Los temblores del cristal

Imagen Creative Commons por Alberto Racatumba en FlickR

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“Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado”. Franz Kafka en Primer Cuaderno

La habitación de aquel hombre soñador era tan frágil, como una caja repleta de cristal. Su mundo interior era un espacio enorme, pero se podía contaminar al estar pegado junto a habitaciones de otros hombres. En mitad de la noche, con la luna iluminando su silueta, hacía ejercicio. Descansaba poco, comía menos. Sabía que si se mirara en un espejo, su figura marcaría todos sus huesos.  Aquel era el momento de sentirse libre, y en medio del silencio, le parecía oír como sus propios miedos se callaban. Eran unos breves minutos, los que tardaba en imaginar cómo escapaba de allí, donde la tortura mental que sufría, parecía disiparse a través de sus pasos rápidos. Corría dando vueltas por aquel recinto, sin ir a ninguna parte, despejando su mente, mientras los demás presos dormían.

Sabía que allí no encontraría sentido a su existencia. Echaba de menos su hogar, a Catalina, y a su niña de ojos vivos. Tal vez ellas habían conseguido refugiarse, y estarían en un lugar seguro. En un descuido, le habían atrapado los que le vigilaban de cerca. No pudo despedirse de nadie. No le estaba permitido enviar cartas, y si pudiera hacerlo, tampoco sabría dónde enviarlas. Si mirando al cielo pudiese escribir sus pensamientos,  se los enviaría a su mujer bajo las negras estrellas, que se habían apagado por aquel aislamiento que había sufrido en los primeros días. Lo único que le consolaba era que, si las dos estaban bien, compartían el mismo cielo, la misma capa azul cubriendo sus cuerpos. Catalina, la niña, y él, se encontraban en el mismo lugar, aquel mundo caótico y sin sentido, aunque separados por numerosos quilómetros de carretera.

En aquel mundo era peligroso tener ideas, y si además eran de carácter político, y las escribías, tenías la libertad contada. Mientras el hombre corría cada vez más rápido, sonaba música a su alrededor, que ensanchaba su habitación interior. Desde su cabeza podía escucharla si acercaba el oído, y por un momento, pensaba que Catalina estaba tocando el violín en el salón de su hogar. Cómo le gustaba que ensayase, a través de aquellas notas, podía comunicarle sus sentimientos. Era capaz de hacerlo, tan solo hacía falta escucharla con el corazón. Pero el concierto nunca llegó. Se truncaron sus deseos. Se llevaron a su marido en una furgoneta y la melodía quedó partida, sin poder dirigirla a ningún receptor que la animase a continuar. Catalina se quedó esperando entre el silencio interrumpido por los lloros de su hija que buscaba un poco de consuelo, al ver que su padre ya no estaba entre ellas. Esperó que su marido volviera, hasta que se le acabó la paciencia. Cada día miraba a través del cristal, con la cortina pasada a medias. A veces les parecía escuchar el ruido de un motor, y con esperanza, esperaba que su esposo entrara por la puerta principal. Pero, tan solo era un reflejo de su deseo, un temblor de su espejo mal colgado por las prisas.

Catalina tenía miedo a que la vieran desesperarse. Por eso, se escondía a través de la cortina. Además no se fiaba de nadie. Repasaba mentalmente su círculo de amistades escasas, pensando en un delator que había acusado a su marido a cambio de algo. Solo salía a la calle cuando las sombras eran largas, cuando el anochecer era profundo. No se encontraba con nadie, aunque si las paredes de las casas pudiesen hablar, dirían que la paz de la noche las arrullaba. Catalina caminaba con la niña dormida cogida entre sus brazos. Miraba el cielo, a veces plagado de estrellas, e intuía que su marido también podría verlas desde algún punto lejano. Les tocaba el aire de mayo en sus caras y, en ocasiones, se esperaba a que el alba despuntase, y les tocara el primer rayo de sol. Después de eso, volvía a esconderse, y ya no salía en todo el día.

El hombre, cansado ya y resollando, se sentía incapaz de romper aquella jaula de cristal. Temblaba su voz cuando le interrogaban en aquel espacio diminuto donde esperaban una confesión que nunca llegó. En la celda compartida no había lugar para su mundo interior, tan amplio, generoso y confortable era, que invadía otros mundos, mezclándose con el espacio de otros presos. Y así quedaba aquella cárcel perdida en un monte solitario, contaminada por las creencias de varios hombres, creando paso a paso habitaciones diferentes, cada cual más ideosa, cambiándose entre sí, pero siempre contaminándose desde el respeto.  Lo que no se le ocurría a uno, a otro posiblemente sí, y entre ellos, colaboraban en ensanchar sus propios mundos.

Cada uno tenía su propia historia que volaba más allá del cristal. Cuando la confianza nació entre ellos, les cambiaron de compañeros. El hombre conoció a numerosos presos en los meses que estuvo allí. Oyó la melodía de sus propios mundos, que era tan fuerte, persistente, y estridente, que logró quebrar aquel muro de cristal que les mantenía carentes de libertad. Y por una pequeña rendija, se escaparon, sin tener que hacer motín alguno. El hombre corrió apresuradamente por el monte descendiéndolo lo más rápido que pudo. Detrás de él corrían también otros presos bajo el cielo iluminado por la osa mayor.

El hombre, después de correr durante varios días, llegó a su aldea. Su hogar estaba vacío, y el violín reposaba en el salón con varias capas de polvo. Una nota con la caligrafía de su mujer en la mesa del comedor, le alertó: “Por si vuelves, estoy en el camino que conduce al sol”. Sabía que aquellas palabras iban dirigidas a él. Emocionado, y después de beber varios tragos de agua para reconfortarse, salió de la casa. Eligió un camino secundario para poder ver el amanecer más cálido. Al final, estaba Catalina de espaldas con su hija en brazos. Subió la temperatura al verlas, en aquel mes de octubre fresco. Entre las sombras, Catalina vio una que se le acercaba, más larga que las demás, seguidas por el ruido de unos pasos levantando la tierra del camino. No se asustó, pues el temblor de su corazón por la emoción del momento, era comparable con la música de los astros del firmamento. Le temblaron los brazos al ver su marido. La niña se despertó y le regaló la mejor de sus miradas, a través de sus ojos vivarachos.

 Antes de besarse, esperaron impacientemente con los ojos fijos en el cielo a que el sol saliese. Cuando les acarició con el primer rayo de sol, los dos se besaron sin parar, pues no estaban soñando. Bajo el mismo cielo, mientras sus labios se buscaban, supieron que sus miedos se habían terminado para siempre.

Desde aquel día, Catalina volvió emitir su música con su violín que sobresalía a través de todas las ventanas de su hogar. La guerra había terminado, y esperaba que aquella pesadilla no se volviera a repetir, por el bien de su niña que crecía a un ritmo desenfrenado. Más rápido de lo que a ella le hubiese gustado. Pero, así era la vida, que pasaba rápida a su alrededor. Ambas tenían su habitación repleta de sueños por alcanzar y compartir, una vez los hubiesen logrado.

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