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Mi alma pobre y fría al calor de la limosna

El poema que publiqué el domingo pasado en mi página de Facebook es de Fernando Pessoa, que nació en Lisboa en 1888.

El poema es simple de entender en su estructura y directo.

 

No quiero rosas mientras haya rosas.

Las quiero cuando no las pueda haber.

¿Qué he de hacer con las cosas

que puede cualquier mano coger?

 

Sólo quiero la noche si la aurora

la diluye en azul y rosicler.

Lo que mi alma ignora

es lo que quiero poseer.

 

¿Para qué?… De saberlo, nunca haría

versos para decir que no lo sé.

Siento a mi alma pobre y fría…

¿Con qué limosna la calentaré?

 

En la primera estrofa, el poeta no quiere rosas cuando éstas sean las típicas del tiempo, cuando lo normal sea tenerlas en un jardín, sino que anhela tenerlas, cuando no sea posible (por razones de clima, por ser difícil, inalcanzable, etc). De esa manera, nos lanza una pregunta que le cambia su estado de ánimo, ¿qué ha de hacer si cualquiera puede coger esas rosas? No son rosas especiales, sino que están al alcance de cualquier mano y las puede tratar de de diferentes maneras; buenas o malas, aquí el autor no entra.

En la segunda estrofa el poeta entra en un debate interior. Su estado de ánimo establece condiciones, únicamente quiere la noche si el alba se diluye en dos colores: azul y rosa claro y suave (rosicler). Quiere que las noches conduzcan a un amanecer suave, a otro nuevo día, sin sobresaltos ni colores fuertes en el cielo (¿tormentas?¿ventoleras?). Pero todavía ignora lo que quiere poseer.

En la tercera estrofa, Pessoa se sincera y nos confiesa que duda de todo y que no lo sabe a ciencia cierta. Si supiera lo que tiene que poseer, no escribiría poesía. Su alma la siente pobre y fría. Dos adjetivos que nos pueden hacer reflexionar.

Y la última pregunta retórica, con la que finaliza el poema, no obtiene respuesta lo que hace entender que continuará escribiendo poesía y que no encontrará solución para sus preguntas. ¿Con qué sobra (limosna) calentará su alma fría?

Opinión personal:

Es un pequeño libro, que compré en la universidad, y que todavía no me había leído. Estos días revueltos, continúo con la poesía ya que la veo como una forma de sanar mi alma, a través de sus palabras.

El sábado pasado abrí este libro al azar ante la diversidad de mi biblioteca, y reparé en este bello poema. Por eso decidí compartirlo con todos vosotros. No os perdáis las próximas adivinanzas. El próximo domingo, colgaré otro poema. A ver si lo adivináis.

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Tu partida

Te diriges hacia un enigmático lugar,
partida como una naranja.
Cojo un gajo y lo mastico.
Huye el sabor en su franja,
mi lengua de buscar se cansa.

No es sosa, ni dulce, ni salada, ni amarga,
insípida, siento en la punta tu marcha.
Me detengo para olerte en el umbral,
no cruzaré ese falaz cristal;
tu perfume de ocaso roto regresa a mí,
de abrazos, si pudiera, te llenaría las manos.

Te vas corriendo en un universo de papel mojado.
Puedo sentir tu vacío y ausencia sin ser tocada,
porque fuiste poesía en tu marcha.
Sabías que me alteraba mi ansia embriagada,
que no creía, por miedo, en Ella, ¡oh certeza maldita!

Pero nos intercambiamos una luz de versos,
arrojaste tu ropa en mí, ¡oh cruel despedida!
Me regalaste bellas palabras de hondo sentimiento:
adiós, un triste paisaje gris me cala en ese momento.

 

Imagen Creative Commons de David Fresneda Ruiz

Un rastro de poesía en el último vacío

Siempre quedará un rastro
de poesía en tus ojos tristes;
de silencio se cubrirá tu respiro.

El viento mueve tu pelo,
en ese latir que tienen los versos.
Callas. Es inaguantable tu mirada.

No fluye la palabra en ese río seco.
Veo molinos en tus ojos parados y grises.
Habla. Comparte tus ideas conmigo,
ya basta de encerrarse en una misma.

Quisiera besar un molino en movimiento,
en el pedestal de tu adiós amargo.
Las palabras que no nos dijimos,
vuelan en la carta de mis labios.

Hoy recuerdo el último vacío,
mi mano parada en el buzón silencioso,
que aprende a escuchar tu rima y su significado.

Imagen Creative Commons  de Nico Sagredo en FlickR
Imagen Creative Commons de Nico Sagredo en FlickR

El olor de tu silencio

¿A qué huele tu silencio?
En mitad de la ciudad dormida,
no oigo el llanto de tus ojos parados y tristes,
ni la pared de tu cara estampando ronquidos de versos,
ni la brisa del lunar, partiendo tus labios en dos luceros.

No oigo nada,
porque sin ti, estoy sordo.
No es sonora tu marcha,
discretamente huyes
de mí, fluirían los versos más hondos
si pudiera hablarte. Si pudiera…
oír tus pasos todavía.
Pero ando solo a través del vacío,
a través del duelo,
del doloroso dolor del silencio.

Me late el pulso en la sien.
Entre la postal y las sábanas húmedas,
imprimo una lágrima prohibida,
porque me juré que no te extrañaría.

Luz de sentimiento de seda y agonizante:
la pérdida,
la mía, la tuya; la nuestra:
el pulso de tu huida cobarde.
Que perdí.
Un fin.
Te fuiste sola y sin mí.

Imagen Creative Commons de Laissa Máximo en FlickR
Imagen Creative Commons de Laissa Máximo en FlickR

Entre el bullicio del desierto

"Desert" Imagen Creative Commons de Moyan Brenn en FlickR.
“Desert” Imagen Creative Commons de Moyan Brenn en FlickR.

Cada día me bombardea la información:
alta, baja, oscura, nítida, gris, difusa;
apuntando bits afilados en mi cabeza.
Un cóctel escribo, seleccionando vocablos
ininteligibles, anotando por sección.

¡Basta! Me aparto de ese enjambre oscuro.
Sin colmena, el silencio es desolador.
Me zambullo en él. Y tú no estás.
O tú no estás o no te encuentro.
Me prestaste un verso, para ti una ficción.

Creí en ti, pero
soy sólo un píxel insignificante.
Escalo lo fantástico,
enamorada de un canto de pinceles.
Atraparte, ¡oh poesía recurrente!
Entre el bullicio del desierto, carente
de colonias nuevas…
La realidad tirita sin habla,
hoy mi esencia más fuerte es tu succión.

Mi vida muerta

Imagen Creative Commons de Erwin Morales en FlickR
Imagen Creative Commons de Erwin Morales en FlickR

Cuando abrí los ojos,
estabas muerta, vida,
un destello púrpura arrullaba
tu boca sin aliento y callada.

Cerré los ojos, quizás
para que no fuese cierto,
para soñar en un cielo
de musas osadas.

Pero con la llave del destino,
es inútil rebelarse.
¿No crees, amor valiente,
que fijas sin banderas
una gracia eterna?

Las palabras morían en mis manos.
Cada vez que escribía, la inspiración
se extinguía en mi sien plateada.

Hoy cantan sirenas sin ojos,
estoy en el limbo de su voz,
rebota en mí la poesía tímida
que antaño sentía.

Tú no estás ya. Recuerdo
el vacío de una ausencia de besos.
Un murmullo de aurora en tu rostro.
Cansada ya. Respiro.
La muerte me rodea con sus brazos
glaciales de ocaso boreal.