La sonrisa de Mía

Sus dedos tiemblan frente a una página en blanco. Emoción que la asalta y le sube por la garganta. Hará borrón, y cuenta nueva. La mujer aproxima el bolígrafo al papel, pero se siente perdida entre los laberintos tortuosos de lo que pasó ayer. Sí, perdida…. Deja el bolígrafo en un rincón del escritorio y decide continuar la carta en otro momento.

Coge el camisón  de la maleta que reposa en la cama. Se desnuda frente al espejo y mira a esa mujer tan conocida. Ha ido cambiando conforme avanzaban los años. Es como una copia de sí misma envejecida gradualmente. Le brillan los ojos al mirarse de un modo inexplicable. Tiene la cabeza alta, el cuello estirado, nada de andar con la cabeza gacha, y a tientas. No siente pudor al mostrarse tal cual. Ha escondido los complejos debajo de la cama a esas alturas.  Va a encontrarse consigo misma en las vacaciones que la han traído a ese hotel de tantas estrellas como los dedos de su mano.  Piensa que se lo merece después de haber trabajado duro durante tanto tiempo. Sonríe irónica. Esos últimos días los va a aprovechar, aunque se esfumen rápido. La vida pasa demasiado deprisa, y antes que se dé cuenta… volverá otra vez a la rutina.

Pero algo ha cambiado. Lo dice ese rótulo apagado que ya no ilumina la carnicería. Pensarán que se han ido de vacaciones. En Agosto es normal desaparecer, piensa la mujer mientras prepara el tinte de negro azabache. Va a cubrir sus canas, a rejuvenecer de nuevo. Pintará sus labios de dulce carmín, estampará un beso en esa carta que ha quedado a medias. Le queda por escribir el final. Una despedida amarga, quizás un abandono involuntario. Sopesa qué es lo mejor.

No hay nada como poner la mente en blanco y fijar la vista en este techo inmaculado adornado por una lámpara vistosa y agraciada. Deja que lo importante, que es ella misma, la llene, y despista los malos momentos para que cambien de acera, y se pierdan en la esquina de una calle secundaria cualquiera.

No volverá. Lo sabe en su interior que le grita que evite zambullirse en esa triste pesadilla. Una mueca sale de la luna del lavabo. Es el reflejo de una voz masculina. Unos tonos más grave, que la asusta sin remedio. Tirita y se paraliza por el miedo. Pensaba que lo había enterrado para siempre. Allí está él. Sigue en pie con su mirada impropia que la perfora. Mirándola frente a frente. Su marido sujetándola con fuerza y cortándole los dedos de su mano. Dedos finos a lonchas gordas e irregulares. Uno a uno.  La mujer se remueve en el colchón, y grita en sueños. Le duele hasta el alma, que parece estar provocando un terremoto en el espejo, donde se ha mirado antes de dormirse.

La mujer se sienta otra vez en la silla. Relee la carta y decide continuarla:

Mi querido Manu,

Me largo con uno de nuestros proveedores. Retrasamos demasiado nuestros pagos y ahora el deber me llama. Si me voy con él, nos perdona la deuda. ¿No crees que nos merecemos una segunda oportunidad?

Empezar de cero, amor.

La mujer comprueba cómo esta última palabra le ha quedado torcida. Chasquea la lengua y se pone manos a la obra. Coge el bolígrafo y lo sitúa al mismo nivel de “amor”. La frase que ahora escribirá  descenderá unos niveles. Una pausa,  unas líneas más abajo para esconder una mentira sin que se note.

…Otra vida en algún lugar remoto y separado de ti. Sé que él me colmará de caprichos. Necesito riqueza, vivir en lo superficial. Quizás nos volvamos a encontrar en un futuro.

Siempre tuya,

 

Mía

“Si nos encontramos de nuevo será en el infierno”, piensa Mía mientras estampa sus labios en el papel. Deja la carta en el escritorio y decide enviarla por la tarde. Vuelve a pintarse los labios de un rojo intenso.

Ha huido de aquel infierno con premura, del calor de Manu sin tan siquiera sentirlo nunca. Correr, limpiar cada cosa a todo gas, alejarse varios quilómetros de carretera. Mía clava sus ojos en el espejo y piensa que golpe tras golpe ha resistido. Es fuerte. Sí. Lo es. Recuerda como en un ataque de celos de Manu perdió su dedo anular hace varios años. Nunca más se pudo poner el anillo de boda, ni quiso hacerlo. Sonríe cínica. Creyeron que había sido un accidente laboral. Mía nunca perdió esa sonrisa que se adivinaba infeliz mientras despachaba a sus clientas, si sabías mirar entre sus ojos negros. Esa sonrisa,  que surgió abierta de sus finos labios, cuando se descubrió por fin libre hace apenas unas horas. No quería engrosar las estadísticas. Lo limpió todo con lejía. En el fondo de su maleta, envuelto con su devantal manchado, hay un revolver con silenciador. Mía corría tras él desde que lo vio en aquella página de Internet. Va hacia la maleta y sostiene el arma entre sus manos. El reflejo del espejo ahuyenta su alma. Mía se mira de reojo y sabe que tarde o temprano la encontraran.

Repasa sus últimos movimientos mentalmente. Habrá cometido algún error. Nunca hace las cosas bien. Esa seguridad, que la armaba por completo, ha desaparecido, y la inseguridad, tan conocida, vuelve otra vez. Agacha la mirada, coge la carta, y se dispone a tirarla en el buzón de aquella ciudad olvidada. Si pudiera, se mordería el labio inferior hasta hacerse sangre. Pero no puede perder el tiempo. El matasellos descubrirá su destino, pero ya habrá volado fuera del país.

En el avión, Mía se incorpora para ver las pequeñas cosas mundanas desde el cielo. Ha dejado el revolver escondido en el aseo del bar de enfrente del aeropuerto. Ya no lo necesita, y cuando alguien lo encuentre, ya será tarde. Sonríe entre lágrimas mientras se eleva. Libre y con emoción, que estalla como un globo de agua, tirado desde la torre de un castillo de arena. Vuela entre las nubes grisáceas, que gritan tormenta en esta noche negra, que puede ser perfecta. Nota todavía el temblor en su pulso, el que no le tembló mientras le apuntaba. Pudo ver la sorpresa en su cara antes de disparar. Su mujer se le rebelaba. Luego, el vacío de su mirada. Sus golpes y su crueldad ya no le asustarían más. Mía respira tranquila, suspira soltando el aire, se desahoga de esta manera, respirando y atrapando su vida, o lo que queda de ella. Nadie tiene derecho a hacer esto, restando personalidad a los demás. Mía se justifica, de esa manera.

No pudo denunciar, temblaba como  una hoja de cristal de joyería cada vez que giraba hacia una comisaría, dispuesta a hacerse añicos en cualquier momento. Sentía los ojos de Manu enganchados en su nuca, espiándola, siguiéndola por las calles de la ciudad. Se paraba a mitad camino, se volvía, y regresaba por dónde había venido. Agosto, y Mía tiembla todavía al pensarlo, pero le da la culpa al aire acondicionado del avión. No quiere volver a pensar en el maltrato. Ya no se cuestiona si es una víctima más de la violencia de género. No quiso ser reducida a un número, ni formar parte de las estadísticas. Respira saboreando el aire en sus pulmones. La vida continúa, y se adorna con esa sonrisa que salpica su cara. Siempre fue su joya más preciada. La que Manu intentó arrebatarle, y la que nunca le pudo borrar. Su sonrisa se expande  al pensar que olvidó su teléfono móvil en el mostrador de la carnicería. Se siente todavía más libre. Ahora sí que vuela más libre que un pájaro, que nunca regresará a su nido inicial. Sí. Ahora sabe que no la van a localizar, y su pensamiento se expande más allá que su sonrisa.

Otra vida. El avión aterriza en un paraíso lejano. El aire frío la cala, pero ella ya no tiembla. A Mía le gusta ese frío placentero rozando sus labios y congelándolos. Un beso tan nuevo como su futura esperanza.

Imagen Creative Commons en FlickR de jacinta lluch valero.

Imagen Creative Commons en FlickR de jacinta lluch valero.

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