El peso de una madre

Imagen Creative Commons de Jonathan aguilar garrido en flickR

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Estaba con mis ojos desolados mirando el solar. Un cartel nuevo de “Se vende”, recién puesto,  era lo que más destacaba de aquel lugar. Me sentí un estúpido al haber creído la mentira de aquel constructor. El edificio por el que había apostado mis sueños e hipotecado mi futuro, no se construiría. Me había quedado sin dinero y había sido víctima de una estafa inmobiliaria. Mis nudillos estaban tensos e intenté relajarlos cuando le di la mano a Gema, mi novia. Ella también miraba aquel solar con la mirada llorosa. Al sentir el contacto de mi mano húmeda, se apretó contra mi gabardina y nos fundimos en un abrazo.

Hacía frío, pero no lo sentíamos. Yo estaba triste, pero la ira iba creciendo en mi interior, ganando terreno.  Hubo un momento en que mis cejas y mi frente se tensaron tanto que creí que se iban a desgarrar. Tuve miedo de derrumbarme y no conseguir levantarme nunca más. Gema logró pronunciar las palabras tan temidas, las que yo no me había atrevido a decirle:

— Tendremos que posponer la boda.

— Sí… -dije con la voz ronca-. No queda otro remedio.

No veía otra salida. Continuaremos siendo novios, me dije. Al menos ella sigue conmigo. Las cosas podrían ser peor. Me di ánimos de esta manera.

 

Miré el cielo. La tarde avanzaba rápida hacia el anochecer. Nos despedimos con un beso en su portal. Ella subió a cenar con sus padres. Yo me fui a casa con mi madre y a comunicarle la mala noticia. No lo sería tanto para ella, supuse. Desde que le había comunicado mis intenciones con Gema, mi madre se había refugiado más que nunca en sus ansiolíticos. Intentaba retenerme a su manera pues le daba miedo quedarse sola. Me educó para que fuera una persona dependiente, y nunca alzara el vuelo. No me enseñó nada del hogar, pero aprendí por mi cuenta a valerme por mi mismo.

***

Sabía cocinar, limpiar, y otros quehaceres domésticos útiles para el día a día. Me los había enseñado mi tía Felisa, hermana de mi madre, en unas vacaciones que pasé en el pueblo donde vivía. La mujer me advirtió que allí todo se compartía. Junto con mis primos, colaboré en hacer más agradable mi estancia. Me lo pasé tan bien, que al final no quería volver. Mi madre había pasado unos días en un balneario para recuperarse de una dolencia del alma. Su tristeza no tenía cura, nos dijo un médico.  En lugar de buscar una segunda opinión, nos creímos el desolador diagnóstico.

 

Subí a casa con el alma a los pies. Mi madre me tenía preparado un plato de sopa caliente en la mesa. Se lo agradecí, pues había empezado a tener frío. La estufa de butano estaba encendida en el comedor y mi madre estaba viendo la televisión. Me miró preocupada al ver mi cara.

 

— ¿Qué te pasa, hijo? ¿Has discutido con Gema? –esperó mi respuesta con las manos entrelazadas, y con esperanza de que así fuera-.

 

La hice sufrir, pues tardé en contestar. Engullí varias cucharadas de sopa ante su mirada fija.

— No –dije al fin-.

 

Mi madre me interrogaba con la mirada porque mi respuesta monosilábica no le gustó. Quería saber más, pero tenía que ordenar mis ideas para explicarlas. Temía que una vez se las contase a alguien, ya no habría marcha atrás.

Me acabé la sopa,  porque me calentó el cuerpo, pero rechacé el segundo plato. No tenía hambre.

— Guárdalo para mañana. Vendré a comer –le dije-.

Una sonrisa iluminó su rostro. A mi madre le gustaba comer conmigo. A solas. Sabía que si no iba al mediodía, ella no comía. Lo había averiguado desde hacía tiempo. Por eso, procuraba desplazarme en el coche, y volver otra vez, una vez comido,  a la oficina donde trabajaba.

 

Me quedé un rato a ver la televisión con ella. Las noticias me distrajeron un rato de mis pensamientos. Mi madre, de cuando en cuando, comentaba algo. Yo asentía, absorto al telediario. Cuando terminó una película de suspense, me fui a dormir. Mi madre estaba medio adormilada en la butaca. Al levantarme del sofá, se despertó.

 

—Hasta mañana –murmuró-.

 

Como venía siendo costumbre, me dio un beso de buenas noches. Entré en mi cuarto sabiendo de antemano que me costaría dormir. En la oscuridad, fui dándole vueltas a lo acontecido en los últimos meses. Maldito día el que nos decidimos por comprar sobre plano. Veía la cara de aquella chica que nos entusiasmó.  Era la hija de Eduardo, el constructor. Quedó varios días con Gema, para ultimar los detalles. Nunca había visto tan feliz a mi novia. Me contagió su felicidad por aquel paso importante que íbamos a dar, y ambos, soñamos con aquel piso que pronto se construiría.

 

Nos concedieron un crédito y adelantamos el dinero mediante una hipoteca. Cuando firmamos sentí una gran responsabilidad en el cuerpo. A Gema le pasaba lo mismo. La miré y noté como se había puesto seria de repente. Aquella noche nos besamos de más en el portal. Aquel fin de semana, le regalé un anillo de compromiso. Era lo que me faltaba por hacer. Brindamos a la luz de las velas de un restaurante que había reservado para la ocasión.

 

Me entró sed y me incorporé para coger el vaso de agua que se encontraba en la mesilla de noche. Mi madre nunca se olvidaba de preparármelo. Tendría que hablar con un abogado. Gema y yo no éramos los únicos afectados, pues había varias familias que habían caído en las redes de Eduardo.

***

Al día siguiente, sin pegar ojo, me dirigí a presentar una denuncia. Denuncié a  la inmobiliaria Grupo Domo S.L. por estafa. Después me enteré que Eduardo había huido al extranjero con el dinero de todos. Mi idea de encontrarlo algún día se diluyó, mientras sorbía aquel café en la cafetería con el abogado, que había contratado para llevarnos el caso. La cara de Gema era la más afectada de todos, pues aunque todos lo estábamos, ella era la que más la mostraba sin ningún pudor. Tenía los ojos hinchados de haber llorado e iba con ausencia de maquillaje.

 

Según me confesó, cuando nos quedamos solos, se sentía traicionada por la hija de Eduardo. Las dos eran amigas desde la infancia y ese hecho era la que la había hecho decidirse por aquel piso. Confió en ella, porque se habían reencontrado y recordado entre las dos, lo bien que lo pasaban juntas entre juegos y pupitres.

 

— Le expliqué mis intenciones de casarme contigo -me dijo mientras paseábamos por un parque-.

 

Asentí lleno de dolor. Quise darle un beso, pero ella apartó la cara y continuó hablando:

 

— Me dijo que esperaba que mis deseos se cumplieran, y tonta de mi, no la comprendí. Claro, no se van a cumplir, ¿verdad?

 

Me perforó con su mirada penetrante desde unos ojos líquidos de color verde, que cambiaron de tonalidad, oscureciéndose.

 

— Ya encontraremos otra solución -le dije apretándole la mano con un gesto de cariño-.

—¿Cuál? -preguntó con la voz entrecortada-. ¿Se te ocurre alguna?

 

No quise negar sus sueños, pero en aquel mismo momento apareció la cara de mi madre en mi mente. Tendría que hablar con ella antes, pero irnos a vivir con ella, me pareció una buena idea. Vi la luz al final del túnel.

 

— Ya se me ocurrirá algo -le dije, sellando mis palabras con un beso.

 

***

 

Mi madre estuvo encantada de mi proposición. Sabía que le había hecho ilusión que dependiera de ella, un poco más. Ahora era el momento de decírselo a Gema. Quedé con ella en la tarde de aquel domingo de febrero. No sabía cómo empezar, pero al fin quise entusiasmarla con las siguientes palabras:

 

— Cariño, no será necesario retrasar la boda -le expliqué-.

Como ella no decía nada, su silencio me confundió.

— Podemos seguir todo como lo teníamos planeado -continué-.

Gema me miraba sin comprender.

— ¿Ha vuelto Eduardo? ¿Nos devuelven el dinero?

Negué con la cabeza pesadamente.

— ¿Pues? ¿Qué ha cambiado?

— Mi madre nos ofrece su casa. Podemos vivir con ella hasta que todo se arregle -le dije-.

Ahora era ella quién negaba con su cabeza.

—No… -dijo al fin-.

—¿No? -le pregunté-. ¿Ni tan siquiera quieres pensártelo?

—¿Crees que empezaríamos con buen pie? Ya sé que ella es tu madre… pero… una pareja necesita intimidad.

—Gema, es lo único que se me ha ocurrido. Mi madre ha dicho que sí. Nos deja vivir en su casa.

—Se va a entrometer en todo, y lo sabes -me dijo al fin y sus ojos se ensombrecieron-.

No pude replicarle pues yo también sabía que mi madre no era persona fácil.

—Si me quieres, no me obligues a vivir contigo bajo estas condiciones.

Su condición me desconcertó.

—¿Y qué quieres? Si ni tan solo, hemos….

— Ya estamos otra vez. Te dije que me reservaba para alguien especial.

— Y he respetado tu decisión hasta el momento.

— ¿Crees que con tu madre bajo el mismo techo voy a poder lanzarme?

—Gema, estamos arruinados y con el futuro hipotecado. Tan solo quería estar contigo -le aparté un mechón de su cabello-.

—Sí, ya lo sé. Yo también quiero…. pero….

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tu y yo?

Negó sin atreverse a mirarme.

—En que dudas, Gema. En que yo he tenido claro desde el principio en que quería estar contigo. Tú, en cambio….

—Yo, en cambio, he sopesado. Y el peso de tu madre es….

—Una razón de peso para decirme que no.

Asintió entre lágrimas.

 

Me alejé con un peso en el corazón. No hacía falta pronunciar las palabras de que habíamos roto. Eran demasiado dolorosas. Al menos para mí.

 

***

Llegué a casa. Mi madre había preparado un pastel de carne. Mi cara demacrada expresaba lo que acaba de ocurrir. Pero esta vez, mi madre, no me preguntó nada. Supongo que su intuición le dijo que era mejor guardar silencio.

Comí el pastel que me acercó para no hacerle un feo.  Comimos a solas los dos, como a ella le gustaba.

***

 

Volví a ver a Gema en el juicio. Era el abrigo gris que se sentó justo en el asiento delante de mí. Llevaba el pelo suelto, con unos mechones más rizados que le caían por los hombros. No pude ver sus ojos líquidos. Reparé en el hombre que se sentaba a su lado, de mediana edad, con un perfil impecable. Supuse que era alguien especial para ella, pues de cuando en cuando, su mano rozaba la de él. Y por un instante, sentía como mi corazón se contraía más de la cuenta.

 

Mi madre estaba sentada a mi derecha y creo que se percató de la presencia de Gema pues intentó distraerme con una conversación metereológica que no iba a ningún lugar. Al fin, me pidió que le fuese a buscar una chaqueta que se había quedado en el maletero del coche. Según me dijo, tenía frío pues el aire acondicionado estaba demasiado fuerte. Me alejé de allí. El coche estaba aparcado a las afueras del parque donde tres años atrás, Gema y yo nos habíamos dicho el adiós definitivo. Lo abrí mientras pensaba en ello. Me pesaba cada palabra no dicha en su momento. Cogí la chaqueta azul marino de mi madre. Olía a naftalina. Cada armario de casa desprendía ese olor característico. Entré otra vez en la sala y le pasé la prenda a mi madre que se la puso en el acto.

 

Observé como Gema empezaba a toser. Sus ojos lagrimeaban y comenzó a rascarse la nariz. Se levantó estornudando. El hombre con el perfil impecable la siguió. Ambos salieron de allí sin oír la sentencia del juez.

 

Detrás de los pasos de Gema, mi madre me guiñó un ojo. Y entonces, reparé en que mi ex era alérgica a la naftalina. El tiempo me lo había hecho olvidar. Buena señal. Y es que el tiempo ayuda a olvidar, y lo que no, se encarga el peso de una madre a que se esfume.

 

***

 

Recuperé el dinero perdido meses después, como el resto de afectados. Decidí hacer un viaje, volar alto, pues echar tierra también está permitido en los caminos del olvido. Por fin, viajaría solo. Lo necesitaba. Hice las maletas y por la noche huí de mi hogar. Sabía que mi madre no lo comprendería, pero necesitaba respirar. Iría a la aventura. Un nuevo reto se vislumbraba en mi cabeza.


En la cola del avión, una mujer con la melena suelta me sonríe. Sus ojos saludan al destino. Los míos despiden a la vieja desventura. Me acerco a ella y le susurro si quiere acompañarme. Me he vuelto atrevido y he dejado atrás la vergüenza. Y entre risas, nace nuestra complicidad a partir de nuestra mirada. Ambos desnudaremos, sin miedo a las prisas, el presente con un golpe de pestañas.

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