La sorpresa

El hombre iba por su tercer vaso cuando Ester entró. La mujer, sencilla y soñadora, se ceñía el albornoz sosteniendo con los dientes el cordón. Su cabeza caída sobre el pecho era como un garabato castaño de pinceladas extraídas del agua. Mientras se frotaba el cuerpo con el albornoz, vio sobre la rejilla de madera del suelo la sombra de Andrés, parado en el umbral y arrojando la primera piedra al cristal de la ventana.

Con su puntería, el cristal estalló y sorprendió al hombre que paladeaba el gusto áspero de aquel whisky de importación.

¡Se acabó la fiesta! —gritó enfurecido Andrés.

Se fijó en el amante, en su cuerpo de adonis moldeado por las máquinas de un gimnasio cualquiera y en su melena descuidada. Habría podido ser su amigo de la infancia si no les separara más de una década, calculó tristemente mientras le propinaba el primer golpe. No tendría piedad de él.

Un hilo de sangre empezó a fluir y manchó el tórax del amante mientras Ester lloraba con su alma rota de impotencia.

Andrés continuó golpeando al amante hasta que dejó de respirar. Se preguntó cuántas veces se había follado a su mujer en aquella casita perdida en el monte donde ella decía que se iba a descansar. Cuántos cartones de tabaco se habían fumado entre los dos, celebrando sus éxitos y sabiendo de antemano que no serían descubiertos.

No, el tonto de Andrés no estaba para juegos sexuales a la hora de acabar la jornada laboral, metido en su taller, con las manos manchadas de grasa y el cansancio venciéndole en el sofá al terminar el día.

El albornoz había caído por el susto al suelo, y la mujer, completamente desnuda, fue a cubrirse.

¿Dónde crees que vas? No te muevas ni un milímetro, ¿me oyes?

Los ojos de Andrés destilaban una ira retenida durante demasiado tiempo. Su mente estaba haciendo conjeturas con las excusas con las que Ester siempre ponía para no acostarse con él.

La miró con tanta rabia que ella se agachó para esconderse detrás del sofá obviando su advertencia. A lo que él, se acercó a ella, cogió su madeja mojada y la tiró con tanta fuerza que le arrancó algunos cabellos.

¡Ay! —chilló Ester.

Pero Andrés no se apiadó ni un ápice.

Vas a correr la misma suerte que tu amante.

No, eso sí que no… Por favor, Andrés. No es mi amante…

Pero el hombre no hizo caso a sus súplicas. Intentó estrangularla mientras bullía en su interior el desamor que en esos momentos sentía.

Ester solo añoraba escapar de la situación.

Es un pintor a domicilio —logró pronunciar con angustia—. Quería regalarte una pintura mía para tu próximo cumpleaños. Era una sorpresa.

Sabía que a su mujer le gustaban los amores imposibles y, al casarse con él, se convirtió en un sueño alcanzado en donde perdió todo entusiasmo.

Quería encender lo que la convivencia nos ha ido apagando —continuó—. Ya sabes, la llama de nuestra relación…

Pues ahora, la vida nos ha puesto contra las cuerdas. ¿Sabes deshacerte de un cadáver sin dejar rastro?

Su mirada se fundió hacia el mechero que su marido le tendía.

Imagen Creative Commons de Ana N R en FlickR

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