Audiorelato de “Moneda de cambio”

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Emociones por un fiero beso

TALLER MÓNTAME UNA ESCENA Nº46/47 DE LITERAUTAS

Era más que un simple robot. Desde que Fiera apareció en su vida para hacérsela más fácil, se había convertido en el puntal más importante de su vida.

La soledad, que la apretujaba cada poro de su piel, se había hecho más resistible a su lado.

Fiera era lo que cualquiera en su lugar, desearía. Un revoltijo de buenos propósitos puestos en práctica. Su casa nunca había estado más impecable y ordenada, y ella colmada de atenciones.

Juntos habían desarrollado un lenguaje propio y se comunicaban con palabras, que solo comprendían los dos.

Lo que Fiera desconocía por completo era que Estrella se había enamorado de él; de cada detalle; de cada cable de su ser. Nadie había hecho tanto por ella.

En ocasiones, le miraba en silencio sin lograr pronunciar ninguna palabra, porque se le atragantaba y su pulso subía por las nubes. Eso alertaba al robot, y le ponía una pastilla debajo de la lengua. Estrella la retenía más de la cuenta, porque anhelaba un beso que nunca llegaba.

Fiera no sabía besar, pues no lo habían programado para hacerlo.

Lo que sí sabía hacer era escucharla y comprenderla. Además, se dedicaba a su aseo personal. La bañaba como si se tratase de un bebé, con mucho mimo y le recorría su delicada piel con una esponja suave. La vestía y hacía que Estrella se sintiera útil, practicando algunos ejercicios con sus extremidades superiores. Las que servirían para acariciar a su robot, si no tuviera las manos tan entumecidas.

Antes de dormirse, le leía una historia de nunca acabar, que hacía que Estrella acabara vencida, y entrara en el paraíso de los sueños realizables.

***

Sonia, la hija única de Estrella, era una científica especializada en robótica. Tenía la mirada felina y una pareja estable, que investigaba en el campo de la discapacidad. Ambos esperaban que, pronto, los robots desarrollaran también emociones.

Era el futuro que, poco a poco, había labrado para su madre; una vida especial a su medida, que suplantaba el amor del que fue su marido, herido en un fatal accidente laboral en el campo de la construcción.

Su madre se había quedado viuda y sin pensión, pues el hombre no estaba asegurado. Nunca pensaron en qué les podía pasar a ellos, lo que a veces veían en las noticias televisivas: que los accidentes ocurrían en casas ajenas.

A final de mes, su hija apareció con el equipo médico, que medía sus progresos y se quedaba anonadado de lo bien que evolucionaba Estrella. Su hija Sonia se llamaba como la novia del gato de Isidoro, una serie televisiva de antaño que la mujer había recuperado por recordarle la infancia, de la que ahora parecía que su hija se alejaba. En cambio, Estrella volvía a ella y no tenía miedo a escabullirse, ni sentía vergüenza de sentirse como una niña. Se encontraba bien, imaginando colores vistosos y sorpresas, donde Fiera le hacía su día a día más divertido.

Menos mal que Sonia, por aquel entonces, ya había acabado su carrera y pudo colocarse en una multinacional. Dinero no les faltó, porque su madre sufría una enfermedad neurodegenerativa que le hacía estar apagada la mayor parte del tiempo. Con la medicación, sumada a los estímulos de Fiera, controlaron que se frenara su avance.

***

Sonia, aquellas vacaciones, realmente se enteró de lo que deseaba su madre: un beso del robot y, fundirse después con él. Diseñó uno de los mejores labios, sugerentes y sonrientes, y programó que Fiera le diera un beso. Pero su madre no pareció aliviarse. Aquel beso no sabía a nada, era de metal plastificado. Por mucho que intentó inventar el tacto de una carne, no lo consiguió. Desesperada, pensó que sus superiores la degradarían por no dar la talla.

Entrada la noche, Estrella se acercó a los pies de la cama de su madre y observó cómo dormía plácidamente. Al sentir el contacto de sus ojos, Estrella los abrió asustada. Sonia, instintivamente, le dio un beso para calmarla en su mejilla.

Fiera las observaba desde un extremo de la habitación. Al verlas, dos lágrimas resbalaron por la cara del robot, al sentir la ternura de la escena. Había desarrollado su primera emoción. Estrella tembló y rio al sentir el calor de los labios de su hija, un contacto que ya había olvidado, aunque era el que anhelaba en su estado de párkinson.

La calle inolvidable del viento

LA CLAVE ESTÁ EN LA CALLE DEL VIENTO

Vivíamos en la calle del viento. De toda la ciudad, era donde más se sentía la fuerza con la que nos empujaba. Teníamos que luchar con nuestro peso para poder llegar sanos y salvos a nuestro hogar. Mi mujer estaba bastante delgada y, como le advertí, la mayoría de los días cargaba con piedras del camino para no volar como flor diminuta una vez doblara hacia nuestra calle.
Presentía que el viento me quitaría la persona más valiosa para mí en un descuido. Alguna vez estuvimos a punto de cambiar de casa, pero siempre nos volvíamos atrás. No había hogar tan confortable como el nuestro. Con lo que nos había costado encontrar un sitio para cada cosa, y conseguir que todo estuviera ordenado… No era hora de cambiar con todo lo que habíamos luchado.
A veces pensaba en que si no fuera por el viento, nos sentiríamos vacíos, como si nos faltara algo.

Un día, Rebeca no llegó a su hora habitual y eso que era muy puntual. Pensé que algo le había sucedido, pues era extraño que no me hubiera llamado para avisarme. Lo tenía todo preparado para la ocasión. Tan solo hacía falta encender unas velitas en la mesa. Había preparado mi menú reservado para las ocasiones especiales. Quería sorprenderla en San Valentín, aunque no creyera especialmente en él. Creía que la relación se tenía que trabajar a diario y no únicamente en días señalados. No quise ponerme nervioso y dejé volar mi imaginación, pensando en que mi mujer, posiblemente también estaba preparándome una sorpresa. ¿Y si se había comprado algún conjunto nuevo? Sí, posiblemente era eso. Hacía días que su risa no paraba de sonar en todos los rincones de nuestro hogar. La veía tan feliz… No hacía falta cerrar los ojos para imaginarla mirándome. Intuía que pronto regresaría. Ya hacía rato que había anochecido y el viento no paraba de silbar. Ya no me ponía nervioso, pero sí el retraso de Rebeca.

La llamé varias veces sin lograr oír su voz. Tenía el móvil apagado o fuera de cobertura.
Recorrí nuestra ciudad de norte a sur, buscándola, sin lograr a verla. Al entrar en nuestra habitación de matrimonio, ya cansado de tanto buscarla en balde, me encontré con una breve nota con la caligrafía de mi mujer. La leí con los ojos llorosos.

No sé cómo escribirte estas líneas sin llegar a herirte. Me marcho, Alberto, corre libre como el viento. A veces no hay ninguna razón que nos impida seguir. No hay ningún problema, pero siento que necesito tomarme un tiempo.
Hago las maletas en un día que me recuerda que el amor existe. Me ha costado decidirme. Estoy en el aeropuerto. Tengo dos billetes comprados, por si te decides a venir conmigo
Qué difícil decisión ¿verdad? Nos merecemos unas vacaciones de ensueño.

Rebeca

No tardé en vestirme. La necesitaba. Por un momento, había pensado que el momento tan temido, había llegado. Pero así era ella: original. Conduje rápido hacia el aeropuerto. No sabía a qué hora salía el avión y no quería perderlo. El destino no me importaba lo más mínimo.
Cuando me vio, dejó escapar una carcajada y sus miedos se alejaron. Me cogió de la mano, decidida, y me llevó a facturar nuestra maleta.
—¿Y si no hubiese leído la nota hasta el final? —le pregunté.
—Era el riesgo que corríamos. Pero quien arriesga, suele vencer —me respondió directa.
—Ya veo.
—¿Te apuntas a salir de la monotonía?

La miré, fijándome en cómo un fino rubor de emoción, cubría sus mejillas. La besé bajo el cielo ventoso de nuestra ciudad. Admiré el terciopelo de sus labios, rozando los míos. Sin duda, lo había organizado todo, para que aquellas fueran unas vacaciones inolvidables. Asentí y me alegré de que aquella fuera mi mujer.

Abrochando la vida

No se encuentra bien. Se levanta de la cama tras horas de insomnio y va por enésima vez al lavabo. Mira el reloj de pared de reojo. Las siete de la mañana y su nieta todavía no ha regresado. Nerviosa, siente un pálpito en su corazón que la dobla. Tiembla. No sabe si son los nervios o la sospecha de una arritmia encubierta. Intenta respirar y acercarse al comedor. En la mesa reposa un tensiómetro de brazo, regalo de las últimas Navidades de su nieta Patricia. Cuando las cosas marchaban bien, cuando la niña tenía trabajo, cuando todo no dependía de ella. Hoy, Josefa, por primera vez se siente vieja. Los minutos pasan, el manguito se hincha, y le muestra los valores en la pantalla digital: 19 de máxima, 9 de mínima. No tiene tiempo de observar las pulsaciones, pues se levanta y decide acudir a urgencias. No está dispuesta a irse ya, a pesar de sentirse tan cansada. Un escalofrío la recorre y se instala en su cabeza decidido a quedarse. Le pesan los pies, pero sabe que afortunadamente sólo tiene que bajar por el ascensor, y caminar unos pocos metros hacia el centro de salud. Por fortuna, su piso está pegado a él.

Entra con la tarjeta sanitaria en la mano y le responde al chico del mostrador con escuetas palabras el motivo de su visita. El ambiente de urgencias, hoy raramente está calmado, y la atienden enseguida. Le vuelven a tomar la tensión. La bata blanca de la enfermera la ha tranquilizado un poco y, saber que está en buenas manos, hace que el valor de su tensión se desinfle un poco. No obstante, continúa siendo alta, y le ponen una pastilla debajo de la lengua. Entorna los ojos brevemente para pensar que los valores de su tensión indican los años que tiene su nieta en la actualidad, diecinueve, y los años que tenía cuando se quedó huérfana, tan sólo nueve años.

Hoy, Josefa, nuevamente piensa en su hija y en su yerno. No es que no haya pasado ni un solo día en que no lo haya hecho desde que ocurrió el accidente. Aunque tan sólo sea una sombra en su pensamiento diario. Mil formas de haberse podido evitar, la martirizaron en un principio. Tejiendo una red de posibles soluciones ha maquinado su cabeza desde aquel día, pero la muerte de sus seres queridos no tiene solución. Y desgraciadamente y con gran pesar, lo sabe. Sólo haber llevado aquel cinturón de seguridad atado, les hubiese agarrado a la vida, o eso quiere pensar. Pero ya no puede cambiar nada de lo que ocurrió. Así pasó y ha tenido que hacerse la idea. Menos mal que la niña no viajaba con ellos, y eso fue lo único que la reconfortó. Subió a su nieta lo mejor que supo en absoluta soledad. Josefa tenía experiencia en el campo. Tenía el carneé en donde se señalaba en una cruz una casilla figurada y totalmente ficticia: madre soltera y con mucha honra.

Ahora Josefa permanece tumbada en la camilla. Le vuelven a tomar la tensión que ha bajado considerablemente a límites normales. La enfermera la ayuda a incorporarse lentamente y le acerca su chaqueta. Se percibe movimiento en la sala contigua. Acaban de recibir una llamada porque ha habido un accidente automovilístico cerca de allí. La ambulancia está afuera preparada. Josefa siente una corazonada, un leve presentimiento que la pone en alerta. No tiene noticias de Patricia desde hace horas. Son las ocho y media de la mañana. En el bolsillo de la chaqueta lleva el móvil, aprieta el botón para ponerse en contacto con su nieta. Pero solamente se encuentra con el buzón de voz. Es muy tarde ya. Patricia tendría que haber dado señales de vida, y si no lo ha hecho aún, será porque le ha pasado algo, padece la señora Josefa.

Torpemente vuelve a su casa. No hay ni rastro de Patricia. Es todavía pronto para dar la voz de alarma, pero algo grita dentro de ella. Va al cuarto de su nieta. Está todo bien ordenado, y la cama con su colcha rosa sin haberse tocado. Mira una fotografía divertida de fotomatón en la estantería. Patricia aparece en unas con sus amigas; en otras con Pedro, su novio. Es buen chaval, piensa la señora Josefa, respetuoso y educado. Si no fuese porque sabe que el amor tiene fecha de caducidad, como todo en esta vida, pensaría que es el chico definitivo para Patricia. Le ha pillado cariño en estos meses. Las nueve y cinco. Vuelve a llamar a su nieta. Esta vez contesta una voz con un timbre bastante grave y extraña para Josefa al teléfono.

¿Patricia? se atreve a pronunciar la abuela.

Señora…. titubea el hombre.

¿Dónde está mi nieta? le interrumpe nerviosa la señora Josefa.

Está en el hospital, pero no se preocupe la intenta calmar la voz masculina.

¿Cómo no me voy a…?

Ha tenido un accidente.

La cabeza le da vueltas. Al oír esta palabra. Un vuelco intenso en el corazón. La historia se repite. Su niña… La mano le tiembla tanto que acaba soltando el teléfono móvil, sin escuchar las últimas palabras.

—…Pero se encuentra bien. Está consciente. ¿Señora?

Pero Josefa ya no oye nada. A sus setenta años, después de ver de todos los colores, su corazón continúa bombeando, agitándose y precipitándose para poder volver ver a Patricia. Tiene ganas de abrazarla y camina lo más rápido que puede hacia el centro de salud, pegado a su casa. Patricia no está allí, pero quiere informarse dónde está, en qué hospital está. Josefa ya no siente fatiga aunque su respiración se ha agitado diversas veces cuando ha preguntado al auxiliar por su nieta. Sí. Patricia figura en uno de los hospitales de la ciudad.

La enfermera, que antes le ha tomado la tensión, ahora sin uniforme, se sorprende al ver otra vez a Josefa apoyada en el mostrador, y hablando con el auxiliar administrativo. Se acerca a ellos, para interesarse por su salud. Cree que Josefa ha regresado porque vuelve a no encontrarse bien. Cuando se entera del motivo real de su segunda visita al centro de salud, la enfermera se ofrece a acercar a la señora Josefa al hospital, pues ya ha terminado su turno.

Las dos mujeres, Josefa y la enfermera, suben al coche.

Es lo único que me queda, ¿sabes? le dice la señora Josefa a la enfermera refiriéndose a Patricia.

La mujer afirma, pues conoce a su nieta desde que nació. También conocía a Ana y a Manuel, los padres de Patricia. La enfermera siente un afecto especial por la señora Josefa, y se ha implicado en más de una vez en ayudarles. Ella tiene la misma edad que tendría Ana si siguiera viva, y Josefa sabe que nacieron el mismo día.

¿Cómo está su madre? se interesa la señora Josefa.

Bien. Ha tenido algún achaque en los últimos meses, pero desde que le pusieron el marcapasos todo ha cambiado para bien.

Me alegro… dice de corazón la señora Josefa. Fuimos compañeras de habitación cuando tú y Ana nacisteis.

La enfermera sonríe y asiente porque la historia ya la conoce. Se la ha oído explicar repetidas veces a su madre, y también en boca de Josefa, aunque la historia explicada en boca de la abuela de Patricia, cobra distinto color pues pertenece a otro punto de vista.

Estaba aterrada comienza la historia Josefa. Después de seis meses ocultando el bulto, tenía que pasar lo que pasó. Mis padres me descubrieron y pusieron el grito tan alto que perforó los cristales de todo el vecindario. No nos engañemos –me guiña el ojo Josefa-. No se enteró nadie. Prefirieron continuar con el disimulo, y guardar las apariencias que era muy importante en aquella época. Me hicieron jurar que una vez pasase todo, daría el bebé en adopción. En un primer momento, no me pareció una mala idea. Pero fui cambiando de opinión conforme avanzaban los días. En el momento del parto, tomé la firme decisión de que nada me iba a apartar de mi bebé. Entre contracción y contracción, sentí que ya nadie más podría interferir entre mi pequeña y yo. Fue un parto fácil. Me recuperé enseguida. Me negué a firmar el papel donde renunciaba a ser madre y se armó la gorda. Me arrancaron literalmente el bebé, pensando que cambiaría de opinión. No me lo dejaban ver, pero yo en aquella habitación de hospital, vi como tu madre te amamantaba y eso me dio fuerzas–la enfermera sonríe-. Y tracé un plan para recuperar a mi pequeña Ana, que ya le había puesto nombre aunque nadie más lo sabía.

¿Y qué pasó? Quiere saber la enfermera porque esta parte de la historia la desconoce por completo.

 

Me levanté como pude de la cama, robé un hábito de monja de unas de las habitaciones del piso superior en un despiste de su dueña, y anduve por diferentes pasadizos del hospital hasta dar con un sótano lleno de bebés. Sabía que mi hija estaba allí, pues los dictámenes de un corazón desesperado nunca engañan. Al fin la vi. Tenía la carita regordeta como su padre y había sacado la genética de mis labios que se quebraban entre el llanto de tanto bebé. La niña lloraba desconsoladamente. No creo que me equivocara pues la reconocí al instante. Me acerqué a ella y la cogí entre mis brazos. Desde aquel instante, supe que ya nada nos podría separar. Le dije a otra monja lo más convincentemente que pude, que salía con la niña a alimentarla y ésta me creyó. Tan pronto crucé la puerta, me encontré con otra monja, que al verme y no reconocerme, me dijo que los padres adoptivos de la pequeña ya habían entregado una suma cuantiosa de dinero. No quedaba mucho tiempo, alguien subiría en el cuarto a indicarme que la niña finalmente había fallecido de muerte súbita, como averigüé mientras conversaba con aquella monja. Impertérrita, me hizo que le entregara a la pequeña, pero en aquel momento Ana ensució el pañal. Me ofrecí a cambiárselo, para entregar a la niña limpia a sus padres.

Josefa, ¿usted cree que yo soy una de esos niños robados? Se atreve a preguntar la enfermera mientras se ha detenido en un semáforo en rojo y la sombra de una sospecha la aturde.

No. Nunca lo he creído, Eva. Yo misma vi con mis ojos como tu madre te tenía y te amamantaba. Pero en ese hospital paralelamente se entregaban bebés a otras familias, por las buenas o por las malas. Aunque a veces las cosas se tuercen, y yo misma pude robar a mi bebé robado. Las cosas salieron bien. Todavía me veo huyendo dentro de una furgoneta, metida entre sábanas., con mi niña. Rezando para que no llorara y que no nos descubrieran. Estaba tan dormidita. Con mi calor maternal, mantuvo el sueño justo para emprender un viaje que nos alejó de allí lo suficiente para empezar una nueva vida.

El semáforo se pone en verde. Avanzamos un poco, pero hay bastante circulación, y nuestra marcha se vuelve a detener entre el atasco. La enfermera Eva vuelve a frenar.

No fue fácil, ¿verdad?

La vida nunca lo es, pero esa dificultad de supervivencia es la que nos mantiene vivos. Trabajé sin descanso y, todo hay que decirlo, hubo gente buena como tú, que me ayudó a conseguirlo. Subir a Ana, aprender a ser madre soltera, toda una experiencia.

Y ser la abuela de Patricia…

Sí, eso también. Pero eso vino después. ¿Sabes una cosa? Me siento vieja porque mi corazón ha envejecido físicamente. Ahora me canso fácilmente. Tengo que vigilar lo que como, poca sal, poco café. Pero mi espíritu vuela alto decidido a no rendirse. Con mi pensión vivimos la niña y yo. Si yo dejara de existir, ¿qué sería de ella? Me lo pregunto cada día al despertarme. Ya sé que ahora ya es mayor de edad pero uno no lo es hasta que se independiza económicamente. Y ahora, con todo el panorama laboral que hay… Patricia tenía un trabajo eventual, ahora que lo ha perdido, ha empezado otra vez a estudiar. Y yo me alegro pues la vuelvo a ver ilusionada.

La señora Josefa sabe que Pedro tiene algo que ver en esa ilusión.

Ya están llegando al hospital. La enfermera Eva aparca con ligeras maniobras. Entran por la puerta principal de urgencias. No tardan en dirigirles al box donde se encuentra Patricia después de explicarles que sigue en observación, pero que todo parece ir bien.

Patricia está consciente e intenta sonreír al ver a su abuela, aunque una mueca de dolor la sorprende. Le duele el cuello y lleva un collarín alrededor de él. Los calmantes todavía no han hecho todo el efecto pero no tardarán en hacerlo.

Recibimos un golpe en el coche por atrás estando parados en un semáforo. Menos mal que llevábamos el cinturón de seguridad.

Josefa respira aliviada.

La enfermera Eva se sorprende al encontrarse en el pasillo con su cuñada Montse. Se saludan y Montse no tarda en explicarle qué hace allí.

Pedrito ha tenido un accidente explica. Por una vez que le dejo el coche… Pero lo importante es que está bien, pobrecito mío. Ven, está en este box. Y señala un pequeño espacio a la izquierda.

Pedro se avergüenza de escuchar los diminutivos en boca de su madre. Colorado, hace señas para que Eva pase la cortina. La enfermera así lo hace y se encuentra con Patricia acompañada por la señora Josefa. Ambas rompen a reír, cómplices.

Mamá –dice Pedro-. Te presento a Patricia, mi chica.

Montse saluda a Patricia con educación y piensa que el tiempo se ha precipitado en la vida de su hijo.

Cómo pasa el tiempo le susurra a Eva. Y el otro día le estábamos cambiando los pañales, verdad, ¿cuñada?

Sonrojado hasta la punta del mechón castaño que le tapa uno de sus ojos verdes, Pedro intenta que su madre se calle pero no lo consigue.

La señora Josefa ríe al observar las miradas que se cruzan los dos enamorados. Sabe que con una mirada se pueden decir mucho y que están deseando salir de allí. Si no fuera porque ambos llevan un gotero con los calmantes, sabe que lo harían gustosamente.

Horas después, las dos familias salen del hospital con el alta en la mano. Pedro y su madre suben al automóvil del padre de Pedro que les ha venido a buscar. Pedro y Patricia se despiden por unas horas susurrándose que será difícil besarse con el collarín puesto.

Ya en el coche, Eva le hace prometer a Josefa que se continúe tomando la tensión todos los días porque evaluarán si se tiene que cambiar la medicación.

¿Qué te ha pasado yaya? se preocupa Patricia.

Una que se hace vieja, pero me protegí con el cinturón dice Josefa mientras se abrocha a su vez el del coche.

¿Qué cinturón, abuela?

El tensiómetro que me regalaste es mi seguridad, pequeña. Pero no te preocupes, está todo bajo control, ¿verdad Eva?

La enfermera asiente. Sabe que el buen seguimiento, y Josefa es rigurosa en eso, es una de las bases para detectar anomalías y poder evitar accidentes cardiovasculares. La subida de tensión de hoy de la señora Josefa, posiblemente indique que la medicación que se está tomando se ha quedado corta y necesite otra clase de pastillas.

En los días que vendrán, Patricia ayudará a su abuela a apuntar en una cartilla diferentes tomas de tensión durante el día, la tarde y la noche, siguiendo las instrucciones de la amable enfermera. Sabe que algún día no muy lejano, ella también se convertirá en enfermera. Este es el pensamiento que la invade mientras estudia con empeño la lección de hoy. Ya queda poco para los exámenes y esos días se queda en casa para estudiar.

¡Juventud divino tesoro! exclama Josefa cuando observa que su nieta ya ha recuperado la movilidad del cuello por completo.

Patricia ríe feliz cuando contesta a la llamada de Pedro, y se entera que también se ha recuperado. Esta tarde quedarán, pero sin utilizar ningún coche. Han quedado a mitad camino. Antes toma la tensión a su abuela: trece de máxima, siete de mínima, anota Patricia en la cartilla.

Este año no podré regalarte nada, yaya se lamenta Patricia.

El mejor regalo es vivir cada día pequeña dice Josefa disfrutando cada respiro de su existencia-. Cuando me vaya, no quiero que sufras. Aunque creo que me queda mucho, mucho tiempo para esto.

Patricia le da un beso afectuoso en la mejilla y Josefa siente su calor.

Sólo estaré un ratito fuera. Vendré a cenar se despide Patricia.

Dale recuerdos a Pedro dice la señora Josefa.

En la parada de autobús, Patricia piensa en el regalo de esas Navidades para su abuela. La sorprenderá con tiempo y dedicación. A veces, la compañía es uno de los mejores presentes. Un valor que nada tiene que ver con lo económico pero que les hace mucha falta. Ambas disfrutarán de caricias en su espíritu, compartiendo juntas el tiempo que la vida les regala, que se alargará durante varios años.

Audiorrelato de “La cuerda y el delfín”

A Enrique, Ana, y Emilio con amor

 

Con motivo de “El día de la Salud Mental”, 10 de octubre, os he enlazado este relato que escribí en el año 2013. Espero que toméis conciencia de los “locos” y no los rechacéis por tener una enfermedad. No lo hacen expresamente. La locura siempre ha sido como un estigma contra la que la padece y los familiares que también están sufriendo alrededor del ser querido. Se ha rechazado por la sociedad, desde hace más tiempo que de Juana La Loca. ¡Mirad si ha llovido desde entonces!

El cerebro es un órgano más del cuerpo y, si enferma, necesita acudir a un médico (psiquiatra) para que le ponga solución. Los fármacos se tienen que tomar según prescripción y seguimiento medico. Siempre. Un abrazo y a continuar con nuestra vida.