La sombra de nuestros ojos

Me fijé en el brillo de tus ojos. Pude apreciar cómo reías traviesa a la cámara, inocente, sin pudor alguno. Mostrabas el agujero que habían dejado tus dientes de leche caídos. En otra fotografía, soplabas las velas de un pastel. En otras… ¡No! Un pálpito me inundó, instalándose en mi garganta, quebrando mi voz no pude pronunciar palabra alguna. Siete años ya, sin saber casi de ti. Tus momentos felices siempre los habías pasado al lado de tu madre.

Ella también sonreía, franca, abierta, perfecta. Tan distinta de la última vez que la vi. Pude adivinar que su felicidad se debía a la persona que estaba a su izquierda. El hombre sentado que cortaba el pastel en la siguiente, el que sostenía un cuchillo con un mango de madera. Inexplicablemente tuve ganas de clavárselo por la espalda, que brotara una lluvia de sangre que arrancara su felicidad.

Me sentí enojado de pensarlo. Una sombra de rencor cubría mis pensamientos más hondos. Estaba lejos de vosotras, de vuestro mundo, tan lejos, si no fuera por la fría pantalla del ordenador que me mostraba lo que hacíais en cada momento. Te espiaba día y noche, buscando quizás un rastro perdido de mí en tus facciones. El rubio de tu cabello se iba oscureciendo conforme pasaban los meses. Finalmente acabaste siendo castaña clara como yo. El repertorio de imágenes compartidas era considerable, y me podía hacer una idea del pedacito de tu vida que no había hecho más que empezar. Si seguía así, su ritmo frenético inundaría la memoria de mi ordenador con el sol de tu mirada. Me acabé comprando un disco externo.

Lo sabía todo de ti sin pretenderlo, a qué colegio ibas debido al uniforme que mostraba su identificación. Tus horarios de extraescolares: los lunes y miércoles danza; los martes entrenamiento musical; los jueves baloncesto; y los viernes catecismo que preparaba tu primera comunión.
Sabía la matricula de los dos coches que conducían los que se encargaban de subirte, de que cada día estuvieses más guapa, preciosa niña que siempre sonreía a la cámara. Pensé en soltar el líquido de los frenos para cuando el hombre fuera solo a su trabajo, un antiguo estudio de fotografía de una inequívoca calle céntrica de la ciudad. Se estrellaría sin más, en un día grisáceo, pesado y nublado. No pensarían que el coche había sido manipulado minuciosamente por mi arte de mecánico viejo.

Mientras pensaba en todo ello, se alejaba el dolor que sentía por vivir lejos de ti, apartado de vuestras vidas por culpa de mis manías. La orden de alejamiento que tenía pendía frágilmente de cada rincón de mi salón.
Podía verte a través de una pantalla, seguir tus movimientos, rastrear las coordenadas por enésima vez de dónde te encontrabas en cada momento.
Me gustaba controlaros. Sabía que no me saltaba las normas desde que aquel juez dictó sentencia. Fantaseé con una custodia compartida que nunca pudo ser. Se alejó por mi duro carácter manipulador. Las líneas de nuestras vidas se separaron por culpa de mi obsesiva manera de vivir.

Era y soy celoso. No podía entender cómo tu madre podía hablar tanto con aquel hombre del concesionario buscando una seguridad en aquel coche familiar que quería comprar. Tú todavía eras un proyecto, una esperanza. Me dijo aquel día extremadamente soleado que estaba embarazada, y yo, lejos de alegrarme, dudé de mi paternidad. Clavé mis nudillos en la mesa, golpeando todo lo que había a mi alrededor, y arrojando los distintos objetos de la cocina que todavía estaban por fregar: volaron platos de distintos colores, vasos se estamparon contra las baldosas, y un cuchillo rozó los dedos de sus pies descubiertos por unas sandalias.
La asusté, mirando perpleja mi reacción, con las cejas levantadas, asombrada, y al fin rompió a llorar. Su llanto quebró la sombra de sus ojos, un maquillaje que siempre llevaba de vivos colores para animar su palidez. El rímel se diluía por su cara como ríos de petróleo, enmascarando a su paso la limpieza de nuestro hogar. Quedó todo completamente desordenado y nuestra relación se resintió hasta tal punto que temí que se acabara al recibir la primera denuncia.

Tu madre me había denunciado. Le pedí perdón, por vosotras, ¿qué haríais sin mí? Le escribí ríos de tinta en donde me desnudé a través de palabras que supongo que acabaron en la papelera de mi antiguo estudio.
Consuelo, le decía, ¿es eso lo que quieres?, ¿Qué nuestro hijo suba sin un padre? Recibí a cambio su silencio que gritaba su indiferencia. Fue su manera de decirme que sí.

Me retiré del campo de acción pensando que volvería algún día. No fui a ninguna isla desierta, ni nada de eso. Me retiré a un pueblo melancólico del norte a escribir y a hacer las paces conmigo mismo. Con el tiempo, que apedaza la mayor parte de los males, Consuelo se relajó. Rondaba el 2010 cuando ingresó en una red social y compartió su vida con el resto de mortales. Tardé en verte, todavía. Al principio solo compartía breves experiencias de su cocina, recetas atrevidas con un gran contraste de sabores. O eso quería transmitir a sus seguidores. Reconocí el fogón de nuestros sueños, los armarios que siempre mantenía limpios y perfectamente ordenados, la cocina que tenía era de lo más moderno del mercado y supuse que hacía poco que se la había comprado. Al fin, la había conseguido. Me inventé una identidad y me convertí en su seguidor más fiel. Le alababa los platos, le daba ideas porque conocía sus gustos, y creo que tal vez pensara que había empezado una amistad con una chica de la otra punta del charco. Estaba más cerca de lo que ella creía, alejado eso sí, lo que me permitía la orden de alejamiento. Eso de ser una chica me gustó, podía hablar de temas que parece que nos están vetados. Al principio eran temas superfluos, cómo me reí al decirle la marca del maquillaje que usaba. Era la misma que sabía que ella usaba. Y de esa forma me fui ganando su confianza de una manera descabellada.

***

No quiero andarme con rodeos. Tengo que actuar ya. Corres peligro, hija. Estás pasando un calvario y tu madre no lo sospecha. En las últimas fotos, que habitan ocultas en el otro ordenador secreto del que te hace de papá, me he fijado también en la sombra de tus ojos. Extraescolares donde no vas. Escuela de danza ficticia donde recogen tu inocencia las oscuras cámaras para difundirlas por la red.
Me levanto de la silla rápidamente, con mis antecedentes creo que no me harán caso, pero aún así me dirijo a la comisaría. No quiero tomarme la justicia por mi mano, no eres la única y hay detrás de esto tanto poder y vicio que me asusta.
Mi gesto está repugnado, sobrecogido, y aguanto una náusea repulsiva en la garganta que sé que acabaré arrojando en una esquina cerca de la comisaría. Vomito segundos antes de entrar por la puerta. Hija, lo hago por ti, te han metido en una diana que te apunta con dardos infectados.

Abusos es la palabra que se me ocurre pronunciar al policía que me mira impertérrito. Suplico que te saquen de allí, imploro con un llanto quebrado que colaboraré con ellos hasta el final. Va a caer una red de esas. Lo presiento. Desgraciadamente no es la única en el mundo. Días después observo como ya no hay ni una simple fotografía en la red de ti. Consuelo ha cerrado finalmente su perfil en la red social, por donde me colé al ordenador de su compañero.

Tecleo la dirección de un conocido periódico del país. Mis dedos tiemblan, mis ojos balancean hacia la lectura del diario digital: “Desarticulada la red de pederastas en la operación Bailarines”. Respiro aliviado desde donde estoy, para quitarme la opresión que siento en mi pecho.

Sé que ya no podré verte. Clico en la única foto que conservé. El brillo de tus ojos me deslumbra. El pastel manchará de chocolate tus labios que comerás minutos después. Desde la distancia, sé que te ayudarán profesionales a borrar ese episodio de tu vida. Me miro en el espejo del recibidor. La sombra parda de mis ojos debido al insomnio de esos días, ajetreados y contra reloj, ha merecido la pena. Por fin, estás a salvo, vida mía.

La sombra de nuestros ojos

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