Cambio de vida

Era todo mentira. No existía ningún privilegio vivir en la gran ciudad. Lo supo cuando vio aquel entorno y pudo llenar sus pulmones de aire. Apenas los rayos de sol de filtraban en aquella arboleda, que se encontraba en un sitio alejado de la capital. No era un lugar conocido, por eso se podría decir que conservaba aún su encanto.

Tuvo la tentación de acampar entre aquella vegetación y, al acercarse, vio una pequeña cabaña de madera tapada por la maleza. Había encontrado el lugar perfecto para cambiar de vida. Todo estuvo listo en unos cuantos días. No necesitaba mucho, solo tener la valentía de hacerlo. Cogió una pequeña manta, por si por las noches refrescaba, y tenían que tapar sus cuerpos. Una botella de buen vino y jamón del bueno. Las ganas se las llevó instaladas en la mochila.

La noche anterior, su voz rompió la monotonía:

El martes te llevaré a un lugar muy especial —le dijo a su mujer.

Ella se sorprendió al oírle desde el sofá. Pensó en las conversaciones, que ya no existían entre ellos y en sus ojos parados, que ya no comunicaban nada. Lo que más le dolía era su indiferencia y su poca colaboración en las tareas comunes. Tuvo miedo de que su marido ya no le hablara hasta el martes, encerrado en sí mismo.

Él pensaba en ese día especial, que había elegido. Aquella cabaña sería un oasis en su cansancio semanal, que se alargaba más de la cuenta. Quería que para su mujer también lo fuera ya que trabaja todos los días como camarera en un restaurante, excepto los martes.

***

Llegaron a la cabaña el siguiente martes a mediodía. La mujer se paralizó al ver aquel entorno bucólico. Tuvo un dèja vú. Conocía la cabaña perfectamente, como si hubiese estado en una vida anterior.

Su marido le acabó cogiendo la mano y la estiró hacia adentro. Entraron juntos. Ella se sentó en un pequeño taburete y el hombre fue preparando la comida.

¿Te gusta el lugar? —le preguntó el hombre.

Tengo la sensación de que has entrado en mi mente —le dijo la mujer al comprender a qué se debía su dèja vú—. Un lugar confortable donde puedes reposar. Tú eliges, si quedarte o irte. Pero si decides quedarte, respétame.

Yo siempre te he respetado, Silvia.

No, no lo haces. Me pagas con indiferencia y con silencios. Eso también es una manera de rechazar a la otra persona.

Lo siento…

Ya sé que no estamos en nuestro mejor momento, la monotonía nos puede, pero… si decidimos entre los dos seguir juntos… Construyamos un futuro entre los dos, andando en la misma dirección. Tengo la sensación que bailo sola en esta vida, sin ti ya, desde hace tiempo.

Sin ti, la vida carece de sentido, Silvia —le dijo mientras intentaba darle un beso.

Ella apartó sus labios y se cubrió la cara con una mano. Al cabo de un momento, añadió:

A veces pienso si eres la persona adecuada para compartir mi vida.

Inténtalo, Silvia. Yo también lo haré. Podríamos quedarnos a vivir aquí, lejos de todo, solos tú y yo. ¿Qué me dices?

Una llamarada se encendió en sus ojos al oírlo. Pensó en su trabajo, en lo cansada que llegaba cada día, rellenando por completo su vida. Suponía que a su marido le ocurría lo mismo.

Luego le vino el miedo al pensarlo. Su vida dependía de aquel trabajo, la que la ataba vivir en aquella ciudad, donde su respiro se encogía por la contaminación y el estrés.

No puede ser, Roberto. Nos quedaremos a pasar la noche aquí y mañana volveremos a la ciudad.

Aquella noche, en la que Silvia se durmió y perdió su conciencia, había una cabaña de madera, que ardió por haber carbonizado sus sueños. Despertó sudada de la pesadilla. Roberto ya no estaba a su lado, se había marchado, abandonándola en aquel lugar pintoresco.

***

Un abuelo entró por la puerta. Iba cargado con varias bolsas. No se sorprendió de verla allí.

¿Te acuerdas cuando de pequeña te leía cuentos? —le preguntó el viejo hombre.

Silvia se asustó.

Tú me escuchabas —continuó el abuelo— y yo me sentía importante, porque me prestabas atención. Luego, nos acabamos distanciando. Ya no te interesaba lo que pudiera explicarte. Pero hoy, mi niña, vas a hacerlo. Roberto me ha dicho que andabas sola, incapaz de alcanzar un sueño, bloqueada. Todavía sueñas con llegar a las estrellas para rozarme, pero te diré que no buscas en el lugar correcto, pues he estado viviendo en esta cabaña, alejado de la gran ciudad, nunca quise irme a vivir allí. En esta pequeña arboleda nací; los montes y los pájaros se convirtieron en mis amigos. Y todavía los son.

«Tu madre te dijo que me había muerto y has estado llevando flores a una tumba equivocada. No la culpo. En paz descanse ya. Nunca quiso admitir que era un rebelde, que me negaba a progresar. Dicen que la ciudad es el progreso, pero cada vez respiran peor y necesitan de esos inhaladores que tú también usas. Para vivir. ¿Verdad qué aquí no lo has echado de menos?

Silvia negó con la cabeza mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.

No llores, mi niña. O sí. Mejor llora. Desintoxica tu alma. Nadie llora sin después sentirse mejor. Vengo del pueblo de abajo, donde he comprado un poco de comida. ¿Te apetece un poco de salchichón?

Sin esperar respuesta, se levantó y se puso a cortar unas finas rodajas de embutido.

De pequeña, te decía que esa arboleda era mágica y tú me creías. Algo de cierto debe haber, porque creo que físicamente te sientes mejor. La temperatura es buena. No es bochornosa. Y el ambiente es óptimo.

Como te decía, tu madre quiso que me fuera a vivir con vosotros, pero me negué a abandonarlo todo para cumplir sus ambiciones. Luego enfermó.

Su mirada se agacha.

Sus ambiciones por conseguir darle todo lo mejor a su familia, le acabaron provocando una enfermedad, que la empresa no indemnizó. Demasiado difícil de demostrar. Tú te quedaste con tus abuelos paternos, para tu madre yo había dejado de existir, el día en que le dije que de aquí, no me movía. Y se inventó mi muerte.

«Creciste entre el asfalto y observando un cielo gris, que diste por bueno. La luz del sol apenas se filtra desde esta arboleda, pero si yo te dijera que no existe, no te lo creerías. Igual como si te dijera que no existe el mar.

«Te da miedo quedarte aquí, porque te has acostumbrado tanto a la ciudad que piensas que no puede haber otro tipo de vida en otro lugar. Tus sueños se han extinguido entre las mesas que sirves cada día. Desde que los has perdido, te sientes vacía. Tienes la oportunidad de volver a pensar en ellos. Persíguelos y no los abandones nunca.

«Me decías que de mayor querías ser guarda forestal. Y yo me reía, porque si no fuera por la mano del hombre, los bosques no necesitarían cuidados extra. Aquí tienes la oportunidad de velar por esa arboleda. Mientras nadie la descubra, estará a salvo”.

«Silvia, mi niña, come. —Le acercó un plato con el embutido que había cortado—. No hace falta que me contestes ahora, pero piénsalo.

La mujer asintió más calmada y cogió un trozo de salchichón que masticó.

Luego salieron a pasear al exterior. Unas pequeñas ráfagas de viento mecían las ramas de los árboles. El aire la envolvía y sentía como sus pulmones le daban las gracias por haber llegado allí.

Silvia suspiró y decidió quedarse, después de que su gran ciudad la hubiese engañado. No se sentía de ningún sitio que no fuese aquel. «Voy a ser la guardiana de esa arboleda», pensó. Y sintió como los árboles le cuidarían sus sueños para que se cumplieran en un futuro.

***

A la semana siguiente, Roberto apareció.

Aquí no hay cobertura —dijo—. ¿Ya has tomado una decisión después de hablar con tu abuelo?

Me quedo, Roberto. Desde que estoy aquí, respiro con toda el alma. Si quieres, instálate tú también. Dejemos atrás nuestra vida anterior. Ha merecido la pena vivir para darnos cuenta de lo que no queremos para nosotros.

Un beso estampó el inicio de su cambio de vida. Y este fue el comienzo de su progreso personal.

Imagen Creative Commons de Dani Oliver en Flickr.

Anuncios

Esperando frente al mar

Como cada día, abuelo y nieta se sientan frente al mar en silencio encima de una roca. Hoy el abuelo está decidido a que su voz áspera sea más fuerte que las olas:

Te voy a contar una historia, pequeña. Una de esas, que cuestan expresar por todo lo que llevan dentro.

»Había un hombre a quién le gustaba tanto la soledad que se hizo marinero para explicarle al mar lo que no se atrevía a decirle a su mujer: que su amor había terminado.

¿Para siempre?

Sí, Eva. En ocasiones, la vida te indica cuando ya se han agotado todas las posibilidades.

Vaya…

Había huido como un cobarde de su esposa —continuó el abuelo—, que no paró de buscarlo removiendo todos los mares hasta que un día dio con su paradero…

¿Y que pasó?

Su esposa lo esperó en el camarote donde le habían dicho que su marido pasaba las noches, pero el marinero no subió al barco al enterarse. Su esposa se alteró cuando se dio cuenta que el barco se ponía en movimiento y que su marido finalmente no iba a venir. Le volvía a perder la pista después de tanto esfuerzo.

»Salió y, en la cubierta, se encontró con el mar turbulento y con otro marinero, que llevaba un tatuaje de una ancla en el hombro y que al verla, se echó a reír de sus aspavientos. Y la mujer, presa de los nervios, le debió decir alguna grosería de las gordas…

¿Una palabrota de las que no me dejas decir?

Sí, pequeña, que vale la pena no pronunciar.

»Como te decía, el nuevo marinero la vio tan desesperada, que le explicó la verdad y lo que su marido nunca le había confesado.

¿El qué?

Que había tenido una relación con otra mujer de la que había nacido una niña.

¿En serio? ¡Vaya tela!

Sí, una niña como tú, de ojos celestes y piel sonrosada. El marinero también las había abandonado y se había ida a navegar por el mar para huir de sus responsabilidades.

No me gusta ese marinero, abuelo. Me recuerda a…

Y la niña calló de repente y el abuelo también. Ambos se quedaron mirándose y luego echaron la vista otra vez al mar, donde se veían las olas salvajes. El abuelo carraspeó y no supo por qué le había empezado a explicar esa historia a su nieta.

¿Tú crees que mi padre volverá, abuelo?

No lo sé, pequeña.

Quizás algún día se acuerde de mi.

El abuelo bajó su mirada, porque conocía a su hijo y sabía que le gustaba eludir cualquier responsabilidad.

***

¡Mamá! —llamó Eva a su madre.

El abuelo vio la sombra de su nuera acercarse a ellos y se alegró de que hacía días que, ni tenía los ojos llorosos ni su mirada temblaba. Había pasado tanto tiempo sin tener noticias del padre de Eva, que la angustia que la corroía en un principio había acabado disipándose y, como mujer fuerte que era, había acabado pasando página.

¿Qué hacéis?

El abuelo me cuenta historias de un marinero.

¿Sabías que tu abuelo fue marinero?

¿En serio? Abuelo, ¡eso no me lo habías contado!

El abuelo tosió y, con manos temblorosas recorrió su brazo derecho, donde debajo de la ropa llevaba tatuada una ancla.

Pero de eso hace mucho, muchísimo tiempo…

¿Y que pasó?

Abandoné el mar por mi futura familia.

Y los tres se abrazaron.

El abuelo recordó cómo, después de los aspavientos y de aquella grosería inicial, vinieron las confesiones y el comienzo de una relación, que se reafirmó cuando su hijo nació meses después. Finalmente, se casó con aquella mujer abandonada por el marinero cobarde, el que nunca fue su amigo.

Tu abuela valía mucho, pequeña.

Sí, lástima que…

Se fue demasiado pronto, ¿verdad?

El abuelo notó el gusto a sal del aire que les acompañaba y unas nubes, que amenazaban tormenta, se desplazaban por el cielo empujadas por un fuerte viento.

Será mejor que nos resguardemos.

Sí, la lluvia no tardará en llegar.

Y una primera gota cayó en la cabeza del abuelo. Los tres se levantaron de la roca, y se fueron camino a casa. Mañana, si el tiempo acompañaba, volverían a esperarle en el mismo lugar, por si él decidía regresar arrepentido de su aventura.

Participación en el Taller de Móntame una escena de Literautas “El Marinero” Enero 2018

Imagen con Licencia Creative Commons de Jose Ramón en FlickR

La calle inolvidable del viento

LA CLAVE ESTÁ EN LA CALLE DEL VIENTO

Vivíamos en la calle del viento. De toda la ciudad, era donde más se sentía la fuerza con la que nos empujaba. Teníamos que luchar con nuestro peso para poder llegar sanos y salvos a nuestro hogar. Mi mujer estaba bastante delgada y, como le advertí, la mayoría de los días cargaba con piedras del camino para no volar como flor diminuta una vez doblara hacia nuestra calle.
Presentía que el viento me quitaría la persona más valiosa para mí en un descuido. Alguna vez estuvimos a punto de cambiar de casa, pero siempre nos volvíamos atrás. No había hogar tan confortable como el nuestro. Con lo que nos había costado encontrar un sitio para cada cosa, y conseguir que todo estuviera ordenado… No era hora de cambiar con todo lo que habíamos luchado.
A veces pensaba en que si no fuera por el viento, nos sentiríamos vacíos, como si nos faltara algo.

Un día, Rebeca no llegó a su hora habitual y eso que era muy puntual. Pensé que algo le había sucedido, pues era extraño que no me hubiera llamado para avisarme. Lo tenía todo preparado para la ocasión. Tan solo hacía falta encender unas velitas en la mesa. Había preparado mi menú reservado para las ocasiones especiales. Quería sorprenderla en San Valentín, aunque no creyera especialmente en él. Creía que la relación se tenía que trabajar a diario y no únicamente en días señalados. No quise ponerme nervioso y dejé volar mi imaginación, pensando en que mi mujer, posiblemente también estaba preparándome una sorpresa. ¿Y si se había comprado algún conjunto nuevo? Sí, posiblemente era eso. Hacía días que su risa no paraba de sonar en todos los rincones de nuestro hogar. La veía tan feliz… No hacía falta cerrar los ojos para imaginarla mirándome. Intuía que pronto regresaría. Ya hacía rato que había anochecido y el viento no paraba de silbar. Ya no me ponía nervioso, pero sí el retraso de Rebeca.

La llamé varias veces sin lograr oír su voz. Tenía el móvil apagado o fuera de cobertura.
Recorrí nuestra ciudad de norte a sur, buscándola, sin lograr a verla. Al entrar en nuestra habitación de matrimonio, ya cansado de tanto buscarla en balde, me encontré con una breve nota con la caligrafía de mi mujer. La leí con los ojos llorosos.

No sé cómo escribirte estas líneas sin llegar a herirte. Me marcho, Alberto, corre libre como el viento. A veces no hay ninguna razón que nos impida seguir. No hay ningún problema, pero siento que necesito tomarme un tiempo.
Hago las maletas en un día que me recuerda que el amor existe. Me ha costado decidirme. Estoy en el aeropuerto. Tengo dos billetes comprados, por si te decides a venir conmigo
Qué difícil decisión ¿verdad? Nos merecemos unas vacaciones de ensueño.

Rebeca

No tardé en vestirme. La necesitaba. Por un momento, había pensado que el momento tan temido, había llegado. Pero así era ella: original. Conduje rápido hacia el aeropuerto. No sabía a qué hora salía el avión y no quería perderlo. El destino no me importaba lo más mínimo.
Cuando me vio, dejó escapar una carcajada y sus miedos se alejaron. Me cogió de la mano, decidida, y me llevó a facturar nuestra maleta.
—¿Y si no hubiese leído la nota hasta el final? —le pregunté.
—Era el riesgo que corríamos. Pero quien arriesga, suele vencer —me respondió directa.
—Ya veo.
—¿Te apuntas a salir de la monotonía?

La miré, fijándome en cómo un fino rubor de emoción, cubría sus mejillas. La besé bajo el cielo ventoso de nuestra ciudad. Admiré el terciopelo de sus labios, rozando los míos. Sin duda, lo había organizado todo, para que aquellas fueran unas vacaciones inolvidables. Asentí y me alegré de que aquella fuera mi mujer.

Abrochando la vida

No se encuentra bien. Se levanta de la cama tras horas de insomnio y va por enésima vez al lavabo. Mira el reloj de pared de reojo. Las siete de la mañana y su nieta todavía no ha regresado. Nerviosa, siente un pálpito en su corazón que la dobla. Tiembla. No sabe si son los nervios o la sospecha de una arritmia encubierta. Intenta respirar y acercarse al comedor. En la mesa reposa un tensiómetro de brazo, regalo de las últimas Navidades de su nieta Patricia. Cuando las cosas marchaban bien, cuando la niña tenía trabajo, cuando todo no dependía de ella. Hoy, Josefa, por primera vez se siente vieja. Los minutos pasan, el manguito se hincha, y le muestra los valores en la pantalla digital: 19 de máxima, 9 de mínima. No tiene tiempo de observar las pulsaciones, pues se levanta y decide acudir a urgencias. No está dispuesta a irse ya, a pesar de sentirse tan cansada. Un escalofrío la recorre y se instala en su cabeza decidido a quedarse. Le pesan los pies, pero sabe que afortunadamente sólo tiene que bajar por el ascensor, y caminar unos pocos metros hacia el centro de salud. Por fortuna, su piso está pegado a él.

Entra con la tarjeta sanitaria en la mano y le responde al chico del mostrador con escuetas palabras el motivo de su visita. El ambiente de urgencias, hoy raramente está calmado, y la atienden enseguida. Le vuelven a tomar la tensión. La bata blanca de la enfermera la ha tranquilizado un poco y, saber que está en buenas manos, hace que el valor de su tensión se desinfle un poco. No obstante, continúa siendo alta, y le ponen una pastilla debajo de la lengua. Entorna los ojos brevemente para pensar que los valores de su tensión indican los años que tiene su nieta en la actualidad, diecinueve, y los años que tenía cuando se quedó huérfana, tan sólo nueve años.

Hoy, Josefa, nuevamente piensa en su hija y en su yerno. No es que no haya pasado ni un solo día en que no lo haya hecho desde que ocurrió el accidente. Aunque tan sólo sea una sombra en su pensamiento diario. Mil formas de haberse podido evitar, la martirizaron en un principio. Tejiendo una red de posibles soluciones ha maquinado su cabeza desde aquel día, pero la muerte de sus seres queridos no tiene solución. Y desgraciadamente y con gran pesar, lo sabe. Sólo haber llevado aquel cinturón de seguridad atado, les hubiese agarrado a la vida, o eso quiere pensar. Pero ya no puede cambiar nada de lo que ocurrió. Así pasó y ha tenido que hacerse la idea. Menos mal que la niña no viajaba con ellos, y eso fue lo único que la reconfortó. Subió a su nieta lo mejor que supo en absoluta soledad. Josefa tenía experiencia en el campo. Tenía el carneé en donde se señalaba en una cruz una casilla figurada y totalmente ficticia: madre soltera y con mucha honra.

Ahora Josefa permanece tumbada en la camilla. Le vuelven a tomar la tensión que ha bajado considerablemente a límites normales. La enfermera la ayuda a incorporarse lentamente y le acerca su chaqueta. Se percibe movimiento en la sala contigua. Acaban de recibir una llamada porque ha habido un accidente automovilístico cerca de allí. La ambulancia está afuera preparada. Josefa siente una corazonada, un leve presentimiento que la pone en alerta. No tiene noticias de Patricia desde hace horas. Son las ocho y media de la mañana. En el bolsillo de la chaqueta lleva el móvil, aprieta el botón para ponerse en contacto con su nieta. Pero solamente se encuentra con el buzón de voz. Es muy tarde ya. Patricia tendría que haber dado señales de vida, y si no lo ha hecho aún, será porque le ha pasado algo, padece la señora Josefa.

Torpemente vuelve a su casa. No hay ni rastro de Patricia. Es todavía pronto para dar la voz de alarma, pero algo grita dentro de ella. Va al cuarto de su nieta. Está todo bien ordenado, y la cama con su colcha rosa sin haberse tocado. Mira una fotografía divertida de fotomatón en la estantería. Patricia aparece en unas con sus amigas; en otras con Pedro, su novio. Es buen chaval, piensa la señora Josefa, respetuoso y educado. Si no fuese porque sabe que el amor tiene fecha de caducidad, como todo en esta vida, pensaría que es el chico definitivo para Patricia. Le ha pillado cariño en estos meses. Las nueve y cinco. Vuelve a llamar a su nieta. Esta vez contesta una voz con un timbre bastante grave y extraña para Josefa al teléfono.

¿Patricia? se atreve a pronunciar la abuela.

Señora…. titubea el hombre.

¿Dónde está mi nieta? le interrumpe nerviosa la señora Josefa.

Está en el hospital, pero no se preocupe la intenta calmar la voz masculina.

¿Cómo no me voy a…?

Ha tenido un accidente.

La cabeza le da vueltas. Al oír esta palabra. Un vuelco intenso en el corazón. La historia se repite. Su niña… La mano le tiembla tanto que acaba soltando el teléfono móvil, sin escuchar las últimas palabras.

—…Pero se encuentra bien. Está consciente. ¿Señora?

Pero Josefa ya no oye nada. A sus setenta años, después de ver de todos los colores, su corazón continúa bombeando, agitándose y precipitándose para poder volver ver a Patricia. Tiene ganas de abrazarla y camina lo más rápido que puede hacia el centro de salud, pegado a su casa. Patricia no está allí, pero quiere informarse dónde está, en qué hospital está. Josefa ya no siente fatiga aunque su respiración se ha agitado diversas veces cuando ha preguntado al auxiliar por su nieta. Sí. Patricia figura en uno de los hospitales de la ciudad.

La enfermera, que antes le ha tomado la tensión, ahora sin uniforme, se sorprende al ver otra vez a Josefa apoyada en el mostrador, y hablando con el auxiliar administrativo. Se acerca a ellos, para interesarse por su salud. Cree que Josefa ha regresado porque vuelve a no encontrarse bien. Cuando se entera del motivo real de su segunda visita al centro de salud, la enfermera se ofrece a acercar a la señora Josefa al hospital, pues ya ha terminado su turno.

Las dos mujeres, Josefa y la enfermera, suben al coche.

Es lo único que me queda, ¿sabes? le dice la señora Josefa a la enfermera refiriéndose a Patricia.

La mujer afirma, pues conoce a su nieta desde que nació. También conocía a Ana y a Manuel, los padres de Patricia. La enfermera siente un afecto especial por la señora Josefa, y se ha implicado en más de una vez en ayudarles. Ella tiene la misma edad que tendría Ana si siguiera viva, y Josefa sabe que nacieron el mismo día.

¿Cómo está su madre? se interesa la señora Josefa.

Bien. Ha tenido algún achaque en los últimos meses, pero desde que le pusieron el marcapasos todo ha cambiado para bien.

Me alegro… dice de corazón la señora Josefa. Fuimos compañeras de habitación cuando tú y Ana nacisteis.

La enfermera sonríe y asiente porque la historia ya la conoce. Se la ha oído explicar repetidas veces a su madre, y también en boca de Josefa, aunque la historia explicada en boca de la abuela de Patricia, cobra distinto color pues pertenece a otro punto de vista.

Estaba aterrada comienza la historia Josefa. Después de seis meses ocultando el bulto, tenía que pasar lo que pasó. Mis padres me descubrieron y pusieron el grito tan alto que perforó los cristales de todo el vecindario. No nos engañemos –me guiña el ojo Josefa-. No se enteró nadie. Prefirieron continuar con el disimulo, y guardar las apariencias que era muy importante en aquella época. Me hicieron jurar que una vez pasase todo, daría el bebé en adopción. En un primer momento, no me pareció una mala idea. Pero fui cambiando de opinión conforme avanzaban los días. En el momento del parto, tomé la firme decisión de que nada me iba a apartar de mi bebé. Entre contracción y contracción, sentí que ya nadie más podría interferir entre mi pequeña y yo. Fue un parto fácil. Me recuperé enseguida. Me negué a firmar el papel donde renunciaba a ser madre y se armó la gorda. Me arrancaron literalmente el bebé, pensando que cambiaría de opinión. No me lo dejaban ver, pero yo en aquella habitación de hospital, vi como tu madre te amamantaba y eso me dio fuerzas–la enfermera sonríe-. Y tracé un plan para recuperar a mi pequeña Ana, que ya le había puesto nombre aunque nadie más lo sabía.

¿Y qué pasó? Quiere saber la enfermera porque esta parte de la historia la desconoce por completo.

 

Me levanté como pude de la cama, robé un hábito de monja de unas de las habitaciones del piso superior en un despiste de su dueña, y anduve por diferentes pasadizos del hospital hasta dar con un sótano lleno de bebés. Sabía que mi hija estaba allí, pues los dictámenes de un corazón desesperado nunca engañan. Al fin la vi. Tenía la carita regordeta como su padre y había sacado la genética de mis labios que se quebraban entre el llanto de tanto bebé. La niña lloraba desconsoladamente. No creo que me equivocara pues la reconocí al instante. Me acerqué a ella y la cogí entre mis brazos. Desde aquel instante, supe que ya nada nos podría separar. Le dije a otra monja lo más convincentemente que pude, que salía con la niña a alimentarla y ésta me creyó. Tan pronto crucé la puerta, me encontré con otra monja, que al verme y no reconocerme, me dijo que los padres adoptivos de la pequeña ya habían entregado una suma cuantiosa de dinero. No quedaba mucho tiempo, alguien subiría en el cuarto a indicarme que la niña finalmente había fallecido de muerte súbita, como averigüé mientras conversaba con aquella monja. Impertérrita, me hizo que le entregara a la pequeña, pero en aquel momento Ana ensució el pañal. Me ofrecí a cambiárselo, para entregar a la niña limpia a sus padres.

Josefa, ¿usted cree que yo soy una de esos niños robados? Se atreve a preguntar la enfermera mientras se ha detenido en un semáforo en rojo y la sombra de una sospecha la aturde.

No. Nunca lo he creído, Eva. Yo misma vi con mis ojos como tu madre te tenía y te amamantaba. Pero en ese hospital paralelamente se entregaban bebés a otras familias, por las buenas o por las malas. Aunque a veces las cosas se tuercen, y yo misma pude robar a mi bebé robado. Las cosas salieron bien. Todavía me veo huyendo dentro de una furgoneta, metida entre sábanas., con mi niña. Rezando para que no llorara y que no nos descubrieran. Estaba tan dormidita. Con mi calor maternal, mantuvo el sueño justo para emprender un viaje que nos alejó de allí lo suficiente para empezar una nueva vida.

El semáforo se pone en verde. Avanzamos un poco, pero hay bastante circulación, y nuestra marcha se vuelve a detener entre el atasco. La enfermera Eva vuelve a frenar.

No fue fácil, ¿verdad?

La vida nunca lo es, pero esa dificultad de supervivencia es la que nos mantiene vivos. Trabajé sin descanso y, todo hay que decirlo, hubo gente buena como tú, que me ayudó a conseguirlo. Subir a Ana, aprender a ser madre soltera, toda una experiencia.

Y ser la abuela de Patricia…

Sí, eso también. Pero eso vino después. ¿Sabes una cosa? Me siento vieja porque mi corazón ha envejecido físicamente. Ahora me canso fácilmente. Tengo que vigilar lo que como, poca sal, poco café. Pero mi espíritu vuela alto decidido a no rendirse. Con mi pensión vivimos la niña y yo. Si yo dejara de existir, ¿qué sería de ella? Me lo pregunto cada día al despertarme. Ya sé que ahora ya es mayor de edad pero uno no lo es hasta que se independiza económicamente. Y ahora, con todo el panorama laboral que hay… Patricia tenía un trabajo eventual, ahora que lo ha perdido, ha empezado otra vez a estudiar. Y yo me alegro pues la vuelvo a ver ilusionada.

La señora Josefa sabe que Pedro tiene algo que ver en esa ilusión.

Ya están llegando al hospital. La enfermera Eva aparca con ligeras maniobras. Entran por la puerta principal de urgencias. No tardan en dirigirles al box donde se encuentra Patricia después de explicarles que sigue en observación, pero que todo parece ir bien.

Patricia está consciente e intenta sonreír al ver a su abuela, aunque una mueca de dolor la sorprende. Le duele el cuello y lleva un collarín alrededor de él. Los calmantes todavía no han hecho todo el efecto pero no tardarán en hacerlo.

Recibimos un golpe en el coche por atrás estando parados en un semáforo. Menos mal que llevábamos el cinturón de seguridad.

Josefa respira aliviada.

La enfermera Eva se sorprende al encontrarse en el pasillo con su cuñada Montse. Se saludan y Montse no tarda en explicarle qué hace allí.

Pedrito ha tenido un accidente explica. Por una vez que le dejo el coche… Pero lo importante es que está bien, pobrecito mío. Ven, está en este box. Y señala un pequeño espacio a la izquierda.

Pedro se avergüenza de escuchar los diminutivos en boca de su madre. Colorado, hace señas para que Eva pase la cortina. La enfermera así lo hace y se encuentra con Patricia acompañada por la señora Josefa. Ambas rompen a reír, cómplices.

Mamá –dice Pedro-. Te presento a Patricia, mi chica.

Montse saluda a Patricia con educación y piensa que el tiempo se ha precipitado en la vida de su hijo.

Cómo pasa el tiempo le susurra a Eva. Y el otro día le estábamos cambiando los pañales, verdad, ¿cuñada?

Sonrojado hasta la punta del mechón castaño que le tapa uno de sus ojos verdes, Pedro intenta que su madre se calle pero no lo consigue.

La señora Josefa ríe al observar las miradas que se cruzan los dos enamorados. Sabe que con una mirada se pueden decir mucho y que están deseando salir de allí. Si no fuera porque ambos llevan un gotero con los calmantes, sabe que lo harían gustosamente.

Horas después, las dos familias salen del hospital con el alta en la mano. Pedro y su madre suben al automóvil del padre de Pedro que les ha venido a buscar. Pedro y Patricia se despiden por unas horas susurrándose que será difícil besarse con el collarín puesto.

Ya en el coche, Eva le hace prometer a Josefa que se continúe tomando la tensión todos los días porque evaluarán si se tiene que cambiar la medicación.

¿Qué te ha pasado yaya? se preocupa Patricia.

Una que se hace vieja, pero me protegí con el cinturón dice Josefa mientras se abrocha a su vez el del coche.

¿Qué cinturón, abuela?

El tensiómetro que me regalaste es mi seguridad, pequeña. Pero no te preocupes, está todo bajo control, ¿verdad Eva?

La enfermera asiente. Sabe que el buen seguimiento, y Josefa es rigurosa en eso, es una de las bases para detectar anomalías y poder evitar accidentes cardiovasculares. La subida de tensión de hoy de la señora Josefa, posiblemente indique que la medicación que se está tomando se ha quedado corta y necesite otra clase de pastillas.

En los días que vendrán, Patricia ayudará a su abuela a apuntar en una cartilla diferentes tomas de tensión durante el día, la tarde y la noche, siguiendo las instrucciones de la amable enfermera. Sabe que algún día no muy lejano, ella también se convertirá en enfermera. Este es el pensamiento que la invade mientras estudia con empeño la lección de hoy. Ya queda poco para los exámenes y esos días se queda en casa para estudiar.

¡Juventud divino tesoro! exclama Josefa cuando observa que su nieta ya ha recuperado la movilidad del cuello por completo.

Patricia ríe feliz cuando contesta a la llamada de Pedro, y se entera que también se ha recuperado. Esta tarde quedarán, pero sin utilizar ningún coche. Han quedado a mitad camino. Antes toma la tensión a su abuela: trece de máxima, siete de mínima, anota Patricia en la cartilla.

Este año no podré regalarte nada, yaya se lamenta Patricia.

El mejor regalo es vivir cada día pequeña dice Josefa disfrutando cada respiro de su existencia-. Cuando me vaya, no quiero que sufras. Aunque creo que me queda mucho, mucho tiempo para esto.

Patricia le da un beso afectuoso en la mejilla y Josefa siente su calor.

Sólo estaré un ratito fuera. Vendré a cenar se despide Patricia.

Dale recuerdos a Pedro dice la señora Josefa.

En la parada de autobús, Patricia piensa en el regalo de esas Navidades para su abuela. La sorprenderá con tiempo y dedicación. A veces, la compañía es uno de los mejores presentes. Un valor que nada tiene que ver con lo económico pero que les hace mucha falta. Ambas disfrutarán de caricias en su espíritu, compartiendo juntas el tiempo que la vida les regala, que se alargará durante varios años.

Audiorrelato de “La cuerda y el delfín”

A Enrique, Ana, y Emilio con amor

 

Con motivo de “El día de la Salud Mental”, 10 de octubre, os he enlazado este relato que escribí en el año 2013. Espero que toméis conciencia de los “locos” y no los rechacéis por tener una enfermedad. No lo hacen expresamente. La locura siempre ha sido como un estigma contra la que la padece y los familiares que también están sufriendo alrededor del ser querido. Se ha rechazado por la sociedad, desde hace más tiempo que de Juana La Loca. ¡Mirad si ha llovido desde entonces!

El cerebro es un órgano más del cuerpo y, si enferma, necesita acudir a un médico (psiquiatra) para que le ponga solución. Los fármacos se tienen que tomar según prescripción y seguimiento medico. Siempre. Un abrazo y a continuar con nuestra vida.