El marinero y el niño

Lo confesó sin ninguna sonrisa en los labios. El sudor brotaba de la frente del marinero mientras le hablaba a aquella policía, que le miraba incrédula. En la trastienda, había un niño escondido. Lo había visto solo una vez, pero sabía que seguía allí, porque las luces por la noche seguían encendidas.

Todo estuvo listo en unos cuantos días y el marinero se despidió de aquella ciudad maloliente, en la que había pasado poco más de quince días; veraneando, como nunca antes lo había hecho. Su mujer ya no le acompañaba, desde que se había fugado con otro hombre, cansada de estar sola.

Al final de la calle, vio la figura de la policía que le saludaba. De su mano iba aquel niño moreno que había en la trastienda. Por la forma de su cara, diríamos que su nutrición aquellos días había sido terrible, porque se le marcaban de manera muy prominente, los pómulos.

La rabia, que sentía el marinero, fue creciendo y sus puños se apretaron, conforme la policía le explicó la cantidad de horas que se habían pasado, hasta desmantelar aquella red de explotación. En aquella tienda de barrio, cerca del puerto, se escondía un taller textil clandestino donde se servían de mano de obra infantil.

El niño, después de las indicaciones de la policía, se acercó al joven marinero, y le pidió si podía viajar con él, porque no tenía padres. No quería ir a un centro de acogida. El niño y el marinero se dieron un beso en la mejilla por cortesía, que al hombre le quemó en su cara más de la cuenta y, segundos después, le dijo a la policía que intentaría adoptarlo. Sus intenciones iban en serio.

Dentro de unos meses, el marinero se convirtió en su padre. El primer día que le enseñó su barca, el niño le confesó entre lágrimas, la fobia que le tenía al mar desde que sus padres biológicos se ahogaron, esperando que la promesa de una vida mejor se cumpliera.

Ambos se quedaron en tierra, contemplando el cielo con sus nubes desde aquella barca, que ya no salió a faenar.

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El mentiroso

Ansía ponerse una peluca que oculte su pelo rapado. Se maquilla hasta que el color le molesta en la piel. Delante del espejo, se siente libre, posando e imaginando cómo sería su vida si se llamara Lucía. Y no Jorge Gutiérrez, como apunta su DNI. Un antifaz es el toque último para salir a la calle y que nadie le reconozca. Se desliza por las escaleras con sus zapatos de tacón rojo pasión, y empieza a andar por la acera, fundiéndose con el resto de transeúntes.

Un flamante autobús le espera a final del trayecto. “Que no te engañen”, reza un eslogan a medio pintar. Jorge ve reflejado en sus cristales, la figura de Lucía. Vestido así, nadie diría que ha nacido hombre. Jorge mueve sus muslos y, siente por una vez, como su reflejo le es fiel. Maravillado, empieza a bailar sin canción, hasta que un penetrante olor a gasolina, le invade. Asustado, va a ver de dónde procede ese olor.

Detrás del vehículo, hay un hombre con los ojos llorosos y un mechero en su mano derecha.

—¿Arderás como mis ilusiones? -se pregunta el hombre con la mirada vacía, intentando prender el autobús.

—¡Nooooo! -grita con todas sus fuerzas Jorge, quitándole el mechero al posible pirómano.

— ¿Beatriz? ¿Eres tú? -pregunta el hombre dirigiéndose a Jorge, embelesado por el aspecto físico de aquella bella mujer-. Llegas tarde, pero has venido. Pensaba que me habías engañado.

— Lo siento -dice Jorge-. Estaba estudiando. Ya sabes… Haciendo traducciones con el diccionario de latín.
— Tienes una voz bastante ronca.
— Sí, es que estoy acatarrada.
— Todavía estamos a tiempo para ir al cine -dice dándole una entrada.

Jorge acepta entusiasmado. ¡Tiene una cita con un chico! Ha sido su día de suerte.

***

La pantalla del cine es un inmenso mar terrorífico. La película, que ha escogido el hombre, es de miedo y, después de repetidos sustos, Jorge se agarra a él. No queda palomita de maíz, que sobreviva a sus sobresaltos, pues todas se esparcen por el suelo.

Y así, quedan ambos, con la manos amarradas en la butaca.

—¡Que manos más grandes tienes! -comenta el hombre, a la que piensa que es Beatriz, cuando las letras del final inundan la pantalla.

—Las heredé de mi padre -dice Jorge con un punto de orgullo.

— En la foto que me enviaste, no las aprecié. Eso de las citas a ciegas es toda una sorpresa… Mira, pensaba que no vendrías, que te echarías atrás… Estuve apunto de incendiar un autobús de lo frustado que me sentí, cuando vi que te retrasabas. Si no llega a ser por ti, salgo en las noticias. Iremos poco a poco, guapa, como quieras y prefieras.

Jorge y el hombre se despiden con dos besos en las mejillas.

***

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— ¿Quieres que nos hagamos una selfie en el lugar donde nos conocimos? -le pregunta un día Jorge tras meses de relación cinéfila.

Ambos vuelven al autobús: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, reza el flamante automóvil, abandonado y estacionado donde siempre.

La tarde hubiera sido perfecta si no fuera, porque Jorge se atreve a confesarle a su pareja:

— No me llamo Beatriz, Juan.

— ¿Cómo…?

— En realidad, soy Lucía.

—Ah… -dice aliviado.

— ¿Tú crees que, una vez hemos nacido, podemos evolucionar o, siempre nos tenemos que quedar con lo que hemos sido?

Juan se queda sin palabras.

— Libres, somos libres. Y podemos decidir. Cuando te vi, decidí darte la oportunidad de conocerte. Y así ha sido. Nueve meses disfrazados de aparente amistad en los que nos hemos acabado enamorando. Me he callado muchas cosas, Juan. Pero ha llegado el momento de que sepas la verdad. Sé que te gusto, e incluso te has llegado a obsesionar por mí. Igual acabas conmigo, pero si no te lo digo, reviento. De igual a igual, como persona, que de hecho es lo que somos, ¿que pasaría si te dijera que el nombre que figura en mi DNI es Jorge?

Una arcada le sube por la garganta a Juan que golpea de manera brusca a Lucía. Es su transfobia la que le domina, la que le obliga a no pensar, y a perder los estribos. El menosprecio se hace dueño de él en cada golpe que propina.
La sangre de su amiga empieza a fluir y, al poco, deja de respirar.

Un llanto de vergüenza le cubre la cara a Juan, que echa a correr como los cobardes, esperando que nadie le descubra.

Doce años de tormento

Aquí tenéis mi participación en el taller de escritura de Literautas de este mes de febrero. Tenías que inventar una historia de máximo 750 palabras, que contuviera las siguientes 12 palabras: 

tango, roedor, escalera, talismán, alianza, frasco, viuda, regalo, naranja, mañana, secreto, doce.

Y aquí tenéis el resultado:

A Dora y a Pablo les gusta bailar el tango todos los viernes en su salón. Pero hoy Dora se aproxima peligrosamente hacia la escalera movida por la desilusión:

No habrá otro mañana para tí -pronuncia Dora empujando a Pablo que cae por todos los peldaños-. Doce años ha durado ese matrimonio y el único regalo que he tenido ha sido esta alianza -dice acusándole y quitándosela de su dedo anular-.

Un roedor perdido, de los tantos que corren por la mansión, es el único testigo de su mala acción.

Un reguero de sangre mancha el suelo de madera. Pablo se ha desnucado y muere en el acto.

Ni toda la riqueza que abunda en ese hogar frío, -se lamenta la reciente viudanada, me hubiera hecho más feliz que estrujar a un niñito entre mis brazos. No me diste ni un solo hijo, Pablo -habla con su marido de cuerpo presente-. Y has pagado por ello -añade mientras comprueba que Pablo ya no tiene pulso y le quita su alianza-.

La viuda

Imagen Creative Commons de Araí Moleri Riva-Zuccelli

Minutos después, Dora une los dos anillos con una cadena y se los pone en el cuello para usarlos como talismán.

Me van a proteger contra el silencio y la soledad a partir de ahora, piensa en voz alta.

Frotando los dos anillos, uno contra el otro, Dora descubre como desprenden unos polvos de color naranja. La mujer, sorprendida, decide guardarlos en un frasco de cristal en el estante de la cocina.

Por si las moscas –se dice-. Creo que me pueden servir para alcanzar deseos en un futuro.

Anochece en la mansión y Dora intenta dormir, pero no puede. Las sábanas están muy frías y piensa que tiene que deshacerse del cuerpo de Pablo antes de que sea demasiado tarde.

Mañana va a venir la asistenta y no puede encontrar el cadáver -murmura.

Dora arrastra a su marido muerto hacia el sótano. Limpia todo lo que puede para no dejar ni rastro.

***

A la mañana siguiente, Rita, la asistenta, viene muy cantarina.

Dime qué secreto guardas para venir tan contenta al trabajo -comenta por lo bajo Dora-.

¿Y el señor de la casa no está? -pregunta Rita-.

No, salió ayer de viaje -se apresura a decir la viuda-.

Qué raro -dice Rita mientras empieza a limpiar los estantes de la cocina-. Juraría que esta mañana lo he visto-.

Los ojos de Dora se desorbitan por la sorpresa y el escalofrío que experimenta.

¡Eso es imposible, Rita! –grita Dora presa del miedo-.

O quizás…. -duda la chica– me lo pareció ¿Qué le ocurre, señora? -y al girarse hacia Dora y, con el susto en el cuerpo por el tono enfadado que desprende su jefa, el frasco de cristal le resbala de las manos.

Un pequeño ratoncillo, perdido y astuto, ha aparecido en escena y se dispone a comer los polvos mágicos.

¡Nooooo! -chilla la viuda cogiéndo una escoba y dando golpes al roedor.

El pequeño roedor, que ha comido más polvos de los que aparenta, está cambiando misteriosamente de aspecto, convirtiéndose en el niño que Dora siempre deseó.

¿Por qué mataste a papá? -le pregunta el niño pelirrojo y de ojos verdes a Dora después de la metamorfosis-.

Se produce un eterno silencio que solo se rompe cuando la viuda intenta huir de allí.

Señora, -dice ahora el niño dirigiéndose a la asistenta-, rápido, llame a la policía. Tenemos aquí a una asesina.

Rita se apresura a cumplir las órdenes del niño.

***

El juez no tarda en dictar sentencia después de que la policía haya descubierto el cadáver en el sótano. Dora es encarcelada de inmediato.

Por las noches, los roedores de la cárcel chillan y no la dejan dormir. Permanecer en la celda se convierte en un acto peliagudo sabiendo que hay un niño que la espera cuando termine su condena.

La viuda se lamenta pues ya no puede frotar su talismán, porque un funcionario de prisiones se lo ha requisado. Un desasosiego la atormenta pues no sabe en qué manos habrá caído, ni qué deseos está a punto de satisfacer, ni quién lo sabrá usar.

Otro simple cuento de Navidad

 

Esta es mi participación al Taller de Escritura de Móntame una escena de Literautas: el Espejo y el bosque. Consistía en escribir un relato de no más de  750 palabras en el que salieran las palabras: “espejo” y “bosque”. Como opcional, también podías incorporar un personaje que mintiera.

Aquí está la Recopilación de Textos del Taller.

He convertido mi relato a vídeo y también os lo podéis descargar en pdf aquí: OTRO SIMPLE CUENTO DE NAVIDAD

¡Felices fiestas!

 

El eco de mi rebelde tambor

Te veo siempre obsesionada para que todo quede perfecto, pero hoy el ensayo general se ha interrumpido tan solo comenzar. Una llamada telefónica ha quebrado tu paz. Tu rostro queda paralizado entre lágrimas. No me he atrevido a preguntarte. Un silencio desolador se ha depositado en el escenario. Te veo marchar apresurada, bajando las escaleras de dos en dos, y te sigo con la mirada hasta perderte de vista. Algo serio ha pasado, y lo veo más claro, cuando otra profesora entra, informándonos que la clase se ha suspendido.

No entiendo qué es lo qué está pasando, por qué no puedo sorprenderte con mi tambor, como otras veces he hecho. A veces, incluso me ha salido sangre de tanto ensayar. Mi insistencia no tiene límites. Estamos en el último ensayo general, a dos días de la verdadera función.

Recuerdo cuando te conocí; tenía una palabra atragantada en la garganta. Tu media sonrisa me deslumbraba, reteniéndome en la silla. Tartamudeé al presentarme:

— Soy Al… ber…to –te estreché una mano sudorosa por los nervios-.

Empezamos a ensayar, y te mostré el real ritmo que mi tartamudez desviaba. No te mostraste indiferente y creo que, al terminar la clase, percibí un gesto de aprobación, pues me elegiste para la función. Creí que crecía dos centímetros más de entusiasmo.

Tu novio vino a buscarte a la salida del trabajo. No sé qué viste en él, y me lo he preguntado repetidas veces desde entonces. Sentí que te perdía desde aquel día, y al enterarme que ibas a casarte al finalizar el trimestre, mis celos se desbordaron, arrasando todo lo que encontraron en su camino.

***

Lo que había sucedido, lo supe al llegar a casa. Mi madre estaba al borde del llanto. Mi mirada reparó en las imágenes que salían del televisor. Eran desoladoras y confusas. Un terremoto había azotado Nepal, donde se encontraba mi primo.

— Ese Juanma siempre organizando despedidas de soltero originales –logró decir mi hermana entre lágrimas-. Había ido de escalada al Everest con el novio de Ana, ni más ni menos.

Guardé silencio. Ana… ¿Ese era su destino? ¿Quedarse viuda antes de casarse? Una emoción me recorrió, y me sentí mezquino de alegrarme de desgracias ajenas.

Tardé en volver a verte y, sola, te imaginé en sueños que inexplicablemente se repetían. Veía cómo corrías y, delante de una inmensa montaña, te arrodillabas. Besabas la tierra con tus labios húmedos. Un mechón rizado de tu gruesa melena se metía en tu boca. Llorabas y me contagiabas tu llanto, pues me despertaba con las mejillas mojadas. Querías ser tierra, volver a ella, y temblorosa, tu ánimo crujía recordando a tu alma gemela. No estaba preparado para ver tanto dolor que emanaba de tus poros devastados.

El día en el que volviste a clase, te observé. Estabas demacrada y tan decaída, que tu alma estaba más baja que tus pies. Me arrepentí de haberte deseado, pues tendría que haberme conformado con amarte así, tal cual, en brazos de otro, si con ello te veía feliz. Era un egoísta.

La verdadera función había quedado retrasada hasta tu regreso. Volvimos a ponernos a nuestros puestos. Yo, con el eco de mi tambor latiendo más allá de la percusión, por toda la sala. Volvía a sudar, y mi corazón se desbocaba y entraba en un callejón sin salida. Solo por verte. Me sentí cursi y extraño. Te amaba, pero tú no lo notabas. O no querías saberlo. Me agarré fuerte a las baquetas y las estrellé contra el tambor. Entré a destiempo expresamente. Quería que te dieras cuenta de mi presencia. Me acabaste expulsando de allí.

***

Varios días después, la vibración de una llamada interrumpe la clase. Coges el móvil rápido, emocionada al reparar quién es. Tus alumnos te interrogamos con la mirada; tu voz es suave y alegre al responder, cosa que me agrada. El espejismo de una esperanza aflora de tus sonrosados labios.

— ¡Está vivo! –oigo que exclamas-.

Vives deprisa desde este mismo instante. Corres hacia la salida, pues tu corazón ha brincado al saber la noticia. Y en tu interior, la música, tu vida, empieza a latir.

Yo seguiré solo, palmeando con mi tambor, con ritmo adolescente y estudiantil. Observándote desde esta distancia efímera, que se acorta cuando me miras. Imaginándote contenta en otros labios. Idealizándote por segunda vez. Estarás lejos de mí, porque desde este momento para ti, y con la idea fija de una ilusión amorosa y un regreso… Los tambores comenzaron a sonar.

Imagen Creative Commons de Laura Marcello en FlickR

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Atrevido como la ira, de rojo pasión: la historia de un calcetín

Imagen Creative Commons de dartagnnana Visual en FlickR

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Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Ruth estaba al borde de un ataque de nervios, pues no lo encontraba por más que lo buscase. El problema no era el valor de aquel mísero calcetín, sino que su miedo provenía de pensar quién lo habría podido encontrar. Repasó de arriba abajo el despacho de la oficina donde trabajaba por enésima vez. No. Seguro que allí no estaba. Miró dentro de su bolso. Su minúsculo tanga, guardado a toda velocidad, estaba encima de todo. Lo apartó, y lo metió dentro de un compartimiento del bolso, que cerró con la cremallera. Se imaginó la cara que pondría la cajera del supermercado, si lo viese al pagar la compra. Rebuscó entre sus cosas, pero ni rastro de aquel maldito calcetín. Mira que si por culpa de aquello,  perdía su dignidad en la oficina… Sería la comidilla durante días, que le pasarían lentos, y ofuscados. Y todo, por un calentón del jefe, que todavía le daba repelús. Sentía una arcada contraída en su garganta.

Si todavía le hubiese gustado, pensó, mientras continuaba buscando. Dentro de la papelera. Imposible. No habían tenido tanto arte como para hacer puntería. Miró en su interior. Estaba limpia. No había ni tan solo un papel arrugado, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Mercedes. Seguro que ella había encontrado su prenda en su trajín de limpieza diaria.

Era imposible preguntarle a la cotilla de Mercedes, sin levantar sospechas, por eso prefirió guardar silencio. Sí. Sería una tumba.

Aquella noche no podría dormir, pues pensaría en que quizás alguien sabía lo suyo con el jefe de personal. Pero estaban tan mal las cosas… Sentía una angustia que la asfixiaba. Cada vez que Germán se le acercaba, tenía miedo a que le hiciera pasar al despacho para despedirla. Por eso, posiblemente, lo había seducido con sus encantos: su pelo rizado y envolvente, la dotaba de gran personalidad. Ruth quería ascender, no exclusivamente hacer fotocopias. Por eso, había dejado caer sus pestañas de una manera seductora, mientras le acercaba una fotocopia todavía caliente al jefe. En ese instante, había nacido una chispa instantánea, en la que Germán le había rozado el culo, y había dicho aquellas palabras mágicas que a ella le daban tanta fobia.

Ruth le siguió. Entró en su despacho acobardada.

Con un regusto a la comida que había engullido aquel mediodía, Germán, intentó besarla. Ella, paralizada por el miedo que le impedía moverse, no opuso resistencia. Las manos de Germán tocaron sus glúteos firmes, mientras Ruth evocaba un momento de placer, revivido en otros tiempos, con los ojos entornados. Él pensó que a ella le gustaba, pues la oyó gemir bajito. Después, Germán se sentó en la mesa y le sugirió que ella se agachara mientras sostenía su miembro firme.

No pudo hacerlo. Por eso, tal vez se quitó el tanga rojo, se subió encima de Germán y…. Sí, con los distintos movimientos, el calcetín debía haber salido disparado. No tenía duda ahora, que había visualizado los momentos más cruciales de aquella tarde.

Al final de la jornada, Ruth, salió la última de la oficina con la mirada gacha, y avergonzada. Se fue al supermercado y se compró la cena. Como siempre, cenaría sola. En su dormitorio se quitó las botas y comprobó en su pie desnudo, como había una  uña que sobresalía más que las demás. Se dio una ducha y decidió cortarla, mientras apartaba de su mente por unos momentos, y entretenida con las tijeras, la imagen babosa de Germán.

El jefe de personal aquella noche se relamió los labios. Cuando llegó a su casa, y después de cenar con su mujer y sus hijos, dijo que tenía faena atrasada, y que no le molestaran. Se encerró en su despacho, abrió el segundo cajón de la mesa, y allí guardó el calcetín de Ruth, que sacó del bolsillo de su pantalón. Observó que tenía un agujero y dudó en si zurcirlo. Al final, prefirió dejarlo así, pues mantenía la esencia de la  joven empleada. Su colección de calcetines era numerosa. Observó sus trofeos con la luz tenue de la bombilla, excitado.

— Esa Ruth, toda una caja de sorpresas. Aún no tenía un calcetín rojo para la colección. La premiaré -se dijo para sí-.

Al día siguiente, Ruth recibió  un ascenso. Con el corazón bombeándole de asco, y sacando una fuerza que desconocía, prefirió rechazar la oferta ante la sorpresa de sus superiores. Seguiría siendo becaria, e intentaría trabajar en otro lugar, lejos de Germán. De aceptar aquella suculenta propuesta, siempre acabaría recordando cómo había llegado a ella. Aquel mismo día se puso a buscar otra salida, cruzando los dedos para que saliera una oferta. De camino a casa, pasó por delante de la mercería de su barrio.

En el escaparate destacaba un cartel que anunciaba con letra Arial: “Se busca dependienta”. Ruth entró entusiasmada, ofreciéndose para el puesto. Conocía a la dueña, y sabía que lo tendría fácil. Acertó de lleno, pues al día siguiente empezó a trabajar rodeada de calcetines de varios colores.

Al cabo de unos días, entró una señora muy bien vestida y peinada de peluquería, con una bolsa de plástico. Se acercó al mostrador y se dirigió a la dueña.

— ¿Recicláis calcetines? -preguntó al borde de las lágrimas-.

Ruth, que la oyó, se quedó estupefacta.

— ¿Qué ha pasado esta vez, Silvia? -preguntó Carmen, la dueña del local-.

Con rabia, Silvia, abrió la bolsa y fue tirando una gran cantidad de calcetines, todos desparejados.

Carmen, no comprendía nada.

— ¡Una lista de sus amantes! ¡Y esto es lo que me he encontrado en su despacho! Pero lo tiene claro, esta noche a mi no me engaña más. ¿Trabajo? De patitas en la calle va a ir cuando se lo cuente a mi padre. Ya verás. A mi solo me hace falta mover este dedo -dijo señalando su meñique- para conseguirlo. ¡Y lo haré! ¡Te lo juro por mis hijos!

Cuando la mujer se fue, después de que Carmen, su amiga, la tranquilizara, Ruth se puso a recoger el mostrador. Al despejarlo, no tardó en reconocer su calcetín rojo.

— Eres de un rojo atrevido, rojo como la ira, de rojo pasión -le dijo-. Cuántas emociones en estos días, ¿verdad?

Y rompió en una carcajada, porque aquel día llevaba medias, y de mantener una absurda conversación con un calcetín. Al cabo de poco, guardó la compostura, y se puso a ordenar la tienda. No quería que la viesen hablando sola. Tenía trabajo, y tenía que conservarlo. Se puso a silbar de contenta cuando terminó su labor. Se fue a casa imaginándose la cara del viciosillo de Germán, al saber que había sido descubierto. Pero ella ya no la vería. Y de eso, se alegró.

Los temblores del cristal

Imagen Creative Commons por Alberto Racatumba en FlickR

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“Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado”. Franz Kafka en Primer Cuaderno

La habitación de aquel hombre soñador era tan frágil, como una caja repleta de cristal. Su mundo interior era un espacio enorme, pero se podía contaminar al estar pegado junto a habitaciones de otros hombres. En mitad de la noche, con la luna iluminando su silueta, hacía ejercicio. Descansaba poco, comía menos. Sabía que si se mirara en un espejo, su figura marcaría todos sus huesos.  Aquel era el momento de sentirse libre, y en medio del silencio, le parecía oír como sus propios miedos se callaban. Eran unos breves minutos, los que tardaba en imaginar cómo escapaba de allí, donde la tortura mental que sufría, parecía disiparse a través de sus pasos rápidos. Corría dando vueltas por aquel recinto, sin ir a ninguna parte, despejando su mente, mientras los demás presos dormían.

Sabía que allí no encontraría sentido a su existencia. Echaba de menos su hogar, a Catalina, y a su niña de ojos vivos. Tal vez ellas habían conseguido refugiarse, y estarían en un lugar seguro. En un descuido, le habían atrapado los que le vigilaban de cerca. No pudo despedirse de nadie. No le estaba permitido enviar cartas, y si pudiera hacerlo, tampoco sabría dónde enviarlas. Si mirando al cielo pudiese escribir sus pensamientos,  se los enviaría a su mujer bajo las negras estrellas, que se habían apagado por aquel aislamiento que había sufrido en los primeros días. Lo único que le consolaba era que, si las dos estaban bien, compartían el mismo cielo, la misma capa azul cubriendo sus cuerpos. Catalina, la niña, y él, se encontraban en el mismo lugar, aquel mundo caótico y sin sentido, aunque separados por numerosos quilómetros de carretera.

En aquel mundo era peligroso tener ideas, y si además eran de carácter político, y las escribías, tenías la libertad contada. Mientras el hombre corría cada vez más rápido, sonaba música a su alrededor, que ensanchaba su habitación interior. Desde su cabeza podía escucharla si acercaba el oído, y por un momento, pensaba que Catalina estaba tocando el violín en el salón de su hogar. Cómo le gustaba que ensayase, a través de aquellas notas, podía comunicarle sus sentimientos. Era capaz de hacerlo, tan solo hacía falta escucharla con el corazón. Pero el concierto nunca llegó. Se truncaron sus deseos. Se llevaron a su marido en una furgoneta y la melodía quedó partida, sin poder dirigirla a ningún receptor que la animase a continuar. Catalina se quedó esperando entre el silencio interrumpido por los lloros de su hija que buscaba un poco de consuelo, al ver que su padre ya no estaba entre ellas. Esperó que su marido volviera, hasta que se le acabó la paciencia. Cada día miraba a través del cristal, con la cortina pasada a medias. A veces les parecía escuchar el ruido de un motor, y con esperanza, esperaba que su esposo entrara por la puerta principal. Pero, tan solo era un reflejo de su deseo, un temblor de su espejo mal colgado por las prisas.

Catalina tenía miedo a que la vieran desesperarse. Por eso, se escondía a través de la cortina. Además no se fiaba de nadie. Repasaba mentalmente su círculo de amistades escasas, pensando en un delator que había acusado a su marido a cambio de algo. Solo salía a la calle cuando las sombras eran largas, cuando el anochecer era profundo. No se encontraba con nadie, aunque si las paredes de las casas pudiesen hablar, dirían que la paz de la noche las arrullaba. Catalina caminaba con la niña dormida cogida entre sus brazos. Miraba el cielo, a veces plagado de estrellas, e intuía que su marido también podría verlas desde algún punto lejano. Les tocaba el aire de mayo en sus caras y, en ocasiones, se esperaba a que el alba despuntase, y les tocara el primer rayo de sol. Después de eso, volvía a esconderse, y ya no salía en todo el día.

El hombre, cansado ya y resollando, se sentía incapaz de romper aquella jaula de cristal. Temblaba su voz cuando le interrogaban en aquel espacio diminuto donde esperaban una confesión que nunca llegó. En la celda compartida no había lugar para su mundo interior, tan amplio, generoso y confortable era, que invadía otros mundos, mezclándose con el espacio de otros presos. Y así quedaba aquella cárcel perdida en un monte solitario, contaminada por las creencias de varios hombres, creando paso a paso habitaciones diferentes, cada cual más ideosa, cambiándose entre sí, pero siempre contaminándose desde el respeto.  Lo que no se le ocurría a uno, a otro posiblemente sí, y entre ellos, colaboraban en ensanchar sus propios mundos.

Cada uno tenía su propia historia que volaba más allá del cristal. Cuando la confianza nació entre ellos, les cambiaron de compañeros. El hombre conoció a numerosos presos en los meses que estuvo allí. Oyó la melodía de sus propios mundos, que era tan fuerte, persistente, y estridente, que logró quebrar aquel muro de cristal que les mantenía carentes de libertad. Y por una pequeña rendija, se escaparon, sin tener que hacer motín alguno. El hombre corrió apresuradamente por el monte descendiéndolo lo más rápido que pudo. Detrás de él corrían también otros presos bajo el cielo iluminado por la osa mayor.

El hombre, después de correr durante varios días, llegó a su aldea. Su hogar estaba vacío, y el violín reposaba en el salón con varias capas de polvo. Una nota con la caligrafía de su mujer en la mesa del comedor, le alertó: “Por si vuelves, estoy en el camino que conduce al sol”. Sabía que aquellas palabras iban dirigidas a él. Emocionado, y después de beber varios tragos de agua para reconfortarse, salió de la casa. Eligió un camino secundario para poder ver el amanecer más cálido. Al final, estaba Catalina de espaldas con su hija en brazos. Subió la temperatura al verlas, en aquel mes de octubre fresco. Entre las sombras, Catalina vio una que se le acercaba, más larga que las demás, seguidas por el ruido de unos pasos levantando la tierra del camino. No se asustó, pues el temblor de su corazón por la emoción del momento, era comparable con la música de los astros del firmamento. Le temblaron los brazos al ver su marido. La niña se despertó y le regaló la mejor de sus miradas, a través de sus ojos vivarachos.

 Antes de besarse, esperaron impacientemente con los ojos fijos en el cielo a que el sol saliese. Cuando les acarició con el primer rayo de sol, los dos se besaron sin parar, pues no estaban soñando. Bajo el mismo cielo, mientras sus labios se buscaban, supieron que sus miedos se habían terminado para siempre.

Desde aquel día, Catalina volvió emitir su música con su violín que sobresalía a través de todas las ventanas de su hogar. La guerra había terminado, y esperaba que aquella pesadilla no se volviera a repetir, por el bien de su niña que crecía a un ritmo desenfrenado. Más rápido de lo que a ella le hubiese gustado. Pero, así era la vida, que pasaba rápida a su alrededor. Ambas tenían su habitación repleta de sueños por alcanzar y compartir, una vez los hubiesen logrado.