaba sumida.

Fue saborear sus labios, cumplir el sueño que más de un día había implorado a sus espíritus. Su aliento dulce contrastaba con el aliento cerrado, y cargado del músico, que encontró libertad para besarla. Y la besó a años luz del consentimiento, por la sorpresa, por la espalda, pero la muchacha, al retomar conciencia, y sentir como aquellos labios la besaban a ella, que nunca antes había besado, sintió la música en sus entrañas. Un cosquilleo mágico que alborotó cada célula de su cuerpo, recorriéndola como una descarga eléctrica. Y aunque nunca antes había oído, le pareció oír la voz de su corazón que gritaba que ella también estaba enamorada de aquel músico larguirucho que siempre la miraba. Porque de sentimientos no es libre el corazón, pues no los controla. Y ya basta de palabrería, dejemos que las cuatro manos de los dos muchachos con los cuatro elementos allí presentes, aire, tierra, agua y fuego, se acaricien en la orilla del lago. Estad tranquilos, una hilera de flores púrpura, inocentes e inexpertas, les guían.

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