La puerta de verde esperanza

Aquel cartel manuscrito, que colgaba de la puerta, le tenía más que intrigado. En aquella casa del final del sendero, no se escuchaba ni una mosca. En un primer momento, pensó que estaba abandonada, si no fuera por la correspondencia diaria que recibían; la que Carlos todos los días les traía en su cartera. El joven cartero, la dejaba ordenada, dentro del buzón blanquecino y de metal algo oxidado, que estaba al lado de la puerta. Intentaba hacer su trabajo lo mejor que podía, e ir ganando experiencia poco a poco para que aquel trabajo le durase. Cuando llegaba a final del sendero, el chico dejaba de silbar. No fuera el caso que alguien lo escuchara y le reprendiera por interrumpir el juego de los niños.

“Silencio, juegan los niños”. Este era el cartel que le quitaba el sueño a Carlos, pues no había escuchado nunca ningún alboroto infantil que atravesara aquella puerta. Como nunca traía nada certificado, no tenía la oportunidad de llamar a aquella puerta de madera verde y algo gastada con un pomo redondo y negro que destacaba porque parecía nuevo, como si lo hubiesen cambiado hacía poco.

Imagen Creative Commons de Rosario González Morón en FlickR

Imagen Creative Commons de Rosario González Morón en FlickR.

En aquel momento del día, recién desayunado y con toda la jornada laboral por delante, Carlos no pudo resistir más su curiosidad y giró el pomo. La puerta exterior se abrió fina y sin chirriar. El cartero entró en una especie de pasillo mal iluminado, donde había cuatro puertas entornadas. Un gato negro se le cruzó sin poderlo esquivar.

“El cementerio de la esperanza, -rezaba otro cartel al final del pasillo-. Tome asiento, y espere su momento de relax”. Una butaca enorme, acompañada por unos auriculares, te invitaba a escuchar. Carlos no dudó en ponérselos ya que su curiosidad iba augmentando.

Después de una breve melodía que servía de introducción, una voz melosa te abducía:

− “Cuando llegue tu hora, estaremos para ofrecerte nuestros servicios funerarios. Somos un cementerio, que espera que vuelvas a la vida, una vez estemos preparados. Te congelamos y estudiamos tu cerebro. Mientras esperas y aunque hayas muerto, podrás jugar a entretenimientos de realidad virtual. Pues no dejamos que tu llama se apague. Estaremos contigo en cualquier momento…”.

Carlos intentó quitarse los auriculares, pero una mano se lo impidió bruscamente. La otra, le tapó la boca para que no se le escapara ningún alarido.

−Shttt -le susurró el hombre que había usado sus manos negras para impedir que Carlos huyera despavorido-. El silencio es lo que nos diferencia.

−Y los niños…, ¿dónde están?

− Jugando en sus habitaciones correspondientes. De momento, tenemos clientela. No nos podemos quejar. Ven, te invito a que los veas por tí mismo.

Carlos se levantó de la butaca y siguió al hombre que entró en la primera habitación.

− Son enfermos terminales -señaló el hombre.

− Parecen muertos -dijo Carlos, soltando su cartera en el suelo y acercándose al primer niño.

− No lo están. Fíjate en sus labios.

Una breve sonrisa, dibujada con el arco de sus labios, iluminaba cada carita.

− ¿Están jugando? -preguntó Carlos.

− Ahora mismo no. Mi mujer les escanea las cartas que tú les traes y se las pasa a su cerebro. Suelen ser cartas de sus familiares, por eso sonríen.

No olvides guardarme el secreto -le advirtió el hombre a modo de despido. Y desapareció detrás de aquella puerta verde de madera-.

Se lo prometo -dijo el cartero y se fue porque se había quedado hablando solo. Únicamente quedaba el gato que se le volvió a cruzar por delante antes de que atravesara la puerta.

***

Aquella noche, Carlos, que además de curioso era cotilla, acabó alardeando de lo que había descubierto en la terraza del bar de su pueblo. Aunque nadie le creyó, había roto su promesa.

Al día siguiente, el joven cartero se dio cuenta que se había olvidado la cartera con todas las cartas dentro, en aquella casa del final del sendero. Por más que llamó, e intentó abrir aquella puerta, ésta permanecía indomable a sus manos.

Como con sus intentos hacía ruido, y rompía el silencio sepulcral instalado desde hacía mucho tiempo, se le acabó apareciendo el gato oscuro, que en realidad era un brujo negro. El brujo, recitando un conjuro con la punta de su lengua, lo acabó convirtiendo en buzón para reemplazar el que había oxidado. Su alma había pertenecido al antiguo cartero y su curiosidad, como a Carlos le estaba apunto de ocurrir, lo acabó matando; volviéndole en un ser inerte y blanquecino.

Desde aquel momento, el joven cartero, convertido en buzón, conserva las cartas, a la espera de que el brujo lo abra detrás del silencio de aquel cementerio de la esperanza. Solo espera que haya otro cartero curioso, que le releve en su tarea diaria.

Helena Sauras

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3 comentarios en “La puerta de verde esperanza

    • Gracias Jésica por leerme. Intento practicar la escritura con algunos ejercicios y alimentar mi imaginación con diversas lecturas. Que no paren las ideas. ¡Saludos desde España!

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