El deshielo que derritió mis labios

"Kiss" Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR

“Kiss” Imagen Creative Commons de hans van den berg en FlickR

Tus besos sabían a deshielo. Deshacían mis fríos labios amoratados. Hacía frío en aquel mes de marzo inusual. La primavera apenas despuntaba, y había nevado. Dichosa nieve que cubría los tejados de aquel pueblo de interior. Tú estabas acostumbrado al frío. Yo provenía de un paisaje cálido y, sorprendida, había estado mirando los primeros copos de nieve a través de la ventana. Era mi primera vez. Estaba tiritando y me abrazaste. Encendiste la chimenea y dejaste que el calor empezara a inundar la habitación. Poco a poco me fui relajando a través de tu mirada tierna. Habíamos brindado por la amistad. Las copas reposaban en la mesa del apartamento, en un rincón. Habíamos bebido poco. Solo una escasa copa para entonarnos. No creíamos en el amor, tan solo en esa amistad que nos unía, fuertes, contra las adversidades de la vida. La complicidad llegaba tarde, pero más valía esa tardanza, que no experimentarla nunca.

Un florero perdido decoraba un punto de la habitación. Una iluminación tenue nos besaba nuestros cuerpos que habían empezado a desnudarse. Admiré tu piel amiga y la recorrí tímidamente, porque era inexperta en el campo. Presentía que nos quedaríamos aislados por la nieve en el fin de semana, que habíamos decido darnos ese capricho de alquilar un apartamento rural. Te vi por primera vez el deseo en tus ojos, y me agradó sentirme deseada. Besaste mis senos y te detuviste en los pezones. Mi oscura piel contrastaba con la tuya, o eso me pareció percibir en el espejo que reflejaba nuestro abrazo intenso.

Sabía que te desharías en un montón de excusas al día siguiente. Te pesaría lo ocurrido al oír su voz aguda teñida de melosidad a través del móvil, que habría recobrado la cobertura. Mentirías a tu mujer y maldecirías el día que habías ido a arreglar aquellos asuntos de trabajo en aquel pueblo perdido de la provincia turolense. Eso le dirías. Era un asunto de trabajo importante. Tu mujer lloriquearía, y te diría:

— ¡Qué pena! Justo ahora que la asistenta se ha pedido el fin de semana libre.

Yo, sonreiría para mis adentros. Sí. Me había pedido tiempo para mí, para disfrutar, para sentir. Estaba contigo. Tu voz amable me había acompañado desde que me hiciste el contrato de trabajo. Te guiñé un ojo y pasaste a la acción. Me penetraste suavemente en el cálido apartamento, donde la madera de nogal predominaba rodeando nuestros cuerpos.

Al día siguiente, había el rastro de unas sábanas manchadas de sangre debido a un himen rasgado y una mano abierta y tendida, unida a la mía. Me asomé a la ventana. Un paisaje blanco, pintoresco, me inundó. Aquel día me prepararías el desayuno. Volcaste el café torpemente. Sonreí. No estabas acostumbrado a servir. No grité, ni renegué. El respeto se alcanza de mutuo acuerdo.

El sol salió y supe que ya te había retenido lo suficiente. Volveríamos a la normalidad en pocas horas. Sería nuestro secreto primaveral. Hicimos un pacto de silencio que olía a leche cremosa mezclada con el amargo gusto del café. Aquello no volvería a ocurrir, pero recordando hoy, todavía siento como mis labios se derriten en mi memoria.

EL DESHIELO QUE DERRITIÓ MIS LABIOS (Descárgalo en pdf)

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