El mentiroso

Ansía ponerse una peluca que oculte su pelo rapado. Se maquilla hasta que el color le molesta en la piel. Delante del espejo, se siente libre, posando e imaginando cómo sería su vida si se llamara Lucía. Y no Jorge Gutiérrez, como apunta su DNI. Un antifaz es el toque último para salir a la calle y que nadie le reconozca. Se desliza por las escaleras con sus zapatos de tacón rojo pasión, y empieza a andar por la acera, fundiéndose con el resto de transeúntes.

Un flamante autobús le espera a final del trayecto. “Que no te engañen”, reza un eslogan a medio pintar. Jorge ve reflejado en sus cristales, la figura de Lucía. Vestido así, nadie diría que ha nacido hombre. Jorge mueve sus muslos y, siente por una vez, como su reflejo le es fiel. Maravillado, empieza a bailar sin canción, hasta que un penetrante olor a gasolina, le invade. Asustado, va a ver de dónde procede ese olor.

Detrás del vehículo, hay un hombre con los ojos llorosos y un mechero en su mano derecha.

—¿Arderás como mis ilusiones? -se pregunta el hombre con la mirada vacía, intentando prender el autobús.

—¡Nooooo! -grita con todas sus fuerzas Jorge, quitándole el mechero al posible pirómano.

— ¿Beatriz? ¿Eres tú? -pregunta el hombre dirigiéndose a Jorge, embelesado por el aspecto físico de aquella bella mujer-. Llegas tarde, pero has venido. Pensaba que me habías engañado.

— Lo siento -dice Jorge-. Estaba estudiando. Ya sabes… Haciendo traducciones con el diccionario de latín.
— Tienes una voz bastante ronca.
— Sí, es que estoy acatarrada.
— Todavía estamos a tiempo para ir al cine -dice dándole una entrada.

Jorge acepta entusiasmado. ¡Tiene una cita con un chico! Ha sido su día de suerte.

***

La pantalla del cine es un inmenso mar terrorífico. La película, que ha escogido el hombre, es de miedo y, después de repetidos sustos, Jorge se agarra a él. No queda palomita de maíz, que sobreviva a sus sobresaltos, pues todas se esparcen por el suelo.

Y así, quedan ambos, con la manos amarradas en la butaca.

—¡Que manos más grandes tienes! -comenta el hombre, a la que piensa que es Beatriz, cuando las letras del final inundan la pantalla.

—Las heredé de mi padre -dice Jorge con un punto de orgullo.

— En la foto que me enviaste, no las aprecié. Eso de las citas a ciegas es toda una sorpresa… Mira, pensaba que no vendrías, que te echarías atrás… Estuve apunto de incendiar un autobús de lo frustado que me sentí, cuando vi que te retrasabas. Si no llega a ser por ti, salgo en las noticias. Iremos poco a poco, guapa, como quieras y prefieras.

Jorge y el hombre se despiden con dos besos en las mejillas.

***

Imagen Creative Commons de Lindsey Martin en FlickR

— ¿Quieres que nos hagamos una selfie en el lugar donde nos conocimos? -le pregunta un día Jorge tras meses de relación cinéfila.

Ambos vuelven al autobús: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, reza el flamante automóvil, abandonado y estacionado donde siempre.

La tarde hubiera sido perfecta si no fuera, porque Jorge se atreve a confesarle a su pareja:

— No me llamo Beatriz, Juan.

— ¿Cómo…?

— En realidad, soy Lucía.

—Ah… -dice aliviado.

— ¿Tú crees que, una vez hemos nacido, podemos evolucionar o, siempre nos tenemos que quedar con lo que hemos sido?

Juan se queda sin palabras.

— Libres, somos libres. Y podemos decidir. Cuando te vi, decidí darte la oportunidad de conocerte. Y así ha sido. Nueve meses disfrazados de aparente amistad en los que nos hemos acabado enamorando. Me he callado muchas cosas, Juan. Pero ha llegado el momento de que sepas la verdad. Sé que te gusto, e incluso te has llegado a obsesionar por mí. Igual acabas conmigo, pero si no te lo digo, reviento. De igual a igual, como persona, que de hecho es lo que somos, ¿que pasaría si te dijera que el nombre que figura en mi DNI es Jorge?

Una arcada le sube por la garganta a Juan que golpea de manera brusca a Lucía. Es su transfobia la que le domina, la que le obliga a no pensar, y a perder los estribos. El menosprecio se hace dueño de él en cada golpe que propina.
La sangre de su amiga empieza a fluir y, al poco, deja de respirar.

Un llanto de vergüenza le cubre la cara a Juan, que echa a correr como los cobardes, esperando que nadie le descubra.

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