El chico de la gabardina

Para él, vestirse con una gabardina era una novedad. Para ella, materializar su amor en un ascensor, ganar la batalla a su seguridad. No se conocían previamente. Simplemente habían coincidido en el mismo lugar a la misma hora. Ella lo eligió de entre todos, por aquella vestimenta gris que le daba un aire serio y de misterio, y quiso probarlo primero. Si su intuición no fallaba, tenía ante ella un buen amante. Como para pasarlo por alto. Le atacó, besándolo en el cuello con deseo y mucha pasión. Él se dejó llevar. Siempre que iba a un casting, se tomaba previamente una pastilla para poder hablar en público. Esta no era una excepción, y se sintió relajado y lleno de profundas ganas de comerse aquella mujer que lo besaba. Contratacó con sus labios voraces de carne nueva.

No tenían nada más que aquel instante; un regalo del destino. Les sobraban las palabras.

Aprovecharían el momento dando fruto a su deseo. Con prisa se desnudaron, porque los minutos corrían, y quedaban pocas plantas para llegar al ático de aquel rascacielos.

Él la penetró con cautela. Ella intensificó el ritmo. Ni él, ni ella sabían en el momento preciso en que se abrirían las puertas. Cuando el ascensor emitió el último sonido, ella bloqueó las puertas para ralentizar el instante, y llegar al orgasmo. Él nunca olvidaría su cara de placer.

***

Se oían voces en el exterior:

¿A qué hora era la prueba? —pregunta el cámara.

A las diez —contesta el primer chico de la fila.

La Señora Vásquez se retrasa. ¡Qué raro! Suele ser muy puntual.

¿No te has fijado que el ascensor se ha atascado? Lleva en la penúltima planta desde hace rato —comenta otro chico de la fila.

Sí, es verdad —comprueba el cámara.

Mira, parece que vuelve a estar en movimento —dice otra persona señalando el ascensor.

Segundos después, se abre la puerta del ascensor. Ella con el pelo algo revuelto, con menos carmín en los labios de lo habitual, y con mirada pícara. Él con la gabardina algo arrugada, relajado, y con cara de no haber roto nunca un plato.

Parece que hoy está de buen humor —susurra el cámara.

Confío en tí —le dice la Señora Vásquez al chico de la gabardina, y le da una palmadita en su trasero con disimulo.

La Señora Vásquez observa la gran fila que le espera. Muchas horas al día para descubrir nuevos talentos en el campo de la interpretación. Hoy le entran ganas de bostezar, pero las reprime como puede. Solo quería ensayar una vida irreal e imperfecta por unos momentos. Tanto orden en la suya, la abruma; cumplir un horario estricto cada día. El chico de la gabardina se ha colocado en la última posición de la fila.

Hoy vamos a empezar por el final… —comienza la Señora Vásquez haciendo señas al cámara y al chico de la gabardina.

El chico de la gabardina se desprende de la vestimenta por exigencias del guión. La Señora Vásquez piensa que sin gabardina, el chico se convierte en uno más del montón, y se la hace volver a poner otra vez.

Total, para un anuncio de fruta, solo hace falta frescura —comenta el cámara entre dientes.

Después de repetir tres veces el eslogan de aquella marca de plátanos de Canarias, con gabardina y simulando un día de lluvia, la Señora Vásquez se da por satisfecha, y le guiña el ojo al chico que le alimenta sus fantasías.

Ya hay bastante por hoy. Estás contratado —comenta ante la mirada del cámara que le mira incrédulo.

¿Lo habéis oído? —dice el cámara dirigiéndose a las personas de la fila, una vez ha procesado la información de su jefa.

La fila se disipa poco a poco hacia el ascensor entre protestas de los asistentes. Van bajando por turnos ordenados, de seis en seis.

La Señora Vásquez se queda con el chico de la gabardina para el final.

¿Repetimos? —le dice una vez han subido los dos solos en el ascensor-.

No es lo mismo para el chico, porque ahora ya no son dos desconocidos. El chico sabe que ella es su jefa. Tanta tensión, le ofusca y se siente como un animalito acorralado, pero intenta seguirle el juego. La llamarada de su sexo masculino, latente, así lo demuestra. La señora Vásquez vuelve a trabar las puertas del ascensor para descargar su orgasmo.

Se despiden sin palabras, con un beso largo, antes de que las puertas se abran.

***

Aquella noche, la señora Vásquez recibe una llamada telefónica del encargado de las cámaras de vigilancia del rascacielos donde trabaja. La sorpresa de la señora Vásquez es descomunal cuando recuerda que aquel último mes también instalaron cámaras en los ascensores. Tiene que soltar una cuantiosa suma de dinero de su cuenta corriente, si no quiere que el vídeo se difunda por la red. Acepta contrariada. Sería todo un escándalo que destrozaría su reputación y su familia.

***

Mamá, ¿por qué compras plátanos de Canarias? —le pregunta su hija al cabo de unos meses.

Desde las últimas semanas, todos los días, después de comer y como postre, la Señora Vásquez, se come un plátano que muerde delicadamente. Por unos momentos, entorna sus ojos y recuerda el fuego del ascensor, y su fantasía tan palpable, que se convirtió en realidad.

Lo ha adornado de excusas, que si tiene calambres que las piernas, que si necesita potasio, pero en realidad, es el recuerdo de aquel chico de la gabardina el que la obliga a consumir un plátano diario. A pesar de que los desaconsejan, y todavía no saber el por qué en todas las dietas que se dedican a contar calorías, la fruta le da energía para afrontar la tarde.

Hoy llueve. Se pone la gabardina, que le dio el chico como prenda, el último día en que la vio, después de rodar el anuncio publicitario. Deja que la vestimenta gris la envuelva. La huele en ese momento en que se el tiempo se detiene para ella, y comprende que, al final, aquel olor a ropa limpia y fresca, acabará desapareciendo por completo.

Acompaña a su hija al colegio de pago y se dirige hacia el rascacielos para cumplir su aburrida jornada laboral. Son las cinco en punto cuando pone los pies en su oficina. Hoy, nadie la espera.

Helena Sauras

Imagen Creative Commons de Roman Kruglov en FlickR

El mentiroso

Ansía ponerse una peluca que oculte su pelo rapado. Se maquilla hasta que el color le molesta en la piel. Delante del espejo, se siente libre, posando e imaginando cómo sería su vida si se llamara Lucía. Y no Jorge Gutiérrez, como apunta su DNI. Un antifaz es el toque último para salir a la calle y que nadie le reconozca. Se desliza por las escaleras con sus zapatos de tacón rojo pasión, y empieza a andar por la acera, fundiéndose con el resto de transeúntes.

Un flamante autobús le espera a final del trayecto. “Que no te engañen”, reza un eslogan a medio pintar. Jorge ve reflejado en sus cristales, la figura de Lucía. Vestido así, nadie diría que ha nacido hombre. Jorge mueve sus muslos y, siente por una vez, como su reflejo le es fiel. Maravillado, empieza a bailar sin canción, hasta que un penetrante olor a gasolina, le invade. Asustado, va a ver de dónde procede ese olor.

Detrás del vehículo, hay un hombre con los ojos llorosos y un mechero en su mano derecha.

—¿Arderás como mis ilusiones? -se pregunta el hombre con la mirada vacía, intentando prender el autobús.

—¡Nooooo! -grita con todas sus fuerzas Jorge, quitándole el mechero al posible pirómano.

— ¿Beatriz? ¿Eres tú? -pregunta el hombre dirigiéndose a Jorge, embelesado por el aspecto físico de aquella bella mujer-. Llegas tarde, pero has venido. Pensaba que me habías engañado.

— Lo siento -dice Jorge-. Estaba estudiando. Ya sabes… Haciendo traducciones con el diccionario de latín.
— Tienes una voz bastante ronca.
— Sí, es que estoy acatarrada.
— Todavía estamos a tiempo para ir al cine -dice dándole una entrada.

Jorge acepta entusiasmado. ¡Tiene una cita con un chico! Ha sido su día de suerte.

***

La pantalla del cine es un inmenso mar terrorífico. La película, que ha escogido el hombre, es de miedo y, después de repetidos sustos, Jorge se agarra a él. No queda palomita de maíz, que sobreviva a sus sobresaltos, pues todas se esparcen por el suelo.

Y así, quedan ambos, con la manos amarradas en la butaca.

—¡Que manos más grandes tienes! -comenta el hombre, a la que piensa que es Beatriz, cuando las letras del final inundan la pantalla.

—Las heredé de mi padre -dice Jorge con un punto de orgullo.

— En la foto que me enviaste, no las aprecié. Eso de las citas a ciegas es toda una sorpresa… Mira, pensaba que no vendrías, que te echarías atrás… Estuve apunto de incendiar un autobús de lo frustado que me sentí, cuando vi que te retrasabas. Si no llega a ser por ti, salgo en las noticias. Iremos poco a poco, guapa, como quieras y prefieras.

Jorge y el hombre se despiden con dos besos en las mejillas.

***

Imagen Creative Commons de Lindsey Martin en FlickR

— ¿Quieres que nos hagamos una selfie en el lugar donde nos conocimos? -le pregunta un día Jorge tras meses de relación cinéfila.

Ambos vuelven al autobús: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”, reza el flamante automóvil, abandonado y estacionado donde siempre.

La tarde hubiera sido perfecta si no fuera, porque Jorge se atreve a confesarle a su pareja:

— No me llamo Beatriz, Juan.

— ¿Cómo…?

— En realidad, soy Lucía.

—Ah… -dice aliviado.

— ¿Tú crees que, una vez hemos nacido, podemos evolucionar o, siempre nos tenemos que quedar con lo que hemos sido?

Juan se queda sin palabras.

— Libres, somos libres. Y podemos decidir. Cuando te vi, decidí darte la oportunidad de conocerte. Y así ha sido. Nueve meses disfrazados de aparente amistad en los que nos hemos acabado enamorando. Me he callado muchas cosas, Juan. Pero ha llegado el momento de que sepas la verdad. Sé que te gusto, e incluso te has llegado a obsesionar por mí. Igual acabas conmigo, pero si no te lo digo, reviento. De igual a igual, como persona, que de hecho es lo que somos, ¿que pasaría si te dijera que el nombre que figura en mi DNI es Jorge?

Una arcada le sube por la garganta a Juan que golpea de manera brusca a Lucía. Es su transfobia la que le domina, la que le obliga a no pensar, y a perder los estribos. El menosprecio se hace dueño de él en cada golpe que propina.
La sangre de su amiga empieza a fluir y, al poco, deja de respirar.

Un llanto de vergüenza le cubre la cara a Juan, que echa a correr como los cobardes, esperando que nadie le descubra.

Doce años de tormento

Aquí tenéis mi participación en el taller de escritura de Literautas de este mes de febrero. Tenías que inventar una historia de máximo 750 palabras, que contuviera las siguientes 12 palabras: 

tango, roedor, escalera, talismán, alianza, frasco, viuda, regalo, naranja, mañana, secreto, doce.

Y aquí tenéis el resultado:

A Dora y a Pablo les gusta bailar el tango todos los viernes en su salón. Pero hoy Dora se aproxima peligrosamente hacia la escalera movida por la desilusión:

No habrá otro mañana para tí -pronuncia Dora empujando a Pablo que cae por todos los peldaños-. Doce años ha durado ese matrimonio y el único regalo que he tenido ha sido esta alianza -dice acusándole y quitándosela de su dedo anular-.

Un roedor perdido, de los tantos que corren por la mansión, es el único testigo de su mala acción.

Un reguero de sangre mancha el suelo de madera. Pablo se ha desnucado y muere en el acto.

Ni toda la riqueza que abunda en ese hogar frío, -se lamenta la reciente viudanada, me hubiera hecho más feliz que estrujar a un niñito entre mis brazos. No me diste ni un solo hijo, Pablo -habla con su marido de cuerpo presente-. Y has pagado por ello -añade mientras comprueba que Pablo ya no tiene pulso y le quita su alianza-.

La viuda

Imagen Creative Commons de Araí Moleri Riva-Zuccelli

Minutos después, Dora une los dos anillos con una cadena y se los pone en el cuello para usarlos como talismán.

Me van a proteger contra el silencio y la soledad a partir de ahora, piensa en voz alta.

Frotando los dos anillos, uno contra el otro, Dora descubre como desprenden unos polvos de color naranja. La mujer, sorprendida, decide guardarlos en un frasco de cristal en el estante de la cocina.

Por si las moscas –se dice-. Creo que me pueden servir para alcanzar deseos en un futuro.

Anochece en la mansión y Dora intenta dormir, pero no puede. Las sábanas están muy frías y piensa que tiene que deshacerse del cuerpo de Pablo antes de que sea demasiado tarde.

Mañana va a venir la asistenta y no puede encontrar el cadáver -murmura.

Dora arrastra a su marido muerto hacia el sótano. Limpia todo lo que puede para no dejar ni rastro.

***

A la mañana siguiente, Rita, la asistenta, viene muy cantarina.

Dime qué secreto guardas para venir tan contenta al trabajo -comenta por lo bajo Dora-.

¿Y el señor de la casa no está? -pregunta Rita-.

No, salió ayer de viaje -se apresura a decir la viuda-.

Qué raro -dice Rita mientras empieza a limpiar los estantes de la cocina-. Juraría que esta mañana lo he visto-.

Los ojos de Dora se desorbitan por la sorpresa y el escalofrío que experimenta.

¡Eso es imposible, Rita! –grita Dora presa del miedo-.

O quizás…. -duda la chica– me lo pareció ¿Qué le ocurre, señora? -y al girarse hacia Dora y, con el susto en el cuerpo por el tono enfadado que desprende su jefa, el frasco de cristal le resbala de las manos.

Un pequeño ratoncillo, perdido y astuto, ha aparecido en escena y se dispone a comer los polvos mágicos.

¡Nooooo! -chilla la viuda cogiéndo una escoba y dando golpes al roedor.

El pequeño roedor, que ha comido más polvos de los que aparenta, está cambiando misteriosamente de aspecto, convirtiéndose en el niño que Dora siempre deseó.

¿Por qué mataste a papá? -le pregunta el niño pelirrojo y de ojos verdes a Dora después de la metamorfosis-.

Se produce un eterno silencio que solo se rompe cuando la viuda intenta huir de allí.

Señora, -dice ahora el niño dirigiéndose a la asistenta-, rápido, llame a la policía. Tenemos aquí a una asesina.

Rita se apresura a cumplir las órdenes del niño.

***

El juez no tarda en dictar sentencia después de que la policía haya descubierto el cadáver en el sótano. Dora es encarcelada de inmediato.

Por las noches, los roedores de la cárcel chillan y no la dejan dormir. Permanecer en la celda se convierte en un acto peliagudo sabiendo que hay un niño que la espera cuando termine su condena.

La viuda se lamenta pues ya no puede frotar su talismán, porque un funcionario de prisiones se lo ha requisado. Un desasosiego la atormenta pues no sabe en qué manos habrá caído, ni qué deseos está a punto de satisfacer, ni quién lo sabrá usar.

La puerta de verde esperanza

Aquel cartel manuscrito, que colgaba de la puerta, le tenía más que intrigado. En aquella casa del final del sendero, no se escuchaba ni una mosca. En un primer momento, pensó que estaba abandonada, si no fuera por la correspondencia diaria que recibían; la que Carlos todos los días les traía en su cartera. El joven cartero, la dejaba ordenada, dentro del buzón blanquecino y de metal algo oxidado, que estaba al lado de la puerta. Intentaba hacer su trabajo lo mejor que podía, e ir ganando experiencia poco a poco para que aquel trabajo le durase. Cuando llegaba a final del sendero, el chico dejaba de silbar. No fuera el caso que alguien lo escuchara y le reprendiera por interrumpir el juego de los niños.

“Silencio, juegan los niños”. Este era el cartel que le quitaba el sueño a Carlos, pues no había escuchado nunca ningún alboroto infantil que atravesara aquella puerta. Como nunca traía nada certificado, no tenía la oportunidad de llamar a aquella puerta de madera verde y algo gastada con un pomo redondo y negro que destacaba porque parecía nuevo, como si lo hubiesen cambiado hacía poco.

Imagen Creative Commons de Rosario González Morón en FlickR

Imagen Creative Commons de Rosario González Morón en FlickR.

En aquel momento del día, recién desayunado y con toda la jornada laboral por delante, Carlos no pudo resistir más su curiosidad y giró el pomo. La puerta exterior se abrió fina y sin chirriar. El cartero entró en una especie de pasillo mal iluminado, donde había cuatro puertas entornadas. Un gato negro se le cruzó sin poderlo esquivar.

“El cementerio de la esperanza, -rezaba otro cartel al final del pasillo-. Tome asiento, y espere su momento de relax”. Una butaca enorme, acompañada por unos auriculares, te invitaba a escuchar. Carlos no dudó en ponérselos ya que su curiosidad iba augmentando.

Después de una breve melodía que servía de introducción, una voz melosa te abducía:

− “Cuando llegue tu hora, estaremos para ofrecerte nuestros servicios funerarios. Somos un cementerio, que espera que vuelvas a la vida, una vez estemos preparados. Te congelamos y estudiamos tu cerebro. Mientras esperas y aunque hayas muerto, podrás jugar a entretenimientos de realidad virtual. Pues no dejamos que tu llama se apague. Estaremos contigo en cualquier momento…”.

Carlos intentó quitarse los auriculares, pero una mano se lo impidió bruscamente. La otra, le tapó la boca para que no se le escapara ningún alarido.

−Shttt -le susurró el hombre que había usado sus manos negras para impedir que Carlos huyera despavorido-. El silencio es lo que nos diferencia.

−Y los niños…, ¿dónde están?

− Jugando en sus habitaciones correspondientes. De momento, tenemos clientela. No nos podemos quejar. Ven, te invito a que los veas por tí mismo.

Carlos se levantó de la butaca y siguió al hombre que entró en la primera habitación.

− Son enfermos terminales -señaló el hombre.

− Parecen muertos -dijo Carlos, soltando su cartera en el suelo y acercándose al primer niño.

− No lo están. Fíjate en sus labios.

Una breve sonrisa, dibujada con el arco de sus labios, iluminaba cada carita.

− ¿Están jugando? -preguntó Carlos.

− Ahora mismo no. Mi mujer les escanea las cartas que tú les traes y se las pasa a su cerebro. Suelen ser cartas de sus familiares, por eso sonríen.

No olvides guardarme el secreto -le advirtió el hombre a modo de despido. Y desapareció detrás de aquella puerta verde de madera-.

Se lo prometo -dijo el cartero y se fue porque se había quedado hablando solo. Únicamente quedaba el gato que se le volvió a cruzar por delante antes de que atravesara la puerta.

***

Aquella noche, Carlos, que además de curioso era cotilla, acabó alardeando de lo que había descubierto en la terraza del bar de su pueblo. Aunque nadie le creyó, había roto su promesa.

Al día siguiente, el joven cartero se dio cuenta que se había olvidado la cartera con todas las cartas dentro, en aquella casa del final del sendero. Por más que llamó, e intentó abrir aquella puerta, ésta permanecía indomable a sus manos.

Como con sus intentos hacía ruido, y rompía el silencio sepulcral instalado desde hacía mucho tiempo, se le acabó apareciendo el gato oscuro, que en realidad era un brujo negro. El brujo, recitando un conjuro con la punta de su lengua, lo acabó convirtiendo en buzón para reemplazar el que había oxidado. Su alma había pertenecido al antiguo cartero y su curiosidad, como a Carlos le estaba apunto de ocurrir, lo acabó matando; volviéndole en un ser inerte y blanquecino.

Desde aquel momento, el joven cartero, convertido en buzón, conserva las cartas, a la espera de que el brujo lo abra detrás del silencio de aquel cementerio de la esperanza. Solo espera que haya otro cartero curioso, que le releve en su tarea diaria.

Helena Sauras

Cuando las gallinas bailen

Miguel nunca comprendió por qué su papá se había ido de viaje sin avisarle. Tampoco entendió por qué su mamá nunca bailaba desde entonces, ni por qué la alegría se había apagado en su casa, ni por qué el denso silencio lo cubría todo, pegándose en los cristales húmedos de sus ojos, sellando su boca en una palabra contenida.

Cuando salía de la escuela se pasaba siempre por la estación de tren por si su papá se decidía volver. Aunque hiciera mucho frío, aunque sus manos las sintiera muertas a pesar de los guantes de lana que llevaba, él esperaba. Nunca se cansó de hacerlo, con la ilusión de verle inyectada en su mirada observaba las diferentes personas que bajaban del tren con la maleta en su mano y, hasta que no había bajado la última, no se iba de allí con la esperanza detenida, pero nunca extinguida pues al día siguiente volvía a estar al mismo sitio otra vez. Por si acaso su papá había perdido el tren y decidiera cogerlo al día siguiente. Anhelaba contarle tantas cosas acontecidas en los últimos meses. En el colegio, iban a representar una obra de teatro y él tenía el papel protagonista, el de Pulgarcito, por su estatura chica. En el último partido de fútbol, se había caído y le tuvieron que poner puntos en la pierna derecha y quería mostrarle la cicatriz que le he había quedado. En la ciudad, habían empezado unas obras y quería contárselas, porque tenía miedo de que su papá no reconociera su ciudad y no se bajara en la estación adecuada. Eran acontecimientos que tenían valor para cualquier chiquillo y que necesitaban los consejos de un papá atento que por el momento parecía que se retrasaba. Demasiado.

En verano, Miguel nunca supo por qué se tuvo que ir al pueblo a vivir con sus tíos, ni por qué el sol aquel año parecía no brillar con tanta intensidad. Él y su prima Blanca tenían la misma edad aunque no les gustaban las mismas cosas. En el pueblo había pocos niños, todavía era pronto para que llegaran los forasteros ya que lo hacían en agosto y, todavía estaban a finales de junio. A Miguel le gustaba su tío porque le recordaba a su padre; los mismos ojos rasgados, igual nariz acabada en punta y, cuando hablaba, gesticulaba del mismo modo que él, moviendo ligeramente las manos y frunciendo los labios acompañados de frases dichas en un tono suave. No obstante, su mirada imponía respeto. Su tío llevaba una de las granjas de la comarca y se levantaba muy temprano. Él se quedaba con su tía y su prima el resto del día en la casa dedicándose a los quehaceres domésticos y de vez en cuando también salían a andar por el valle, a hacer algunos recados o a vender huevos entre los vecinos.

Aquella tarde soleada Miguel echaba de menos especialmente a su papá, porque quedaban dos días para su cumpleaños y no sabía si recibiría una llamada de su progenitor. Quién sí le llamó fue su mamá aunque su llamada contenía la ausencia de emoción, el vacío de palabras pronunciadas como una autómata que Miguel percibió aunque no supo por aquel entonces a qué se debían. Se cortó la comunicación de una manera fría, después de unos minutos de silencio en qué su mamá ya no recordó lo qué decirle.

Cuando las gallinas bailen

Desde aquel día Miguel no paró de preguntar a su tía por el paradero de su padre de manera muy insistente. Su tía se encogía de hombros y negaba cualquier información al respecto, decía que no sabía nada pero Miguel nunca la creyó. Por eso le insistía con ganas hasta la saciedad.

— Pero ¿cuando, cuando va a volver papá?

La tía cansada ya de tanta pregunta le respondió

— Cuando las gallinas bailen.

Lejos de parecer un imposible, Miguel se aferró a esa posibilidad como si le fuera su vida en ello. Desde aquella contestación de la que su tía enseguida se arrepintió, Miguel se despertaba antes que el gallo y naturalmente que su tío, se ponía las zapatillas, entraba en el corral y ponía música a las gallinas. Las ponía en círculo para que dieran sus primeros pasos y las intentaba adiestrar. Pero las gallinas se rindieron pronto a sus escasas habilidades para la danza. Simplemente cacareaban y cumplían su función poniendo un huevo diario. Miguel se frustró pero lejos de desistir, como ansiaba el poder ver a su padre, cada día lo intentaba de nuevo.

Cuando llevaba más de quince días con esa persistente rutina, algo cambió en el sabor de los huevos, más consistentes, siempre de doble yema con un gusto exquisito. Las voces de que aquellos eran los mejores huevos de todo el país se alzaron como una polvareda. Muchos quisieron probarlos, los tíos de Miguel compraron más gallinas y subieron el precio de los huevos porque había mucha demanda. Sus gallinas no bailaban pero daban huevos de oro, su cuenta corriente crecía e incluso algunos los llegaron a subastar.

Miguel a finales de aquel verano estaba como siempre en el corral pero le entró sed y fue a la cocina a buscar un vaso de agua. La puerta estaba entornada y por su rendija se filtraban las siguientes palabras de su tía:

— ¿Y qué quieres que le diga al chiquillo? ¿Qué su padre está muerto? Esa es la verdad, pero mira, lo de las gallinas lo bien que nos ha ido.

— ¿Pero no te da pena? –le preguntó una vecina-.

— Claro que me la da, pobre chico, y con su madre en ese psiquiátrico internada por depresión. Pero Miguel es un chico que se ilusiona fácilmente. Lo del viaje tampoco fue buena idea. Y todo por no decir una verdad dura, sí, pero que se acaba aceptando a duras penas….

A Miguel se le cortó la sed de repente. No volvió a ser el mismo con las ilusiones arrebatadas de cuajo ya no volvió a enseñar a bailar a las gallinas que dejaron automáticamente de producir los buenos huevos que tenían acostumbrados a sus clientes. Una noche le dijo a su tía:

— ¿Cuándo, cuándo podré ver a mamá.

— Pronto, muy pronto –se aventuró a decir la tía-.

Lo que la tía no sabía es que pronto para un chiquillo significa ya, y que aquella espera, se alargó más de lo debido para Miguel.

Al cabo de unos largos meses Miguel se reunió con su madre y volvió a vivir en su hogar.

Una tarde Miguel la abrazó y le dijo:

— Mamá, baila, aunque sea sola. Pero baila…

Y encendió el tocadiscos en donde giró una melodía favorita para ambos. Su madre empezó a mover las caderas rítmicamente envolviendo sus gestos con ellas. Una bailarina nunca pierde su gracia, y ella bailó aquella noche sola, hasta que sintió sus pies muy cansados, tanto, que se detuvo unos instantes para besar la fotografía de su difunto marido. Le añoraba, pero su vida debía continuar junto con Miguel que la necesitaba. Observó a Miguel que se había dormido con la melodía en el sofá del comedor mientras su madre bailaba. Le beso en la frente, le llevó a la cama y le arropó.

Puedes descargar el texto en pdf aquí: cuando-las-gallinas-bailen.

La sombra de nuestros ojos

Me fijé en el brillo de tus ojos. Pude apreciar cómo reías traviesa a la cámara, inocente, sin pudor alguno. Mostrabas el agujero que habían dejado tus dientes de leche caídos. En otra fotografía, soplabas las velas de un pastel. En otras… ¡No! Un pálpito me inundó, instalándose en mi garganta, quebrando mi voz no pude pronunciar palabra alguna. Siete años ya, sin saber casi de ti. Tus momentos felices siempre los habías pasado al lado de tu madre.

Ella también sonreía, franca, abierta, perfecta. Tan distinta de la última vez que la vi. Pude adivinar que su felicidad se debía a la persona que estaba a su izquierda. El hombre sentado que cortaba el pastel en la siguiente, el que sostenía un cuchillo con un mango de madera. Inexplicablemente tuve ganas de clavárselo por la espalda, que brotara una lluvia de sangre que arrancara su felicidad.

Me sentí enojado de pensarlo. Una sombra de rencor cubría mis pensamientos más hondos. Estaba lejos de vosotras, de vuestro mundo, tan lejos, si no fuera por la fría pantalla del ordenador que me mostraba lo que hacíais en cada momento. Te espiaba día y noche, buscando quizás un rastro perdido de mí en tus facciones. El rubio de tu cabello se iba oscureciendo conforme pasaban los meses. Finalmente acabaste siendo castaña clara como yo. El repertorio de imágenes compartidas era considerable, y me podía hacer una idea del pedacito de tu vida que no había hecho más que empezar. Si seguía así, su ritmo frenético inundaría la memoria de mi ordenador con el sol de tu mirada. Me acabé comprando un disco externo.

Lo sabía todo de ti sin pretenderlo, a qué colegio ibas debido al uniforme que mostraba su identificación. Tus horarios de extraescolares: los lunes y miércoles danza; los martes entrenamiento musical; los jueves baloncesto; y los viernes catecismo que preparaba tu primera comunión.
Sabía la matricula de los dos coches que conducían los que se encargaban de subirte, de que cada día estuvieses más guapa, preciosa niña que siempre sonreía a la cámara. Pensé en soltar el líquido de los frenos para cuando el hombre fuera solo a su trabajo, un antiguo estudio de fotografía de una inequívoca calle céntrica de la ciudad. Se estrellaría sin más, en un día grisáceo, pesado y nublado. No pensarían que el coche había sido manipulado minuciosamente por mi arte de mecánico viejo.

Mientras pensaba en todo ello, se alejaba el dolor que sentía por vivir lejos de ti, apartado de vuestras vidas por culpa de mis manías. La orden de alejamiento que tenía pendía frágilmente de cada rincón de mi salón.
Podía verte a través de una pantalla, seguir tus movimientos, rastrear las coordenadas por enésima vez de dónde te encontrabas en cada momento.
Me gustaba controlaros. Sabía que no me saltaba las normas desde que aquel juez dictó sentencia. Fantaseé con una custodia compartida que nunca pudo ser. Se alejó por mi duro carácter manipulador. Las líneas de nuestras vidas se separaron por culpa de mi obsesiva manera de vivir.

Era y soy celoso. No podía entender cómo tu madre podía hablar tanto con aquel hombre del concesionario buscando una seguridad en aquel coche familiar que quería comprar. Tú todavía eras un proyecto, una esperanza. Me dijo aquel día extremadamente soleado que estaba embarazada, y yo, lejos de alegrarme, dudé de mi paternidad. Clavé mis nudillos en la mesa, golpeando todo lo que había a mi alrededor, y arrojando los distintos objetos de la cocina que todavía estaban por fregar: volaron platos de distintos colores, vasos se estamparon contra las baldosas, y un cuchillo rozó los dedos de sus pies descubiertos por unas sandalias.
La asusté, mirando perpleja mi reacción, con las cejas levantadas, asombrada, y al fin rompió a llorar. Su llanto quebró la sombra de sus ojos, un maquillaje que siempre llevaba de vivos colores para animar su palidez. El rímel se diluía por su cara como ríos de petróleo, enmascarando a su paso la limpieza de nuestro hogar. Quedó todo completamente desordenado y nuestra relación se resintió hasta tal punto que temí que se acabara al recibir la primera denuncia.

Tu madre me había denunciado. Le pedí perdón, por vosotras, ¿qué haríais sin mí? Le escribí ríos de tinta en donde me desnudé a través de palabras que supongo que acabaron en la papelera de mi antiguo estudio.
Consuelo, le decía, ¿es eso lo que quieres?, ¿Qué nuestro hijo suba sin un padre? Recibí a cambio su silencio que gritaba su indiferencia. Fue su manera de decirme que sí.

Me retiré del campo de acción pensando que volvería algún día. No fui a ninguna isla desierta, ni nada de eso. Me retiré a un pueblo melancólico del norte a escribir y a hacer las paces conmigo mismo. Con el tiempo, que apedaza la mayor parte de los males, Consuelo se relajó. Rondaba el 2010 cuando ingresó en una red social y compartió su vida con el resto de mortales. Tardé en verte, todavía. Al principio solo compartía breves experiencias de su cocina, recetas atrevidas con un gran contraste de sabores. O eso quería transmitir a sus seguidores. Reconocí el fogón de nuestros sueños, los armarios que siempre mantenía limpios y perfectamente ordenados, la cocina que tenía era de lo más moderno del mercado y supuse que hacía poco que se la había comprado. Al fin, la había conseguido. Me inventé una identidad y me convertí en su seguidor más fiel. Le alababa los platos, le daba ideas porque conocía sus gustos, y creo que tal vez pensara que había empezado una amistad con una chica de la otra punta del charco. Estaba más cerca de lo que ella creía, alejado eso sí, lo que me permitía la orden de alejamiento. Eso de ser una chica me gustó, podía hablar de temas que parece que nos están vetados. Al principio eran temas superfluos, cómo me reí al decirle la marca del maquillaje que usaba. Era la misma que sabía que ella usaba. Y de esa forma me fui ganando su confianza de una manera descabellada.

***

No quiero andarme con rodeos. Tengo que actuar ya. Corres peligro, hija. Estás pasando un calvario y tu madre no lo sospecha. En las últimas fotos, que habitan ocultas en el otro ordenador secreto del que te hace de papá, me he fijado también en la sombra de tus ojos. Extraescolares donde no vas. Escuela de danza ficticia donde recogen tu inocencia las oscuras cámaras para difundirlas por la red.
Me levanto de la silla rápidamente, con mis antecedentes creo que no me harán caso, pero aún así me dirijo a la comisaría. No quiero tomarme la justicia por mi mano, no eres la única y hay detrás de esto tanto poder y vicio que me asusta.
Mi gesto está repugnado, sobrecogido, y aguanto una náusea repulsiva en la garganta que sé que acabaré arrojando en una esquina cerca de la comisaría. Vomito segundos antes de entrar por la puerta. Hija, lo hago por ti, te han metido en una diana que te apunta con dardos infectados.

Abusos es la palabra que se me ocurre pronunciar al policía que me mira impertérrito. Suplico que te saquen de allí, imploro con un llanto quebrado que colaboraré con ellos hasta el final. Va a caer una red de esas. Lo presiento. Desgraciadamente no es la única en el mundo. Días después observo como ya no hay ni una simple fotografía en la red de ti. Consuelo ha cerrado finalmente su perfil en la red social, por donde me colé al ordenador de su compañero.

Tecleo la dirección de un conocido periódico del país. Mis dedos tiemblan, mis ojos balancean hacia la lectura del diario digital: “Desarticulada la red de pederastas en la operación Bailarines”. Respiro aliviado desde donde estoy, para quitarme la opresión que siento en mi pecho.

Sé que ya no podré verte. Clico en la única foto que conservé. El brillo de tus ojos me deslumbra. El pastel manchará de chocolate tus labios que comerás minutos después. Desde la distancia, sé que te ayudarán profesionales a borrar ese episodio de tu vida. Me miro en el espejo del recibidor. La sombra parda de mis ojos debido al insomnio de esos días, ajetreados y contra reloj, ha merecido la pena. Por fin, estás a salvo, vida mía.

La sombra de nuestros ojos

La sombra de nuestros ojos

Pisando aceitunas, su alma se descomprimía

Ese fue el primer relato que publiqué en la plataforma Megustaescribir. Hoy he decidido compartirlo con tod@s vosotros, porque tres acontecimientos bañan la fecha de hoy, 8 de septiembre. Felicidades a las Meritxells, patronas de Andorra; a Macario por estar siempre en el firmamento guiándome sin necesidad de telescopio, y al Abuelo por estar siempre ahí en mitad de mi corazón (la segunda estrella a la izquierda).

Os podéis bajar el archivo en pdf aquí:

pisando_aceitunas_su_alma_se_descomprima

Aceitunas en proceso de formación

Aceitunas en proceso de formación